Mostrando entradas con la etiqueta Vincent Price. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vincent Price. Mostrar todas las entradas

miércoles, octubre 22, 2008

La leyenda del último hombre sobre la Tierra



¡ATENCIÓN: SPOILERS!

La novela que Richard Matheson escribiera en 1954 con el título de Soy Leyenda tardó poco en convertirse en una de las grandes novelas de ciencia-ficción del siglo XX y un auténtico referente cultural que se ha visto invocado en no pocas ocasiones. El cine, como industria cultural por excelencia que más rápidamente saca partido y más rápido explota dichas fuentes ha flirteado no pocas veces con la obra de Matheson, así como Matheson ha flirteado no pocas veces con el cine. El norteamericano fue partícipe de múltiples guiones, incluyendo la primera de las adaptaciones de su Soy Leyenda y sus varias colaboraciones con Roger Corman, para quien escribió algunas de sus adaptaciones sobre relatos de Poe. Por si fuera poco, Matheson escribió un par de capítulos para La hora de Alfred Hitchcock y escribió, sobre su propio relato, el sonoro y notable debut de Steven Spielberg El diablo sobre ruedas (Duel, 1971). Pero argumentablemente, el logro cinematográfico más notable que partió de una novela de Matheson y que contó además con su plena implicación, fue la magnánima El increíble hombre menguante (The incredible shrinking man, 1957), en la cuál el escritor fue acreditado como guionista único de la obra de Jack Arnold (la colaboración de Richard Alan Simmons nunca apareció en los créditos). En definitiva, el de Matheson fue un currículum impresionante como pocos que rápidamente le señala no sólo como escritor capital del relato de ciencia-ficción, sino como hombre de cine.

A día de hoy, Soy Leyenda ha sido adaptada tres veces al cine, una cuarta como producto directamente destinado a alimentar estanterías de videoclub (bajo el título I Am Omega [Griff Furst, 2007]) y en un cortometraje español de homónimo título dirigido en 1967 por Mario Gómez Martín. La repercusión alcanzada por la novela de Matheson es por tanto indudable, más indiscutible que en ningún otro trabajo de su carrera salvo quizás el caso del hombre menguante, también poderoso modelo a seguir y fuente de numerosísimos influjos en la cinematografía posterior del género. Soy Leyenda, sin embargo, ha sido adaptada en más ocasiones y quizás la razón sea que se trata de uno de los relatos más fascinantes y aterradores que ha ideado el hombre. Como si alguien en 1954 hubiera decidido dejar libre y poner de manifiesto uno de los temores más arraigados en la conciencia humana: la soledad. Pero no la soledad entendida como el abandono transitorio, como problema de solución más o menos remota pero posible, sino la más absoluta y terrible de las soledades. La soledad sin remedio.



