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jueves, abril 29, 2010

Díptico Robert Aldrich (El vuelo del fénix + Los rompehuesos)

A estas alturas, no es ninguna sorpresa reconocer las contradicciones que, como en toda revolución que se precie, tuvieron lugar en el movimiento crítico de finales de los 50. La política de los autores desempeñó la bellísima tarea de la reivindicación de nombres hoy imprescindibles pero, no olvidemos, también dejó en la cuneta a cineastas tan inequívocamente personales como Henri-Georges Clouzot. A Robert Aldrich, uno de mis favoritos entre el primer grupo, el alzamiento encabezado por Sarris, Bazin y compañía le pilló en el mejor momento posible. En 1955, Aldrich había firmado El beso mortal, thriller asombroso, disparatado y capaz de construir mitologías imborrables (y destruir, al tiempo, los mitos propios del cine negro, al que pertenece) desde la primera hasta la última escena (la mujer que corre por la carretera únicamente vestida con una gabardina, al principio, y la apertura de la Caja de Pandora, al final). Tamaño atrevimiento y violación declaradísima del noir le valió el favor europeo e hizo que Aldrich fuera objeto de estudio en el número 7 de la serie de monográficos Les Grands Créateurs du Cinéma, publicada por el Belgian Club du Livre de Cinéma y en la que también estarían Bresson, Huston, Renoir o Buñuel.


El vuelo del Fénix y Los rompehuesos son dos obras más tardías de Aldrich (1965 y 1974) que podrían amenazar aquella consideración de auteur si bien, paradójicamente, contienen algunas de las señas más definitorias sobre las que se construye su cine. Ambas son películas de vocación abiertamente comercial y dejan ínfulas autorales a un lado: El vuelo del Fénix adaptaba la novela de Elleston Trevor, publicada un año antes; Los rompehuesos era una película de deportes (de fútbol americano) concebida como efugio para el gran público. Ambas contaban con una fórmula perfectamente diseñada para el éxito: películas corales con elencos de enorme carisma y no pocas estrellas, más un tema musical reciclado como otro estandarte más del producto. El vuelo del Fénix contaba con James Stewart, Peter Finch, Ernest Borgnine George Kennedy o Richard Attenborough entre su reparto, y su particular himno era la canción italiana Senza Fine, cantada por Connie Francis. En Los rompehuesos la estrella era Burt Reynolds y le acompañaban Eddie Albert y Richard Kiel, entre otros. En la banda sonora (aunque no como tema principal) sonaban los Lynyrd Skynyrd y su Saturday Night Special. Los paralelismos que mejor definen ambas películas y, en buena parte al propio Aldrich, van, sin embargo, mucho más allá de las configuraciones de repartos y bandas sonoras.


1. La mala baba. En El vuelo del Fénix un avión se estrella en medio del desierto y sus supervivientes se las ingenian para construir un planeador con el que poder escapar antes de que la escasez de agua, ellos mismos o incluso bandidos itinerantes acaben con sus vidas. En un momento dado de la película, los hombres se encuentran descansando durante la noche. Uno de ellos está mortalmente herido tras el accidente y espera su fin en una camilla. El personaje de Ernest Borgnine, por su parte, se entretiene con una radio y consigue sintonizar una emisora en la que suena música. En medio de un silencio desesperado de todos los tripulantes se escucha Senza Fine, la voz de Connie Francis cantando, en italiano, que "no hay salida". Pero eso, claro, ellos no lo saben. El hombre herido queda embelesado por la belleza de la canción y el personaje interpretado por James Stewart insta al de Borgnine a dejarle el transistor, entregándole, sin sospecharlo, un metafórico certificado de defunción. Aldrich consigue una secuencia tan hermosa como cargada de mala baba. En Los rompehuesos esa mala baba está omnipresente e impera en el dibujo de prácticamente cualquier personaje que puebla la narración: son bastardos sin gloria y sucedáneos de monstruos de serie B convertidos en héroes durante un partido de fútbol americano contra sus carceleros. Pero recordemos: antes que la gloria, antes que sentirse libres con una victoria en el terreno de juego, su primer propósito pasa por romper el máximo de huesos posibles a sus contrincantes, de ahí la afortunada traducción del título al español (desde el original The longest yard).


