Leer crítica completa en La ButacaLos Coen perpetran un insondable (y perverso) juego de posibilidades que buscan la respuesta y panacea a la creciente angustia existencial de su desdichado, malhadado protagonista Larry Gopnik (Michael Stuhlbarg). La pregunta flota en la narración desde la misma finalización de los créditos iniciales, y se contiene en las primeras frases de uno de los himnos Woodstock por excelencia, el Somebody to love de los Jefferson Airplane que Danny Gopnik (Aaron Wolff) escucha a hurtadillas en medio de una soporífera clase de la escuela hebraica. Lo que en la mayoría de los casos se hubiera presentado como un detalle anecdótico (sabemos que los Airplane fueron condenados por la ficción a ser el eterno acompañamiento de viajes alucinógenos vía su tema White rabbit) aquí adopta una importancia capital cuando esas precisas palabras se convierten en la certificación de la certeza nihilista de los Coen, descacharrantes y trágicas en boca del hasta entonces silencioso rabino Marshak, y también conclusivas de un relato circular al que le pone la puntilla el epílogo más demoledor de cuantos han firmado los realizadores: tras un largo y tendido flirteo con el desastre, todo el terror y abismo existencial, hasta entonces amenazas latentes, se personan en el rostro que se desvela tras todo un metraje de intencionado ocultamiento; probablemente, el mejor plano-símbolo coeniano, y uno de los más sobresalientes del cine reciente.
lunes, enero 11, 2010
Un tipo serio
viernes, noviembre 07, 2008
Top 5: vástagos de los Coen

2. El Nota (Jeff Bridges en El gran Lebowski). No es un hardboiled, ni un investigador a la usanza, pero Jeff Lebowski merece una mención honorífica entre los más imborrables detectives del noir, un lugar entre Philip Marlowe y Sam Spade, entre Walter Neff y Rick Deckard. Detective improvisado, involuntario, vago redomado que sin quererlo ni beberlo remarca el contexto crítico que vive la política exterior americana (la Guerra del Golfo) o se convierte en el centro de una trama de secuestro y extorsión con la bolera como contexto predilecto. El Nota se define tanto por un entorno repleto de personajes improbables y delirantes como por su odio a los Eagles o sus pasajes de psicodelia al ritmo de Kenny Rogers & The First Edition. De entre los antihéroes en el cine de los Coen, es el primero de todos ellos como la genial transfiguración del detective chandleriano que es.

3. H.I. (Nicolas Cage en Arizona Baby). Ladronzuelo de poca monta con camisa hortera y peinado, una vez más, estrafalario. Cuando se enamora y se casa con la agente Ed (Holly Hunter), los valores de la América profunda dictan que la improbable pareja, por improbabe que sea, debe procrear y resguardarse en la vida familiar. Y ante la imposibilidad de cumplir la tradición el bueno de H.I., que no quería volver a las andadas, sugiere robar a uno de los quintillizos de los Arizona. Parece justo, ante el deseo sincero de una pareja que alega la abundancia de aquella familia frente a su desgracia estéril, y Arizona Baby desencadena un sinfín de disparatados acontecimientos que logran, en su todo, una increíble asimilación de una de las fuentes de inspiración a las que más le deben los Coen: los cartoon de Tex Avery o de Chuck Jones. Y H.I. es el centro de esta aventura como resultado e hilarante víctima de una sociedad que no sólo le es incompatible a él, sino que se nos revela como incompatible a cualquier reconocimiento mínimamente juicioso que se precie.

4. Marge Gunderson (Frances McDormand en Fargo). La sheriff de Fargo es parsimoniosa, intrascendente en sus conversaciones con su marido o sus compañeros de trabajo, mansa y de apariencia inocente. Sin embargo, y pese a la simplicidad (que no simpleza) del personaje, no deja de ser el más cuerdo de entre todo ese elenco de seres histéricos, desquiciados y obtusos que pueblan la narrativa de Fargo. Una heroína cuyos rasgos como tal se reducen, simplemente, al cumplimiento eficaz de su cometido. Sin vericuetos, sin piruetas y antes de volver a casa para la hora de la cena.

5. Anton Chigurh (Javier Bardem en No es país para viejos). La construcción del sociópata coeniano. Dotar al personaje de un peinado horrible o de una bombona de aire comprimido no bastan para elevarlo hasta lo inalcanzable: un asesino que hiela la sangre en su proceder movido por un absoluto nihilismo, pero cuya frialdad contrasta con la dificultad que tenemos para tomarle en serio en sus ademanes, en la cadencia de su voz y en sus palabras escasas pero cargadas de una extrañeza que enrarecen la atmósfera que precede a la muerte. Es la manera en la que los Coen enriquecen en sobramenra un personaje que ya impresionaba en la magnífica novela de Cormac McCarthy.

