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miércoles, marzo 09, 2011

Rango

Rango suma referentes y citas sin ser conducida por ellos. Bajo el mismo paisaje decadente y árido, se encuentran los cielos magenta de King Vidor en Duelo al sol (1946), la decrépita taberna de Hasta que llegó su hora (Sergio Leone, 1968), los debates éticos a pie de horca de Incidente en Ox-Bow (William A. Wellman, 1942), los duelos a mediodía de Solo ante el peligro (Fred Zinnemann, 1952) o el —honorable— villano creado a imagen de Lee Van Cleef. Todo supeditado a: 1) una concienzuda estética de la mugre que goza de magistrales capas de detalles, desde una galería de tullidos y raros secundarios —siempre reafirmados en su animalidad y salvajismo, cual Fantástico Sr. Fox (Wes Anderson, 2009)—, a una fotografía que varía, por ejemplo, acorde a la cantidad de luz que deja pasar el polvo en una colección de botellas colgantes; 2) la banda sonora de Hans Zimmer, fantástica en su sumario de músicas del género —desde los coros épicos para créditos de un Dimitri Tiomkin a la harmónica de Ennio Morricone— y aún así apegada a constantes propias del compositor alemán en sus trabajos para la saga Piratas del Caribe.
Leer crítica completa en LaButaca.net
En la imagen: Fotograma de Rango, película distribuida por Paramount Pictures Spain © 2011 Paramount Pictures, Nickelodeon Movies, Blind Wink y GK Films. Todos los derechos reservados.

lunes, febrero 14, 2011

Valor de ley (True grit)


Clasicista en apariencia, coeniana en espíritu, Valor de ley (True grit) minimiza el tema de la masculinidad en crisis para reforzar líneas más oscuras: la borrosa frontera entre el bien y el mal, la pérdida de la inocencia, la venganza como empeño hasta el desgaste, hasta la comedia y el sinsentido. Todo incorporado en una extraña —y extrañada— fábula sin tal envoltorio, hipnótico y fascinante relato en el que la infancia y los monstruos se dan caza y entrañan lazos. Esta es una película despojada de épica, tan alejada de las narraciones que construyeron el Oeste americano como del cine más exhibicionista de los Coen, lo que no les impide hacer visible su impronta en momentos dados del metraje: una piel de oso o unos dedos cercenados son aquí puntuales y perversas licencias que dejan bien clara la presencia de los realizadores tras la cámara (...) Bendecida por la prodigiosa habilidad de los hermanos para configurar enteras galerías de personajes imborrables, este su último trabajo halla en Jeff Bridges un heredero magnífico del Rooster Cogburn de John Wayne, un cíclope desaliñado y decadente, de un patetismo menos inofensivo que el de su original.
Leer crítica completa en LaButaca.net

En la imagen: Cartel de Valor de ley (True grit), película distribuida en España por Paramount Pictures Spain © 2010 Paramount Pictures, Skydance Productions, Scott Rudin y Mike Zoss. Todos los derechos reservados.

sábado, septiembre 13, 2008

Hollywood magnífico


En una época en la que Hollywood se abocaba, en el principio de su fin, a una era de presupuestos incontrolados y grandes producciones desbordadas por la premisa de la magnificencia, John Sturges era una valiosa excepción que hizo de proyectos titánicos cine mayúsculo, películas enormes encabezadas por repartos estelares que no reñían con la calidad de las mismas. Buen ejemplo de ello es La Gran Evasión (The Great Escape, 1963), uno de los más maravillosos (y amargos) entretenimientos que ha regalado el cine, y buena prueba es también la película más taquillera de su carrera, esta Los siete magníficos (The magnificent seven, 1960) que aquí nos ocupa.

Sturges ya había demostrado sus habilidades en el terreno del western a lo largo de varios filmes entre los que destacaba Duelo de Titanes (Gunfight at the O.K. Corral, 1957), una de las más celebradas versiones del famoso incidente en O.K. Corral. Con Los siete magníficos John Sturges no hizo sino refrendar su buen oficio tras la cámara con un proyecto de enormes pretensiones, desde su intención de adaptar una obra aparentemente intocable como era Los siete samuráis (Sichinin no samurai, Akira Kurosawa, 1954) hasta su rutilante reparto, compuesto de las más grandes estrellas de Hollywood. Sin embargo, demostró Sturges que aquello sí era una buena idea y que la narrativa de la película de Kurosawa se adaptaba perfectamente al contexto del oeste fronterizo, donde los siete jinetes deberían defender a un desamparado pueblo de granjeros de las atrocidades de un grupo de bandidos. Pero si algo hemos de destacar de la obra de Sturges es que Los siete magníficos no significaba tan solo una reconfiguración de la historia que se nos contaba, sino que se trataba de un producto eminentemente comercial, sí, pero también un producto sumamente interesante atendiendo su enclave cinematográfico. Y es que no es difícil adivinar que Los siete magníficos está dejando atrás las coordenadas del western clásico y está allanando el camino hacia un western condicionado y finalmente determinado por una cierta tendencia del cierto europeo en general y del western italiano en particular. Prueba de ello es la tendencia a seguir de las tres secuelas, culminando estas en El desafío de los siete magníficos (The magnificent seven ride!, George McCowan, 1972), protagonizada por uno de los actores fetiches de Sergio Leone: Lee Van Cleef. Lo que son las cosas: Si Akira Kurosawa afirmaba haberse nutrido e inspirado de la obra de John Ford, John Sturges había realizado una película que adaptaba a Kurosawa, pero que poco tenía que ver con Ford. Cuatro años después, Leone secundaba a Sturges en adaptar al maestro japonés y hacía de Yojimbo (1961) una inconmensurable obra llamada Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari, 1964). Si esto no es un círculo perfecto, al menos es la perfecta prueba de la infinita retroalimentación y riqueza de influencias del western.

