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miércoles, marzo 09, 2011

Rango

Rango suma referentes y citas sin ser conducida por ellos. Bajo el mismo paisaje decadente y árido, se encuentran los cielos magenta de King Vidor en Duelo al sol (1946), la decrépita taberna de Hasta que llegó su hora (Sergio Leone, 1968), los debates éticos a pie de horca de Incidente en Ox-Bow (William A. Wellman, 1942), los duelos a mediodía de Solo ante el peligro (Fred Zinnemann, 1952) o el —honorable— villano creado a imagen de Lee Van Cleef. Todo supeditado a: 1) una concienzuda estética de la mugre que goza de magistrales capas de detalles, desde una galería de tullidos y raros secundarios —siempre reafirmados en su animalidad y salvajismo, cual Fantástico Sr. Fox (Wes Anderson, 2009)—, a una fotografía que varía, por ejemplo, acorde a la cantidad de luz que deja pasar el polvo en una colección de botellas colgantes; 2) la banda sonora de Hans Zimmer, fantástica en su sumario de músicas del género —desde los coros épicos para créditos de un Dimitri Tiomkin a la harmónica de Ennio Morricone— y aún así apegada a constantes propias del compositor alemán en sus trabajos para la saga Piratas del Caribe.
Leer crítica completa en LaButaca.net
En la imagen: Fotograma de Rango, película distribuida por Paramount Pictures Spain © 2011 Paramount Pictures, Nickelodeon Movies, Blind Wink y GK Films. Todos los derechos reservados.

jueves, febrero 07, 2008

Momentos de cine (XII): Hasta que llegó su hora

Hasta que llegó su hora (C'era una volta il West, 1968) es, como muchos grandes western, una de esas historias de hombres primitivos tratando de sobrevivir en una sociedad en construcción, un viejo mundo que da paso a las maravillas de la modernidad mientras ellos arrebatan o perdonan la vida en su solitaria búsqueda de quiméricas fortunas. Son hombres parcos en palabras, amantes del silencio y confinados a una perpétua soledad en la que se obstinan en sobrevivir aprendiendo a disparar más rápido. Hombres que pueblan esta cima del spaghetti western de Sergio Leone y componen una de las más brillantes oberturas del género: tres mercenarios toman una estación de tren y esperan la llegada de un hombre anónimo; el tren llega, nadie baja y tras unos momentos de incertidumbre la maquinaria vuelve a ponerse en marcha; es entonces cuando se oye el doloroso, agónico sonido de una armónica...




Esta es la presentación formal de uno de los personajes más imborrables del western. El hombre de la armónica no existiría sin Morricone y la sublime melodía que compone para él, pero tampoco sin un Charles Bronson que, aunque nunca fue Clint Eastwood, sus limitaciones como actor no le impidieron elevar a ese héroe sin nombre ni historia junto a excelentísimos de su estirpe como Tom Doniphon, aquel que renegaba la gloria de haber disparado a Liberty Valance. Además, su introducción en la trama es a su vez un compendio de las premisas del spaghetti: sonidos mínimos que quiebran insistentemente en el silencio y son el preludio de la acción; desafiantes primeros planos que reposan sobre las miradas de los contendientes y en los objetos de un escenario desolado; música de duelo que se deja oir como una ráfaga de viento barriendo el desierto... y explosión final de violencia en la que sólo uno puede quedar en pie.

He aquí la escena completa en inglés, donde no hace falta una sola palabra para entender la naturaleza de esos tres hombres que esperan pacientes al hombre de la armónica:
http://www.youtube.com/watch?v=jHZpO6aNLwE

viernes, junio 08, 2007

Momentos de cine (IX): Cinema Paradiso

Carta al Giuseppe Tornatore

Querido Señor Tornatore:

Llevo tiempo queriendo escribir estas palabras sin encontrar el momento. La frenética rutina se llevaba las horas y con ellas, la oportunidad de manifestarle en esta breve carta mi admiración. Sé que no soy el primero, sé que no soy el último y sé que lo que escribo no merece mayor respuesta que los muchos elogios que ha recibido su película Nuovo Cinema Paradiso desde que se estrenara en 1988. No me detendré a hablar de ella como la autobiografía que el cine siempre mereció, humilde y sincera; no le felicitaré por mantenerse a los márgenes del sentimentalismo ni por salpicar su película de deliciosos personajes como el implacable cura censor; tampoco quiero hoy hablar de Alfredo, ya por siempre el proyeccionista predilecto del cine, el inolvidable Jacques Perrin y su entrañable y pequeño amigo Totó.
Nada más lejos, hoy le escribo porque quiero recordar la última escena. El final. Ese clímax con el que no puedo dejar de emocionarme en cada visionado, esos tres minutos de cine mayúsculo que mira a cine imposibles de olvidar una vez contemplados. Quiero recordarlos porque me digo que si mi amor por el cine desfalleciera, esos minutos estarían ahí para devolverme la pasión...

Porque es una declaración de amor que no necesita de palabras.

Porque durante tres minutos, cada uno de nosotros es Totó sentado en ese cine.

Porque es el pequeño homenaje más grande que el cine le dio al cine.

Porque la música de Ennio Morricone es bella hasta lo indecible.

Por Chaplin. Por Renoir. Por Alfredo.

Porque nunca un final tan pletórico de felicidad me hizo derramar una lágrima.

Porque si se acabara el cine, esta sería su última escena...


Atentamente.