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viernes, julio 14, 2006

Extraños en un tren



Hitchcock. El genuino. El mago del suspense. El sabio conocedor de todos y cada uno de los secretos del cine, aquel que conoce al espectador más que este a sí mismo. Hitchcock es un bonachón y rechoncho maestro con aspecto afable. Tanto, que sería el último sospechoso en una de sus películas, paradojas de su propio universo que sus apariciones se limiten a meras anécdotas, a una pequeña manía que comenzó como consecuencia de la obsesión del director por el aprovechamiento del espacio y se convirtió en marca de la casa. Uno repasa su filmografía y no puede dejar de sorprenderse la cantidad de obras maestras y grandes películas que aparecen en ella, desde la divertida Psicosis hasta la oscura y grave Rebeca, desde la trepidante Con la muerte en los talones, a la onírica e hipnótica Vértigo (De entre los muertos), pasando por la emocionante El hombre que sabía demasiado o la teatral Crimen Perfecto. Todas ellas tienen su toque Hithcock, esa inteligencia narrativa y control absoluto sobre lo que pasa en pantalla, esa ironía brillante con la que el británico sabía sorprender película tras película a su público. Todas esas películas tienen los puntos en común de los que le dotó el genio, pero a su vez distan entre sí como particulares excepciones que denotan un momento concreto de la etapa del cineasta, una visión diferente, un aspecto de su obra poco atendido antes que ahora se para a desarrollar. Vértigo (De entre los muertos) tiene un ritmo parsimonioso y contemplativo del que no disponen las demás, pero a su vez se presenta como una auténtica pesadilla de una atracción irresistible. Los pájaros es más una pericia técnica que se desmarca de la clásica película Hitchcock. La ventana indiscreta es una declaración abierta del voyeurismo hitchcockiano, Psicosis es un divertidísimo juguete con el que su autor se lo pasó en grande, Atrapa a un ladrón una ligera y menor intriga a la que le falta dosis de humor Hithcock... y así podríamos repasar una por una su imprescindible legado de más de medio centenar de películas. Pero no, no hoy. Lejos de espantar a los escasos lectores de este pequeño rincón de cinefagia, hoy sólo me quedaré con Extraños en un Tren. Y no es poco.

Porque es Hitchcock en estado puro. Elevado a la enésima potencia, recopilando todas sus perversiones y diversiones, manías y virtudes, Extraños en un tren es una de las obras que más satisfecho dejó al orondo director, y no era para menos. Basada en una novela de Patricia Highsmith (la 'mamá' de Tom Ripley), Extraños en un tren narra el encuentro en un ferrocarril del jugador de tenis Guy Haines (Farley Granger) y un adinerado 'hijo de papá', Bruno Anthony (Robert Walker). Un encuentro que, dicho sea de paso, es bien admirado y conocido por los amantes de las películas 'Hitch'. Un plano enfoca dos pies bajando de un taxi, el plano se repite con otro par saliendo de un taxi diferente. Estos pares de zapatos caminando correponden a nuestros dos protagonistas, y sólo cuando ya en el tren chocan es cuando descubrimos los rostros y los conocemos. Pronto descubrimos la personalidad de cada uno. Guy es sereno, tanto como lo es en la pista, y confiado de la posición que le espera tras divorciarse de su mujer y casarse con su amante, la hija de un importante senador. Bruno por el contrario es puro nervio, un bocazas con gran capacidad de incomodar, pero simpático al fin y al cabo. Cuando este último acaba proponiéndole, tras una larga conversación la absurda idea de realizar un intercambio de asesinatos (él matará a la esposa de Guy y Guy, al molesto y posesivo padre de Bruno) Guy no puede sino reírse y compadecerse de ese pobre diablo. Las complicaciones empiezan cuando, efectivamente, Bruno se toma en serio su parte del trato y acaba estrangulando a la mujer de Guy (la cuál se negaba a concederle el divorcio) en una excelente escena en la que vemos el acto cometido a través del punto de vista de las gafas de ella que han caído al suelo. Este hecho no sólo permitirá a Bruno jactarse de su astucia e inteligencia a la hora de cometer el crimen, sino también reclamar la correspondencia del trato a Guy y advertirle de la facilidad con la que puede implicarle en el asesinato si se niega a cooperar.

A primera vista, Extraños en un tren presenta un argumento tan estrambótico que difícilmente se puede concebir como un buen film. La única respuesta posible a esto es que sólo viéndola podemos alcanzar a comprender el pulso narrativo que Alfred Hitchcock le otorga, haciendo que desde el primer hasta el último plano tenga interés para el espectador, caracterizando a cada personaje con detalles idiosincrásicos y grabando soberbias escenas en las que el suspense invade al público. Se puede afirmar sin miedo pues, que Extraños en un tren es una de las que mejor representa el estilo de su autor porque se compone en sus aproximadamente dos horas de película de todos los elementos necesarios para comprender el sello Hithcock. Ingredientes de un delicioso pastel que bien podrían formar una pequeña receta en forma de decálogo:

- La capacidad para generar el conflicto moral en el público. Era uno de sus juegos preferidos. Pese a la buena actuación de Farley Granger, se nota que en esta película Hitchcock sentía simpatía por el malo. Robert Walker es un villano simpático, capaz de caer bien al espectador...