Así, Los siete magníficos supone un relato de aventuras delicioso, situado entre dos épocas bien distintas del género y prueba palpable de la universalidad de la historia de Kurosawa. La cinta de Sturges y Kurosawa difieren en la profundidad con la que sus personajes son inspeccionados, pero comparten un elevado ritmo de la narración que las hace del todo llevaderas, y el comportamiento y definición de sus siete protagonistas, como siete almas bien distintas que tanto representan a seres humanos de caracteres bien distintos como las distintas etapas en la vida del hombre (esto último se subraya si remarcamos la diferencia entre el impulsivo Chico [Horst Buchholz, en un descompensado equivalente con el brillante Toshirö Mifune de la original], joven y temerario, y el líder maduro y brillante estratega Chris Adams [Yul Brynner]). Sturges le imprimió a Los siete magníficos un ritmo tan endiablado que hace de ella una de esas obras que nunca se agotan a más visionados, y puso frente a la cámara a un reparto con el que era difícil fallar: Yul Brynner y Steve McQueen pasaban por ser dos de las más grandes estrellas de Hollywood, mientras que el talento de James Coburn o la eficacia de Charles Bronson para ejecutar tipos parcos e impasibles quedaban más que patentes. En el otro lado, Eli Wallach, el futuro Tucco de El bueno, el feo y el malo (Il buono, il brutto, il cattivo, Sergio Leone, 1966) ya demostraba su perfecto dominio en papeles de tipos despreciables como Calvera, jefe de la banda rival a la que se enfrentan los de Chris Evans. Todos ellos son partícipes de una historia épica, destinada a replantear al espectador la naturaleza del héroe, señalar en esa reformulación al hombre de a pie que nunca fue reconocido como tal, el campesino que desdeña la vida de pistolero para cultivar tierras y familia.

Pero lejos de estos planteamientos y de cualquier posición moral que se pueda inferir de Los siete magníficos, la película de John Sturges merece ser recordada como un entretenimiento sobresaliente, ejemplar modelo en el que se debieran mirar no pocas superproducciones plagadas de estrellas que acaban siendo meras comparsas del vacuo y rimbombante espectáculo. Los siete magníficos queda grabada como un inolvidable aventura a cargo de siete pistoleros que son las verdaderas almas de la historia y que reniegan del carácter solitario y egoísta de la figura clásica del vaquero para hacer un hueco a la humanidad y a la bondad del mismo. En la retina quedan las imágenes de los siete jinetes cabalgando en el desierto sabiéndose ya parte de la mitología cinematográfica mientras suena, triunfalmente, el inolvidable tema compuesto para la ocasión por el genial Elmer Berstein.

viernes, septiembre 05, 2008

El tren de las 3:10


Yuma es una entrada ineludible en el diccionario del western. El mito envuelve a la prisión de máxima seguridad construida para ser un bastión inexpugnable, donde aquel que entrara se sabía condenado a no ver libre la luz de un nuevo día. Allí tendrían reservado su destino final, por lo tanto, los bandidos más indomables del viejo oeste y allí repercutiría el cine como el más gran cronista de ficciones partidas del pasaje más mitológico de la historia de América. De esta forma, no son pocas las películas en las que la famosa prisión de Yuma es mencionada: el mismo Sergio Leone, alcanzada la cima del spaghetti western, mandó allí a uno de sus más carismáticos personajes, el Cheyenne de Hasta que llegó su hora (C'era una volta il West, 1968) a sabiendas de que el resultado iba a ser, una vez más, la tragicómica reiteración de la habilidosa capacidad del personaje para escapar de los más grandes aprietos.

Pero fue el escritor Elmore Leonard el que tomaría el nombre de Yuma para convertirlo en su MacGuffin argumental para el relato de 1953 3:10 to Yuma, que solo tardaría cuatro años en ser llevada al cine. En 1957, Delmer Daves hizo de Van Heflin el primer Dan Evans, humilde granjero que se embarca en la misión suicida de escoltar hasta el tren de las 3:10 al más peligroso bandido imaginable, un Ben Wade encarnado por Glenn Ford. La película de Daves tuvo una buena acogida en su estreno y forjó en la pantalla unos personajes destinados a protagonizar una inusitada relación entre héroe y villano bajo una premisa ciertamente original.

Cincuenta años después, James Mangold (Cop Land [1997], Inocencia Interrumpida [Girl, Interrupted, 1999] o En la cuerda floja [Walk the Line, 2005]), retoma la historia de Leonard para realizar un western en tiempos ajenos al mismo. Que el cine americano retome un género casi en extinción, a través de películas tan dispares como El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (The assassination of Jesse James by the coward Robert Ford, Andrew Dominik, 2007) o esta revisión de 3:10 to Yuma (rebautizada en España como El tren de las 3:10) no deja de ser una magnífica noticia. Mangold se ha demostrado en sus películas anteriores como un director eficaz aunque nunca destacado, como un realizador con buena mano en la dirección de sus actores, capaces bajo sus órdenes de componer personajes difíciles, como el Sheriff Heflin de Cop Land o el Johnny Cash de En la cuerda floja. En el caso de El tren de las 3:10, la constante se repite una vez más y nos encontramos ante un western que ni mucho menos se revela como excepcional, pero sí como ejemplar entretenimiento del género que algunos tanto echamos de menos a día de hoy. Nos encontramos ante un western que no reniega de los axiomas clásicos del género, pero que se nutre de escenas de acción que evidentemente pertenecen a estéticas y tendencias contagiadas en la modernidad, donde el ritmo se exige una mayor celeridad en dichas escenas y menor distancia entre las mismas, lejos de clímax alcanzados tras ansiógenas esperas que se resuelven en rápidos enfrentamientos no exentos de una épica preparada. La película de Mangold, sin desatender la composición de sus personajes a través de cuidados pasajes en los que nos cede un respiro entre persecuciones y masivos tiroteos, se ve obligada a hacer concesiones a un público moderno, inadaptado al western, que en su mayoría sólo acudiría a ver una película como El tren de las 3:10 si se les asegura buenas dosis de acción ininterrumpida, bien empacada y presentada en un espectacular tráiler que funcione como reclamo.



