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domingo, enero 31, 2010

La pulsión homoerótica en "El salario del miedo"

A propósito de la obra maestra en Clouzot, en el número 9 (enero) de L' Atalante. Revista de estudios cinematográficos, ya en sus puntos de venta. 

Que el cine, como medio o arte, sea la forma de expresión sobre la que mejor dibujamos nuestra nostalgia también tiene que ver con el deseo. No es ni mucho menos descabellado entender la experiencia en la sala oscura tal y como la entendiera Federico Fellini en su día, como onanismo coral en La ciudad de las mujeres (La città delle donne, 1980) o como escenario de —frustrada— iniciación sexual en Amarcord (1973). Desde sus orígenes, el celuloide ha hablado en nombre de nuestros deseos, los ha generado y también los ha repelido, los ha hecho extraños a nuestros ojos al igual que los ha hecho oficiales y compartidos. La pantalla es el único lugar donde el casado puede ser adúltero sin miedo a las represalias, donde el púber puede acceder a los secretos de la adultez: es el lugar donde se transparentan, conjugan y subvierten nuestros deseos.
En este contrato tácito, quizá sea la homosexualidad la última en ser confesada, pero no por ello está menos presente frente al predominante modelo representativo que más adelante exploraremos. El homoerotismo, el deseo sexual entre dos personas del mismo sexo, puede rastrearse también bajo diversos cifrados en el mainstream o en el cine de género más aceptado dentro del clasicismo cinematográfico. El cineasta francés Henri-Georges Clouzot fue quizá el único director capaz de igualar los logros de Alfred Hitchcock en el ejercicio del suspense. Como Hitchcock, Clouzot revelaba en sus películas su fascinación por el potencial asesino que hay en todo individuo; y como Hitchcock, y atendiendo al comentario de Fiona Watson (2005), Clouzot gustaba de proponer relaciones poco convencionales entre sus personajes. El salario del miedo (Le salaire de la peur, 1953), una de sus obras más celebradas, da muestras fehacientes de esto último y está recorrida por la pulsión homoerótica, siempre subyacente entre sus protagonistas. El objetivo de este artículo no es otro que el de desgranar el modo en que se constituye dicha pulsión y someter a análisis las representaciones de la masculinidad en el filme de Clouzot a partir de algunas de las teorías más relevantes al respecto.
Leer ensayo completo en formato pdf 

martes, junio 30, 2009

Chandler odiaba a Hitchcock

Yo, ignorante de mí que vi Extraños en un tren con los ojos de quien imagina la comunión perfecta entre director y escritor. Yo, que desconozco la obra de Patricia Highsmith más allá de El talento de Mr. Ripley y no sabía de los abusos y favores de la pantalla sobre el texto. Yo, que no podía pensar en la película de Hitchcock como otra cosa distinta a una alineación inefable de gigantes. Y resulta que no, que Extraños en un tren es hija de violentas desavenencias, odio proclamado del autor de El sueño eterno hacia el de Vértigo. ¿Hasta qué punto? Hasta el de llamarle "gordo cabrón".


Though there is much talk of 'doubling' and shared guilt in the novel, Highsmith's well-known misanthropy lets no one off the hook. (...) The film, by contrast, discriminates very clearly between guilt and innocence: despite the suggestions, especially in the first half of the film, that Guy is somehow tainted by or complicit in Bruno's schemes, and that Bruno carries out Guy's unrealised desires in murdering Miriam, Guy remains basically 'good'. At the end of the film he is cleared of all explicit guilt.

Hitchcock worked on an initial treatment of the script with his usual collaborators at this time, his wife Alma Reville and Whitfield Cook. He then hired Raymond Chandler to prepare the finished script. Chandler enjoyed considerable prestige in Hollywood at the time, not only for his fiction and the films made from it such as The Big Sleep (1946), but for his succesful collaboration with Billy Wilder on the script of Double Indemnity (1944), and for his own original script for The Blue Dahlia (1945). After some preliminary conferences, however, relations between the two men began to sour, and Chandler withdrew to work alone, with only occasional input from Hitchcock's.

Though Chandler didn't much like the book, he wanted to remain as close to it as possible and became increasingly irritated by Hitchcock's attempts to move it towards a more voncentional and commercially acceptable formula. Always a prolific letter writer, Chandler complained to his British publisher, Hamish Hamilton, and to friends, that Hithcock cared little for dramatic and character logic and was always prepared to sacrifice these for a striking camera angle or an unusual location ("wanting to do a love scene on top of the Jefferson Memorial or something like that"). Relations fianlly broke down after one of their rare script conferences when Hitchcock overheard Chandler referring to him as a "fat bastard" as he left. Chandler's script was immediately discarded and he was replaced by the relatively inexperienced Czenzi Ormonde, who had worked in a research capacity for Ben Hecht and David O. Selznick, but had no major screen credits on her own. When Chandler saw the final script, he was appalled and wrote a lengthy (but unsent) letter to Hitchcock, in which he accused him of approving "such a flabby mass of clichés, a group of faceless characters, and the king of dialogue every screen writer is taught not to write -the kind that says everything twice and leaves nothing to be implied by the actor or the camera." His veredict on the finished film was equally unkind.
Petrie, Graham. "Transfer of Guilt", en Sight & Sound. Juny 2009

miércoles, diciembre 05, 2007

Psicosis (II)



Lo que engrandece a Psicosis como obra cumbre y fundadora de un nuevo terror es que, sobre una audiencia actual anestesiada ante cualquier tipo de violencia, todavía es capaz de sorprender con las mismas armas que hace casi medio siglo. Seguramente es mucho pedir que el espectador de hoy pueda ni remotamente aterrorizarse por las insistentes puñaladas que la madre de Norman asesta a la desnuda e indefensa Marion Crane. Pero si bien ese mismo espectador quizá sea incapaz de percibir Psicosis como una experiencia terrorífica, a ciencia cierta no podrá dejar de experimentar las sensaciones de ansiedad y nerviosismo que la película de Hitchcock destila desde el primer hasta el último fotograma. Es puro y completo conocimiento de los mecanismos del suspense lo que permite trasladar a ese espectador a un estado de inquietud ininterrumpida, perfecto estadio en el que dar paso a los horrores sublimados del cine y alcanzar por fin el 'terror'. Una lección que el cine actual de este género olvida frecuentemente: el suspense, como el prolegómeno perfecto sobre el que construir el terror.

