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jueves, julio 31, 2008

Doble sesión de Roger Corman



Dice la leyenda que Roger Corman apostó a que era capaz de terminar una película en menos de tres días. Roger William Corman, aquel hombre que había estudiado ingeniería industrial y que había acabado como analista de historias y de ahí, a prolífico director de cine, era conocido en la industria por su capacidad para realizar películas a una gran velocidad y con los mínimos recursos posibles. Pero aquella apuesta parecía ir demasiado lejos...
Sin embargo, cuenta también la leyenda que, efectivamente, La Pequeña Tienda de los Horrores (The Little Shop of Horrors, 1960) se rodó en dos días y una noche. Los que recuerden el remake de esta misma película que Frank Oz realizó en 1986 con Rick Moranis a la cabeza de su reparto (y saltándonos el paso intermedio del musical de Howard Ashan en el que se basaba más directamente la película de Oz), se darán cuenta de hasta qué punto el cine que Roger Corman realizó desde las catacumbas de Hollywood entre 1955 y 1971 (fecha en la que, oficialmente, se retiró de la dirección pese a recuperarla esporádicamente y continuar su intensa labor como productor) tuvo gran influencia en el cine de posteriores grandes autores. Algunos de ellos, incluso, empezaron trabajando en producciones de Corman (Jack Nicholson en la mencionada La Pequeña Tienda de los Horrores, pero también Francis Ford Coppola, Martin Scorsese, James Cameron o Joe Dante) o fueron impulsados por la feliz casualidad de encontrarse en el mismo patio de butacas que él (Peter Bogdanovich). Productor de más de 300 películas y director de unas 50, la extensa filmografía de Corman es hoy un patrimonio inestimable que demuestra, desde las más pequeñas intenciones, una máxima irreprochable: la magnitud del cine no corresponde a sus recursos ni sus presupuestos, sino a lo valioso de sus planteamientos y el amor y destreza con la que aquel que se encuentra tras la cámara convierte esos planteamientos en una ficción en la que merece la pena creer.
Y qué mejor homenaje podría merecer Corman que una doble sesión de estas historias que hoy siguen fascinando y no por baratas, sino por historias. Historias para no dormir, para encoger el corazón o conmover el alma. Historias que recogen la esencia de uno de los más puros y genuinos cineastas.



La primera película de la sesión es El péndulo de la muerte (Pit and the Pendulum, 1961) Pertenece al grupo de adaptaciones que Roger Corman realizó sobre relatos de Edgar Allan Poe con el inefable Vincent Price como protagonista en casi la totalidad de ellas y el no menos magnífico Richard Matheson al cargo de sus guiones: La caída de la casa Usher (House of Usher, 1960) o El Cuervo (The Raven, 1963) serían, junto a la mencionada, algunas de las más representativas de la serie. El relato en el que se basa El péndulo de la muerte se sitúa entre los mejores relatos del escritor norteamericano, un brevísimo pero angustioso cuento de terror ambientado en los últimos días de la Inquisición española en el que un prisionero es condenado a morir a manos del más terrible instrumento de tortura: un péndulo con una enorme cuchilla en su extremo que baja lenta y calculádamente hacia el corazón del prisionero, atado e impedido en sus movimientos. En definitiva, una terrorífica reflexión sobre la angustia que adviene al individuo ante la inevitabilidad de la muerte y el tiempo que transcurre hacia esa sola dirección. Tiempo y muerte son explícitamente representados en el relato de Poe con un instrumento de tortura, el más terrible que la mente humana pudiera idear.
La película de Corman no es la más fiel adaptación posible a ese relato. Bien al contrario, apenas toma como único elemento el péndulo para ubicarlo en el clímax que se alcanza en la conclusión. Matheson tomó ese objeto que aúna el sentido del relato de Poe y construyó a su alrededor una historia de almas atormentadas deambulando, en un castillo maldito de almas errantes que aún lloran las torturas y los crímenes a los que la Inquisición les sometió en las terribles cámaras que oculta la fortaleza. Nicholas (Vincent Price) es el señor del castillo, un hombre atormentado por el recuerdo de su mujer muerta en extrañas circunstancias y por una visión traumática de su infancia. Hasta el castillo llega el Doctor Kerr, su cuñado, dispuesto a averiguar toda la verdad sobre la muerte de su hermana, quien sigue, de alguna manera, presente en el opresivo y tenebroso ambiente de la fortaleza.
Aunque alejada de su original, El péndulo de la muerte es una reinvención del relato de Poe de la que el mismo Poe estaría orgulloso, pues se inscribe de lleno en su particular universo. Un fascinante relato de almas torturadas y susurrantes, con un Vincent Price que demuestra la magnificencia de su calidad como actor a cada desmayo, a cada transición hacia la locura, y a cada vuelta a la normalidad. En El péndulo de la muerte hay lugar al terror de lo desconocido habitando en nuestra morada, a la traición y la explícita tortura (y en vista al significado que ha tomado lo explícito en el género, entiéndase como visible), e incluso a la aventura y al romance (o a su insinuación). Todo ello empacado en apenas 80 minutos de añejo y maravilloso cine de terror, para sumo placer de aquel que sepa entender sus planteamientos y no menospreciar sus recursos.