Y conste en acta la dolorosa criba que me obliga a dejar en el tintero a Tom Reagan (Gabriel Byrne en Muerte entre las flores), a Ulysses Everett McGill (George Clooney en O Brother!), a Jesús Quintana y a Walter Sobchack (respectivamente, John Turturro y John Goodman en El Gran Lebowski), a Ed Crane (Billy Bob Thornton en El hombre que nunca estuvo allí), a Osbourne Cox (John Malkovich en Quemar después de leer) o al tremendo, irrepetible motorista cazarrecompensas Leonard Smalls (Randall 'Tex' Cobb en Arizona Baby). Pocas filmografías consiguen imprimir tantos personajes en la memoria del espectador como la de Joel y Ethan Coen, pues cada uno de sus vástagos sorprende más que su anterior con el que aparentemente no guarda similitud alguna. Y sin embargo, cada uno de ellos siempre sigue resultando extrañamente familiar. O sea, coeniano.
*Véase el reportaje dedicado a los Coen en Dirigido por... (Octubre 2008).
-----------------------------------------------------------------------------------------
http://cinelandia.blogspot.com/2006/11/coentneos.html (repaso a la filmografía de los Coen)
domingo, octubre 12, 2008
Quemar después de leer

Incluso cuando los Coen realizan aquello que llaman una "comedia menor", contrapunto distendido de su severa y trascendente No es país para viejos (No Country for Old Men, 2007) , no deja de tratarse de una magnífica noticia. Los hermanos han demostrado por activa y pasiva que se desenvuelven como pez en el agua en una comedia cuyo cariz es el humor negro remarcado por unos personajes siempre peculiares, acá claramente con una sola vocación: enfatizar la profunda estupidez humana a partir de cada uno de ellos, poco importa si esta se da en un descerebrado monitor de gimnasio (Brad Pitt) o en un refinado e iracundo ex analista de la CIA (John Malkovich).
Quemar después de leer podría resumirse como un complejo chiste que los hermanos construyen a partir de los más improbables personajes, todos ellos estúpidos conductuales o emocionales, metidos en una no menos improbable trama de Guerra Fría en nuestros días. Cierto que el chiste, pese a complejo, no se basa sino en la nada misma que los Coen nunca ocultan (se insiste desde el principio de la película en que las memorias de Cox no tienen relevancia alguna) y, por tanto, no ha lugar a la sensación de hallarnos ante una broma de mal gusto. El divertimento consiste, precisamente, en comprobar como esa galería de personajes juegan (y ciertamente, se lo pasan en grande) a ser espías, chantajistas, extorsionadores o infieles cónyuges a partir de un motivo argumental carente de trascendencia alguna. El juego termina, cómo no, con una ruleta rusa que otorgará a cada uno de sus personajes suertes distintas, menester en el que necesariamente intervendrá el humor más negro de los Coen. Mientrastanto, Joel y Ethan habrán demostrado que, llegados a este punto de su carrera, hoy se revelan más irreverentes que nunca para con hipotéticos márgenes férreos de los géneros, pues resulta casi imposible demarcar Quemar después de leer en unos límites estables de un género determinado. Tanto puede definirse como una comedia de enredo (monumental, por cierto) como una película de espías, como una comedia de situación o un noir ambientado entre gimnasios y dependencias de la CIA. Las fronteras quedaron diluídas hace ya tiempo y su inconformismo, la constante violación de premisas genéricas en tanto que la incorporación revisada de las mismas a su cine hacen de ellos hoy unos autores tan inclasificables como aquellos que sorprendieran en 1984 con Sangre Fácil (Simple Blood).

