martes, septiembre 15, 2009

Gordos


El mosaico es, pues, lo bastante complejo y lo bastante inabarcable para celebrar el triunfo de Daniel Sánchez Arévalo en un equilibrio narrativo compensado. Máxime cuando este se ve aderezado por atrevimientos varios del montaje (las narraciones personales ilustradas con estupendos incisos visuales, la modélica escena en la que el montaje en paralelo alterna los rostros de Verónica Sánchez y Roberto Enríquez como si ambos compartieran la misma escena de sexo), una narración episódica que abre cada capítulo con una regla del revolucionario tratamiento predicado por el personaje de Antonio de la Torre, y un humor que mejor resulta cuando perpetra incorrecciones varias (hilarante el momento en que el personaje de De la Torre rememora el descubrimiento de su homosexualidad) sin abandonar cierto costumbrismo. Peor parada sale Gordos, en cambio, cuando apuesta, hacia sus últimos compases, por un dramatismo desaforado que no deriva de un in crescendo creíble. Demasiados discursos autoconscientes, demasiada exposición de las mezquindades de sus protagonistas, demasiadas vueltas existenciales. Y una pérdida fatal de sentido del humor.
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jueves, septiembre 10, 2009

El flashback como parodia como recurso (o cómo fabricar tu propio flashback)

A estas alturas no me cabe ninguna duda de que South Park es la mejor serie animada de la televisión. Sí, por encima de esa que todos estamos pensando. Para iniciarse en esta discusión, nada mejor que echar un vistazo a las disquisiciones que en su día hizo John Tones sobre los primeros 9 episodios (lástima que el proyecto Elitevisión no haya proseguido), más los sucesivos análisis episódicos que llegaban hasta aquel antológico Paco el flaco, título por el que conocíamos en España a Starvin' Marvin. A lo que íbamos: en lo que South Park saca enorme ventaja a sus competidoras es en su irreverencia, auténtica y genuinamente inteligente. Entre ese paso más allá que Los Simpsons no pueden dar (porque en el fondo saben que no pueden obviar su bien encubierto conservadurismo) y la evidencia exagerada de Padre de familia, South Park es la serie que no se casa con nadie y, mejor aún, no explica a nadie. Es la perfecta francotiradora, la que mejor disimula su exquisito aparato referencial, la que condiciona cualquier aparición estrella a su humillación...


En el primer capítulo de la séptima temporada, la serie lleva la parodia a un territorio al que dudo pocos se hayan atrevido. Hablo del episodio Yo es que soy un poco country, y no hablo de la sonora carcajada que Matt Stone y Trey Parker lanzan a costa de las reacciones sociales ante la Guerra de Irak, no. Hablo del chiste que surge de la reflexión de lo que se narra y cómo se narra, hablo del chiste a costa del flashback. Todo empieza cuando el Señor Garrison exige a sus alumnos un trabajo sobre 1776 y los Padres Fundadores. Cartman, Kyle, Stan y Kenny forman grupo y comienzan a leer al respecto, pero Cartman pronto se cansa, alegando que es demasiada información para un niño de 9 años. Tras un intento infructuoso de escaquearse, tiene una idea: ¡invocará un flashback para viajar a 1776! Así, enuncia en voz alta: "En 1776 los Padres Fundadores crearon América, ¡me pregunto cómo serían aquellos tiempos!... aquellos tiempos... aquellos tiempos", mientras se oye el recurrido sonido de transición a un episodio pasado. Nada sucede. Es la primera intentona de Cartman, que explica a sus amigos su estrategia ante la incredulidad de estos (y pese a que al final, como tantas veces, se demuestre que tenía razón). En las siguientes veces, Cartman intentará sofisticar la invocación: zoom in lento, repetición del sonido evocador, movimientos de manos, cierre de ojos... todo en balde. Hasta que llegamos a la solución final... (pinchar en la imagen para ver vídeo).


Cartman graba 50 horas del canal Historia y se auto electrocuta en una piscina con el grabador para conseguir su flashback... ¡y funciona! Cartman viaja a 1776 y mediante un número musical, aprende todo lo que necesita acerca de los Padres Fundadores. La parodia sobre esa forma de ruptura de linealidad narrativa (o mejor dicho, sobre la forma en la que arquetípicamente se ha utilizado) no discute ni excluye, sin embargo, su plena utilidad y funcionalidad. Y son detalles como estos los que acaban componiendo, en última instancia, una obra maestra.

martes, septiembre 08, 2009

Gamer



Gamer imagina una sociedad futura más que nunca cercana a la zombificación por hiperestimulación, llevando hasta las últimas consecuencias el confinamiento de la ciudadanía a redes de simulación social (Society bien podría ser un exponente perverso de Los Sims) creadas por un megalómano, tiránico multimillonario (Michael C. Hall) que aspira al control total. En su primera mitad, Gamer se disfruta como una materialización del definitivo shooter cinematográfico, siguiendo las últimas batallas previas a la libertad de Kable (Gerard Butler), héroe de masas taciturno y carismático. En la segunda, se impone el objetivo del derrocamiento, la destrucción de la distopía para evitar la subyugación de la voluntad popular ante los nuevos dictadores de una era digital y globalizada. Neveldine y Taylor se divierten a costa de todas estas premisas para un futuro deprimente, manteniendo intacta su actitud grosera (la irreverencia que esconde el racismo de un diálogo sobre comida, la cantinela del plan maestro del villano interrumpida por Kable en el enfrentamiento final) y explotando terreno fértil para guiños y homenajes varios que se suman sin vergüenza al festín (no es difícil acordarse de Operación Dragón o de Blade Runner en los últimos minutos, mientras que las nanezas nos remiten a la excelente El mensajero del miedo).