El miedo gana profundidad cuando proviene de una fuente familiar, cercana. Podemos aterrorizarnos ante la simple visión del monstruo de Frankenstein levantándose de la mesa de operaciones y, de alguna manera, naciendo; podemos sobrecogernos ante la imagen de un vampiro desangrando el cuello de su víctima; pero cuando nuestro miedo nace de una persona afable, un vecino confiable o alguien de nuestro propio entorno, nuestra cercanía a esa persona se vuelve en nuestra contra y el miedo se acrecienta de sobremanera. Es una falsa sensación de seguridad dinamitada, cuestionada por Alfred Hitchcock mediante el uso de un personaje amigable, simpático que no obstante (y por sus espontáneos y extraños comportamientos, estamos prevenidos) esconde algo de maligno. Y si bien Norman Bates es el exponente máximo, no es el único ejemplo de Psicosis en cuanto a su representación casi fóbica del lado oscuro del ser humano: la misma Marion Crane ofrece dos caras siendo al tiempo la perfecta secretaria y fugitiva de la justicia cuyo único objetivo es pasar sus días gastando el dinero robado junto a su novio.



Amén de la naturaleza única (al menos en 1960) del horror que dispone Psicosis, otro factor que la hace imprescindible es su perfección técnica. Hitchcock planificaba cada secuencia, cada plano y cada segundo de cada una de sus películas. Era un perfeccionista fervientemente contrario a cualquier tipo de improvisación, y este empeño se trasladaba con extraordinaria firmeza a la pantalla. Psicosis no es una excepción, sino que muy al contrario hace converger una serie de excelencias técnicas que hacen posible romper con las reglas y fijaciones largamente establecidas por el Hollywood clásico mediante la reubicación de la cámara o la funcional y magistral uso de la banda sonora. Dicha perfección se traslada también a las actuaciones de un reparto apenas conocido para el público de la época (a excepción de Janet Leigh) pero completamente acertado. Leigh está espléndida interpretando a una mujer con un lado oscuro y alcanza el magisterio en la ducha cuando es "castigada" a consecuencia del mismo. Pero el indiscutible protagonista es el hombre al que atormenta la enfermedad del título: Perkins queda grabado en la memoria como Bates, terrorífico cuando nos mira entre las sombras junto a la ciénaga y terrorífico cuando sonríe encerrado en una habitación con su sonrisa malévola y enferma. Una sonrisa que hiela la sangre y perdura en nuestros miedos por siempre.
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Psicosis. Estados Unidos. 1960. 109'.
Director: Alfred Hitchcock.
Guión: Joseph Stefano; basado en la novela de Robert Bloch.
Música: Bernard Herrman.
Fotografía: John L. Russell.
Intérpretes: Anthony Perkins (Norman Bates), Janet Leigh (Marion Crane), John Gavin (Sam Loomis), Vera Miles (Lila Crane), Martin Balsam (Milton Arbogast).
Puntuación: 9,5
Más sobre Psicosis...
http://www.imdb.com/title/tt0054215/ (críticas de la película)
http://www.pasadizo.com/peliculas2.jhtml?cod=193&sec=1 (sobre la película)
http://www.imdb.com/title/tt0054215/ (sobre la película)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article2914.html (sobre Alfred Hitchcock)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article20.html (sobre Anthony Perkins)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article154.html (sobre Janet Leigh)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article182.html (sobre John Gavin)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article315.html (sobre Vera Miles)

sábado, diciembre 01, 2007

Psicosis (I)



Cuando Psicosis se estrenó en 1960, todo aquel que llegaba tarde a la sesión de aquella nueva película de terror de la que todo el mundo hablaba iba a encontrarse con las puertas de su cine cerradas. La razón era que Alfred Hitchcock había prohibido expresamente la entrada al público una vez su película hubiese comenzado, con el propósito de asegurarse que todo aquel que fuera a verla, sólo pudiera apreciar su obra de principio a fin.
Hitchcock había alcanzado ya la suficiente popularidad y éxito para permitirse aquella imposición que no estaba exenta de buenas razones. Ya en los primeros segundos de proyección, experimentamos una súbita inyección de adrenalina con la nerviosa música de Bernard Herrmann siendo ejecutada a través de los artesanales títulos de crédito de Saul Bass: líneas rotas y la palabra PSYCHO quebrándose anunciaban no sólo el mayor éxito de la carrera de Hitchcock, sino también la película que rompía todas las reglas, que asentaba nuevos cimientos para la construcción del terror moderno y que marcaba el principio del fin del Hollywood clásico.

Efectivamente, el espíritu rupturista de Psicosis marcó un punto de no retorno para Hollywood y su paulatina pérdida de la gloria antaño ostentada por las majors durante la época de los Grandes Estudios. Psicosis quebranta las reglas y propone unas nuevas, y esa declaración de intenciones puede ser leída a distintos niveles:

1. Cambia la terminología del género. El terror perteneció en los 30 y los 40 a monstruos, seres desfigurados y horrendos que le dieron el éxito y el prestigio a un estudio como la Universal (Frankenstein, Drácula, o el hombre invisible eran algunos de esos ellos), y pasó en los 50 a manos de los relatos de "invasiones" (La invasión de los ladrones de cuerpos, El enigma de otro mundo) y de nuevo a los monstruos, entonces de la Hammer. Sin embargo, en Psicosis por primera vez el monstruo no era ninguna criatura ajena o desconocida, sino de la psicosis del propio protagonista, lo que probablemente generaba en el espectador un miedo más cercano y, en consecuencia, más terrorífico.