El tren de las 3:10
pasa por ser, además, un duelo interpretativo entre sus dos máximas estrellas, Russell Crowe como el encantadoramente malvado Ben Wade y Christian Bale como el encantadoramente desdichado Dan Evans. Ambos resultan convincentes en sus papeles, el primero haciendo de su personaje un simpático antagonista, cruel y con sentido del humor, sorna derivada de su total desprecio por todos aquellos que aspiran a atraparle y conseguir la jugosa recompensa que por su cabeza se ofrece; el segundo como un Dan Evans tocado de orgullo, un granjero tullido que sufre la subyacente compasión de una familia que le quiere, pero apenas sí siente alguna admiración por él. El cruce entre ambos personajes es, por tanto, una excusa satisfactoria para ambos en su camino, pues mientras al personaje de Crowe le parecerá de lo más divertido su custodio, el de Bale encontrará la ocasión única para convertirse en héroe, imprevisto mártir que restaura su honor. La cruzada de Evans en su misión de escoltar a Wade hasta el tren que le lleve a Yuma acabará suponiendo, por supuesto, un acercamiento entre héroe y villano que revelará una compleja relación entre ambos lados de la ley. En el momento Evans tome la suicida decisión de culminar su misión solo ante un pueblo entero dispuesto a arrebatarle a su prisionero, ese proceso toma por fin su forma definitiva en cuanto que el personaje de Crowe ha reconocido y se ha rendido ante la figura del héroe: aquel que ante todas las adversidades del mundo, luchará hasta su último aliento no por falsas empatías o por nobles causas, sino por aquello que se debe a sí mismo y que le hace totalmente inmune a un ejército entero haciendo blanco sobre él.

Así que es el western de Mangold una reivindicación del héroe, el reconocimiento del mismo por su villano por excelencia y la puesta en escena de ambos en una liviana y entretenida aventura que poco debe a los clásicos del género, pero que al menos supone una valiosa recuperación y revisión de los contextos del mismo. El tren de las 3:10 puede ser esa cinta que, muy certeramente, recorte las reticencias de los nuevos espectadores hacia un género con el que nunca crecieron. Y sólo esa razón ya será motivo suficiente de celebración.
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3:10 to Yuma. Estados Unidos. 2007. 117'.
Director: James Mangold.
Guión: Halsted Welles, Michael Brandt y Derek Haas; basado en un relato corto de Elmore Leonard.
Producción: Cathy Konrad.
Música: Marco Beltrami.
Fotografía: Phedon Papamichael.
Montaje: Michael McCusker.
Diseño de producción: Andrew Menzies.
Vestuario: Arianne Phillips.
Intérpretes: Russell Crowe (Ben Wade), Christian Bale (Dan Evans), Logan Lerman (William Evans), Ben Foster (Charlie Prince), Peter Fonda (Byron McElroy), Vinessa Shaw (Emma Nelson), Alan Tudyk (Doc Potter), Luce Rains (Weathers), Gretchen Mol (Alice Evans), Dallas Roberts (Grayson Butterfield).
Puntuación: 6
El tren de las 3:10 en la red...
http://www.310toyumathefilm.com/ (Web oficial)
http://www.widepictures.es/eltrendelas310/ (Web oficial España)
http://www.labutaca.net/films/55/310toyuma.htm (sobre la película)
http://www.elpais.com/articulo/cine/ultimo/refugio/epica/moral/elpepuculcin/20080905elpepicin_6/Tes (crítica en El País de la película)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1564.html (sobre Russell Crowe)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1363.html (sobre Christian Bale)
http://en.wikipedia.org/wiki/James_Mangold (sobre James Mangold, en inglés)


martes, julio 08, 2008

El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford



Nos encontramos ante una película única en su especie. Un western excepcional a todas luces y uno de los ejemplos más particulares del género por las coordenadas en las que se sitúa. No deja de ser una lástima que una película de una calidad tan extraordinaria haya pasado completamente desapercibida en nuestras pantallas y que haya resultado sólo parcialmente alabada por un sector de la crítica, aquel que no se ha limitado a atacar la película de Andrew Dominik fundamentándose en la longitud de su metraje y en el ritmo de su narración. Así que partamos de este punto y digamos que donde aquellos dijeron excesivo yo diré cautivador, y que donde aquellos dijeron parsimoniosa yo diré profunda e indagadora.

Hablo convencido de la excepcionalidad de El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford desde que no retengo en mi memoria, quizás desde el Río Rojo de Howard Hawks (1948), una obra del género capaz de realizar una exploración tan profunda y tan rica de los personajes que la pueblan, haciendo de esa inspección de su detenido estudio de los dos hombres que gobiernan en el título y en la película, eje central que se sitúa bien lejos de cualquier convención que la tildara de un western más. A través de una profunda, fascinante y sí, extensa exploración de los caminos paralelos, tangentes y divergentes del afamado asesino y ladrón Jesse James (Brad Pitt) y del joven miembro de su banda Robert Ford (Casey Affleck), Dominik ha conseguido crear una historia que va más allá de los personajes para retratar brillantemente un tiempo y un lugar específicos (las últimas décadas del siglo XIX) y de paso recoger un análisis de una sociedad americana que, pese a pertenecer a aquel contexto, representa un comportamiento perpetuado a través de los tiempos. Un comportamiento en el que una figura tan amoral pero tan carismática como la de Jesse James puede acabar siendo saludada como leyenda y honrada por la memoria de la gente mientras un héroe anónimo como Robert Ford es reprendido como cobarde y despreciado por su acto por el resto de su existencia. Y después, sumergido en el olvido.