2. Humanismo. Y sin embargo, Aldrich es un humanista de tomo y lomo. En El vuelo del Fénix pone en escena las tensiones y los odios más insostenibles: el piloto a la antigua usanza frente al arrogante ingeniero aeronáutico alemán, el militar honorable y el subordinado cobarde, el loco y el juicioso. Empero, el director sigue creyendo en el género humano y concede el entendimiento y éxito final, sellándose este con la hermandad de los hombres supervivientes. En Los rompehuesos, claro está, esa hermandad llega vía el trabajo en equipo y la satisfacción final de la victoria de los presos sobre los guardias, pero también mediante el personaje de Burt Reynolds, un reprendido ex-jugador profesional y playboy de medio pelo que acaba encontrando su sitio en el mundo entre las paredes de la prisión, mal que le cueste una prolongación de la condena. 


3. Morality play. Los personajes de Aldrich son héroes siempre discutibles, liberados de encadenamientos morales y divertidamente crueles y violentos. En El vuelo del Fénix, el ingeniero ario incorporado por Hardy Krüger considera su importancia en la mayor superior a la del resto, por lo que se ve autorizado para beber más ración agua que los demás, aún a coste de la vida de otro. En Los rompehuesos, los dilemas morales pertenecen todos a Paul Crewe (Reynolds), quien ha de optar por volver a amañar un partido como ya hiciera en el pasado o convertirse en héroe de una causa perdida. La primera opción asegura una libertad más temprana y una reincidencia en el deshonor; la segunda, más años a la sombra, pero con la aceptación de un puñado de amables perdedores.


4. Representación de la violencia. Una de las características que mejor definieron el cine de Aldrich era su representación abierta de la violencia. El suyo era un lenguaje visual sin tapujos, cuya explicitud se derivaba no tanto de una intención provocadora sino de la misma vocación de naturalidad con la que, por ejemplo, Verhoeven asume el sexo en pantalla. En El vuelo del Fénix asistimos a las terribles consecuencias de un encuentro con unos bandidos del desierto, y en Los rompehuesos, a uno de los personajes quemado vivo ante los ojos y la impotencia de sus compañeros y amigos. Esta última escena remarca, además, las insalvables diferencias de la cinta con el remake de Peter Segal, El clan de los rompehuesos (2005), que gobernada por un pudor mal disimulado, prefiere omitir la imagen con un cobarde contraplano. 



En las imágenes: Fotogramas de El beso de la muerte - Copyright 1955 Parklane Pictures Inc.. Todos los derechos reservados. De El vuelo del Fénix - Copyright 1965 Associates & The Aldrich Company. Todos los derechos reservados. De Los rompehuesos - Copyright 1974 Paramount Pictures, Albert S. Ruddy Productions y Long Road Productions. Todos los derechos reservados.

miércoles, octubre 17, 2007

La ventana indiscreta



O la exposición y realización en pantalla del voyeur que llevamos dentro. Los que acuden a las películas de Hitchcock por primera vez descubren en cada una de ellas una obra maestra o casi maestra del suspense distinta de las demás. Sorprende su filmografía por la versatilidad de sus temas y por las diferencias y peculiaridades que hacen a cada película desmarcarse del resto. En La ventana indiscreta, el suspense viene dado a través del mirón de la fachada de enfrente, aquel que descubre en cada ventana que observa a través de sus prismáticos o su cámara, un nuevo mundo que explorar, un mundo que bien puede suponer el placentero espionaje de la atractiva vecina, pero que también puede generar la sospecha de un asesinato.

L.B. Jefferies (James Stewart) es un aventurero fotógrafo y trotamundos con una pierna rota, lo que le obliga a estar postrado durante largo tiempo en una silla de ruedas. Su pasatiempo favorito es espiar a los vecinos de la fachada de enfrente, un ejercicio fascinante que tanto su novia Lisa (Grace Kelly), más preocupada por amarrar al hombre de sus sueños, como su asistenta Stella (Thelma Ritter), una mujer chapada a la antigua, no comparten.
Durante una de sus noches de espionaje, Jefferies observa que en el apartamento ocupado por el matrimonio Thorwald, el marido sale y entra repetidas veces de la casa con actitud sospechosa, mientras que no hay ni rastro de la mujer. Pronto empiezan las conjeturas de Jefferies a las que sus confidentes le responden con una incredulidad que irá tornándose en interés cuando la sospecha de que algo pasa sea más que evidente.