2. Abandona el aspecto formal y los patrones establecidos por el Hollywood clásico. La celebérrima escena de la ducha no es la única muestra de atrevimiento (acá en el minucioso montaje), sino que podemos comprobar como en no pocas escenas de la película la cámara adopta el punto de vista subjetivo y convierte al espectador en Marion Crane subiendo la cuesta hasta la casa de los Bates o conociendo por fin a la madre de Norman.

3. A mitad de película su protagonista (Janet Leigh) es asesinada, algo insólito que también se convertiría en simbólico gracias a la magistral escena en la que sucede el crimen. Este asesinato sugiere, además, castigo a Marion Crane como consecuencia de: a) su promiscuidad, mostrada deliberadamente por Hitchcock en la primera escena; b) el robo de los 40.000 dólares con la finalidad de vivir cómodamente con su amante. Pese a la brutal muerte de Marion, así como la posterior del detective privado Arbogast, Psicosis no muestra dejadez alguna en la representación de sus personajes ni sus complejas relaciones.

4. Desafía al ya agonizante Código Hays, es decir, el organismo censor impuesto sobre Hollywood desde los tempranos treinta. Vemos insistentemente a Marion en ropa interior y en la cama con su amante, contemplamos dos asesinatos a sangre fría y se menciona el travestismo en la secuencia final. De hecho, Hitchcock tuvo no pocos problemas con la censura y se vio obligado a eliminar algunos fotogramas (algunos críticos insistían en que en determinado momento podían ver un pecho de Janet Leigh) y a probar, diccionario en mano, que el empleo de la palabra "travestido" en el monólogo final del psiquiatra, no implicaba necesariamente connotaciones sexuales.

5. Psicosis puede ser considerada como una de las madres del slasher pese a los dos únicos asesinatos a los que asistimos en la pantalla. El tema del asesino en serie y de tendencias psicóticas sería recurrido por el giallo italiano en esa misma década y la siguiente con las películas de Mario Bava y Dario Argento, aunque hay cierto consenso en señalar La noche de Halloween (John Carpenter, 1978) como el auténtico pistoletazo de salida del subgénero. El hecho de que Jamie Lee Curtis, protagonista de esta última, fuera la hija de Janet Leigh fue visto por muchos como una herencia haciéndose efectiva y denominando una nueva "Reina del Grito".

Repasando esta enumeración no es difícil advertir por qué que Psicosis ha sido encumbrada como pieza clave para entender los cambios que el cine experimentaba a finales de los sesenta. Es tanto un clásico imprescindible del terror como la primera obra del terror moderno, lo que la sitúa en una dicotomía fascinante. Es, de nuevo, la suma inteligencia de un autor irrepetible la única capaz de reconcebir el concepto del clásico.
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http://en.wikipedia.org/wiki/Psycho_(1960_film) (sobre la película, en inglés)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article2914.html (sobre Alfred Hitchcock)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article154.html (sobre Janet Leigh)
http://tituloscredito.blogspot.com/2007/02/psicosis.html (sobre los títulos de crédito)
http://www.cineybso.com/bso/res/p/bso_res_psycho.htm (sobre la Banda Sonora)

miércoles, octubre 17, 2007

La ventana indiscreta



O la exposición y realización en pantalla del voyeur que llevamos dentro. Los que acuden a las películas de Hitchcock por primera vez descubren en cada una de ellas una obra maestra o casi maestra del suspense distinta de las demás. Sorprende su filmografía por la versatilidad de sus temas y por las diferencias y peculiaridades que hacen a cada película desmarcarse del resto. En La ventana indiscreta, el suspense viene dado a través del mirón de la fachada de enfrente, aquel que descubre en cada ventana que observa a través de sus prismáticos o su cámara, un nuevo mundo que explorar, un mundo que bien puede suponer el placentero espionaje de la atractiva vecina, pero que también puede generar la sospecha de un asesinato.

L.B. Jefferies (James Stewart) es un aventurero fotógrafo y trotamundos con una pierna rota, lo que le obliga a estar postrado durante largo tiempo en una silla de ruedas. Su pasatiempo favorito es espiar a los vecinos de la fachada de enfrente, un ejercicio fascinante que tanto su novia Lisa (Grace Kelly), más preocupada por amarrar al hombre de sus sueños, como su asistenta Stella (Thelma Ritter), una mujer chapada a la antigua, no comparten.
Durante una de sus noches de espionaje, Jefferies observa que en el apartamento ocupado por el matrimonio Thorwald, el marido sale y entra repetidas veces de la casa con actitud sospechosa, mientras que no hay ni rastro de la mujer. Pronto empiezan las conjeturas de Jefferies a las que sus confidentes le responden con una incredulidad que irá tornándose en interés cuando la sospecha de que algo pasa sea más que evidente.