En segundo lugar, una de las películas imprescindibles de la filmografía del director. El hombre con rayos X en los ojos (X, 1963) es saludada por muchos como la obra maestra de Roger Corman. Y no faltan razones para ello. La historia de un oftalmólogo que juega a ser Dios experimentando con una fórmula que le permite ver más allá de donde la vista alcanza, penetrar en el interior de los objetos, las personas, es un relato de tintes existencialistas y eminentemente trágico. Protagonizado por Ray Milland, el imborrable alcohólico de Días sin huella (Billy Wilder, 1945), El hombre con rayos X en los ojos nos descubre el horror que encuentra el hombre al explorar en su propio interior. Al placer puramente vouyerístico que le otorga en primera instancia su poder, la creciente capacidad de penetración de la visión del doctor James Xavier se convierte en su creciente tortura. Los horrores, las enfermedades que descubre en los interiores de los cuerpos le acaban convirtiendo en un hombre sometido a una condena de cáriz casi mitológico: ver más y más, hasta quedarse ciego. Condenado a huir mientras asiste al desvanecimiento del mundo superficial que antes rechazaba, El doctor Xavier se convierte en fugitivo de la justicia subyugado a un don que se ha convertido en su tortura, y que le lleva a proclamar, ciego ante un grupo de creyentes, el fatal destino reservado para aquellos que juegan a rebasar los límites de la naturaleza y a ser dioses.

Sacerdote: ¿Eres un pecador? ¿Quieres salvarte?.
Xavier: ¿Salvarme? ¡No!! Tan solo pretendo decir lo que veo... Una tiniebla fria... mas allá del mismo tiempo y mas allá de los humanos... Una luz que alumbra y abrasa... Y en el centro del Universo, el Ojo... que nos ve a todos. No. ¡No!!

Roger Corman, aquí inscrito entre la ciencia-ficción y el horror, impulsa este último de una manera más genuina que nunca, a través de cámaras subjetivas en los que la lente adopta la forma de una retina que es testigo de una paleta de colores cada vez más intensa y difusa que le ofreció a Corman la posibilidad de la experimentación. En las exploraciones de Xavier en el interior de los cuerpos, Corman incluso se permitió el filmar dibujos del interior humano que, lejos de caer en el recurso pobre, dotaron de un encanto añadido a esta magnífica película. Corman consiguió con El hombre con rayos X en los ojos una de sus películas más severas y existenciales, en la que el miedo que impone nos es incluso más cercano que en otras cintas de su filmografía y en la que nos deja un sabor horriblemente amargo una vez alcanzamos los créditos finales. En definitiva, una cinta que invita a la reflexión del espectador y lo hace superando cualquier estigma que la clasificación de serie B pueda representar para el mismo: como una de las más profundas e imprescindibles películas de su género.



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http://elgabinete.blogspot.com/2007/04/roger-corman-el-rey-de-la-serie-b.html (sobre Roger Corman)
http://www.sensesofcinema.com/contents/directors/06/corman.html (sobre Roger Corman, en inglés)
http://blugosi.freeprohost.com/ojos_x.htm (sobre El hombre...)

jueves, marzo 20, 2008

Tu cara me suena (III): Peter Lorre



Pocos actores tienen tanta historia y tan merecedora de ser contada como Peter Lorre. Por si a alguien se le escapa, era aquel actor de extraño aspecto, teutón de cuerpo menudo y ojos saltones que en vida demostró ser uno de los actores de reparto más brillantes de su época. Y alguno me protestará que Lorre no siempre fue secundario y que no hay buen cinéfilo que le pueda olvidar tras verle en M, el vampiro de Dusseldorf (M, Fritz Lang, 1931). Y tendrá razón. Lorre fue uno de esos intérpretes cuya persona adquirió una envergadura tamaña a la de su calidad como actor. Poco menos se puede decir de un hombre que...

