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viernes, octubre 17, 2008

Serpico



Uno de los episodios más tristes que la ciudad de Nueva York registrara en las últimas décadas es aquel que corresponde a la desmedida corrupción que se daba en su policía a principios de los 70. Ridley Scott revisó con eficacia este oscuro pasaje en American Gangster (2007), y el mismo contexto sirvió a Sidney Lumet para elaborar esta Serpico, a la postre una de sus más destacadas obras en una extensa filmografía que aún hoy sigue ofreciendo obras notables, caso de la reciente Antes de que el diablo sepa que has muerto (Before the Devil Knows You're Dead, 2007). Lumet decidió hacer de su primera colaboración con un Al Pacino lanzado al estrellato por Coppola con El Padrino (The Godfather, 1972), el retrato de una de las figuras más interesantes de su tiempo: el oficial Frank Serpico. Serpico se convirtió en un policía tremendamente impopular tanto por su dejado aspecto (pelo largo, barba y pendiente, elementos que utilizaba para poder infiltrarse con mayor eficacia en los bajos fondos neoyorquinos) como por su empecinada negativa a aceptar los sobres que circulaban en los distintos departamentos de la policía, por entonces a la orden del día. La particular cruzada que este oficial iniciara en 1971 con escasos aliados en pos de una limpieza de la policía, le grangeó numerosos enemigos en todo departamento al que fuera trasladado, mientras se convertía en una figura ejemplar de cara a la opinión pública. La fama que adquirió el personaje hizo que la biografía publicada en 1973 por Peter Maas vendiera más de tres millones de copias y precipitara la adaptación cinematográfica a manos de Lumet.

25 años de carrera ya alababan la experiencia de Sidney Lumet, quien decidió recoger en su personal biopic el espacio comprendido entre el nombramiento de Serpico como policía del cuerpo y su retiro del cuerpo tras declarar ante la Comisión Knapp en diciembre de 1971. Lejos de cualquier intención de espectacularizar los pasajes más intensos de la historia registrada por Maas, Lumet decidió realizar una profunda exploración del personaje, centrada en su evolución y reacción a las crecientes presiones que irán transformando a un Serpico que primeramente se nos revela como un tipo naíf, totalmente ajeno a cualquier sospecha de un cuerpo de policía lacrado por la corrupción. Serpico no es un idealista o un rebelde, sino un agente que, tal como insiste en repetidas ocasiones, sólo quiere que le dejen hacer su trabajo al margen de sobres. Es cuando su negativa a mantenerse al margen se torna en su contra cuando realmente Serpico se ve obligado a rebelarse ante las constantes amenazas tanto verbales como físicas que sufre a su paso. Es la obstinación de su entorno en repudiarlo y forzarlo a actuar en la ilegalidad lo que desgasta psicológicamente a un personaje bienintencionado que nada quiere saber de luchas o causas nobles, pero que inevitablemente se acaba convirtiendo en el símbolo y centro de las mismas. Al Pacino fue el perfecto aliado para Lumet, un actor que se había encontrado con una fama del todo inesperada y que debía confirmar sus dotes tras la mayúscula sorpresa que había supuesto el personaje de Michael Corleone. Pacino no falló y supo sumirse en el personaje, incorporando en distintos momentos los sentimientos de incomprensión, aislamiento, cansancio y furia. Los matices de su actuación se dejan pues, ver en una actuación de un peso enorme desde el mismo momento en que es centro absoluto del filme, presencia casi permanente en todos y cada uno de los planos de la película.



El director norteamericano siempre creció como cineasta a la sombra de otros grandes, como en un segundo plano en el que nunca dejó de trabajar para acabar dando con actitud casi desapercibida clásicos de la talla de 12 hombres sin piedad (12 angry men, 1957), la cuál ya anunciaba su magnífico hacer alrededor del microuniverso que suponía los juicios y su entorno, respecto al cuál Lumet ha sentado magisterio en su carrera. En Serpico, el proceso judicial queda reducido a una pequeña parte, centrando la atención primero en el empeño de Serpico por cumplir con su deber al márgen del viciado entorno en el que debe cumplirlo, para después sumirlo en una multitud de contactos, insistentes llamadas y acciones reiteradas desde dentro y fuera de su labor como policía para conseguir algo que Lumet nos hace creer cada vez menos utópico: la limpieza y transparencia de la ley en su ejercer. Y lo hace con un pulso envidiable, exento de clímax alguno pero no de un interés latente en cada escena, cada plano. Denota Serpico que Lumet es un cineasta nunca mainstream pero sí consolidado, capaz de imprimirle a su nada convencional policiaco un ritmo envolvente, de lograr una hipnosis de la que buena parte de culpa tiene un Al Pacino magnífico. Y confirma su conclusión lo que ya sospechábamos: que no se trata de una historia de grandes triunfadores, sino de pequeños triunfos necesarios para la victoria en la guerra. Sólo así podría inscribirse Serpico en el seno del cine de Lumet, rehuyendo de convenientes licencias y siendo fidedigno a la realidad de un personaje que merece un obligado conocimiento del público, y un justo hueco entre los más carismáticos de cuantos ha dado el cine.