Decía Howard Hawks que le gustaba cualquier película en la que se pudiera adivinar quién diablos la había hecho, y Quemar después de leer se inscribe en un único género posible: el coeniano. A veces más afortunado en sus manifestaciones, otras veces menos, pero indudablemente único. Constituye un universo tan soberbiamente definido que su autoría fluye sin esfuerzo alguno por las imágenes de cada película: desde los rasgos estilísticos que mucho tienen que ver con el uso de su cámara hasta su envidiable capacidad para dotar a cada personaje de unos rasgos que, independientemente de la severidad de la situación, les hacen deudores del esperpento. En Quemar después de leer existe el toque Coen, más perfeccionado que nunca aunque con menores logros que en sus más excelsas comedias (véase Arizona Baby [Raising Arizona, 1987] o El Gran Lebowski [The Big Lebowski. 1998]. Y lo hace al servicio de una historia menos rica, seguramente, pero cuya gracia reside en el inmenso entresijo que se forma al servicio de unos personajes rocambolescos y paradigma de la tontuna en todas sus formas. Que esto se convierta en un gran chiste de la estupidez humana queda refrendado en dos hilarantes conversaciones entre J. K. Simmons y David Rasche, jefe y subordinado en la CIA respectivamente, que recapitulan atónitos el curso de los acontecimientos en sendas conversaciones, la segunda ejerciendo de un cierre que reniega acertadamente de cualquier pretensión de clímax para la historia aquí contada. Qué hemos aprendido, se pregunta Simmons, y se contesta a sí mismo que a no repetirlo, supone. Pero acto seguido llega la siguiente pregunta: ¿y qué diablos es lo que hemos hecho? Y la pregunta confirma la ausencia de cualquier pretensión de los Coen más allá de ejercer una travesura más, la intención llevada a buen puerto de contar un relato movido por las causas y consecuencias que son fruto del absurdo y de la idiotez de un puñado de personajes que interactúan.