Pero tal es la complejidad que atesora la película de Dominik que hace que las últimas líneas escritas sigan, pese a todo, resultando enormemente tendenciosas. Y la razón es que la exploración psicológica de ambos personajes es de tal calado que nos es imposible situarnos en la posición de juez, un mérito que raramente han alcanzado pocos cineastas. Jesse James es el bandido despiadado y sanguinario que forja su leyenda a cada robo o asesinato perpetrado, cuyo carisma y capacidad para no ser atrapado a lo largo de su larga carrera delictiva ha inspirado la admiración de jóvenes que han crecido oyendo sus leyendas, entre ellos Robert Ford. Pero Jesse James también se nos presenta como un hombre profundamente desequilibrado, de un comportamiento impredecible que desvela su lucha interna y que le hace pasar de la afabilidad y el cariño que muestra para con su familia a la explosiva violencia con la que es capaz de golpear repetidamente a un niño para después romper a llorar. Un hombre que se ríe del extraño Ford ante los demás mientras que en solitario se sabe más común a él que a cualquier otro ser humano. Y él, Robert Ford, su más ferviente admirador, se presenta como un alma igualmente torturada por la cercanía a su héroe y el desprecio del mismo (“¿Quieres ser como yo o quieres ser yo?”). Joven vulnerable, de voz quebrada y tez pálida, es el habitual objeto de burla por su rara naturaleza, en constante fricción con sus ansias de leyenda, de suscribir su nombre junto al de James en la historia y cuyo castigo será el de asesinar al hombre que admiró para cumplir la posterior condena del eterno odio popular.



La riquísima construcción de ambos personajes se rubrica con sendas memorables actuaciones de Brad Pitt y Casey Affleck. Esta película sólo puede existir a través de sus personajes, y tanto Pitt como Affleck no sólo se limitan a cumplir su cometido, sino a revivirlos con la magnitud suficiente para inscribirlos en la memoria del espectador. Si bien sabíamos del talento de Pitt (galardonado con la Copa Volpi al mejor actor en el Festival de Venecia), Affleck toma aquí la oportunidad y la aprovecha para demostrar su calidad como intérprete, ya confirmada por encima de la de su hermano, pero llevada aquí hasta una inesperada enormidad que le llevó a una bien merecida nominación al Oscar como mejor actor secundario (pese a que este no pueda resultar secundario a Brad Pitt más allá de los títulos de crédito). A su alrededor, un conjunto de personajes, estos sí, secundarios, conforman la banda de Jesse James, todos ellos definidos y explorados con meticuloso esmero, en especial el hermano mayor de los James, Frank, interpretado por un siempre excepcional Sam Shepard.

Pero no sólo se condimenta de personajes la película de Andrew Dominik para construir una de las películas más destacadas del año. El cineasta deja claro que prefiere paisajes desolados tales como estepas nevadas y campos de trigo à la Gladiator, a áridos desiertos y poblados manufacturados. La cámara los contempla descubriendo en ellos su desnuda belleza con una sensibilidad digna del mismísimo Terrence Malick. Deja ver, Dominik, un particular toque de estilo cuando opta en los grandes planos generales, por dejar únicamente el centro del objetivo enfocando el paisaje mientras que el resto del plano permanece desenfocado. Tampoco faltan los homenajes a Centauros del Desierto (The Searchers, John Ford, 1956) ni incluso a los orígenes mismos del cine anclados en la fotografía y el teatro (el retrato fotográfico del cadáver de James, asistido por un numeroso público rememora, significantemente, los precedentes históricos del cine). Presentes están también las particulares obsesiones del cineasta (acá las botas sueltas, adelantando o significando la muerte de uno de los personajes o las sillas como señal de la pérdida, el abandono, o como lugar donde ambos protagonistas mecen sus guerras interiores), así como un meticuloso gusto por el detalle que se deja ver en esa cuchara removiendo el café que deja de moverse en el momento sabemos que Jesse James ha leído cierta noticia en el periódico. Se trata de un detallismo extremo que impregna toda la narración que, sin embargo, no oculta uno de los escasos “peros” que le pueden ser atribuida, este es, el uso de una voz narradora que vaga a la deriva por toda la película y se muestra demasiado inconstante, demasiado oportunista para ser tomada completamente en serio.