- Una persona corriente que se ve envuelta en situaciones nada corrientes. Pese a que en este caso se trata de un personaje menos típico en una sociedad cualquiera, cualquiera se puede ver reflejado en él y sentirse identificado. Guy no se espera ni de lejos todo lo que le va a pasar, y a nosotros nos resulta tan entretenido como a Hitchcock verle salir de apuros.

- Los personajes son títeres a merced de su director. Hithcock jugará con sus personajes todo lo que le de la gana y más. Se divertirá haciéndole sufrir y, además, ideará asesinatos que se lo hagan pasar aún mejor.

- Utilizar cada imagen, cada plano que capta la cámara, en favor del suspense. Los pies caminando al principio son un buen ejemplo. También lo es el montaje del partido de tenis que Guy tiene que acabar cuanto antes para adelantar a Bruno hasta el lugar del asesinato. Los golpes, la furia, la inusual agresividad con la que todo el mundo le verá jugar, se alternará con un reloj que le apremia cada vez más y un Bruno que deberá entretenerse en su camino con una peculiar situación en la que (de nuevo) se creará el suspense.

- La connotación sexual de su protagonista femenino. En este caso Ruth Roman no es la rubia que esperamos, pero cumple los requisitos de la mujer Hitchcock: una recatada y refinada señorita en sociedad que se transforma en una auténtica prostituta en la alcoba, como le gustaba decir al propio Hitchcock.

- El voyeurismo. Increíble la escena en que toda el público de la grada sigue con la mirada la pelota, todos a excepción de Robert Walker que, impasible, observa a nuestro protagonista infundiéndole verdadero terror.

- Por supuesto, Hithcock hace su cameo, y lo hace subiendo al tren con un contrabajo.



- El gusto por el detalle, la referencia y la connotación. Guy está en la cabina, enfurecido explicándole a su amante porque su mujer no le quiere conceder el divorcio. Su ira le hace sentir odio por ella, tanto que expresa sus deseos de matarla. En ese momento, a pocos metros detrás de la cabina pasa un tren a toda velocidad. El asesinato se relaciona inmediatamente con el recuerdo de ese encuentro con Bruno en el tren.

- La ironía siempre presente. Tanto en los diálogos como en las situaciones, forma siempre parte del universo Hithcock como elemento indispensable.

- La dosificación del suspense y el gusto por la sorpresa. Nuestro héroe decide entrar en la casa de Bruno para visitar a su padre y advertirle de las intenciones de su hijo. Sigiloso, entra en la casa y cuando va a subir la escalera, una sorpresa le espera a lo alto de la misma: un enorme perro le observa amenazante. La sorpresa no rompe el suspense, sino que lo alarga, y lo hace antes de preceder a una sorpresa aún mayor.

55 años después, la única sorpresa que Hithcock no es capaz de dar es la de sorprender con una obra maestra, porque acudimos a sus películas perfectamente sabedores de que lo que nos espera es algo bueno, muy bueno. Cine de la mano de un maestro que siempre buscó corresponder la calidad con el éxito del público. Aquel cuya obra perdura como una muestra de inteligencia y dominio de las técnicas cinematográficas, narrativas y donde además se presiente su presencia, la fascinante figura de un dios muy terrenal, un niño grande tan divertido como miedoso. Pero más listo que nadie.
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Strangers on a train. Estados Unidos. 1951. 101'.
Director: Alfred Hitchcock.
Guión: Raymond Chandler & Czenzi Ormonde, basado en la novela de Patricia Highsmith.
Música: Dimitri Tiomkin.
Fotografía: Robert Burks.
Vestuario: Leah Rhodes.
Montaje: William H. Ziegler.
Intérpretes: Farley Granger (Guy Haines), Ruth Roman (Ann Morton), Robert Walker (Bruno Anthony), Leo G. Carroll (senador Morton), Patricia Hitchcock (Barbara Morton), Howard St. John, Laura Elliott (Miriam Haines), Marion Lorne (señora Anthony).
Puntuación: 9,5
Súbete al tren del suspense...
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article681.html (sobre la peli)
http://usuarios.lycos.es/Hitchcock100/ (sobre Alfred Hitchcock)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article101.html (sobre Farley Granger)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article284.html (sobre Ruth Roman)
http://www.booksfactory.com/writers/highsmith_es.htm (sobre Patricia Highsmith)
http://www.booksfactory.com/writers/chandler_es.htm (sobre Raymond Chandler)