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lunes, enero 09, 2012

Sherlock Holmes: Juego de sombras

Sherlock Holmes: Juego de sombras viene a confirmar aquella declaración de intenciones para aplicar un corregido y aumentado que parece seguir las normas de toda buena secuela enclavada en el mainstream: más grande, más espectacular, más divertida y, si cabe, más oscura. En lo último, la presencia del profesor James Moriarty —contenido, medidamente maligno Jared Harris— es tanto una ocasión para recuperar referentes holmesianos —la idea de Moriarty como pieza decisiva del conflicto europeo, ya presente, por ejemplo, en El arma secreta (Roy William Neill, 1943); la inclusión de Mycroft Holmes (Stephen Fry)— como una excusa perfecta para virar hacia territorios más tenebrosos en el cine de Guy Ritchie. Es allí donde la estética steampunk se acerca definitivamente a Alan Moore y propone un escenario abiertamente bélico, un ensayo de Guerra Mundial que es contexto inoportuno para contemplar la evolución del bromance entre Holmes (Robert Downey Jr.) y Watson (Jude Law), mientras el prescindible personaje de Noomi Rapace pulula sin más justificación que la de cualquier mecanismo menor de la trama conspiratoria.
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En las imagen: Cartel promocional de Sherlock Holmes: Juego de sombras, película distribuida por Warner Bros. Pictures International España © 2011 Warner Bros. Pictures, Village Roadshow Pictures y Wigram Productions. Todos los derechos reservados.

lunes, enero 18, 2010

A propósito de Sherlock Holmes

Algunas pistas para valorar Sherlock Holmes en su justa medida:

1. Leerse, con paciencia y fruición, la Guía Holmesiana para Jóvenes Investigadores de Alvy Singer.





3. Revisar, en la medida de lo posible y lo disponible, algún capítulo de la magnífica serie Meitantei Holmes de Hayao Miyazaki (entre otros). Este es un buen punto de inicio.



4. Y por supuesto, leer a Conan Doyle. He aquí el Canon de Sherlock Holmes al completo (en inglés).



De postre, la crítica de turno de servidor. Que ustedes la disfruten:


Sherlock Holmes explora con altísima fidelidad y religioso respeto el Holmes menos conocido, el hombre de acción que se destapa en algunas de las novelas del escritor escocés, el de la insolente y desarmante capacidad deductiva, pero también el vulnerable y desamparado, de reacciones ligeramente homo ante la inminente marcha de su compañero de fatigas junto a su prometida. Guy Ritchie, ese realizador siempre flirteante con el regodeo videoclipero pero fascinante retratista de los suburbios londinenses, ha encontrado en el universo holmesiano un personaje y un material inmejorables para conjugar su cine y, de paso, invitar a una renovación de la mirada hacia el detective residente en Baker Street: un Londres de finales del siglo XIX medidamente gótico y suburbano, en el simbólico momento de la construcción de Tower Bridge; y una fascinación latente por el celebérrimo método deductivo, aquí magníficamente procesado  a través del brioso montaje como detallista repaso y reconstrucción de la secuencia de hechos que lleva hasta la resolución del misterio. La máxima admiración hacia el método se convierte, pues, en la primera y mayor virtud de Sherlock Holmes, pero no la única: cualquier buen indagador del personaje hallará complicidad en los detalles (con la misma fruición que el propio detective consultor), desde los desaires de Holmes al esforzado pero incompetente Lestrade a la referencia a sus conocimientos geológicos, pasando por la mención a Edgar Allan Poe que revela, de parte del equipo tras el guión, servidumbre no sólo hacia la obra literaria, sino también hacia sus imprescindibles antecedentes.
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viernes, julio 31, 2009

Up


La película de Pete Docter (Monstruos, S.A.) logra ese milagro que quizá también sea el secreto de la intemporalidad de la obra: el feliz encuentro entre el relato clásico de aventuras y la renovación de lugares (demasiado) comunes de la animación. En el primer apartado, no es difícil acordarse de El mundo perdido de Arthur Conan Doyle, y tampoco debería sernos extraña la lucha de espadachines (no exenta de los achaques de la edad). En lo segundo, es representativa la decisión de reinventar la agotada tradición de animales parlanchines, confiriendo voz a los perros de Muntz sin despojarles de sus expresiones caninas (excelente trabajo, pues, en la distinción del locutor a través de gestos y movimientos), si bien sí habrá humanización en el guiño a las pinturas perrunas de Cassius Marcellus Coolidge.
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