Pese a ello, las mencionadas virtudes forman una triada perfecta con el magistral tratamiento de los personajes (e, implícitamente, la dirección que Dominik ha ejercido sobre sus actores) y con el virtuosismo y la excelencia del apartado técnico, en el que la fotografía de Roger Deakins se revela simplemente mayestática: basta prestar nuestra atención a la escena en la que la familia James abandona su hogar y la cámara se detiene a observar, en la vacía casa, como las luces que se proyectan desde el exterior van desvaneciéndose lentamente. Por último, la conmovedora y nunca solemne música compuesta a la par por Nick Cave y Warren Ellis otorga a la película de Dominik una partitura acorde a las intenciones y magnitud de la obra, alcanzando su momento más excelso en la escena en la que Ford deambula por la casa vacía de Jesse James siendo Jesse James: acostándose en su cama y probando el tacto de las sábanas, acariciando su ropa y probándose su sombrero, pretendiendo tener las dos heridas de bala que él tiene alojadas en su cuerpo… Una pretensión de unicidad que es el fracaso de Ford y es el triunfo de la película. Una obra compleja, única y solitaria que ojalá el tiempo ponga en el lugar que merece.
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The assassination of Jesse James by the coward Robert Ford. Estados Unidos. 2007. 160'.
Director: Andrew Dominik.
Guión: Andrew Dominik; basado en la novela de Ron Hansen.
Música: Nick Cave y Warren Ellis.
Fotografía: Roger Deakins.
Montaje: Dylan Tichenor y Curtiss Clayton.
Producción: Brad Pitt, Dede Gardner, Ridley Scott, Jules Daly, Brad Grey y David Valdes.
Diseño de producción: Patricia Norris.
Intérpretes: Brad Pitt (Jesse James), Casey Affleck (Robert Ford), Sam Shepard (Frank James), Mary-Louise Parker (Zee James), Paul Schneider (Dick Liddil), Jeremy Renner (Wood Hite), Zooey Deschanel (Dorothy), Sam Rockwell (Charley Ford), Garret Dillahunt (Ed Miller).
Puntuación: 8,5
Para saber más de la leyenda...
http://jessejamesmovie.warnerbros.com/ (web oficial)
http://wwws.warnerbros.es/assassinationofjessejames/ (web oficial España)
http://www.labutaca.net/films/56/theassassinationofjessejames.php (sobre la película)
http://www.septimovicio.com/criticon/15112007_el_asesinato_de_jesse_james_por_el_cobarde_robert_ford_por_carlos_polite/ (reseña en Séptimo Vicio)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/modules.php?name=News&file=article&sid=1342 (sobre Brad Pitt)
http://en.wikipedia.org/wiki/Casey_Affleck (sobre Casey Affleck, en inglés)
http://es.wikipedia.org/wiki/Andrew_Dominik (sobre Andrew Dominik)

lunes, junio 09, 2008

Crónicas desde el desierto de Almería



Y el sueño se hizo realidad. Si hace unas semanas no veía el momento para encontrarme a mí mismo en el Rolling Roadshow Tour en su primera visita fuera de España, ahora puedo sonreír y decir que, tal cómo uno de los impulsores del cotarro se atrevió a pronunciar en su discurso final, tanto yo como el resto de los allí presentes compartimos uno de los momentos más grandes de nuestra existencia. Corrijo: un buen puñado de ellos. Tres noches de ensueño en las que lo que contaba era, más allá de la adoración que cada uno pudiera sentir por la trilogía del dólar, vivir una experiencia cinematográfica excepcional en unas coordenadas excepcionales. La oportunidad de escalofriarse ante tres de las obras más influyentes y poderosas del celuloide en el mismísimo lugar en que fueron engendradas no es algo que esté a tu alcance todos los días. Si la oportunidad es aprovechada, la experiencia queda grabada a fuego en la memoria y los "peros" atribuibles a la mejorable organización, eclipsados por los escalofríos que convulsionaron el cuerpo de un servidor al saberse chafando la misma arena o calles en las que Clint Eastwood y Lee Van Cleef dejaron de ser meros mortales para convertirse en mitos incandescentes de la pantalla.

A continuación doy cuenta, tan compacto y rápido como me es posible, de esos tres días de peregrinación cinéfila en la que caben alegrías, penurias, escalofríos, conversaciones, contradicciones y alguna que otra decepción. Y ante todo, una inolvidable revisión de la portentosa trilogía cumbre del spaghetti western y el más honroso homenaje al legado del gran Sergio Leone.

Día 6. Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari, 1964) en Cortijo El Sotillo: El primer día ya adelantaba que uno de los principales problemas del Rolling Roadshow Tour iba a ser las escasas indicaciones que la organización dispuso a todos aquellos que no conocíamos la zona (la gran mayoría) y que, en el peor de los casos (el mío), llevó a servidor a vagar durante media hora carretera arriba carretera abajo entre desierto e invernaderos hasta dar con el cortijo de marras. El lugar, reconvertido hoy en restaurante y hotel, se conserva esplendorosamente y dispuso un servicio de bar que, si no fuera por los precios, uno hubiera echado a faltar en las dos proyecciones siguientes. El patio del cortijo, repoblado con sillas, no tarda en llenarse de una curiosa mezcla de curiosos locales, fanáticos del spaghetti western y de todos los western que lucen camisetas de "The man with no name" o de 800 balas (Álex de la Iglesia, 2002), de fieles del Rolling Roadshow que han cruzado el charco para seguir sus pasos y de un puñado de periodistas. Todos, y especialmente estos últimos, se preguntaban si, tal como se había anunciado en la web, Quentin Tarantino aparecería para presentar la primera de las tres películas. Pero a medida pasaban los minutos uno no tardaba en intuir que al señor Tarantino ya no se le esperaba y que, sólo quedaba esperar más de una hora sobre el horario inicialmente anunciado por la organización (seguramente no contaron con que en Junio en Almería, el sol se pone algo más tarde) para descubrir que un factible sustituto. Eugenio Mira fue ese sustituto que, lejos de limitarse a traducir lo que el cabeza organizador del show, se empeñó en dar su propia versión de las palabras del mismo con un humor del todo desafortunado y nunca correspondido por el público. Tras una espera eterna pero que nos prepara para lo que nos depararán los dos días siguientes, por fin las primeras imágenes empiezan a ser proyectadas sobre la enorme pantalla hinchable. Como es tradición en el Rolling Roadshow Tour, primero asistimos a un par de tráileres de viejas películas olvidadas, pequeñas joyas redescubiertas o rarezas. Así que nos llevamos de regalo los deliciosos tráileres de Oeste Nevada Joe (Ignacio F. Iquino, 1964) y El desperado (Franco Rossetti, 1967).
Y por fin, Por un puñado de dólares empieza con sus artesanales y genuinos títulos de crédito, sin duda alguna los mejores de la trilogía. Lo que sigue después es la película más modesta en presupuesto e intenciones de las tres, y la carta de presentación del personaje configurado por Eastwood a lo largo de las mismas. El clásico poncho y el puro mordido entre los dientes acompañarían desde entonces a uno de los imborrables del western, aquí sacando provecho de una guerra entre las dos familias que ostentan el poder en una villa. De paso, Gian Maria Volonté empieza a hacerse su hueco de villano inolvidable el universo Leone con su papel como el despiadado Ramón Rojo. La escena más celebrada por el público, ovación incluida, es la que sigue:



