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lunes, septiembre 08, 2008

Lupin III: El Castillo de Cagliostro



Lupin III: El Castillo de Cagliostro (Rupan Sansei: Kariosutoro no Shiro, Hayao Miyazaki, 1979) es la opera prima de un genio de nombre Hayao Miyazaki. Es su carta de presentación, el inicio de un camino que encontraría en recovecos varios obras imprescindibles de la animación contemporánea, tales como son El viaje de Chihiro (Sen to Chihiro no kamikakushi, 2001) o La princesa Mononoke (Mononoke Hime, 1997). Antes de la gestación de El Castillo de Cagliostro, Miyazaki se había criado como animador durante más de una década, haciendo de su colaboración con Isao Takahata en general y su intervención como animador jefe, diseñador escénico y artista conceptual en Las aventuras de Hols, el príncipe del Sol (Taiyou no Ouji Horusu no Daibouken, Isao Takahata, 1968) en particular, su mejor carta de presentación. Para 1979, Hayao Miyazaki ya había forjado méritos y trayectoria suficientes para asumir el salto a la dirección. El director había co-dirigido con Takahata varios episodios de la serie Lupin III, la cuál vería correspondido un éxito que la llevó hasta la gran pantalla. Sería la segunda de las películas a partir de este personaje aventurero, fanfarrón y eminentemente quijotesco, El Castillo de Cagliostro, la opera prima de un cineasta que llegaba para convertirse, a lo largo de tres décadas, uno de los animador es más respetados del cine.

Y es su debut en el cine una historia sincera en sus propósitos, ideada para ser un vehículo de entretenimiento y diversión destinado a todos los públicos. Y no es que esta premisa no se repita a lo largo de la filmografía del japonés, sino que en Lupin III: El Castillo de Cagliostro se intuye la sencillez de sus planteamientos desde el principio mismo, mientras que obras venideras necesitarán un escrutinio de parte del espectador que desvelará, afortunadamente, una complejidad gratificante y digna de estudio. No es esto, sin embargo, señal de debilidad de una aventura envolvente como pocas, una montaña rusa de emociones protagonizada por un personaje que se proclama a sí mismo heredero de honrosa tradición literaria, pues Lupin III es, como bien indica su nombre, nieto del gran ladrón Arsenio Lupin, creación magnífica del escritor Maurice Leblanc. Sin embargo, El Castillo de Cagliostro parte de los Comics de Monkey Punch, y lo hace con una revisión del personaje que lo hace más noble, más humano (y he aquí los primeros rasgos de una cierta fe en la humanidad que se repetirán a lo largo de su obra) y le despoja de un mayor cinismo, haciendo, sin embargo, una interpretación aceptada y bienvenida por Monkey Punch. Aquí, Lupin es un ladrón afable e inseparable de unos amigos necesarios en su cruzada, un romántico y no un playboy, un truhán que se ríe del peligro y cuya vida es la aventura, no el delito. Y si Miyazaki reajusta las coordenadas del personaje de Lupin no es en balde, pues hablamos de un personaje del todo caballeresco, cuyo objetivo pertenece a los más medievales y legendarios propósitos, los de aquel héroe que debe llegar a lo alto de una inexpugnable fortaleza para rescatar y conquistar el corazón de una princesa en garras de un ambicioso y nada escrupuloso villano.

Lupin III: El Castillo de Cagliostro es, por tanto, un entretenimiento de espíritu romántico como pocos. Una historia primitiva para una película primigenia en estilos y actitudes, aunque no en la exploración de los temas y constantes que Miyazaki sí registrará en sus posteriores y aclamadas obras. La primera película de Miyazaki da lo que promete, las emociones inherente a una historia de su estirpe: persecuciones espectaculares en los altos acantilados del Mar de Liguria, divertidas anfarronadas y piruetas imposibles del personaje, que más parece acomodarse a la situación cuando más peligrosa esta se presenta, su carácter seductor y burlesco, pero siempre bondadoso y generoso... El Castillo de Cagliostro sienta una de las bases de su cine con una definición notable de sus personajes, ya no del propio Lupin, sino también de los secundarios que cuidadosamente deben ser introducidos para desequilibrar la balanza a favor del bien. Entre ellos se encuentra una figura inherente a un ladrón de la calaña de Lupin, el inspector Zenigata, su eterno perseguidor natural que nunca admitiría que Lupin le cae bien y que perseguirlo es su razón de ser, aun siendo ambas afirmaciones verdaderas. Como Zenigata, los personajes que rodean a nuestro héroe son arquetípicos; nada que reprochar cuando nos encontramos en una historia cuyos mecanismos los necesita como el sol al día y cuando esos personajes se hallan hábilmente desarrollados para componer un simpático mosaico que encaja a la perfección con la aventura en la que nos embarcamos.