Nadie como Hitchcock sabía manejar el suspense, y La ventana indiscreta da fe de ello. La estrategia que sigue el director es la de convertir desde el principio al espectador en el propio Jefferies. Nosotros somos los mirones observando la vida en sus distintas facetas, en sus crisis y en sus momentos dulces, en la perversión y en la sospecha. El éxito de la empresa se debe a la perfecta dosificación del interés por cada ventana, por cada historia, y al perfecto uso del punto de vista (la cámara nunca supera la distancia que se le supone al punto de vista de Jefferies, es decir, no hay zoom en ningún momento). Hitchcock convierte una historia aparentemente simple en una narración de una riqueza extraordinaria, haciendo que el conglomerado de situaciones acompañen al eje central de la narración: la observación y sospecha de cada uno de los actos del señor Thorwald. En su dominio del ritmo cinematográfico, Hitchcock concede la mayor dosis de suspense hacia el final, dirigiendo un largo in crescendo que finaliza con el enfrentamiento entre Thorwald y Jefferies, en la también culminación del magistral ejercicio de montaje que se encuentra entre los mejores vistos en la filmografía del director. Pocas películas como La ventana indiscreta delimitan la medida y función exacta de cada plano, pocas ofrecen un movimiento de cámara tan magistral que es capaz de simbolizar el estallido definitivo del suspense en una narración: la cámara mira al interior del apartamento deThornhill, en el que Lisa ha entrado en busca de alguna pista, ha sido descubierta por Thorwald y salvada aunque detenida en última instancia por la policía; ella con las manos cruzadas por detrás de la espalda, le indica a Jefferies que tiene el anillo de la señora Thorwald, y en ese momento la cámara se alza hasta el rostro de Thorwald, justo al lado, mirando el anillo y por último dirigiendo la mirada a la ventana de enfrente.

La ventana indiscreta es la perfecta película de suspense. Su maquinaria funciona como un reloj, entretiene de principio a fin y ofrece unas actuaciones soberbias y aún mejor dirigidas por el maestro Hitchcock, quien por cierto, se deja ver en una de las ventanas escuchando a su anfitrión tocando el piano. Un clásico que ha generado no pocas referencias en el cine y hasta algún que otro remake nada disimulado (Disturbia, aún en cartelera). Una demostración empírica del poder que el cine puede llegar a tener sobre un espectador.
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Rear Window. Estados Unidos. 1954. 112'.
Director: Alfred Hitchcocck.
Guión: John Michael Hayes; basado en el relato corto de Cornell Woolrich.
Música: Franz Waxman.
Fotografía: Robert Burks.
Intérpretes: James Stewart (L.B. Jefferies), Grace Kelly (Lisa), Thelma Ritter (Stella), Raymond Burr (Lars Thorwald).
Puntuación: 10
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jueves, abril 19, 2007

Cinelandia: año III

Ya no recuerdo cómo empezó todo. Cómo el primer impulso saltó de la pantalla y atravesó la retina para convertirse en sentimiento. Olvidar los momentos físicos y retener escenas, imágenes, fotogramas, señales de vida en celuloide, retratos fugaces e inolvidables. El cine corre al lado de la vida como arte predestinado a llenar vacío humano. No estuvo allí antes que los otros, pero era para bien o mal la pletórica conjugación de los otros, la confirmación de que la inspiración del hombre era capaz de aproximarse tanto a la brillantez como a la aberración. No pocos ejemplos dan fe.

Llego al año III de un pequeño homenaje. Hace dos años y un día era un trabajo opcional de una asignatura para probar el dominio sobre las nuevos medios informativos en Internet. Hoy es una pasión volcada en una bitácora entre miles de bitácoras y miles de motivaciones. La del aquí leído siempre fue el cine sin límites, cine en cualquier versión, idioma y época. Sólo así se puede entender un arte, como conjunto de particularidades y no una particularidad en su conjunto. El cine entendido como toda la historia del mundo en imágenes, todos los besos robados, impuros, castos, eternos... ráfagas que te sorprenden y conmocionan, golpes de efecto, trampas vacuas y malabarismos con que sorprender y engañar al espectador. Aburrimiento, ostracismo, resignación, decepción... o felicidad que traspasa la delgada línea entre la ficción y la realidad. Escenario utópico de dementes confesiones o sueños imposibles, de formular deseos que por fin se cumplen ante nuestros ojos, abriendo perversiones sublimadas hasta entonces y ahora desbocadas por la pantalla para regocijo y/o satisfacción libidinosa. Cine es mito hecho de mitos. Dioses y monstruos, héroes y villanos creíbles e increíbles, patéticos, locos indomables que destruyen cuanto hay a su alrededor, bufones y chulos de discoteca, musas y artistas en crisis, otros que quieren serlo y entrar en sus cabezas, bellezas deslumbrantes e imperfectas de las que enamorarse, viscosos seres repulsivos a los que odiar...

El día que recordé la mirada de Kidman en el espejo y Chris Isaak cantaba aquello de Baby did a bad bad thing, el día que me rendí a la poesía de Malick o la maliciosa mente de Hitchcock, el que Kurosawa me hizo creer en el honor sin sandeces, o aquel en que Fellini provocó mi asco ante la orgía de patetismo de la clase alta romana; el día que Godard rompió las reglas del juego, el que Audrey Hepburn mostró su insultantemente perfecta belleza, aquel que Dean descubrió petróleo en su diminuto terreno o en el que Tarantino me provocó pero sólo un poco menos que Peckinpah... ese día aprendí a amar el cine. Fue sin querer, pero ahora ya sé que quiero: este es un pequeño homenaje al amor de mi vida.

jueves, abril 12, 2007

Lecciones de cine (II): el Mac Guffin

Está, pero no se ve. Es uno de los pilares del género del suspense, aunque tampoco es de su uso exclusivo. Lo vemos a diario en series como Los Simpson, a menudo de manera sutil, otras sumamente evidente. Es un arma imprescindible para que el guionista, el director, o el creador de una trama pueda hacer avanzarla y, por tanto, un valioso aliado para aquellos que querían dominar los complicados mecanismos del suspense cinematográfico.
El término Mac Guffin lo acuñó quien más sabía de esto: Alfred Hitchcock. El término descoloca y bien puede sonar a whisky escocés o marca de aspiradoras, pero esconde el truco más recurrente de la filmografía del genial director. Así definía Hitchcock el Mac Guffin en la imprescindible entrevista que le hizo François Truffaut, El cine según Hitchcock:

François Truffaut: El «Mac Guffin» es el pretexto, ¿no?
Alfred Hitchcock: Es un rodeo, un truco, una complicidad, lo que se llama un «gimmick».
Bueno, esta es la historia completa del Mac Guffin. Ya sabe que Kipling escribía a menudo sobre los indios y los británicos que luchaban contra los indígenas en la frontera del Afghanistan. En todas las historias de espionaje escritas en este clima, se trataba de manera invariable del robo de los planes de la fortaleza. Eso era el «Mac Guffin». «Mac Guffin» es, por tanto, el nombre que se da a esta clase de acciones: robar... los papeles —robar... los documentos—, robar... un secreto. En realidad, esto no tiene importancia y los lógicos se equivocan al buscar la verdad del «Mac Guffin». En mi caso, siempre he creído que los «papeles», o los «documentos», o los «secretos» de construcción de la fortaleza deben ser de una gran importancia para los personajes de la película, pero nada importantes para mí, el narrador.
Y ahora, conviene preguntarse de dónde viene el «Mac Guffin». Evoca un nombre escocés y es posible imaginarse una conversación entre dos hombres que viajan en un tren. Uno le dice al otro: «¿Qué es ese paquete que ha colocado en la red?» Y el otro contesta: «Oh, es un 'Mac Guffin'». Entonces el primero vuelve a preguntar: «¿Qué es un 'Mac Guffin'?» Y el otro: «Pues un aparato para atrapar a los leones en las montañas Adirondak». El primero exclama entonces: «¡Pero si no hay leones en las Adirondaks!» A lo que contesta el segundo: «En ese caso, no es un 'Mac Guffin'».
Esta anécdota demuestra el vacío del «Mac Guffin»... la nada del «Mac Guffin».

Extracto de El cine según Hitchcock, de François Truffaut.



Ejemplos de Mac Guffin célebres: el maletín de Pulp Fiction, el maletín de Ronin y el robo de dinero de Marion Crane en Psicosis.

sábado, septiembre 23, 2006

Momentos de cine (IV): Sabotaje

El cine se identifica con iconos. Nuestra memoria visual reconoce imágenes, escenas que hacen identificar de inmediato esa película capaz de invocarnos ternura, repulsión, excitación o nerviosismo. Algunas de ellas se integran en la memoria colectiva gracias a sus particularidades, a su sofisticación técnica o al incontestable esfuerzo que implicó su filmación. Hitchcock sabía esta ley del cine y la trasladó a buena parte de su obra: Psicosis se hace inmediatamente reconocible con Janet Leigh gritando en la ducha mientras la madre de Norman la pasa por el cuchillo, pensamos en Con la muerte en los talones y lo hacemos en Cary Grant huyendo de una avioneta que intenta borrarle del mapa a base de metralla, una enorme bandada de pájaros enfurecidos atacando la tranquila villa de Bodega Bay... Lo mismo sucede con la aquí escogida. No tan mítica como las citadas en la iconografía Hitchock, Sabotaje* es una de las más intensas obras de cuantas realizó el británico. Su escena más representativa pasa, además, por ser una de las más impactantes de toda su filmografía, si no la que más.



Stevie, un inocente y simpático chaval (Hitch ya se ha encargado previamente de que nos caiga muy bien) recibe un recado del marido de su hermana, regente de un cine como tapadera para ocultar su participación en una oscura organización que perpetra actos de sabotaje. El recado no es menos sencillo que el de llevar un par de rollos de películas a un lugar de Picadilly Circus antes de la 13.30, para posteriormente ser recogidas por una segunda persona. Lo que Stevie no sabe es que las 'latas' no contienen película, sino explosivos que a las 13.45 harán 'picadillo' la popular plaza de Londres. El camino hasta dicho punto de encuentro sirve a Hitchcock para escenificar una de las mejores escenas de suspense del cine. Stevie va encontrando a su camino problemas que le hacen retrasarse en su entrega, como un vendedor ambulante que prácticamente le obliga a tomar parte de la demostración del definitivo cepillo de dientes (ni muy duro, ni muy blando) ante la divertida gente que se aglutina para observar el espectáculo. Siguiendo su caminata por Londres, Stevie se entretiene en alguna que otra tiendecita de la calle y mientrastanto, un primer plano de la nota añadida al paquete nos recuerda la fatalidad de lo que está por venir: "No lo olvide, los pájaros cantarán a las 13.45" (curiosa la insistencia de Hitch de identificar a los pájaros como animales agoreros). Primeros planos de la bomba oculta, música desquiciante in crescendo y Stevie llega a un desfile donde, embelesado, sigue perdiendo más tiempo. Contrapicado de un reloj en la calle: Las 13:00. Planos del desfile alternados con un sonriente Stevie y primeros planos cada vez más cercanos sobre la bomba. Hitchcock hace avanzar el reloj 20 minutos y da el desfile por finalizado. Stevie se da cuenta de que llega tarde y abriéndose paso entre la multitud sube un autobús típicamente londinense:

- Stevie: "¿Cree usted que llegaré a Picadilly Circus antes de las 13.30?
- Revisor: "Sí, de la 1.30 de la madrugada, ¿te has citado con alguna damisela?"

El fatalismo aumenta en el breve diálogo con el revisor. El espectador toma conciencia de que la explosión será inevitable y que será durante el trayecto en el autobús. Stevie se sienta al lado de una señora con un cariñoso perro al que Stevie acaricia, en un intento de hacer más entrañable a un niño condenado. Una música siniestra crece al tiempo que los relojes se suceden en la pantalla y los planos sobre el paquete y las latas en el asiento recuerdan la proximidad de la amenaza. Las 13.30, las 13.35... el autobús queda atrapado en un atasco, el rostro de preocupación de Stevie consciente de la tardanza. Coches, más coches y los planos del reloj y de la bomba se hacen más y más recurrentes. Nuestro protagonista se mueve nervioso en su asiento y no deja de buscar relojes que le indiquen la hora a través de la ventanilla. Finalmente, en el clímax de la partitura que escuchamos y de la escena en sí, un primer plano de un reloj que marca las 13.44, un primerísimo plano de la aguja del minutero desplazándose... y lo increíble se hace real ante nuestros ojos. La explosión destroza por completo el autobús londinense. Hitchcock ha matado al niño. Es, posiblemente, una de las manifestaciones más claras de esa perversión innata en el genial director, siempre sublimada y genuinamente escondida tras la brillantez de su cine. Pero nunca tan visible como en la escena descrita.