lunes, abril 09, 2007

El precio del poder



"El mundo es tuyo". Un dirigible surca el cielo nocturno de Miami. Tony Montana lee la poderosa sentencia que hará suya y con la que rubricará el hall de su monumental mansión. Acaba de matar a su jefe, Frank López, después de que este fracasara en la idéntica misión para con su subordinado. Montana era ambicioso, demasiado ambicioso, y se estaba convirtiendo en el auténtico rey del narcotráfico en Florida. Ahora ya lo es.

El remake que en 1983 hizo Brian De Palma de la Scarface de Howard Hawks (1932) es una muestra del mejor cine de un realizador que, pese a unas aventajadas dotes para manejar el suspense, se perdió en una irregular filmografía. El tridente que conformaba está revisión del clásico del género de gángsteres estaba completado por el guión de Oliver Stone y la capital actuación de un Al Pacino que sería el nuevo Scarface, cambiando el ganster entre gánsteres, Capone, por un cubano que emigra a Florida y que construye su imperio de la nada. Brian de Palma optó por un chulo, un nada sofisticado e iracundo matón que ansia el poder y sabe que sólo el miedo y la sangre le llevarán hasta él. El precio del poder cuenta, por tanto, el ascenso de un Don Nadie al cielo de la mafia y cómo ese poder le consume hasta el violento fin de sus días.

Un cóctel de estética ochentera que se construye desde un brillante guión que estructura perfectamente escenas claves que hacen de El precio del poder una envolvente trama in crescendo alejada de los contextos clásicos del género, más propios de Chicago o Nueva York. Las playas idílicas de Miami, las esculturales chicas patinando por los paseos, las camisas estampadas y los coches descapotables son el escenario que bien recordarían a Corrupción en Miami y donde se desenvuelve con soltura la mafia del narcotráfico. También es el escenario ideal para que el remake de Brian De Palma adopte ciertos tintes políticos, partiendo de la emigración masiva que Castro permitió en 1980 tras abrir el puerto de Mariel (y con la que dio salida a un elevadísimo número de presos cubanos) y las correspondientes venganzas promovidas desde el gobierno americano contra algunos "refugiados políticos". Esos tintes le dan una nueva dimensión a un Scarface de un poder visual aplastante. El recurrente uso de cámara-grúa y planos secuencia que siguen a los personajes subiendo un edificio o a través de la imponente mansión prodigan el espectáculo y acaban desembocando en una incomparable y sanguinolenta orgía visual en la que Pacino / Montana lucha hasta la muerte contra el mundo entero, el mismo que creía poseer.



Ese Montana forma ya parte de la nómina de gángsteres ilustres gracias al portento que es Al Pacino. Montana está lleno de matices, gestos y dicción que él mismo asegura haber aprendido de gente como Bogart o Cagney; resulta tan inspirado como auténtico, tan simpático como temible, Al Pacino vuelve a ser el mejor y hace que te acuerdes de su cara cortada, borracho y amenazando a la clase de alta de Miami en un restaurante de lujo ("Necesitáis personas como yo para poder señalarlas con el dedo y decir <<ese es el malo>>") o en su jacuzzi viendo la tele mientras discute con su mujer o lleva el negocio. Es el alma de El precio del poder, alma corrompida desde su puesta en escena y consumida en sus últimos días como jefe de la mafia, en los que el poder elevará su ego hasta la categoría de dios en la tierra. Pequeño, pero matón...
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Scarface. Estados Unidos. 1983. 170'.
Director: Brian De Palma.
Guión: Oliver Stone; basado en la novela Armitage Trall y el guión de Scarface de Howard Hawks (ambos de 1932).
Fotografía: John A. Alonzo.
Música: Giorgio Moroder.
Producción: Martin Bregman.
Intérpretes: Al Pacino (Tony Montana), Steven Bauer (Manny Rivera), Michelle Pfeiffer (Elvira Hancock), Mary Elizabeth Mastrantonio (Gina Montana), Robert Loggia (Frank López), F. Murray Abraham (Omar Suárez).
Puntuación: 8
Más Scarface...
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1023.html (sobre la peli)
http://www.elmundo.es/especiales/2001/12/cultura/videoscine/scarface.html (sobre la Scarface de Howard Hawks)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/modules.php?name=News&file=article&sid=1316 (sobre Al Pacino)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article2242.html (sobre Brian de Palma)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article2268.html (sobre Oliver Stone)
http://es.wikipedia.org/wiki/Cine_de_g%C3%A1ngsters (sobre el cine de gángsteres)