El carácter del propio Lupin III no podría ser más definidor de la película ante la que nos encontramos. Lupin III quiere rescatar a una princesa de una torre, y pronto le deja de importar el tesoro que esconde el castillo de Cagliostro; Miyazaki quiere rescatar un espíritu, el del poco pretencioso relato de aventuras que aspira a hacernos sonreír e insuflarnos no pocas dosis de emoción, acción y romance. Y el descubrimiento final del tesoro será, más que nunca, la confirmación definitiva de esa tendencia de la que impregna Miyazaki su película. Las premisas son simples (que no simplistas) y alentadoras: una aventura que ofrece con solidez y eficacia todos los ingredientes que por antonomasia debieran definir la palabra. Es, por tanto, la humilde presentación de un genio en gestación, ya bella y ya prometedora; ya fundacional de un estilo que iba a elevar, en los círculos reticentes de la cultura, el anime a la categoría de arte.
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Rupan Sansei: Kariosutoro no Shiro. Japón. 1979. 110'.
Director: Hayao Miyazaki.
Guión: Hayao Miyazaki (historia original) y Haruya Yamazaki (script) Basado en los comics de Monkey Punch.
Música: Hirokata Takahashi.
Montaje: Mitsutoshi Tsurubuchi.
Escenografía: Sichirô Kobayashi.
Producción: Yutaka Fujioka y Tetsuo Katayama.
Director artístico: Hirokata Takahashi.
Puntuación: 7
Lupin III: El Castillo de Cagliostro en la red...
http://bango.blogia.com/2007/061601-lupin-iii-el-castillo-de-clagiostro.-el-ladron-romantico.php (artículo de J. P. Bango)
http://es.wikipedia.org/wiki/El_castillo_de_Cagliostro (sobre la película)
http://es.wikipedia.org/wiki/Hayao_Miyazaki (sobre Hayao Miyazaki)

miércoles, febrero 07, 2007

Akira



Partimos de que no soy el más indicado para hablar de anime japonés. Seguro. El que debería es la otra mitad de este blog, que vigila desde la sombra y mejor podría dar cuenta de lo que hoy tengo entre manos. Como decía, no solo no soy el más indicado, sino poco menos que un ignorante del género más allá de tres o cuatro películas de Miyazaki y un par de traumas infantiles de nombres Heidi y Marco. Así que desde la cuerda floja, trataré de salir airoso y no empantanarme en una película que se presta a ello. Luego los especialistas dictarán sentencia.

Akira no es una película más. Vaya por delante. Es un hito del cine japonés y de su género más mimado: el anime. Para poder contextualizar al que desconoce la mitología de Akira, el origen lo encontramos en la bíblica obra fascicular que Katsuhiro Ôtomo escribió y dibujó entre 1982 y 1993. En ese mismo espacio de tiempo y tras éxito desmesurado del manga en Japón y más allá de sus fronteras, Ôtomo asumió la responsabilidad de llevar su obra al cine. Todo lo que envolvía a Akira comenzó a cobrar trascendencia capital bajo la conciencia japonesa de que aquel proyecto podía convertirse en el estandarte que el anime necesitaba para conquistar occidente, invirtiendo cerca de siete millones sólo en decorados y creando el Comité Akira que dotaba la adaptación homónima de un ambicioso presupuesto. Corría el año 1988 cuando Ôtomo vio su sueño culminado y Akira se estrenó en las pantallas de medio mundo.

Y ese es el punto de partida de Akira. Un plano general de Tokio abre la película y un rótulo nos informa de que estamos en el año 1988. Unos segundos después, una onda expansiva comienza a crecer desde el centro de la inmensa metrópoli hasta convertirse en una explosión atómica que ciega la pantalla y da paso a los créditos. A partir de aquí, la acción salta a Neo-Tokio, 2019. Ciudad reconstruida tras la explosión nuclear y la tercera guerra mundial, urbe decadente e infestada de corrupción, crimen y violencia por sus cuatro costados. En medio de la psicosis colectiva y la ley marcial, Tetsuo y Kaneda son dos amigos y motoristas adolescentes inmersos en la lucha de bandas callejeras hasta que un misterioso niño de poderes sobrenaturales se cruza en su camino para cambiar su destino y el de Neo-Tokio.