1. Trabajó en sus comienzos teatrales con Bertol Bretch.
2. Emigró con Billy Wilder a los Estados Unidos cuando el régimen nazi utilizaba su imagen en el cartel de M para su campaña de odio antisemita.
3. Trabajó a las órdenes de cineastas como Alfred Hitchcock, Fritz Lang, Frank Capra, Michael Curtiz o John Huston mientras su nombre en el reparto iba detrás de los de Humphrey Bogart, Ingrid Bergman o Cary Grant
4. Fue el primer villano de James Bond bajo el apodo de "Le Chiffre" en una adaptación de Casino Royale para la televisión estadounidense en 1954.
5. Llegó a inspirar un personaje de dibujos animados que protagonizó algunos cortos animados junto a Bugs Bunny o el pato Lucas.
6. Fundó su propia productora (Lorre Incorporated) y rodó su propia película, El Desaparecido (Der Verlorene, 1951).
7. Murió de un ataque al corazón mientras trabajaba con Jerry Lewis, y fue el mismísimo Vincent Price, amigo y compañero de reparto en diversas películas, el insigne orador de su panegírico.



Nacido en el seno del Imperio Austro-Húngaro en 1904, Peter Lorre comenzó su carrera en el teatro alemán antes de pasar al cine y triunfar de la mano de Fritz Lang y su M. La fama de Lorre, ya por entonces respetado y popular (gracias a, entre otros, sus trabajos con Bretch) se disparó extendiendo su fama más allá de las fronteras germanas. M fue un éxito a nivel internacional que Lorre pudo aprovechar cuando tuvo que huir a Inglaterra en 1931 ante el ascenso del nazismo al poder. Allí Alfred Hitchcock le contrató para un papel en su primera versión de El hombre que sabía demasiado (The man who knew too much, 1934) pese a sus dificultades con el inglés. Fue el paso previo a su llegada a Hollywood, donde empezó interpretando una serie de papeles de villano a rebufo de su encarnación en M. En contraposición a estos papeles, también inició una serie de ocho películas en las que encarnó a Mr. Moto, un detective japonés metido en fregados occidentales que alcanzó popularidad entre el público estadounidense. En 1941 llega la película por la que servidor le rinde eternos honores. Su papel de Joel Cairo en El Halcón Maltés (The Maltese Falcon, John Huston, 1941) es uno de los más valiosos que el cine negro ha dado jamás. Lorre encarnó a un gangster aparentemente inofensivo y de ambigua sexualidad que suponía el contrapunto perfecto al personaje de Sam Spade de Bogart. Las escenas compartidas por ambos en aquella obra cumbre del noir demuestran que la química en el cine puede surgir de donde menos te lo esperas, y el valioso resultado de este encuentro se saldó con cuatro colaboraciones más de los dos actores.



Actor de reparto predilecto de la Warner Bros., una de esas colaboraciones sería en Casablanca (Michael Curtiz, 1942), donde Lorre interpretaba al delincuente Ugarte, papel breve pero siempre brillante en el que le oíamos preguntar aquello de:

Ugarte: Me desprecias, ¿verdad?
Rick: Probablemente lo haría... si pensara en ello.



Luego vinieron sus trabajos en Como ella sola (In this our life, John Huston, 1942), La ninfa constante (The constant nymph, Edmung Gouling, 1943), The Cross of Lorraine (Tay Garnett, 1943), y en 1944, otra de sus mejores papeles llegó de la mano de Frank Capra y su Arsénico por compasión (Arsenic and Old Lace, 1945), hilarante obra maestra en la que Lorre fue el Doctor Herman Einstein y de pasó demostró un insultante dominio de la comedia pese a hacerlo a la sombra de Cary Grant. Lorre también intervino en los repartos de The mask of Dimitros y Three Strangers, ambas de Jean Negulesco (1944 y 1946) y en Angel Negro (Black Angel, Roy William Neil, 1946). Tras la Segunda Guerra Mundial, su carrera como actor decayó, volviendo al teatro e interviniendo también en la radio. Fue entonces cuando volvió a Alemania y dirigió la que sería su única película, El Desaparecido, la cuál no tuvo demasiado éxito. En los 50 Lorre se prodigó más en la pequeña pantalla, aunque alternando con papeles en el cine que aún le reportaron algún otro papel para recordar, apareciendo en La burla del diablo (Beat the devil, John Huston, 1953), 20.000 leguas de viaje submarino (20.000 leagues under the sea, Richard Fleischer, 1954) en la que compartió cartel con Kirk Douglas y James Mason, y La bella de Moscú (Silk Stockings, Rouben Malmouilland, 1957).

