martes, noviembre 04, 2008

Monográfico Fellini (parte I): Fellini y la vocación insospechada

Pues aquí el primero de los fascículos que iré intercalando con otros posts a propósito de la retrospectiva que anuncié hace un par de días. Federico Fellini será una de las estrellas del Festival Internacional de Cine Clásico de Granada, el Retroback 2009. Para quien guste leerlo, aquí empieza un monográfico dedicado al cineasta italiano que empieza por el principio mismo.



“Mi vocación más auténtica es representar todo cuanto veo,

todo aquello que me golpea, me fascina, me sorprende.”

Federico Fellini

Fellini y la vocación insospechada

Mucho se equivocarán aquellos que busquen en el cine de Fellini los escasos rasgos heredados de una tradición de cine italiano interrumpida, como el arte en su globalidad, por el yugo de las guerras y las dictaduras. Bien pensado, Federico Fellini le debe más al hastío de los fascismos que oscurecieron la Italia de su infancia, adolescencia y juventud que a las incontables horas de visionados que sí le dedicaron contemporáneos suyos a Griffith, Dreyer o Einsenstein en los cineclubs y filmotecas italianas. Fellini no fue asiduo del Centro Sperimentale di Cinematografia y sus preferencias cinematográficas pasaban por su (buen) gusto por el clásico slapstick de Chaplin, Buster Keaton, Laurel y Hardy o los hermanos Marx. Aquel italiano nacido en la costeña Rímini nunca presentó una vocación temprana por el séptimo arte ni un talento precoz que adelantara su dirección hacia el celuloide. Por ello el cine de Fellini le debe al cine anterior menos que ningún otro cine que haya alcanzado galones tan altos, precisamente porque Fellini nunca se propuso a sí mismo una exhaustiva educación cinematográfica a la que coetáneos como François Truffaut o cineastas más tardíos como Peter Bogdanovich se sometieran desde la crítica cinematográfica. Podría decirse que el encuentro del italiano con el cine fue fortuito, una concatenación de benditas casualidades que hicieran de Fellini el visionario realizador que acabaría siendo, albedrío tan mágico como su cine en sí que ya encontrara a directores como Allan Dwan o Raoul Walsh, hoy nombres imprescindibles sin los que la historia del celuloide se encontraría incompleta.

Nacido en Rímini en 1920, el sino de la infancia de Federico Fellini se vería fuertemente determinado por el fascismo de Mussolini. Educado en la escuela elemental del asilo San Vicenzo del Rímini, primero, y en la escuela pública fascista de Emilia-Romagna, después, el joven Fellini mostró su primer interés por el arte cuando comenzó a realizar caricaturas de sus compañeros en el campamento de verano de la rama juvenil del Partido Nacional Fascista, retratos que publicaría en el único número de La Diana, revista de la Ópera Nacional de Balilla de Rímini. Continuó ejerciendo como caricaturista en la publicación Marc'Aurelio, en 1939. Radio, prensa, y algunas colaboraciones en equipos de guionistas en los primeros años de la década de los 40 le condujeron hasta la ACI (Alianza Cinematográfica Italiana), regida por Vittorio Mussolini, hijo del Duce y lugar donde conocería a Roberto Rossellini. Apenas dos años después de que Roma fuera liberada, Rossellini llamó a Fellini para ponerlo al frente del guión de Roma, Ciudad Abierta (1945) a la que le siguió una segunda colaboración juntos, Camarada (Paisà, 1946). Tras sendas participaciones en dos de las películas capitales del neorrealismo, Fellini, que había abandonado sus estudios universitarios de Derecho, comenzó a mostrar un mayor interés por la creación de un ‘cine de Reconstrucción’, un cine que mirara a la realidad de forma honesta, pero traspasando las fronteras del movimiento neorrealista en su intención de abarcar cualquier realidad: social, espiritual, metafísica…1 Una declaración de intenciones que tomaría forma a lo largo de una filmografía construida desde una etapa aún influida por las tendencias neorrealistas (La Strada, 1954) a la consumación de la premisa propuesta por Fellini en sus obras cumbres (Otto e Mezzo, 1963).

No es menos cierto que no sería hasta 1952 cuando Fellini debutara con Lo sceicco bianco, relato de las aventuras y desventuras de una pareja de recién casados compuesta por Ivan (Leopoldo Trieste), un pragmático y socialmente comprometido burgués y Wanda (Brunella Bovo), una soñadora deseosa de ver a su estrella de foto-novela favorita en su luna de miel en Roma. Entre sus colaboraciones con Rossellini y su debut en solitario, Fellini había pasado más de un lustro de aprendizaje entre sets de rodajes y páginas de guiones que forjarían sus coordenadas como realizador a principio de los 50. En Lo sceicco bianco ya se intuían las fuentes de instrucción que acompañaron a ese aprendizaje y que, una vez más, se alejaban del cine. La pasión de la protagonista femenina por la foto-novela, sin ir más lejos, revelaba la alta influencia que el periodismo en general y la radio, los sketches y el cartoon en particular habían ejercido sobre el emergente director. Dijo Italo Calvino de Fellini que su lenguaje cinematográfico había evolucionado en relación con una imagen que se había establecido primeramente como una caricatura para luego evolucionar hacia la propia de un visionario2. Y esta evolución determina, efectivamente, las señas de identidad de un cine y su dependencia de la imagen más allá de motivos y anclajes narrativos, pues definen las películas de Federico Fellini un cine que pronto se revelará como el instrumento para hacer realidad la principal premisa de su autor: la de representar en la pantalla todo aquello que vio y le fascinó, los recuerdos que perduraron, los sueños y pesadillas o los miedos y deseos de un cineasta empeñado en la culminación de una realidad propia y constantemente redefinida a lo largo de su filmografía. Una realidad, su realidad, de la que aquí solo se mencionan unos trazos, pero que compone un universo fílmico per se, configurado tanto por sus endémicos delirios visuales como por las mujeres de su vida, los ambulantes artistas de un circo o las memorias de la infancia en Rímini. Pero estas, también fascinantes, son otras historias.

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1Federico Fellini, "The Road Beyond Neo-Realism", en Fellini, La Strada: Federico Fellini, Director, ed. Peter Bondanella and Manuela Gieri, (New Brunswick, NJ: Rutgers University Press, 1987), p.217.

2Citado por Peter Bondanella en The Cinema of Federico Fellini (Princeton: Princeton University Press, 1992, p.9), del prefacio de Calvino a una edición de cuatro guiones de Fellini publicados en 1974, "Autobiografia di una spettatore," en Federico Fellini, Quattro film (Turin: Einaudi, 1974), p.23.

2 comentarios:

comunllum dijo...

Se nota tu pasión por Fellini.

Jordi Revert dijo...

Pues sí, es una de mis grandes pasiones. Y crece, a cada película...