Obviamente, esto no es El viaje de Chihiro y aquí ni los niños son tan encantadores ni los monstruos tan simpáticos. Akira es un dibujo casi perfecto del Apocalipsis. Apocalipsis al cuadrado, terror e inquietud que sobrecoge al que la descubre desde el primer minuto, en que la explosión nuclear ya te deja patidifuso. Es de lejos su mejor virtud, la de construir una atmósfera que hace creer que sí, el fin del mundo está a la vuelta de la esquina y mientrastanto tú intentas averiguar qué diantre es Akira. Un grupo de fanáticos anuncia en las calles que está a punto de manifestarse, y el hecho de que haya suelto por Neo-Tokio un adolescente cabreado y con poderes que no parecen tener límite, ni ayuda a calmar el ambiente ni parece ser señal de la buena providencia. Ôtomo es un genio metiendo el miedo en el cuerpo, inquietando al espectador con una recreación creíble y brutal de una sociedad sumergida en el terror que podría ser un fidedigno espejo de la Bagdad de hoy. A ello ayudan los impresionantes efectos especiales y una animación exquisita, que se luce en las escenas en las que vemos hundirse las enormes moles de edificios o en cualquiera de las escenas de motoristas.

Delimitado el fuerte de la película, es deducible que Akira es una película para los sentidos y no el análisis. Porque, en otro orden de cosas, la narración no es su punto fuerte. A pesar de que durante casi toda su primera hora esta se mantiene sólida, en algún momento del camino y en favor de los poderes que van explotando en los diferentes personajes, Akira prescinde de dar demasiadas explicaciones y deja al espectador buscando la solución a los no pocos interrogantes que va dejando como rastro. Uno puede quedar descontento o pensar que es una estrategia para que vayas corriendo a tu tienda de cómics más cercana y te hagas con los seis tomos llenos de valiosas soluciones (con el hermano de un servidor, funcionó), pero también puedes no ponerte demasiado profundo y quedarte con la maravillosa sensación in crescendo que desembocará sí o sí en el cataclismo. Y así es como verdaderamente disfrutarás de Akira y recordarás como quisiste subirte en la moto de Kaneda o hacer volar a los clowns por los aires sólo con pensarlo. Ya sabes. "Yo soy Tetsuo...".
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Akira. Japón. 1988. 124'.
Director: Katsuhiro Ôtomo.
Guión: Katsuhiro Ôtomo, Izô Hashimoto y J. Michael Haller; basado en la obra homónima de Katsuhiro Ôtomo.
Fotografía: Katsuji Misawa.
Montaje: Takeshi Seyama.
Música: Shoji Yamashiro.
Jefe de animación: Takashi Nakamura.
Directores de animación: Yoshio Takeuchi, Hirokai Sato.
Diseño de producción: Kuzuo Ebisawa, Yuji Ikehata, Koji Ono.
Dirección artística: Toshihari Mizutami.
Producción: Ryohei Suzuki, Shunzo Kato, Yoshimasa Mizuo.
Puntuación: 7'5
Neo-Tokio está a punto de E-X-P-L-O-T-A-R...
http://es.wikipedia.org/wiki/Akira (sobre la peli)
http://www.guiadelcomic.com/comics/akira.htm (sobre el cómic)
http://personal3.iddeo.es/alexvidal/akira/akira1.htm (sobre Akira, peli y cómic)
http://www.imdb.com/title/tt0094625/ (sobre la peli)
http://www.laoffoffcritica.com/criticas/cr20050425.html (muy buena crítica de la peli. Recomendada)
http://es.wikipedia.org/wiki/Katsuhiro_Otomo (sobre Katsuhiro Ôtomo)
http://es.wikipedia.org/wiki/Anime (todo sobre el anime)
http://es.wikipedia.org/wiki/Manga (todo sobre el manga)

domingo, julio 23, 2006

La princesa Mononoke


Por una vez quisiera huír de los rodeos. Huyo porque hablo de una película que hace lo propio. No sorprendo a nadie si vuelvo a decir que tras ver tres de sus películas me apunto a los que consideran a Miyazaki un auténtico maestro de la animación, así que sobran los apelativos para un cineasta que ya ha encontrado su lugar entre los grandes y que será recordado por auténticos lienzos en movimiento, obras de arte que desenvuelven una imaginación desbordada y embrujadora, capaz de infundir recuerdos deliciosos. Me pasa cuando pienso en El viaje de Chihiro y lo hago acordándome de una fábula embelesadora sobre la infancia, o cuando me emociono al recordar las bellísimas imágenes de El Castillo Ambulante al compás del perfecto vals compuesto por Joe Hisaishi. Hoy tengo una joya más que añadir al colectivo de imágenes inolvidables residente en mi memoria.