¿Y cuál de esas tres adaptaciones mayores se revela como representante más válido, más próximo a la novela de Matheson? Acá los juicios podrán señalar y apuntar con argumentos múltiples a veces ajustados a las preferencias particulares, a veces ajustados a la fidelidad para con la novela, a las tres distintas versiones. Personalmente, El último hombre sobre la Tierra (The Last Man on Earth, Sidney Salkow y Ubaldo Ragona, 1964) es, para el que aquí escribe, tanto aquella que presenta un número mayor de analogías respecto al texto original (ya partíamos de cierta garantía que ofrecía encontrar a Matheson, bajo el seudónimo de Logan Swanson, entre el equipo de guionistas), como la que aporta las mejores variables respecto al mismo cuando las exigencias cinematográficas lo requerían. También y, por encima de todo, es aquella que mejor entiende e incorpora al personaje de Robert Neville. Pese a ser la única que opta por cambiarle el apellido al protagonista del relato (por Robert Morgan), El último hombre sobre la Tierra presenta a un Vincent Price ejecutando perfectamente al Neville que se erigía como la leyenda referida en la obra literaria: Robert Neville (o Morgan) no es leyenda meramente por ser el último hombre sobre la Tierra, sino por ser un implacable cazador de vampiros que dedica sus días de solitaria existencia en la ciudad de Nueva York a recorrerla en busca de consumados o futuribles enemigos resultantes de la pandemia que ha diezmado la humanidad. Neville es un ser atormentado, sí. Pero también es un ser brutal, movido por el instinto primario de supervivencia que se le exige al último de su especie. La inclemencia forma ya parte de esa rutina diaria que se ha convertido en su tarea y su entretenimiento, pese a que ello le obligue incluso a ejecutar a viejos conocidos en el camino. Sin remordimientos. Sin concesiones.
"HABÍA SALIDO a cazar a Cortman. La caza de Cortman era ahora un entretenimiento, una de sus escasas diversiones. En los días en que no importaba dejar el barrio, y no había trabajo urgente en la casa, Neville buscaba. Buscaba debajo de los coches, los matorrales, en las chimeneas, los armarios, bajo las camas, en las refrigeradoras. En cualquier lugar donde un hombre pudiera esconderse"
Así pues se respeta en El último hombre sobre la Tierra una de las premisas básicas de las que partía Matheson: la de erigir a Neville como el ser fuerte y a los "no vivos" como meros zombis-vampiros débiles en su unidad, pero incontenibles en su mayoría. La fuerza del personaje de Neville se deriva, por supuesto, de una desagradable inercia de tres años de caza y exterminio de los mismos, pero también de su vida anterior a la catástrofe. Cuando en el transcurso del largo flashback de la película vemos como Neville / Morgan asiste impotente a la quema del cadáver de su hija entre tantos miles en la gigantesca y tremebunda hoguera en la que se incineran los cuerpos para evitar la expansión mayor de la epidemia, sabemos que él no tendrá mayor deferencia con ninguna de sus presas. Será también ese flashback el que defina su relación familiar anterior, con una mujer y una hija a las que tratará por todos los medios de salvar guiado por una ceguera empírica en sus investigaciones, pero también revelador de un rasgo claramente definitorio de la personalidad de Neville / Morgan: una actitud pragmática y una capacidad extraordinaria de encajar el cúmulo de desgracias que le viene encima y el nuevo papel que debe afrontar ante una humanidad extinguida. Así se remite, en un momento dado, a la familia de Neville en la novela de Matheson:
"Comprendió de pronto que se había transformado otra vez en un solterón empedernido y malhumorado. No pensaba ya en su mujer, en su hija, su vida pasada. Bastaba el presente. Y temía que le pidieran, de nuevo, responsabilidades y sacrificios. Temía entregarse de nuevo. Temía amar de nuevo"
Es esta concepción del personaje la primera y más grande de las divergencias entre la primera versión cinematográfica y sus sucesoras El último hombre vivo (The Omega Man, Boris Sagal 1971) y Soy Leyenda (I Am Legend, Francis Lawrence, 2007). En El último hombre vivo Charlton Heston se nos revelaba como un Robert Neville distante. Un Neville ejecutor, sí, pero más inscrito en el papel de un héroe de acción que en el del exterminador movido por la supervivencia. Aquel Neville no parecía estar entre ningún pasado ni futuro, sino limitado a los enfrentamientos con sus aquí pintorescos enemigos. Poco que ver con tormentos, nada que ver con cualquier tipo de planteamiento moral que contradecía la compleja estructura psicológica del Robert Morgan de El último hombre sobre la Tierra. En cuanto al Robert Neville de Soy Leyenda (Will Smith), el problema de partida es la total inversión del personaje original. Como casi todo en la versión de Francis Lawrence, el personaje es un reflejo nada fiel de aquel que ideara Matheson. En Soy Leyenda la víctima es un Neville interpretado por Smith y hundido psicológicamente (incluso se añade un conato de suicidio), y los vampiros son bestias de fuerza sobrehumana e irritantes humanoides hijos de la era digital que chirrían, como otras tantas cosas, en los fundamentos originales del libro de Richard Matheson. El problema no es tanto la adecuación al personaje de un Will Smith que encuentra dificultades para copar con algunos de los pasajes más dramáticos (y ninguna para aquellos varios que son meros insertos de acción que no hallan ninguna correspondencia en el original) sino por una mala revisión del personaje que lo hace, por desgracia, infinitamente menos interesante.