Ya en la primera mitad de los 60 y últimos años de su vida, Lorre entró en ese micromundo de terror de serie B que constituían las películas de Roger Corman y Vincent Price, participando en varias de sus películas o segmentos de terror, entre las que destacó la conocida El cuervo (The Raven, Roger Corman, 1963). En 1964 un infarto detuvo el corazón y la carrera de uno de los secundarios más impecables y reconocibles que ha dado el celuloide. Su rostro y sus caracterizaciones han inspirado los rasgos de no pocos personajes (hasta una lámpara en La tostadora valiente) y ha desembocado en ríos de tinta que rinden merecido homenaje a un pequeño gran actor con una selecta galería de interpretaciones entre la que uno puede elegir para guardarle un honroso rincón de su memoria.
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http://www.imdb.com/name/nm0000048/ (ficha de Peter Lorre en imdb)
http://es.wikipedia.org/wiki/Peter_Lorre (artículo de Peter Lorre en la wikipedia)

miércoles, mayo 30, 2007

Bogdanovich o el gran nostálgico



Corrían los últimos 60 y se auguraba la decadencia del clasicismo en el cine de Hollywood. Comenzaban a quedar atrás los antaño maestros como John Ford, Billy Wilder o Hitchcock. Las reivindicaciones de la Nouvelle Vague daban paso al nuevo cine checo, y Romero y Polanski aterrorizaban al público con zombis y posesiones satánicas mientras los estudiantes en Europa se lanzaban a las calles para perder la última batalla por un sueño roto desde entonces. El mítico productor Roger Corman (más de 300 películas en su haber) echaba cuentas tras la última de una serie de adaptaciones de novelas de Allan Poe con un Boris Karloff en decadencia como protagonista. Corman advirtió que Karloff le debía dos días de rodaje, deuda que el productor no estaba por la labor de perdonar. Pero lejos de coger él mismo la batuta de la dirección (dirigió casi medio centenar de películas en su carrera) decidió otorgarle la oportunidad de su vida a un joven crítico de cine llamado Peter Bogdanovich. Había leído uno de sus artículos en la revista Esquire y Corman ya intuía el talento del que a la postre sería uno de los grandes cronistas de Hollywood. Corman y Bogdanovich coincidieron en una proyección y el productor le ofreció a Karloff además de 20 minutos inéditos de El terror (The Terror, co-dirigida junto a Francis Ford Coppola y Jack Nicholson en 1963), otra adaptación de novela de Allan Poe que Corman había dirigido. Bogdanovich no vaciló ni un momento en aceptar.



Así fue como el crítico dio el salto a la dirección como una década antes lo habían hecho Truffaut, Godard o Chabrol. Lejos de realizar la nueva adaptación de novela de Poe que Corman pudiera esperar, Bogdanovich escribió el guión de El héroe anda suelto (Targets, 1968), la historia de un tranquilo joven de clase media (Tim O'Kelly) que de la noche a la mañana compra un rifle y deja un reguero de sangre y muerte que empieza por su propia familia. Un Karloff de 81 años se interpretaba a sí mismo no sin cierta dosis de sorna, dando vida a la antaño estrella de cine de terror Byron Orlok, ahora de capa caída y deseosa de abandonar el negocio. Dos personajes polarizados y sólo coincidentes en un final en el que el antiguo monstruo y villano en la pantalla (Karloff y Lugosi coparon los papeles de Drácula en los clásicos de terror de la Universal) se torna en el héroe que debe enfrentarse al auténtico monstruo, el que se oculta tras una pantalla de autocine* para ejecutar desde la distancia a tantos como le es posible antes de ser capturado. El argumento sumamente atractivo y rompedor de Targets supuso un impacto en el público que hizo de ella una celebrada opera prima. Sin embargo, Bogdanovich no era aquel director que esperaba su oportunidad para romper con todo lo inventado en el cine, sino al contrario, aprovechar la ocasión para demostrar su infinita admiración hacia el clasicismo de Hollywood en pleno proceso de extinción. Targets es una película apasionante que respira ese clasicismo y homenajea desde el primer momento al olvidado actor de terror Karloff y hace referencia directa o indirecta a algunos de los grandes directores por los que Bogdanovich siente auténtica devoción (en la película aparecen imágenes de Sed de mal, de Orson Welles, o Código Criminal de Howard Hawks, en la que también sale Karloff). Inspirada en los asesinatos que Charles Whitman había perpetrado dos años antes, Targets también se anunciaba como una mirada crítica y preocupante hacia una sociedad en la que el uso desmedido de las armas podía abrir una era de ira y violencia criminal.