La princesa Mononoke es tanto una película legendaria (por su marcado significado dentro del cine japonés en general y el de animación en particular) como una leyenda. Y es todo lo que debería ser entendido como una leyenda, acogiendo todos sus ingredientes y haciéndolos suyos para aderezarlos de sensibilidad y auténtico cariño por cada personaje, cada imagen y cada momento. Desde el primer momento de la película, el espectador queda atrapado sin darse cuenta, con un ritmo de arranque sensiblemente más elevado que el de otras producciones de Miyazaki. Ya en esa primera escena vamos directos al conflicto: un jóven príncipe de unas tierras lejanas que salva a su pueblo del ataque de un soberbio monstruo, un jabalí transformado en demonio al que el príncipe Ashitaka, guerrero valiente y apuesto como mandan los cánones en las leyendas, da muerte en una lucha encarnizada. En esa batalla Ashitaka sale herido y una infección producida por el espíritu de ese demonio le condenará a una muerte lenta y dolorosa. En una carrera a contrarreloj contra su fatal destino, el príncipe a lomos de su alce iniciará un largísimo viaje a las tierras de donde procedía aquel monstruo, en busca desesperada de una cura que se antoja imposible. Allí donde llegará, encontrará un nuevo mundo en el que humanos y las distintas razas del bosque junto al que habitan (jabalís, monos, lobos y algún que otro dios) se precipitan hacia una guerra de proporciones catastróficas para el bosque. En ese clima hostil, Ashitaka intentará actuar sin éxito como elemento conciliador de ambos mundos, chocando en ese propósito con la princesa Mononoke, una guerrera criada en el bosque junto a los lobos.

En ese universo, si cabe, un punto más sencillo que en el de otras ocasiones, Miyazaki hace más evidente que nunca las metáforas que se esconden detrás de cada una de las imágenes. La necesidad de convivencia entre humanos y naturaleza centra los esfuerzos de Ashitaka y de su creador, que insiste en la armonía y la colaboración como única manera de llegar a la conciliación y a la paz. El mensaje ecológico también se hace notar en tanto que su película habla en favor de un respeto por esa naturaleza, y se complementa con el sacrificio y valentía de su protagonista en un esfuerzo titánico por unir a todas las razas bajo un mismo hábitat. Loables intenciones las de Miyazaki que en esta ocasión hacen que La princesa Mononoke sea más clara y sencilla que otros hitos de su filmografía, pero no por ello menos destacable. Muy al contrario, con esta princesa logra dejarte segundos después de los créditos en un extraño estado que combina la reflexión con la fascinación de haber visto una aventura increíble, una leyenda maravillosa por su belleza, por su carisma y emoción, por su manera de mimar a todos y cada uno de los personajes que componen ese cuadro, sea cual sea la importancia que juegan en él, por su perfecto dominio de los tiempos que logra que dos horas y cuarto de película pasen en un suspiro... Una auténtica delicatessen de gourmet y, dicho sea de paso, un placer más adulto que de costumbre, una concesión menos disimulada a la tradición del cine manga más generoso con la violencia que no impide a Miyazaki desarrollar hasta la última de sus virtudes. La princesa Mononoke no es una película infantil y es evidente su destinación a un público más consciente de los problemas que plantea en su argumento, lógico cuando es ese público el aún capaz de hacer algo por encontrarles alguna solución.



Las otras coordenadas que componen la solidez y genialidad de La princesa Mononoke son, de nuevo, un gusto por el detalle exquisito. Tanto en las técnicas de animación, donde vemos algunas de las escenas más espectaculares vistas en la filmografía de Miyazaki, como en cuanto a salpicar la historia de pequeños caprichos como es esa fascinación por los cerdos y familiares cercanos del porcino animal (aquí los jabalíes). Luego viene esa banda sonora impecable que siempre acompaña y de la que, una vez más, Hisaishi es responsable y autor, indispensable para acompañar cualquiera de los mundos creados por Miyazaki y recrear su magia... Magia. Magia es la palabra favorita del creador de Chihiro y Mononoke, y magia no vuelve a faltar en esta ocasión, aunque no en el grado de El viaje de Chihiro o El Castillo Ambulante, donde los personajes cambiaban de forma sin previo aviso y de forma caótica. Aquí se centra en el espíritu del bosque, el cuál constituye uno de los personajes fundamentales de la película al ser esa especie de dios en cuya mano se encuentra la vida de cada uno de los habitantes del bosque.

Sin ser la película perfecta, resulta muy difícil descubrirle defectos notorios a La princesa Mononoke, y nada fácil resistirse a sus muchos encantos. Miyazaki tuvo con ella la habilidad de dar un primer salto al público occidental, prepararlo para su creatividad inagotable y hacer si cabe más grande su presencia como maestro del anime. No es casualidad que La princesa Mononoke sea menos extravagante que sus hermanas, menos compleja, pero tan poética y fascinante como ellas. Todo un regalo para los sentidos y el alma.
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Mononoke Hime. Japón. 1997. 134'.
Director: Hayao Miyazaki.
Guión: Hayao Miyazaki.
Producción: Studio Ghibli
Puntuación: 9
El universo Miyazaki no acaba aquí...
http://www.terra.es/personal/lca027507a/ (completísima página sobre la película y su autor, muy interesante)