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jueves, septiembre 03, 2009

El ego valentino

Es una revista pequeña, pero también es una de las pocas cosas que hasta ahora he tenido la oportunidad de hacer en prensa escrita. Se llama El ojo valentino y la pueden encontrar en lugares diversos de la geografía de la Ribera Alta y algún sitio más, creo. La sección que me han reservado se llama La butaca del neófito y me han dejado inaugurarla con una recomendación que creía necesaria. Pocas cosas lo merecen tanto como el pagafantismo. Reproduzco el artículo:

La heroica de la derrota
Pagafantas conecta con toda una tradición y toda una generación. Y a esta última le sirve de terapia de choque.

La ópera prima de Borja Cobeaga (Vaya Semanita) bautiza para el lenguaje social un sentimiento nunca tan universal. Pagafantas para denominar al eterno perdedor, el enamorado al que la chica sólo querrá como amigo, y que Cobeaga entiende en toda su heroicidad (y en todo su patetismo). Que no les digan lo contrario: la sempiterna derrota del pagafantas tiene mucho de heroico. El antihéroe es, aquí más héroe que el héroe más indiscutible. Y todo el que se haya visto en las mismas tesituras que el protagonista y tenga la dignidad de reconocerlo, lo sabe muy bien.

Pero el triunfo de Pagafantas no se encuentra sólo en su complicidad ni en su humor como instrumento de exorcismos personales. Su verdadero triunfo reside en ser un compendio magnífico de comedias, un punto de encuentro en el que confluyen los greatest hits del renovado sketch televisivo (¿alguien dijo Muchachada Nui?), inspiradas escenas de sitcom, simpatía por el perdedor a lo Apatow (pero sin indulgencias) y crueldad para con él (una escalada de humillación propia de los hermanos Farrelly de Algo pasa con Mary). Pero Pagafantas también es Billy Wilder y es Richard Quine, y es pleitesía a la screwball comedy. Así lo delata el solapamiento del diálogo que busca la torpeza y el inoportunismo en una cita. Y así lo delata también el ciclónico personaje de Sabrina Garciarena, deudor del de Katherine Hepburn en La fiera de mi niña (Howard Hawks, 1938) o el de Barbara Stanwyck en Las tres noches de Eva (Preston Sturges, 1941), por poner sólo algunos ejemplos ilustres. En fin, señas ellas de un homenaje a la comedia clásica que casa, feliz y milagrosamente, con un personal homenaje a nuestros propios fracasos.


Si le gustó...
...no deje de ver El Apartamento, perfecto clásico del patetismo protagonizado por uno de sus máximos exponentes en la pantalla: Jack Lemmon (véase también La extraña pareja o En bandeja de plata). Tampoco se pierda otro clásico, éste de la gross comedy: Algo pasa con Mary es, al fin y al cabo, otra película de pagafantas con el aliciente de la extrema vejación física de su protagonista. Y para terminar, Virgen a los 40, película fundacional de la Generación Apatow e imprescindible para entender el momento actual de la comedia norteamericana.

miércoles, septiembre 02, 2009

American playboy


Lejos de lo esperado, David Mackenzie va más allá de una lectura superficial y propone una calculada, dramática vuelta a la Tierra de un ligón profesional que ve desmontado su particular sueño americano cuando queda prendado de una camarera que practica su mismo juego. Hay algo de admirable en American playboy, y es tanto la distancia que mantiene con su protagonista como con los tópicos habituales en los que fácilmente podría caer explotando el magnético atractivo del mismo. Sorprendentemente, el objetivo último de la cinta es el de desgranar la insustancial vida de este, desenmascarar sin aleccionamiento moral el desamparo que se esconde tras las rutinas del conquistador en busca de nuevas y maduras valedoras (...) Su final sabotea las expectativas, confirmando el carácter no convencional del producto en su rechazo al happy end o a previsibles redenciones y dejando paso a una conclusión varios enteros más sincera y razonablemente más perdurable.
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martes, septiembre 01, 2009

Año uno


Del humor de la Generación Apatow, Año uno toma de entre lo más accesorio, el chiste de índole sexual y explícita que sólo de tanto en tanto logra alguna línea perdurable; Harold Ramis, decidido a la comedia abiertamente intempestiva y al juego de la imprecisión histórica, queda bien lejos de sus jugadas más certeras, aquellas que implicaban a individuos psicológicamente torturados y desbordados por rutinas contemporáneas (Atrapado en el tiempo, Una terapia peligrosa). Bien al contrario, la sensación aquí es de suma poco armonizada, de sucesión desigual de gags más o menos afortunados, durante la primera mitad, y de evidente agotamiento de la inventiva (y de su trama), cuando afrontamos la segunda ya en la ciudad de Sodoma (...) La película de Harold Ramis es, sencillamente, incapaz de asumir la irreverencia desde el mismo corazón su narrativa, de rebelarse contra algo más allá de las buenas formas (ni siquiera la ingestión del excremento, tan deudora de John Waters, consigue que lo olvidemos.

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