Tres años después Bogdanovich estrenaba La última película (The last picture show, 1971). Como un mal augurio del título, se convirtió inmediatamente en su película más celebrada por crítica y público antes de iniciar en una caída libre en una filmografía que sólo pareció recuperarse con ¿Qué me pasa, doctor? (What's up, doc?, 1972) y Luna de papel (Paper Moon, 1973), deudoras eminentes de la comedia hawksiana. El talento de Bogdanovich había sorprendido en Targets, pero había explotado en La última película, un mosaico de historias mínimas que se convirtió en hito del cine los 70. Rodada en blanco y negro con la intención de que transpirara una mayor melancolía, La última película narra una historia de principio de los 50 en un diminuto pueblo de Texas donde todos sus habitantes conviven en el tedio más absoluto: los más viejos pasan el tiempo en la barra del bar farfullando que cualquier tiempo pasado fue mejor; los más jóvenes viven un despertar sexual de lo más angustioso, atrapados en una sociedad demasiado arcaica y cerrada como para poder sentir algún tipo de libertad. Sonny (Timothy Bottoms) y Duane (un jovencísimo Jeff Bridges) escapan de su duro entorno con lo único que merece la pena en el pueblo a parte de algún que otro billar: el cine. En el teatro Royal pasan tardes viendo los westerns y contemplando al imponente John Wayne cabalgar en Río Rojo (Red River, Howard Hawks, 1948). No importa que hayan visto ya la película: el cine es el último refugio para las emociones, aquel que ni siquiera sus frustrantes primeras veces con las chicas pueden darles (el acto sexual de Sonny con la señora Popper es demoledoramente aburrido y penoso). Como jóvenes que son, intentan rebelarse a esa monotonía con fiestas de año nuevo en las que bañarse desnudos en la piscina o citas clandestinas en motéeles de carretera, pero pronto cualquier signo de jovialidad se ahoga en la evidencia de la realidad de un pueblo que se desertiza al mismo ritmo que el alma de sus habitantes.



La última película es trágica y encoge el corazón, pero también es uno de los homenajes más bellos rendidos nunca al cine. Sin caer en sentimentalismos, el cierre definitivo del cine local acaba significando el último paso antes de que los jóvenes abandonen el pueblo conscientes de que caminar a ninguna parte siempre será mejor que quedarse allí. Paradójicamente, la escena más bella de la película es posiblemente la única dotada de cierto optimismo, y le pertenece a Ben Johnson (actor de las películas de Ford y Peckinpah que Bogdanovich recuperó para una actuación que le acabó valiendo el Oscar). Sam el león cuenta a sus dos jóvenes oyentes un idilio de juventud con una mujer del pueblo cuya identidad conoceremos más adelante. Durante el tiempo que dura su discurso, Ben Johnson mira al horizonte y pierde su mirada allí mientras narra el pasaje más feliz de su vida y los chicos escuchan fascinados. La escena simboliza la película y la nostalgia que la invade, la tristeza y la belleza haciéndose sinónimos en la obra maestra de Bogdanovich. Una maravilla dolorosamente trágica que en su conclusión deja un nudo en la garganta tras el iracundo alarido de Bottoms: ¡Estaba barriendo, hijos de puta!

*En algunos países sudamericanos llegó a estrenarse bajo el nefasto título de Cacería en el Autocinema.
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http://www.pasadizo.com/peliculas2.jhtml?cod=420&sec=1 (sobre Targets)
http://es.wikipedia.org/wiki/Roger_Corman (sobre Roger Corman)
http://es.wikipedia.org/wiki/Peter_Bogdanovich (sobre Peter Bogdanovich)
http://www.eldigoras.com/eom03/2004/2/fuego32cgs18.htm (sobre La última película)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article37.html (sobre Boris Karloff)
http://es.wikipedia.org/wiki/Ben_Johnson_%28actor%29 (sobre Ben Johnson)