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viernes, abril 18, 2008

Cinelandia: año IV

Supongo que debería escribir este post con cierta alegría y pensar que lo impensable se ha hecho realidad: que fuera capaz de mantener un blog durante tanto tiempo y demostrarme a mí mismo que la constancia existe en algún lugar dentro de mi desordenada cabeza. Hoy hace cuatro años que empecé este blog y lo celebro con cierto pesimismo cuando en los últimos tiempos lo he sentido morir un poco cada día. El interés que despertara algún día, evidentemente, no es el mismo que el que despierta hoy, y eso no es culpa de nadie más que de servidor. Por eso cada vez me cuesta más, ante el incesante flujo de películas que veo semana tras semana, ponerme delante del teclado de mi ordenador y aportar a la blogosfera un pedazo más de esta pequeña parcela de mi mundo que es Cinelandia, sentir que ese aporte sea algo poco más que un montón más de desinformación y cretinismo que hincha la red a diario. A veces escribo para creerme un compromiso conmigo mismo, demostrarme capaz de seguir hablando de cine y soñar con que un sencillo post tenga por consecuencia un debate sincero y emocionante; a veces escribo para alimentar la ilusión de poder, algún día, vivir del cine y para el cine con las letras como mediadoras; a veces, olvido por qué sigo actualizando este rincón.

Hace unas semanas fui al cine. La película era Rebobine, por favor (Be Kind Rewind, 2008) la última de Michel Gondry, ese al que algunos tildan de visionario del audiovisual, ese al que otros preferimos referirnos como un genio excepcionalmente puro y sincero.
Hoy quiero dejar de lado críticas, análisis y referencias de ningún tipo. Baste con decir que la película va de dos tipos que regentan un videoclub, dos enamorados del cine que ven el mundo en VHS y que, en los días inminentes del DVD, se dedican a hacer sus propias versiones de las películas que aprendieron a amar con rayas en la pantalla y cintas limpiadoras esperando en la estantería. Hoy sólo me quiero referir a dicha película porque ha revitalizado en mí las ganas de seguir proclamando mi amor por el cine. Es sencillamente inspirador ver a Jack Black y a Mos Def comprometiéndose a terminar en 24 horas una versión de Los cazafantasmas (Ghost Busters, Ivan Reitman, 1984) en un alarde de imaginación e ingenio. Pero es aún más valioso encontrar en nuestros días a un "visionario" como Gondry recordando nuestros días de videoclub, robando el corazón de todo un vecindario y robándolo por extensión al espectador que sabe de lo que habla. Quizás las generaciones que hayan nacido bajo el imperio del DVD y sus infinitos contenidos extras no entiendan que tiene de especial esta película. Pensarán que no es nada más que nostalgia. Y quizás tengan razón. Pero habrá sido suficiente para escribir un día más. Un post más.