El propio Hitchcock reconoció tiempo después su arrepentimiento por haber matado al niño de Sabotaje. Según él, rompía así un acuerdo tácito con el público al eliminar un personaje inocente después de hacerlo simpático y adorable a los ojos del espectador. Dejando de un lado discutibles y tardíos lamentos del maestro, la escena de la bomba de Sabotaje es, 70 años después, un perfecto ejemplo de la capacidad de Hitchcock para estructurar el suspense y de manejar los sentimientos del espectador a su antojo.





* De título original Sabotage, de 1936. No confundir con Saboteur de 1942 , también de Hitchcock, que se tradujo de nuevo al español como Sabotaje.

jueves, agosto 03, 2006

La soga



En este verano bien parecido a lo que sería un infierno en la tierra, me encuentro en una verdadera encrucijada. Prontó hará dos meses que no voy al cine. Por un lado, no tengo tiempo para ello. Por otro, me asusta la cartelera que te puedes encontrar en el periódico. Verano aciago (uno más), que tengo que compensar de alguna manera. El poco espacio que me queda para ver películas me obliga a ser más selectivo que de costumbre. No acepto cualquier cosa en mi dvd y es por eso que echo la vista atrás y soy consciente de las contínuas alabanzas que he ido lanzando a las últimas películas que he ido digeriendo. Menos tiempo, mejor elección, y más probabilidad de encontrarte con alguna gran película. O incluso, vete a saber, con una obra maestra. Como La Soga.

Repito: obra maestra, como La Soga. Tuve la suerte de crecer viendo películas de Hitchcock. Pasé horas revisando junto a mis padres viejas películas de VHS cargadas de suspense, terror y fascinación. Se llamaban Con la muerte en los talones, Frenesí, Los pájaros, Cortina Rasgada, Topaz, El hombre que sabía demasiado, Encadenados, Rebeca... y sobre todo, Vértigo (De entre los muertos). James Stewart y Kim Novak fueron para mí dioses menores a merced de una deidad suprema llamada Hitchcock capaz de alucinarme con su más perfecta y onírica obra jamás realizada. Desde el primer momento supe que aquella sería una de las películas de mi vida, insultantemente sólida, misteriosa hasta lo indecible, perturbadora y necrofílica, Vértigo maneja al espectador como una marioneta y le hace partícipe del más diabólico pacto entre el amor y la muerte. Cuando encuentras una película que te marca tanto, resulta si no difícil imposible extraer sus defectos y no etiquetarla con el tópico de obra maestra.
Pasaron algunos años y muchas más cosas. Volví a Hitchcock hace poco recuperando una de mis pendientes más vergonzantes, Psicosis, para más recientemente rescatar Extraños en un tren, de la que aquí di buena cuenta. Hace unos días vi La Soga. Y me ha vuelto a pasar.

Si La soga no es una película perfecta, se le parece mucho. Inscrita en su filmografía como el mayor capricho del británico, se trata de una película con un único escenario (el interior de un apartamento) que Hitchcock (quien por primera vez se hacía cargo de la producción en solitario) pretendió rodar con un único plano y en tiempo real. Dicha pretensión hacen de La Soga una particularidad en su obra y, por cierto, la primera en color. El resultado final de este complicado reto que se propuso Hitch fue exitoso sólo en parte: La soga está rodada en 10 planos secuencias de 8 minutos, justo la cantidad de película que podía soportar la cámara. Las transiciones entre dichos planos son sutiles durante el metraje de la película, utilizando elementos como las chaquetas de los actores. Dada la ambición de querer rodar La Soga en tiempo real, el director inglés apremiaba a su equipo de rodaje para hacer el cambio de rollo lo más rápido posible. A estas circunstancias se le agregó el problema de la luz natural, ya que la fiesta en la que se centra la narración comienza al final de una tarde y acaba en plena noche, teniendo que compensar la puesta de sol con una trabajada iluminación dentro de las habitaciones donde se rodaba. Finalmente, La soga no culminó su objetivo de transcurrir en tiempo real (en 80 minutos transcurren lo que serían algo más de 100), ni tampoco resultó estar grabada en un único plano-secuencia (de hecho, varias escenas tuvieron que ser repetidas), pero revisionarla casi 60 años después sigue resultando tan especial y divertido como en 1948.

Sinopsis: dos compañeros de piso y estudiantes, Brandon y Phillip (John Dall y Farley Granger), asesinan (con una soga, por supuesto) a su otro compañero de piso, David (Dick Hogan), para demostrar que el crimen perfecto es posible. Tras el asesinato, ocultan el cuerpo en un baúl, poco antes de que empiece la fiesta que habían organizado en su apartamento a la que están invitados, entre otros, los padres de David, su prometida, y el ex novio de la misma y amigo común. Un invitado destacará por encima de los demás. El antiguo tutor de instituto de los tres compañeros, Rupert (James Stewart) es un hombre extréncico y extremadamente inteligente, el único realmente capaz de llegar a sospechar algo de un asesinato milimétrico y cuidado al detalle. A medida transcurre la fiesta y todos los invitados se preguntan dónde esta David, las sospechas empiezan a despertarse, el ambiente se enrarece y los nervios se desatan... El resultado es, como cabría esperar de Hitchcock, una velada inolvidable.