Día 7. La muerte tenía un precio (Per qualche dollaro in più, 1965) en Los Albaricoques: Los Albaricoques es un diminuto pueblo de blancas casas y apenas un puñado de calles en cuesta en las que podrías fácilmente imaginarte uno de esos tiroteos de las películas de Leone. No faltan las calles desiertas ni los arenales con algún que otro matorral de cactus. La proyección se celebra en la parte alta del pueblo, en una explanada con un incompleto círculo de piedra dentro del cuál el público rápidamente copa el escaso aforo que permiten las filas de sillas habilitadas frente a la pantalla. El que se queda sin silla, se sienta en el círculo de piedra, y pronto aquello se ha convertido en lo más parecido a un cine de verano con asientos improvisados, sillas desplegables traídas de casa por los vecinos y niños correteando de un lado a otro. Mientras esperamos la puesta del sol, encuentro entre la multitud a Nacho Vigalondo hablando con unos y otros. Si estaba allí, repito, es porque descubrí este Rolling Roadshow Tour a través de su blog, así que me acerco no sin cierto revoltijo en el estómago y se lo digo con el tenaz deseo de no parecer un desesperado caza autógrafos. Pese a los casi cinco años que han pasado de su 7:35 de la mañana (2003) y su vertiginosa nominación al Oscar, sigue siendo una de las figuras prominentes del cine español, con estreno pendiente pero ya muy próximo de su debut en largo, Los Cronocrímenes (2007). Hablamos del Rolling Roadshow, de la ausencia de Tarantino, le confieso cómo le descubrí en cierto curso de crítica de cine hace ya un lustro y cómo me reencontré con él en su blog años después, hablamos de Los Cronocrímenes y de Bárbara Goenaga. Mientras me despido, me maldigo por dejarme en el tintero una docena de cosas que me hubiera gustado incluir en esa conversación, pero me quedo con el consuelo de no haber parecido un fan desesperado. Eso sí, me permito la foto de rigor...



La muerte tenía un precio resulta un éxito masivo de audiencia. La proyección resulta la más emocionante en cuanto a que su último tercio transcurre enteramente en las calles de la población, y su apoteósico final en el mismo círculo de piedra en el que estamos todos sentados. La sensación es sencillamente escalofriante, brutal. Y la película se agiganta en mi memoria con ese duelo entre esos tres titanes que son Clint Eastwood, Lee Van Cleef y un inmenso Gian Maria Volonté que despide una maldad infinita en su papel de El Indio. Por cierto, dos tráilers más nos son regalados antes de la película, For a few dollars less (Per qualche dollaro in meno, Mario Mattoli, 1966), una casi inmediata parodia cuyo tráiler dejó perplejo a más de uno, e If You Meet Sartana Pray for Your Death (Se incontri Sartana prega per la tua morte, Gianfranco Parolini, 1968).



Día 8. El bueno, el feo y el malo (Il Buono, il brutto, il cattivo, 1966) en Cortijo de los Frailes: durante la mañana y aprovechando las espectaculares playas de Almería, nos acercamos hasta la playa del Mónsul, una playa perteneciente al Parque natural del Cabo de Gata y un paraje de aguas cristalinas, arena fina, y montañas que la flanquean. Y por si alguien cree que esto no tiene nada que ver con el cine...






La proyección de El bueno, el feo y el malo se realiza en un cortijo asentado en pleno desierto, en una nada rodeada de peladas montañas de western en el que el aire frío que sopla hace del visionado una dura prueba para los asistentes. Sin embargo, la última película de la trilogía del Dólar es su cumbre y bien lo merece. Cruento relato que no es sino una concatenación de géneros y de las influencias y virtudes atesoradas por Leone, aquí enfatizadas hasta la categoría de arte en estado puro. El bueno, el feo y el malo nunca deja de sorprender por su incansable épica, su contexto socio-político (la Guerra de Secesión), sus hipnóticos personajes o la música de Ennio Morricone que es alma de la película y que articula e incluso transforma cada gesto de esos personajes y cada acción que transcurre en escena (aplausos para Morricone cada vez que su nombre apareció en pantalla en cada proyección). Todo ello hace de esta conclusión a su trilogía el mayor triunfo de Leone, quien ajusta las proporciones y hace, con un presupuesto mayor que en sus dos anteriores incursiones, una película más grande en todos los sentidos. Esta vez es Nacho Vigalondo quien hace las funciones de traductor e introductor antes de la película y nos deja un pequeño discurso por cortesía del organizador. Vigalondo es breve pero contundente y recuerda al público la escena en la que Tuco ("el feo") entra en una tienda de armas para hacerse con un revólver y, en vez de elegir una de los deslumbrantes modelos que el armero le muestra, coge diferentes piezas de cada uno y monta la suya propia. Recuerda que eso, precisamente, es ni más ni menos lo que Leone hizo con sus películas. Juntar todas las piezas que bien conocía y hacer uno de los revólveres más bellos y eficaces jamás construidos. Y tras esto, en medio del hostil desierto, me reencuentro con una de las películas que más marcaron mi infancia y mi memoria cinéfaga. Y durante tres horas solo trato de parpadear lo menos posible y desear que ese sueño nunca acabe.