Las otras grandes divergencias vienen de parte de las distintas variantes de la trama que se proponen en las tres películas. El último hombre sobre la Tierra vuelve a cumplir a rajatabla la mayoría de lo estipulado por la novela, incluido el papel fundamental que corresponde a la aparición de Ruth Collins (Franca Bettoia) como espía representante de un grupo de infectados que han conseguido hallar un remedio temporal, una vacuna que les permite la humanidad durante un corto periodo de tiempo, pero nada definitivo. En la interacción con Neville, este descubre por fin un remedio resultante de la inyección en Ruth de su propia sangre inmune a la bacteria. Cuando comprueban que este realmente funciona, Ruth se confiesa espía de susodicha sección de infectados que, anuncia, vienen de camino a matarle sin atender a razones ni a la buena nueva. Pesan más los cadáveres que Neville / Morgan dejó atrás que aquellos que podrá evitar en un futuro. En la novela de Matheson Neville no encuentra ningún remedio a la vacuna. El texto ofrece un final desesperanzador, pues Neville es capturado y ejecutado no sin antes pronunciar las últimas palabras que ratificarán el sentido último de la obra: "Soy leyenda". Sin embargo, la solución (no lo olvidemos, supervisada por el propio Matheson) que ofrece El último hombre en la Tierra aporta un final no sólo válido, sino una excelente variación que acaba rubricando la película con una excelente paradoja, pues Neville, perseguido por un ejército de esa "raza" naciente, perece en el altar de una iglesia frente a un crucifijo que no ejerce ningún efecto sobre sus atacantes. Neville le dice a Ruth que "ellos le tenían miedo", y la terrible paradoja del asesinato del salvador o restaurador del nuevo orden por aquellos que serán salvados y que le consideran un asesino, se carga de un simbolismo religioso que ratifica este uno de los rasgos presentes en la obra de Matheson.
En El último hombre vivo el personaje de Ruth Collins es sustituido por los de Lisa (Rosalind Cash) y Richie (Eric Laneuville), la primera en función de introducir un romance explícito e interracial y el segundo como inocente cebo de una subtrama irrisoria. Son personajes tangentes pero nunca decisivos, destinados a colaborar en la lucha de Neville contra sus enemigos para luego acabar víctimas de los mismos. Si algo se puede decir de El último hombre vivo es que es hija de su tiempo, punto de encuentro de numerosas tendencias sociales y cinematográficas fluyendo en una época post-Woodstock e incorporándose a un filme que se presenta como un mero divertimento que hoy no se sostendría ante una revisión seria. Caben aquí incluso planos made in San Francisco deudores de Bullit (Peter Yates, 1968) y derivadas, o una música que en ocasiones parece haber sido compuesta por el mismísimo Isaac Hayes para la ocasión. No caben ni vampiros ni zombis ni humanoide alguno, pero sí una suerte de secta de fantoches de lo más divertida con cantidades ingentes de polvos de talco. Un ingrediente más que añade cierto regustillo encantador a serie B que, sin embargo, poco tiene que ver con la fuente original más allá de su planteamiento inicial.
Algo parecido sucede con los personajes de Anna (Alice Braga) y Ethan (Charlie Tahan) en Soy Leyenda. Meros accesorios, especialmente el niño como figura infantil de nula función en los devenires de la trama. Sólo la necesidad de un mensajero que entregue el antídoto encontrado por Neville en su sangre (y a través de una solución simplona que tanto podría haberse dado en el minuto 1 como en el 90) justifica la aparición de sendos personajes. El problema de los mismos se revela como una parte del general: la excesiva rendición de la película de Lawrence al espectáculo forzado, las concesiones, los estereotipos... los males endémicos de tantas y tantas producciones subyugadas a las exigencias comerciales. Y esta, pese a algunos buenos apuntes (la mayor presencia del perro en la trama no va en detrimento de la misma y concede, en su final, un conseguido momento dramático), sin duda alguna se rinde a tales exigencias.