Y eso es La soga. Tan simple, y tan perfecta. Apenas un puñado de actores y una trama sencilla pero brillantemente desarrollada, apoyada en la pericia técnica de su autor, que una vez más demuestra hasta qué punto es capaz de ejercer el control sobre su película y sobre las emociones del espectador. La soga es inusualmente intensa, capaz de incrementar progresivamente la tensión hasta alcanzar ritmo de taquicardia, superando cualquier expectativa que cabría esperar... No sería así si buena parte de ese suspense no estuviera sostenido sobre esos actores que demuestran bien una solidez y fuerza innatas (caso de John Dall o Farley Granger, que además apuntillan sus papeles con ese toque de ambigüedad sexual que tienen Brandon y Phillip) o una veteranía que desborda la pantalla (inmenso, irónico, genial James Stewart). Todos ellos son partícipes de una pequeña y magistral adaptación de las tablas al cine (está basada en la pieza teatral Rope's end de Patrick Hamilton) que se rebela violentamente contra el apelativo de "película menor".

Un desafío para Hitchcock. Un desafío a la moral del público. Un desafío interpretativo... Desafíos resueltos con éxito y sin fisuras. Desafíos que sorprenden y gustan. Desafíos que te enganchan desde el primer plano y te dejan patidifuso en el último. Un legado que desafió y sigue desafiando a todos aquellos que pretendieron la sucesión en el trono del suspense. Y con ese aún no ha podido nadie.
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Rope. Estados Unidos. 1948. 80'.
Director: Alfred Hitchcock.
Guión: Hume Cronyn, basado en la obra teatral Rope's end de Patrick Hamilton.
Intérpretes: John Dall (Brandon), Farley Granger (Phillip), James Stewart (Rupert), Dick Hogan (David), Cedric Hardwicke (padre de David), Joan Chandler (Janet)
Puntuación: 10
Si aún no te aprieta la soga...

viernes, julio 14, 2006

Extraños en un tren



Hitchcock. El genuino. El mago del suspense. El sabio conocedor de todos y cada uno de los secretos del cine, aquel que conoce al espectador más que este a sí mismo. Hitchcock es un bonachón y rechoncho maestro con aspecto afable. Tanto, que sería el último sospechoso en una de sus películas, paradojas de su propio universo que sus apariciones se limiten a meras anécdotas, a una pequeña manía que comenzó como consecuencia de la obsesión del director por el aprovechamiento del espacio y se convirtió en marca de la casa. Uno repasa su filmografía y no puede dejar de sorprenderse la cantidad de obras maestras y grandes películas que aparecen en ella, desde la divertida Psicosis hasta la oscura y grave Rebeca, desde la trepidante Con la muerte en los talones, a la onírica e hipnótica Vértigo (De entre los muertos), pasando por la emocionante El hombre que sabía demasiado o la teatral Crimen Perfecto. Todas ellas tienen su toque Hithcock, esa inteligencia narrativa y control absoluto sobre lo que pasa en pantalla, esa ironía brillante con la que el británico sabía sorprender película tras película a su público. Todas esas películas tienen los puntos en común de los que le dotó el genio, pero a su vez distan entre sí como particulares excepciones que denotan un momento concreto de la etapa del cineasta, una visión diferente, un aspecto de su obra poco atendido antes que ahora se para a desarrollar. Vértigo (De entre los muertos) tiene un ritmo parsimonioso y contemplativo del que no disponen las demás, pero a su vez se presenta como una auténtica pesadilla de una atracción irresistible. Los pájaros es más una pericia técnica que se desmarca de la clásica película Hitchcock. La ventana indiscreta es una declaración abierta del voyeurismo hitchcockiano, Psicosis es un divertidísimo juguete con el que su autor se lo pasó en grande, Atrapa a un ladrón una ligera y menor intriga a la que le falta dosis de humor Hithcock... y así podríamos repasar una por una su imprescindible legado de más de medio centenar de películas. Pero no, no hoy. Lejos de espantar a los escasos lectores de este pequeño rincón de cinefagia, hoy sólo me quedaré con Extraños en un Tren. Y no es poco.

Porque es Hitchcock en estado puro. Elevado a la enésima potencia, recopilando todas sus perversiones y diversiones, manías y virtudes, Extraños en un tren es una de las obras que más satisfecho dejó al orondo director, y no era para menos. Basada en una novela de Patricia Highsmith (la 'mamá' de Tom Ripley), Extraños en un tren narra el encuentro en un ferrocarril del jugador de tenis Guy Haines (Farley Granger) y un adinerado 'hijo de papá', Bruno Anthony (Robert Walker). Un encuentro que, dicho sea de paso, es bien admirado y conocido por los amantes de las películas 'Hitch'. Un plano enfoca dos pies bajando de un taxi, el plano se repite con otro par saliendo de un taxi diferente. Estos pares de zapatos caminando correponden a nuestros dos protagonistas, y sólo cuando ya en el tren chocan es cuando descubrimos los rostros y los conocemos. Pronto descubrimos la personalidad de cada uno. Guy es sereno, tanto como lo es en la pista, y confiado de la posición que le espera tras divorciarse de su mujer y casarse con su amante, la hija de un importante senador. Bruno por el contrario es puro nervio, un bocazas con gran capacidad de incomodar, pero simpático al fin y al cabo. Cuando este último acaba proponiéndole, tras una larga conversación la absurda idea de realizar un intercambio de asesinatos (él matará a la esposa de Guy y Guy, al molesto y posesivo padre de Bruno) Guy no puede sino reírse y compadecerse de ese pobre diablo. Las complicaciones empiezan cuando, efectivamente, Bruno se toma en serio su parte del trato y acaba estrangulando a la mujer de Guy (la cuál se negaba a concederle el divorcio) en una excelente escena en la que vemos el acto cometido a través del punto de vista de las gafas de ella que han caído al suelo. Este hecho no sólo permitirá a Bruno jactarse de su astucia e inteligencia a la hora de cometer el crimen, sino también reclamar la correspondencia del trato a Guy y advertirle de la facilidad con la que puede implicarle en el asesinato si se niega a cooperar.