jueves, febrero 07, 2008

Momentos de cine (XII): Hasta que llegó su hora

Hasta que llegó su hora (C'era una volta il West, 1968) es, como muchos grandes western, una de esas historias de hombres primitivos tratando de sobrevivir en una sociedad en construcción, un viejo mundo que da paso a las maravillas de la modernidad mientras ellos arrebatan o perdonan la vida en su solitaria búsqueda de quiméricas fortunas. Son hombres parcos en palabras, amantes del silencio y confinados a una perpétua soledad en la que se obstinan en sobrevivir aprendiendo a disparar más rápido. Hombres que pueblan esta cima del spaghetti western de Sergio Leone y componen una de las más brillantes oberturas del género: tres mercenarios toman una estación de tren y esperan la llegada de un hombre anónimo; el tren llega, nadie baja y tras unos momentos de incertidumbre la maquinaria vuelve a ponerse en marcha; es entonces cuando se oye el doloroso, agónico sonido de una armónica...




Esta es la presentación formal de uno de los personajes más imborrables del western. El hombre de la armónica no existiría sin Morricone y la sublime melodía que compone para él, pero tampoco sin un Charles Bronson que, aunque nunca fue Clint Eastwood, sus limitaciones como actor no le impidieron elevar a ese héroe sin nombre ni historia junto a excelentísimos de su estirpe como Tom Doniphon, aquel que renegaba la gloria de haber disparado a Liberty Valance. Además, su introducción en la trama es a su vez un compendio de las premisas del spaghetti: sonidos mínimos que quiebran insistentemente en el silencio y son el preludio de la acción; desafiantes primeros planos que reposan sobre las miradas de los contendientes y en los objetos de un escenario desolado; música de duelo que se deja oir como una ráfaga de viento barriendo el desierto... y explosión final de violencia en la que sólo uno puede quedar en pie.

He aquí la escena completa en inglés, donde no hace falta una sola palabra para entender la naturaleza de esos tres hombres que esperan pacientes al hombre de la armónica:
http://www.youtube.com/watch?v=jHZpO6aNLwE

miércoles, enero 23, 2008

No es país para viejos



En Texas el desierto se extiende en arenosas llanuras donde los arbustos son arrastrados por el viento, los coyotes corretean en busca de su presa y, más allá de la última carretera secundaria, aún puedes encontrar una vieja cabaña habitada por un no menos viejo solitario. Es lugar para envejecer solo y aprender a apreciar las viejas historias, aprender a escuchar y olvidar el agujero en el que se está convirtiendo el podrido mundo en el que vives. Sitio de arraigos, tumba de animales sedientos y narcotraficantes malparados, los mayores de Texas parecen estar de vuelta de todo y sólo desean afrontar el retiro y dejarse embargar por la melancolía. Algo así como el sentimiento que también embarga No es país para viejos, una joya entre el cine negro y el western fronterizo que ha devuelto tras muchos años de espera a los mejores Coen posibles, aquellos que impregnaron de sangre y pesimismo las nevadas tierras de Fargo, Dakota del Norte.

No es país para viejos adapta la novela homónima de Cormac McCarthy. Se trata de la primera adaptación para la pantalla que los hermanos Coen realizan, seguramente sabedores de que la novela ofrecía un valioso material para su particular imaginario. Pesimista, sí. Y también dotada de un excelso abanico de personajes de ademanes cansados, unos, y de naturaleza deshumanizada, otros. La historia narra la huída de Llewelyn Moss (Josh Brolin), un veterano de Vietnam que pasa sus horas cazando en el desierto hasta que encuentra, durante una cacería, los restos de una masacre. Allí, en medio de la nada, un intercambio infructuoso de un cártel del narcotráfico ha dejado como saldo varios cadáveres, un perro muerto y un maletín lleno de dinero que Moss se lleva. Pero como bien sospecha, no es el único pretendiente de susodicho maletín y pronto aparecerán en su búsqueda Anton Chigurh, un sociópata de ridículo pelo y escalofriantes procedimientos cuya arma predilecta es una bombona que dispara aire comprimido (Javier Bardem), un emisario del dueño del dinero que reclama su pertenencia (Woody Harrelson) y un sheriff al borde del retiro (Tommy Lee Jones) que vaga con desgana tras la pista de la matanza junto a su ayudante novato y de pocas luces (Garret Dillahunt). Este abanico de personajes que Joel y Ethan Coen trasladan del papel a la pantalla disfrutan de una riqueza pocas veces presente en el cine contemporáneo: desde Llewellyn al sheriff, todos ellos pueden ser leídos como estados de ánimo que se derivan y complementan con su entorno, escenarios desérticos en pleno desierto o en la noche de un pueblo fantasma, lugares comunes para hombres chapados a la antigua, cansados y que de alguna manera intuyen el día del juicio final a la vuelta de la esquina.