Un ejercicio de comparación como el aquí expuesto pone de manifiesto las dificultades y contradicciones que se presentan en la adaptación cinematográfica. Soy leyenda es una novela sin duda complicada en su traslado a la pantalla, pero no es su narrativa proclive a las reinterpretaciones y reinvenciones que, sin embargo sí se han dado fruto de cada tiempo y circunstancias. Es lo que sucede con las leyendas: reinventadas y recontadas en tonos e impostaciones cada vez distintas, otorgando matices ricos a cada narración o sustrayendo gloriosos momentos de las mismas. Pero para suerte nuestra, la leyenda de Robert Neville seguirá intacta al paso del tiempo mientras la suma de todas sus revisiones sigue rindiéndole pleitesía. Así sea.

jueves, julio 31, 2008

Doble sesión de Roger Corman



Dice la leyenda que Roger Corman apostó a que era capaz de terminar una película en menos de tres días. Roger William Corman, aquel hombre que había estudiado ingeniería industrial y que había acabado como analista de historias y de ahí, a prolífico director de cine, era conocido en la industria por su capacidad para realizar películas a una gran velocidad y con los mínimos recursos posibles. Pero aquella apuesta parecía ir demasiado lejos...
Sin embargo, cuenta también la leyenda que, efectivamente, La Pequeña Tienda de los Horrores (The Little Shop of Horrors, 1960) se rodó en dos días y una noche. Los que recuerden el remake de esta misma película que Frank Oz realizó en 1986 con Rick Moranis a la cabeza de su reparto (y saltándonos el paso intermedio del musical de Howard Ashan en el que se basaba más directamente la película de Oz), se darán cuenta de hasta qué punto el cine que Roger Corman realizó desde las catacumbas de Hollywood entre 1955 y 1971 (fecha en la que, oficialmente, se retiró de la dirección pese a recuperarla esporádicamente y continuar su intensa labor como productor) tuvo gran influencia en el cine de posteriores grandes autores. Algunos de ellos, incluso, empezaron trabajando en producciones de Corman (Jack Nicholson en la mencionada La Pequeña Tienda de los Horrores, pero también Francis Ford Coppola, Martin Scorsese, James Cameron o Joe Dante) o fueron impulsados por la feliz casualidad de encontrarse en el mismo patio de butacas que él (Peter Bogdanovich). Productor de más de 300 películas y director de unas 50, la extensa filmografía de Corman es hoy un patrimonio inestimable que demuestra, desde las más pequeñas intenciones, una máxima irreprochable: la magnitud del cine no corresponde a sus recursos ni sus presupuestos, sino a lo valioso de sus planteamientos y el amor y destreza con la que aquel que se encuentra tras la cámara convierte esos planteamientos en una ficción en la que merece la pena creer.
Y qué mejor homenaje podría merecer Corman que una doble sesión de estas historias que hoy siguen fascinando y no por baratas, sino por historias. Historias para no dormir, para encoger el corazón o conmover el alma. Historias que recogen la esencia de uno de los más puros y genuinos cineastas.