A primera vista, Extraños en un tren presenta un argumento tan estrambótico que difícilmente se puede concebir como un buen film. La única respuesta posible a esto es que sólo viéndola podemos alcanzar a comprender el pulso narrativo que Alfred Hitchcock le otorga, haciendo que desde el primer hasta el último plano tenga interés para el espectador, caracterizando a cada personaje con detalles idiosincrásicos y grabando soberbias escenas en las que el suspense invade al público. Se puede afirmar sin miedo pues, que Extraños en un tren es una de las que mejor representa el estilo de su autor porque se compone en sus aproximadamente dos horas de película de todos los elementos necesarios para comprender el sello Hithcock. Ingredientes de un delicioso pastel que bien podrían formar una pequeña receta en forma de decálogo:

- La capacidad para generar el conflicto moral en el público. Era uno de sus juegos preferidos. Pese a la buena actuación de Farley Granger, se nota que en esta película Hitchcock sentía simpatía por el malo. Robert Walker es un villano simpático, capaz de caer bien al espectador...

- Una persona corriente que se ve envuelta en situaciones nada corrientes. Pese a que en este caso se trata de un personaje menos típico en una sociedad cualquiera, cualquiera se puede ver reflejado en él y sentirse identificado. Guy no se espera ni de lejos todo lo que le va a pasar, y a nosotros nos resulta tan entretenido como a Hitchcock verle salir de apuros.

- Los personajes son títeres a merced de su director. Hithcock jugará con sus personajes todo lo que le de la gana y más. Se divertirá haciéndole sufrir y, además, ideará asesinatos que se lo hagan pasar aún mejor.

- Utilizar cada imagen, cada plano que capta la cámara, en favor del suspense. Los pies caminando al principio son un buen ejemplo. También lo es el montaje del partido de tenis que Guy tiene que acabar cuanto antes para adelantar a Bruno hasta el lugar del asesinato. Los golpes, la furia, la inusual agresividad con la que todo el mundo le verá jugar, se alternará con un reloj que le apremia cada vez más y un Bruno que deberá entretenerse en su camino con una peculiar situación en la que (de nuevo) se creará el suspense.

- La connotación sexual de su protagonista femenino. En este caso Ruth Roman no es la rubia que esperamos, pero cumple los requisitos de la mujer Hitchcock: una recatada y refinada señorita en sociedad que se transforma en una auténtica prostituta en la alcoba, como le gustaba decir al propio Hitchcock.

- El voyeurismo. Increíble la escena en que toda el público de la grada sigue con la mirada la pelota, todos a excepción de Robert Walker que, impasible, observa a nuestro protagonista infundiéndole verdadero terror.

- Por supuesto, Hithcock hace su cameo, y lo hace subiendo al tren con un contrabajo.



- El gusto por el detalle, la referencia y la connotación. Guy está en la cabina, enfurecido explicándole a su amante porque su mujer no le quiere conceder el divorcio. Su ira le hace sentir odio por ella, tanto que expresa sus deseos de matarla. En ese momento, a pocos metros detrás de la cabina pasa un tren a toda velocidad. El asesinato se relaciona inmediatamente con el recuerdo de ese encuentro con Bruno en el tren.

- La ironía siempre presente. Tanto en los diálogos como en las situaciones, forma siempre parte del universo Hithcock como elemento indispensable.

- La dosificación del suspense y el gusto por la sorpresa. Nuestro héroe decide entrar en la casa de Bruno para visitar a su padre y advertirle de las intenciones de su hijo. Sigiloso, entra en la casa y cuando va a subir la escalera, una sorpresa le espera a lo alto de la misma: un enorme perro le observa amenazante. La sorpresa no rompe el suspense, sino que lo alarga, y lo hace antes de preceder a una sorpresa aún mayor.

55 años después, la única sorpresa que Hithcock no es capaz de dar es la de sorprender con una obra maestra, porque acudimos a sus películas perfectamente sabedores de que lo que nos espera es algo bueno, muy bueno. Cine de la mano de un maestro que siempre buscó corresponder la calidad con el éxito del público. Aquel cuya obra perdura como una muestra de inteligencia y dominio de las técnicas cinematográficas, narrativas y donde además se presiente su presencia, la fascinante figura de un dios muy terrenal, un niño grande tan divertido como miedoso. Pero más listo que nadie.
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Strangers on a train. Estados Unidos. 1951. 101'.
Director: Alfred Hitchcock.
Guión: Raymond Chandler & Czenzi Ormonde, basado en la novela de Patricia Highsmith.
Música: Dimitri Tiomkin.
Fotografía: Robert Burks.
Vestuario: Leah Rhodes.
Montaje: William H. Ziegler.
Intérpretes: Farley Granger (Guy Haines), Ruth Roman (Ann Morton), Robert Walker (Bruno Anthony), Leo G. Carroll (senador Morton), Patricia Hitchcock (Barbara Morton), Howard St. John, Laura Elliott (Miriam Haines), Marion Lorne (señora Anthony).
Puntuación: 9,5
Súbete al tren del suspense...
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article681.html (sobre la peli)
http://usuarios.lycos.es/Hitchcock100/ (sobre Alfred Hitchcock)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article101.html (sobre Farley Granger)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article284.html (sobre Ruth Roman)
http://www.booksfactory.com/writers/highsmith_es.htm (sobre Patricia Highsmith)
http://www.booksfactory.com/writers/chandler_es.htm (sobre Raymond Chandler)