Nadie como Hitchcock sabía manejar el suspense, y La ventana indiscreta da fe de ello. La estrategia que sigue el director es la de convertir desde el principio al espectador en el propio Jefferies. Nosotros somos los mirones observando la vida en sus distintas facetas, en sus crisis y en sus momentos dulces, en la perversión y en la sospecha. El éxito de la empresa se debe a la perfecta dosificación del interés por cada ventana, por cada historia, y al perfecto uso del punto de vista (la cámara nunca supera la distancia que se le supone al punto de vista de Jefferies, es decir, no hay zoom en ningún momento). Hitchcock convierte una historia aparentemente simple en una narración de una riqueza extraordinaria, haciendo que el conglomerado de situaciones acompañen al eje central de la narración: la observación y sospecha de cada uno de los actos del señor Thorwald. En su dominio del ritmo cinematográfico, Hitchcock concede la mayor dosis de suspense hacia el final, dirigiendo un largo in crescendo que finaliza con el enfrentamiento entre Thorwald y Jefferies, en la también culminación del magistral ejercicio de montaje que se encuentra entre los mejores vistos en la filmografía del director. Pocas películas como La ventana indiscreta delimitan la medida y función exacta de cada plano, pocas ofrecen un movimiento de cámara tan magistral que es capaz de simbolizar el estallido definitivo del suspense en una narración: la cámara mira al interior del apartamento deThornhill, en el que Lisa ha entrado en busca de alguna pista, ha sido descubierta por Thorwald y salvada aunque detenida en última instancia por la policía; ella con las manos cruzadas por detrás de la espalda, le indica a Jefferies que tiene el anillo de la señora Thorwald, y en ese momento la cámara se alza hasta el rostro de Thorwald, justo al lado, mirando el anillo y por último dirigiendo la mirada a la ventana de enfrente.

La ventana indiscreta es la perfecta película de suspense. Su maquinaria funciona como un reloj, entretiene de principio a fin y ofrece unas actuaciones soberbias y aún mejor dirigidas por el maestro Hitchcock, quien por cierto, se deja ver en una de las ventanas escuchando a su anfitrión tocando el piano. Un clásico que ha generado no pocas referencias en el cine y hasta algún que otro remake nada disimulado (Disturbia, aún en cartelera). Una demostración empírica del poder que el cine puede llegar a tener sobre un espectador.
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Rear Window. Estados Unidos. 1954. 112'.
Director: Alfred Hitchcocck.
Guión: John Michael Hayes; basado en el relato corto de Cornell Woolrich.
Música: Franz Waxman.
Fotografía: Robert Burks.
Intérpretes: James Stewart (L.B. Jefferies), Grace Kelly (Lisa), Thelma Ritter (Stella), Raymond Burr (Lars Thorwald).
Puntuación: 10
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jueves, agosto 03, 2006

La soga



En este verano bien parecido a lo que sería un infierno en la tierra, me encuentro en una verdadera encrucijada. Prontó hará dos meses que no voy al cine. Por un lado, no tengo tiempo para ello. Por otro, me asusta la cartelera que te puedes encontrar en el periódico. Verano aciago (uno más), que tengo que compensar de alguna manera. El poco espacio que me queda para ver películas me obliga a ser más selectivo que de costumbre. No acepto cualquier cosa en mi dvd y es por eso que echo la vista atrás y soy consciente de las contínuas alabanzas que he ido lanzando a las últimas películas que he ido digeriendo. Menos tiempo, mejor elección, y más probabilidad de encontrarte con alguna gran película. O incluso, vete a saber, con una obra maestra. Como La Soga.

Repito: obra maestra, como La Soga. Tuve la suerte de crecer viendo películas de Hitchcock. Pasé horas revisando junto a mis padres viejas películas de VHS cargadas de suspense, terror y fascinación. Se llamaban Con la muerte en los talones, Frenesí, Los pájaros, Cortina Rasgada, Topaz, El hombre que sabía demasiado, Encadenados, Rebeca... y sobre todo, Vértigo (De entre los muertos). James Stewart y Kim Novak fueron para mí dioses menores a merced de una deidad suprema llamada Hitchcock capaz de alucinarme con su más perfecta y onírica obra jamás realizada. Desde el primer momento supe que aquella sería una de las películas de mi vida, insultantemente sólida, misteriosa hasta lo indecible, perturbadora y necrofílica, Vértigo maneja al espectador como una marioneta y le hace partícipe del más diabólico pacto entre el amor y la muerte. Cuando encuentras una película que te marca tanto, resulta si no difícil imposible extraer sus defectos y no etiquetarla con el tópico de obra maestra.
Pasaron algunos años y muchas más cosas. Volví a Hitchcock hace poco recuperando una de mis pendientes más vergonzantes, Psicosis, para más recientemente rescatar Extraños en un tren, de la que aquí di buena cuenta. Hace unos días vi La Soga. Y me ha vuelto a pasar.

