
Toca confesarse. Es hora de escribir sin sorpresa y con un rato más de entusiasmo. A veces ante la avalancha de películas pendientes que van acumulando polvo en mi estantería o sumando gigas de forma indiscriminada en mi ordenador no te queda más remedio que dejar de decidir para darte el gustazo de volver a ver otra por la que no sientes más que debilidad. El título Un domingo cualquiera me sigue resultando atractivo aun obviando lo que sigue después, también escrito en una vieja cinta de VHS.
La historia nos lleva hasta Miami, donde los Sharks, dirigidos por Tony D'Amato (Al Pacino) desde hace casi tres décadas han encadenado una racha de malos resultados que les podría llevar a perderse los play-offs. Para colmo, su quarterback Cap Rooney (Dennis Quaid) se lesiona de gravedad a pocos partidos para la conclusión de la liga y su sustituto, Willy Beaven (Jamie Foxx) resulta ser un engreído rebelde que hace caso omiso de las ordenes de su entrenador y antepone su éxito al del equipo. Los problemas del equipo llegan, además, en el peor momento: Christina Pagniacci, co-propietaria y presidente de los Sharks (Cameron Díaz), descontenta con el rendimiento del equipo, pretende despedir a D'Amato la temporada que viene y, con él, algunas de las viejas glorias del equipo. Si bien estos son los personajes principales, la película de Oliver Stone se caracteriza por no olvidar ni uno solo de todos aquellos que envuelven el entorno de un club de fútbol americano, su afición o los medios de comunicación. Desde el médico sin escrúpulos interpretado solventemente por James Woods hasta el comentarista que se sienta domingo tras domingo en una cabina a retransmitir (Oliver Stone), pasando por la joven prostituta que ofrece sus servicios al viejo entrenador, el alcalde de la ciudad o el poderoso co-propietario de la franquicia interpretado por Charlton Heston. Uno de los méritos de Un domingo cualquiera es tratar a todos ellos como parte de un mosaico cuyo único objetivo es el de resaltar la pasión que rodea un domingo de fútbol, un deporte que para Stone es una guerra sobre el césped, Vietnam, diría él. Los pararelismos con la guerra son tan abundantes como con la vida misma "Todo por una pulgada", dice D'Amato a sus jugadores, a sus pupilos deseosos de salir al campo a dejarse la piel porque es lo que mejor saben hacer. Una horda de guerreros, de salvajes con vidas intoxicadas fuera del campo por la corrupción, el sexo y las drogas, pero convertidos en héroes durante el tiempo que corren esas yardas en busca del touchdown.
"En un domingo cualquiera vas a ganar o a perder. La cuestión es: ... ¿puedes hacerlo como un hombre?"
¿Exaltación de la hombría? ¿Golpe de efecto? No es de extrañar que a la película de Stone se le haya tachado de pretenciosa, porque realmente lo es en buen trozo. Sin embargo cuando esa pretensión se corresponde con un resultado tan notable, no queda más que disfrutar de uno de los mejores trabajos del realizador. Ya no sólo por lograr una película emocionante como pocas, sólida e impresionante, sino por hacerla aún más grande dando una lección de montaje, iluminación y tratamiento de la cámara. El ojo que observa los jugadores impactar como trenes desbocados en el campo es tan nervioso, tan excitado como ellos mismos, es una cámara que nos lleva a una y otra punta del campo en cuestión de segundos, que ve a D'Amato rugir como un león para luego fijarse en uno de los espectadores peleándose con la mascota, o el recadito que le deja un jugador de los Sharks a uno de sus contrincantes con el juego detenido. Ese frenesí se corresponde con el tiempo del partido y lo hace apasionante, con ralentizaciones, primeros, primerísimos planos de los cuerpos chocando, el balón volando mientras las manos intentan alcanzarlo por la parte inferior del plano, o las miradas cruzándose y precediendo a una tormenta de sufrimiento. El apartado técnico también alcanza la perfección en los sonidos, en una iluminación cuyo trabajo se deja ver en la escena del partido bajo la lluvia o salpicándola de acertados detalles como el de dejar en pantalla el marcador o tiempo del partido mientras la película salta a una escena paralela.
A todo esto se le suman los habituales puntos de calidad que siempre da Pacino allí donde aparece, acompañado con un Jamie Foxx que ya dejaba ver lo buen actor que iba a ser o un Dennis Quaid que vuelve a demostrar que cuando quiere, puede. Cameron Díaz o Mathew Modine se encuentran, sin embargo, uno o dos escalones por debajo que sus compañeros de reparto, y es que no es fácil cuando entre ese elenco se encuentran secundarios de tanto peso como Ann-Magret (la madre borracha de Christina) o un Charlton Heston que recibe un justo homenaje en forma de Ben-Hur. Todos ellos aparecen introducidos en la historia, en la película de Stone, de forma explícita, sin preámbulos ni introducciones: desde el primer minuto nos da la impresión que D'Amato lleva ya una hora ante nosotros y ya le conocemos, y eso no se puede señalar sino como una virtud. Es inevitable descuidar algunos personajes más que otros, pero todos tienen un espectro mayor o menor en la película que acaba siendo fundamental para la visión global que Un domingo cualquiera nos da de la vida y el deporte. Una visión que, al final, resulta un poco menos interesante por culpa de una innecesaria (o cuanto menos, excesiva) moralina exaltando el trabajo en equipo por encima del individualismo. Ese abuso se hace patente en el algo forzado cambio de actitud final de Willy Beaven, pero no es suficiente para desmerecer Un domingo cualquiera, aunque sí para evitarle rozar un nivel sobresaliente.
Intensa, apasionante e hipnótica... Es en definitiva, una película genial que, incomprensiblemente, pasó desapercibida en los cines españoles y que cuenta, entre sus curiosidades, el haber recibido la negativa de la NFL a colaborar aduciendo el punto de vista negativo que su director proponía sobre este deporte. No son pocos los dolores de cabeza que (pese a su declarado patriotismo) Oliver Stone ha dado a América. Pero este, sin duda, es uno de los mejores.










