Leer crítica completa en La ButacaEl pathos mooriano se aproxima peligrosamente a la esterilidad de su efecto sobre todo aquel que tenga por conocidas las armas del director. Que Capitalismo: Una historia de amor esté gobernada por la demagogia de principio a fin no es una sorpresa, como tampoco lo es la vocación cómico-agitadora que hace de Michael Moore un protagonista excesivo, siempre presente en la pantalla. Lo difícilmente sostenible es que su pretendido papel de ensayista de los males endémicos de la América contemporánea se incline hacia una simplificación casi escolar de estos, la cada vez más clarividente intención de la provocación frente a cualquier tipo de contraste, la opción de la dramatización de los dramas particulares (flirtean con el morbo los planos que registran los dramas humanos) frente a la mayor recurrencia a la estadística. Los excesos pantomímicos de Moore alcanzan aquí sus mayores cotas, con comedias varias a las puertas de Wall Street y entidades financieras que sólo aplaudirán los ingenuos de su cine o, al contrario, los incondicionales que sigan justificando los medios con el fin; excesos indicadores, en cualquier caso, de hasta qué punto la figura del director ha acabado fundiéndose con su propia caricatura.
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lunes, enero 11, 2010
Capitalismo: Una historia de amor
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