La primera película de la sesión es El péndulo de la muerte (Pit and the Pendulum, 1961) Pertenece al grupo de adaptaciones que Roger Corman realizó sobre relatos de Edgar Allan Poe con el inefable Vincent Price como protagonista en casi la totalidad de ellas y el no menos magnífico Richard Matheson al cargo de sus guiones: La caída de la casa Usher (House of Usher, 1960) o El Cuervo (The Raven, 1963) serían, junto a la mencionada, algunas de las más representativas de la serie. El relato en el que se basa El péndulo de la muerte se sitúa entre los mejores relatos del escritor norteamericano, un brevísimo pero angustioso cuento de terror ambientado en los últimos días de la Inquisición española en el que un prisionero es condenado a morir a manos del más terrible instrumento de tortura: un péndulo con una enorme cuchilla en su extremo que baja lenta y calculádamente hacia el corazón del prisionero, atado e impedido en sus movimientos. En definitiva, una terrorífica reflexión sobre la angustia que adviene al individuo ante la inevitabilidad de la muerte y el tiempo que transcurre hacia esa sola dirección. Tiempo y muerte son explícitamente representados en el relato de Poe con un instrumento de tortura, el más terrible que la mente humana pudiera idear.
La película de Corman no es la más fiel adaptación posible a ese relato. Bien al contrario, apenas toma como único elemento el péndulo para ubicarlo en el clímax que se alcanza en la conclusión. Matheson tomó ese objeto que aúna el sentido del relato de Poe y construyó a su alrededor una historia de almas atormentadas deambulando, en un castillo maldito de almas errantes que aún lloran las torturas y los crímenes a los que la Inquisición les sometió en las terribles cámaras que oculta la fortaleza. Nicholas (Vincent Price) es el señor del castillo, un hombre atormentado por el recuerdo de su mujer muerta en extrañas circunstancias y por una visión traumática de su infancia. Hasta el castillo llega el Doctor Kerr, su cuñado, dispuesto a averiguar toda la verdad sobre la muerte de su hermana, quien sigue, de alguna manera, presente en el opresivo y tenebroso ambiente de la fortaleza.
Aunque alejada de su original, El péndulo de la muerte es una reinvención del relato de Poe de la que el mismo Poe estaría orgulloso, pues se inscribe de lleno en su particular universo. Un fascinante relato de almas torturadas y susurrantes, con un Vincent Price que demuestra la magnificencia de su calidad como actor a cada desmayo, a cada transición hacia la locura, y a cada vuelta a la normalidad. En El péndulo de la muerte hay lugar al terror de lo desconocido habitando en nuestra morada, a la traición y la explícita tortura (y en vista al significado que ha tomado lo explícito en el género, entiéndase como visible), e incluso a la aventura y al romance (o a su insinuación). Todo ello empacado en apenas 80 minutos de añejo y maravilloso cine de terror, para sumo placer de aquel que sepa entender sus planteamientos y no menospreciar sus recursos.



En segundo lugar, una de las películas imprescindibles de la filmografía del director. El hombre con rayos X en los ojos (X, 1963) es saludada por muchos como la obra maestra de Roger Corman. Y no faltan razones para ello. La historia de un oftalmólogo que juega a ser Dios experimentando con una fórmula que le permite ver más allá de donde la vista alcanza, penetrar en el interior de los objetos, las personas, es un relato de tintes existencialistas y eminentemente trágico. Protagonizado por Ray Milland, el imborrable alcohólico de Días sin huella (Billy Wilder, 1945), El hombre con rayos X en los ojos nos descubre el horror que encuentra el hombre al explorar en su propio interior. Al placer puramente vouyerístico que le otorga en primera instancia su poder, la creciente capacidad de penetración de la visión del doctor James Xavier se convierte en su creciente tortura. Los horrores, las enfermedades que descubre en los interiores de los cuerpos le acaban convirtiendo en un hombre sometido a una condena de cáriz casi mitológico: ver más y más, hasta quedarse ciego. Condenado a huir mientras asiste al desvanecimiento del mundo superficial que antes rechazaba, El doctor Xavier se convierte en fugitivo de la justicia subyugado a un don que se ha convertido en su tortura, y que le lleva a proclamar, ciego ante un grupo de creyentes, el fatal destino reservado para aquellos que juegan a rebasar los límites de la naturaleza y a ser dioses.

Sacerdote: ¿Eres un pecador? ¿Quieres salvarte?.
Xavier: ¿Salvarme? ¡No!! Tan solo pretendo decir lo que veo... Una tiniebla fria... mas allá del mismo tiempo y mas allá de los humanos... Una luz que alumbra y abrasa... Y en el centro del Universo, el Ojo... que nos ve a todos. No. ¡No!!

