Sólo una película tan desconocida, posterior y oculta por el espectro de la Nouvelle Vague podía ser tan perturbadora. A pocos se le escapaba que en 1973 la nueva ola había ya tocado a su fin y que sólo un realizador maldito como Jean Eustache podría permitirse el (último) capítulo final del movimiento cinematográfico más influyente y poderoso hasta la fecha conocido.
Película misteriosamente hipnótica, pese a sus 219 minutos, tour de force incomprendido y desconocido en España, su reaparición la convirtió casi automáticamente en película de culto. Elementos no le faltan. El trágico final de su director, quien se quitara la vida 8 años después, es uno de ellos, y a él se le incorpora el carácter nostálgico de la generación perdida, de la cultura desaparecida y del mayo del 68. Un último esfuerzo de retratar el mundo que pudo ser y que no llegó a ser, la vida desde el amor al amor, desde la bohemia y los cafés de París donde uno podía sentarse a dos mesas de Sartre a discutir sobre Murnau o Pabst. Una profunda desilusión.
Y a todo esto, Doinel (Léaud) ha crecido, pero no del todo. Ahora se llama Alexandre, extravagante y maniático Alexandre que vaga por las calles de París cual Horacio Oliveira, y dice que no tiene casa y añade que por suerte para él. Vive con su amante, la mamain del título (Bernardette Lafont), que le cuida y adora pese a la extraña convivencia que mantienen. Veronika, o la putain del título (François Lebrun), irrumpe violentamente en ese círculo tras un cruce de miradas en el café de una rue cualquiera y un intercambio de teléfonos. El círculo se estrecha, los papeles se confunden, el amante erudito y bohemio queda en evidencia, todos lloran lo perdido y que ya no queda nada por perder, mientras en el gramófono entona el Requiem de Mozart.
Y Edith Piaf, y Zara Leander, y Offenbach, y Bresson también... Ya no queda romanticismo, sólo putas y madres. Nada por lo que luchar, nada en que creer, la muerte lenta y dolorosa del 59, del 68, el umbral de la nueva era del miedo a la palabra, a la duda y la libertad. Dolor infinito el que encierra La mamain et la putain, el mismo que carcomía a Eustache fuera de su cine y le llevaba a hacer autorretratos dentro de él. Y el adiós de la generación perdida...