Si La soga no es una película perfecta, se le parece mucho. Inscrita en su filmografía como el mayor capricho del británico, se trata de una película con un único escenario (el interior de un apartamento) que Hitchcock (quien por primera vez se hacía cargo de la producción en solitario) pretendió rodar con un único plano y en tiempo real. Dicha pretensión hacen de La Soga una particularidad en su obra y, por cierto, la primera en color. El resultado final de este complicado reto que se propuso Hitch fue exitoso sólo en parte: La soga está rodada en 10 planos secuencias de 8 minutos, justo la cantidad de película que podía soportar la cámara. Las transiciones entre dichos planos son sutiles durante el metraje de la película, utilizando elementos como las chaquetas de los actores. Dada la ambición de querer rodar La Soga en tiempo real, el director inglés apremiaba a su equipo de rodaje para hacer el cambio de rollo lo más rápido posible. A estas circunstancias se le agregó el problema de la luz natural, ya que la fiesta en la que se centra la narración comienza al final de una tarde y acaba en plena noche, teniendo que compensar la puesta de sol con una trabajada iluminación dentro de las habitaciones donde se rodaba. Finalmente, La soga no culminó su objetivo de transcurrir en tiempo real (en 80 minutos transcurren lo que serían algo más de 100), ni tampoco resultó estar grabada en un único plano-secuencia (de hecho, varias escenas tuvieron que ser repetidas), pero revisionarla casi 60 años después sigue resultando tan especial y divertido como en 1948.

Sinopsis: dos compañeros de piso y estudiantes, Brandon y Phillip (John Dall y Farley Granger), asesinan (con una soga, por supuesto) a su otro compañero de piso, David (Dick Hogan), para demostrar que el crimen perfecto es posible. Tras el asesinato, ocultan el cuerpo en un baúl, poco antes de que empiece la fiesta que habían organizado en su apartamento a la que están invitados, entre otros, los padres de David, su prometida, y el ex novio de la misma y amigo común. Un invitado destacará por encima de los demás. El antiguo tutor de instituto de los tres compañeros, Rupert (James Stewart) es un hombre extréncico y extremadamente inteligente, el único realmente capaz de llegar a sospechar algo de un asesinato milimétrico y cuidado al detalle. A medida transcurre la fiesta y todos los invitados se preguntan dónde esta David, las sospechas empiezan a despertarse, el ambiente se enrarece y los nervios se desatan... El resultado es, como cabría esperar de Hitchcock, una velada inolvidable.

Y eso es La soga. Tan simple, y tan perfecta. Apenas un puñado de actores y una trama sencilla pero brillantemente desarrollada, apoyada en la pericia técnica de su autor, que una vez más demuestra hasta qué punto es capaz de ejercer el control sobre su película y sobre las emociones del espectador. La soga es inusualmente intensa, capaz de incrementar progresivamente la tensión hasta alcanzar ritmo de taquicardia, superando cualquier expectativa que cabría esperar... No sería así si buena parte de ese suspense no estuviera sostenido sobre esos actores que demuestran bien una solidez y fuerza innatas (caso de John Dall o Farley Granger, que además apuntillan sus papeles con ese toque de ambigüedad sexual que tienen Brandon y Phillip) o una veteranía que desborda la pantalla (inmenso, irónico, genial James Stewart). Todos ellos son partícipes de una pequeña y magistral adaptación de las tablas al cine (está basada en la pieza teatral Rope's end de Patrick Hamilton) que se rebela violentamente contra el apelativo de "película menor".

Un desafío para Hitchcock. Un desafío a la moral del público. Un desafío interpretativo... Desafíos resueltos con éxito y sin fisuras. Desafíos que sorprenden y gustan. Desafíos que te enganchan desde el primer plano y te dejan patidifuso en el último. Un legado que desafió y sigue desafiando a todos aquellos que pretendieron la sucesión en el trono del suspense. Y con ese aún no ha podido nadie.
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Rope. Estados Unidos. 1948. 80'.
Director: Alfred Hitchcock.
Guión: Hume Cronyn, basado en la obra teatral Rope's end de Patrick Hamilton.
Intérpretes: John Dall (Brandon), Farley Granger (Phillip), James Stewart (Rupert), Dick Hogan (David), Cedric Hardwicke (padre de David), Joan Chandler (Janet)
Puntuación: 10
Si aún no te aprieta la soga...