Roger Corman, aquí inscrito entre la ciencia-ficción y el horror, impulsa este último de una manera más genuina que nunca, a través de cámaras subjetivas en los que la lente adopta la forma de una retina que es testigo de una paleta de colores cada vez más intensa y difusa que le ofreció a Corman la posibilidad de la experimentación. En las exploraciones de Xavier en el interior de los cuerpos, Corman incluso se permitió el filmar dibujos del interior humano que, lejos de caer en el recurso pobre, dotaron de un encanto añadido a esta magnífica película. Corman consiguió con El hombre con rayos X en los ojos una de sus películas más severas y existenciales, en la que el miedo que impone nos es incluso más cercano que en otras cintas de su filmografía y en la que nos deja un sabor horriblemente amargo una vez alcanzamos los créditos finales. En definitiva, una cinta que invita a la reflexión del espectador y lo hace superando cualquier estigma que la clasificación de serie B pueda representar para el mismo: como una de las más profundas e imprescindibles películas de su género.



-----------------------------------------------------------------------------------
http://elgabinete.blogspot.com/2007/04/roger-corman-el-rey-de-la-serie-b.html (sobre Roger Corman)
http://www.sensesofcinema.com/contents/directors/06/corman.html (sobre Roger Corman, en inglés)
http://blugosi.freeprohost.com/ojos_x.htm (sobre El hombre...)

jueves, marzo 20, 2008

Tu cara me suena (III): Peter Lorre



Pocos actores tienen tanta historia y tan merecedora de ser contada como Peter Lorre. Por si a alguien se le escapa, era aquel actor de extraño aspecto, teutón de cuerpo menudo y ojos saltones que en vida demostró ser uno de los actores de reparto más brillantes de su época. Y alguno me protestará que Lorre no siempre fue secundario y que no hay buen cinéfilo que le pueda olvidar tras verle en M, el vampiro de Dusseldorf (M, Fritz Lang, 1931). Y tendrá razón. Lorre fue uno de esos intérpretes cuya persona adquirió una envergadura tamaña a la de su calidad como actor. Poco menos se puede decir de un hombre que...

1. Trabajó en sus comienzos teatrales con Bertol Bretch.
2. Emigró con Billy Wilder a los Estados Unidos cuando el régimen nazi utilizaba su imagen en el cartel de M para su campaña de odio antisemita.
3. Trabajó a las órdenes de cineastas como Alfred Hitchcock, Fritz Lang, Frank Capra, Michael Curtiz o John Huston mientras su nombre en el reparto iba detrás de los de Humphrey Bogart, Ingrid Bergman o Cary Grant
4. Fue el primer villano de James Bond bajo el apodo de "Le Chiffre" en una adaptación de Casino Royale para la televisión estadounidense en 1954.
5. Llegó a inspirar un personaje de dibujos animados que protagonizó algunos cortos animados junto a Bugs Bunny o el pato Lucas.
6. Fundó su propia productora (Lorre Incorporated) y rodó su propia película, El Desaparecido (Der Verlorene, 1951).
7. Murió de un ataque al corazón mientras trabajaba con Jerry Lewis, y fue el mismísimo Vincent Price, amigo y compañero de reparto en diversas películas, el insigne orador de su panegírico.