Noir tejano de un detallismo extremo, No es país para viejos supone toda una redención para unos autores de capa caída en los últimos tiempos que vuelven a demostrar su excepcional capacidad e inteligencia para contar historias en la pantalla. Su película es una pesimista exploración del ser humano y sus motivaciones en un contexto hostil, favorable al abandono y la soledad al que cada uno de sus implicados está condenado. Es también algo muy cercano a una obra maestra, edificada desde el gusto por el detalle y la posibilidad de reeducar el cine en el uso de los silencios. Los personajes de No es país para viejos no hablan si no tienen nada que decir, y nos golpean con una descarga de pesimismo cada vez que lo hacen. El sheriff cuenta historias sólo para recordarse melancólicamente los viejos tiempos en el ocaso de su vida. Cuando no hay palabras de por medio, los sonidos llenan y otorgan sentido a la narración con magisterio, y la ilustración de una de las escenas más brillantes basta para demostrarlo: Moss, refugiado en la habitación de una hotel y arma en mano, espera sentado en la cama frente a la puerta esperando a que su perseguidor aparezca; sospechando que algo ocurre, Moss llama a recepción mientras Chigurh se acerca por el pasillo, de manera que escuchamos en la lejanía un teléfono que nadie contesta, el sonido de unas pisadas y el pitido del indicador de Chigurh, que acelera su frecuencia a medida se acerca donde Moss; cuando ambos están frente a frente, a sendos lados de la puerta, y Moss puede ver los zapatos de Chigurh por debajo del hueco, el ligerísimo sonido que produce su arma al ser cargada es respondido con los pasos de Chigurh que pasan la puerta de largo y, finalmente, el sonido de una bombilla siendo desenroscada, previo al inicio del tiroteo. Establece así, esta escena, un diálogo entre sonidos diegéticos y extradiegéticos con significado propio capaz de establecer por sí solo una tensión insostenible.



Minuciosa en otorgar a cada imagen sentido y significación, No es país para viejos consigue poner al espectador en lenta y permanente hipnosis en su fascinación y descubrimiento de una gran película a través de los pequeños detalles. La meticulosidad largamente demostrada en todo su metraje merece ser observada en más de un visionado y lleva, en un momento concreto del mismo, a establecer la que es una de las mejores, si no la mejor elipsis en muchos años de cine, la cuál, para no desvelar ninguno de los gratificantes secretos que la película atesora, sólo añadiré que se encuentra en los zapatos de Bardem. Y hablando del actor español, sólo queda reafirmar los elogios que largamente ha recibido en su interpretación de un asesino más allá de cualquier estereotipo atribuido al adjetivo, más allá de las motivaciones, más allá de cualquier criterio y mucho más allá de cualquier tipo de locura. Chigurh ha superado todas esas fases y mata por inercia, curiosidad o por cumplir su palabra consigo mismo. Y cuando Chigurh mata, Bardem hiela la sangre con una extraña expresión que combina tranquilidad, amabilidad y sadismo. Sencillamente aterrador, aterradoramente perfecto y digno batiente de un Tommy Lee Jones que parece no necesitar interpretar para ser un sheriff cansado y afrontando su jubilación, crecientemente consciente de que su tiempo ya ha pasado. En un grado menor de magnificencia pero no menor solidez, Josh Brolin y Woody Harrelson cumplen sobradamente sus cometidos y completan un reparto lleno de interpretaciones sin fisuras, acordes con el perfeccionista acabado de la película de los Coen. Por supuesto, no falta todo un elenco de secundarios que, menos marcados pero siempre presentes, ejemplifican el gusto de los hermanos por los personajes de subrayadas peculiaridades, cuando no freaks, que pueblan en mayor o menor densidad todas y cada una de sus películas.

Llena de sabiduría cinematográfica y con el sabor de las grandes historias encontradas allá donde nadie las busca, No es país para viejos es una obra perteneciente al mejor cine de los Coen y hermanada con la igualmente excepcional Fargo, de la que sólo se distingue por su enfatizada melancolía y la menor incidencia de un humor negro que, si bien no desborda el metraje como en aquella, ciertamente salpica algunos pasajes con gran acierto (el trío de mariachis cantándole una ranchera a un Llewelyn herido, casi moribundo). Incluso esa suerte de duelo de banjos marcados por el tiempo de un reloj, ese regalo para los oídos compuesto por Carter Burwell y aunque de partitura bien distinta, tiene los mismos aires pesimistas que sonaban en la banda sonora de Fargo. Signo, por otro lado, de la perfecta compenetración y entendimiento de los hermanos con el equipo humano que se encuentra tras la cámara en cada uno de sus trabajos y que es capaz, en su mayor rendimiento, de ofrecer cine de muchos, muchos quilates. Como este.
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No country for old men. Estados Unidos. 2007. 122'.
Director: Joel y Ethan Coen.
Guión: Joel y Ethan Coen; basado en la novela de Cormac McCarthy.
Montaje: Roderick Jaynes.
Fotografía: Roger Deakins.
Diseño de producción: Jess Gonchor.
Música: Carter Burwell.
Producción: Joel Coen, Ethan Coen y Scott Rudin.
Intérpretes: Josh Brolin (Llewelyn Moss), Tommy Lee Jones (sheriff Bell), Javier Bardem (Anton Chigurh), Woody Harrelson (Wells), Garrett Dillahunt (Wendell), Kelly Macdonald (Carla Jean), Tess Harper (Loretta Bell).
Puntuación: 9
Más información...
http://www.nocountryforoldmen.com/ (web oficial)
http://www.nocountryforoldmen.co.uk/intl/es/ (web oficial España)
http://www.labutaca.net/films/54/nocountryforoldmen.htm (sobre la película)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/modules.php?name=News&file=article&sid=1437 (sobre Javier Bardem)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article2965.html (sobre Tommy Lee Jones)
http://en.wikipedia.org/wiki/Josh_Brolin (sobre Josh Brolin, en inglés)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1924.html (sobre los hermanos Coen)
http://www.carterburwell.com/main/home.shtml (sobre Carter Burwell)