Nacido en el seno del Imperio Austro-Húngaro en 1904, Peter Lorre comenzó su carrera en el teatro alemán antes de pasar al cine y triunfar de la mano de Fritz Lang y su M. La fama de Lorre, ya por entonces respetado y popular (gracias a, entre otros, sus trabajos con Bretch) se disparó extendiendo su fama más allá de las fronteras germanas. M fue un éxito a nivel internacional que Lorre pudo aprovechar cuando tuvo que huir a Inglaterra en 1931 ante el ascenso del nazismo al poder. Allí Alfred Hitchcock le contrató para un papel en su primera versión de El hombre que sabía demasiado (The man who knew too much, 1934) pese a sus dificultades con el inglés. Fue el paso previo a su llegada a Hollywood, donde empezó interpretando una serie de papeles de villano a rebufo de su encarnación en M. En contraposición a estos papeles, también inició una serie de ocho películas en las que encarnó a Mr. Moto, un detective japonés metido en fregados occidentales que alcanzó popularidad entre el público estadounidense. En 1941 llega la película por la que servidor le rinde eternos honores. Su papel de Joel Cairo en El Halcón Maltés (The Maltese Falcon, John Huston, 1941) es uno de los más valiosos que el cine negro ha dado jamás. Lorre encarnó a un gangster aparentemente inofensivo y de ambigua sexualidad que suponía el contrapunto perfecto al personaje de Sam Spade de Bogart. Las escenas compartidas por ambos en aquella obra cumbre del noir demuestran que la química en el cine puede surgir de donde menos te lo esperas, y el valioso resultado de este encuentro se saldó con cuatro colaboraciones más de los dos actores.



Actor de reparto predilecto de la Warner Bros., una de esas colaboraciones sería en Casablanca (Michael Curtiz, 1942), donde Lorre interpretaba al delincuente Ugarte, papel breve pero siempre brillante en el que le oíamos preguntar aquello de:

Ugarte: Me desprecias, ¿verdad?
Rick: Probablemente lo haría... si pensara en ello.



Luego vinieron sus trabajos en Como ella sola (In this our life, John Huston, 1942), La ninfa constante (The constant nymph, Edmung Gouling, 1943), The Cross of Lorraine (Tay Garnett, 1943), y en 1944, otra de sus mejores papeles llegó de la mano de Frank Capra y su Arsénico por compasión (Arsenic and Old Lace, 1945), hilarante obra maestra en la que Lorre fue el Doctor Herman Einstein y de pasó demostró un insultante dominio de la comedia pese a hacerlo a la sombra de Cary Grant. Lorre también intervino en los repartos de The mask of Dimitros y Three Strangers, ambas de Jean Negulesco (1944 y 1946) y en Angel Negro (Black Angel, Roy William Neil, 1946). Tras la Segunda Guerra Mundial, su carrera como actor decayó, volviendo al teatro e interviniendo también en la radio. Fue entonces cuando volvió a Alemania y dirigió la que sería su única película, El Desaparecido, la cuál no tuvo demasiado éxito. En los 50 Lorre se prodigó más en la pequeña pantalla, aunque alternando con papeles en el cine que aún le reportaron algún otro papel para recordar, apareciendo en La burla del diablo (Beat the devil, John Huston, 1953), 20.000 leguas de viaje submarino (20.000 leagues under the sea, Richard Fleischer, 1954) en la que compartió cartel con Kirk Douglas y James Mason, y La bella de Moscú (Silk Stockings, Rouben Malmouilland, 1957).

Ya en la primera mitad de los 60 y últimos años de su vida, Lorre entró en ese micromundo de terror de serie B que constituían las películas de Roger Corman y Vincent Price, participando en varias de sus películas o segmentos de terror, entre las que destacó la conocida El cuervo (The Raven, Roger Corman, 1963). En 1964 un infarto detuvo el corazón y la carrera de uno de los secundarios más impecables y reconocibles que ha dado el celuloide. Su rostro y sus caracterizaciones han inspirado los rasgos de no pocos personajes (hasta una lámpara en La tostadora valiente) y ha desembocado en ríos de tinta que rinden merecido homenaje a un pequeño gran actor con una selecta galería de interpretaciones entre la que uno puede elegir para guardarle un honroso rincón de su memoria.
----------------------------------------------------------------------
http://www.imdb.com/name/nm0000048/ (ficha de Peter Lorre en imdb)
http://es.wikipedia.org/wiki/Peter_Lorre (artículo de Peter Lorre en la wikipedia)