Brillan en el elenco grandes nombres y habituales (o ambos, caso de Clooney), que definen sus personajes con mayor o mejor fortuna, pero siempre acordes a lo que se nos cuenta. Aquí se trata de ejercer la caricatura para inscribirse en ese toque Coen, algo que Clooney ya demostró hacer efectivamente en O Brother! (O Brother, Where Art Thou?, 2000) y Crueldad Intolerable (Intolerable Cruelty, 2003) y que sigue desempeñando aquí con soltura para regocijo del espectador. Lo mismo sucede con McDormand, otra habitual aquí interpretando encantadoramente a un personaje desencantado. Malkovich por su parte y en su debut con los Coen, se muestra hilarante como el irritable ex analista de la CIA y un actor que se ajusta como un guante a las preferencias de los autores. No ocurre así con Swinton, desempeñando el posiblemente menos coeniano de los personajes o Brad Pitt, aquí un idiota absoluto que más parece un objeto de burla que un intérprete idóneo para inscribirse en el particular repertorio de pintorescos personajes al que los hermanos nos acostumbran en cada película. Quemar después de leer los pone a todos al servicio de las travesuras de los firmantes, quienes a su vez nos disponen un enredo sin más pretensiones que el mero divertimento a costa de los anteriormente citados, pero que secretamente sabremos erigido con las experimentadas herramientas de dos de los mayores artesanos del cine actual.
------------------------------------------------------------------------------------
Burn After Reading. Estados Unidos. 2008. 96'.
Dirección y guión: Joel Coen y Ethan Coen.
Producción: Joel Coen y Ethan Coen.
Música: Carter Burwell.
Fotografía: Emmanuel Lubezki.
Montaje: Roderick Jaynes.
Diseño de producción: Jess Gonchor.
Vestuario: Mary Zophres.
Interpretación: George Clooney (Harry Pfarrer), Frances McDormand (Linda Litzke), John Malkovich (Osborne Cox), Tilda Swinton (Katie Cox), Richard Jenkins (Ted), Brad Pitt (Chad Feldheimer), Elizabeth Marvel (Sandy Pfarrer), J.K. Simmons (jefe CIA).
Interpretación: George Clooney (Harry Pfarrer), Frances McDormand (Linda Litzke), John Malkovich (Osborne Cox), Tilda Swinton (Katie Cox), Richard Jenkins (Ted), Brad Pitt (Chad Feldheimer), Elizabeth Marvel (Sandy Pfarrer), J.K. Simmons (jefe CIA).
Quemar después de leer en la red...
http://www.filminfocus.com/focusfeatures/film/burn_after_reading (web oficial)
http://www.quemardespuesdeleer.es/ (web oficial España)
http://www.labutaca.net/films/61/burn-after-reading.php (sobre la película)
http://cinelandia.blogspot.com/2006/11/coentneos.html (repaso a su filmografía en Cinelandia)
http://www.elcultural.es/Historico_articulo.asp?c=24063 (crítica de la película)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1924.html (sobre los hermanos Coen)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/modules.php?name=News&file=article&sid=1407 (sobre George Clooney)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/modules.php?name=News&file=article&sid=1342 (sobre Brad Pitt)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/modules.php?name=News&file=article&sid=1404 (sobre Frances McDormand)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/modules.php?name=News&file=article&sid=1458 (sobre John Malkovich)
http://es.wikipedia.org/wiki/Tilda_Swinton (sobre Tilda Swinton)
sábado, noviembre 18, 2006
Coe(n)táneos
Bienvenidos al particular universo del asombroso director bicéfalo. Su imaginario les maravillará y transportará a través del más variopinto catálogo de sensaciones y estímulos. Desde las extravagantes rarezas 'freak' a los homenajes al cine negro de los Bogart y Huston. Incluye el recorrido la revisión de los clásicos de Homero en tono ameno y distendido sin olvidar a los más pequeños, que tendrán la diversión asegurada con sus cartoons preferidos. Bonitas postales y añoranza de antiguos romances de cine les esperan, todo con un toque de distinguido humor, algo negro a veces si usted me permite la licencia. Es, no lo pueden negar, una oferta innegablemente atractiva, cortesía del asombroso director bicéfalo que muy gustosamente le presentaré en las siguientes líneas.
Corrigo. 'Les' presentaré. Sus nombres, Joel y Ethan, Ethan y Joel. Contemporáneos del cine, coetáneos y bandera del cine independiente norteamericano, autores con mayúsculas e identidad propia forjada desde su opera prima, los hermanos Coen nunca quisieron hacer muchas películas, pero sí hacerlas bien. Pocos casos se han dado en el séptimo arte de miembros de una familia prodigados en el arte de crear y filmar historias, pocos más allá de la actuación donde sí tienen mención linajes como el de los Fonda o los Baldwin. Los Coen son un bicho raro, en singular, porque son uno: el director bicéfalo. El apodo no lo he inventado yo, y responde a la compenetración que muchos de los actores de sus películas aseguran tienen, hasta el punto de recibir la misma respuesta de ambos a una pregunta sobre el guión o su personaje.
Llegados a este punto, prescindiré de más anécdotas y haré lo propio con los datos biográficos que podréis leer en cualquiera de los links que os esperan al final del post. La mejor explicación posible a los Coen es su inexplicable e imposible cine, y por aquí empezaremos. Trasgresión e inconformismo, surrealismo y estilo, sustantivos que sirven de coordenadas para un cine inclasificable que encierra mil y un recovecos que no caben en este párrafo. Sólo un repaso a los títulos dirigidos por Joel y Ethan Coen da una idea de la complejidad de su filmografía, tan aparentemente divergente y a la vez tan coherente. Ninguna de sus películas tiene nada que ver con la anterior y, salvo contada excepción, hace alarde de una frescura y estilo visual incomparables en el cine norteamericano desde que estos dos hermanos entraron en su escena. Es el sello Coen, que permanece en películas muy alejadas entre sí pero que en su heterogeneidad componen una carrera brillante en constante tira y afloja entre el gran público y los sectores más críticos.
Sangre Fácil (Blood Simple, 1984) fue su oscuro debut en la dirección*. Oscuro por ser un honroso e intenso tributo al cine negro con tintes del subgénero gore. Temprano encuentro de influencias ya en su primera película, que no olvidaba su etapa de montadores en diversos filmes de terror, a destacar Posesión Infernal, rodada bajo la batuta de Sam Raimi. En Sangre Fácil los Coen ya demostraron urgencia por verter todo el cine que llevaban viendo e imaginando desde siempre. Declaración de intenciones en cuanto a la posición de la cámara y los planos en sí, que contradecían con la naturaleza muerta y austera del cine negro clásico. Su inconformismo también se manifestaba en el montaje, aspecto fundamental de cualquiera de sus obras que aquí firmaron bajo el seudónimo de Roderyck Jaynes. Sangre Fácil sentaba las bases Coen tanto en el apartado estilístico como en el narrativo, donde se desarrollaba una siniestra y turbia historia de celos y asesinato donde ya veríamos a una de sus actrices fetiches y esposa de Joel (el pequeño), Frances McDormand.
Tras entrar con paso firme en el cine independiente y hacerlo con la bendición de la crítica, los Coen quisieron volver a sorprender, y lo hicieron. Arizona Baby (Raising Arizona, 1987) es una película extraña, surrealista y llena de personajes inusuales. La segunda película de los hermanos presentaba un universo 'freak' sin precedentes en una historia con un referente visual muy claro: los cartoons. El estilismo acusado de Arizona Baby hace de ella una película alejado de lo comercial y no tan fácil de digerir, apoyada principalmente en personajes peculiares: el delincuente que intenta reintegrarse en la sociedad pero en el fondo no puede dejar de hacer de las suyas (un gran Nicolas Cage), la policía que se enamora de él (Holly Hunter), un motorista que parece venir desde el mismo infierno y un par de presos fugitivos que enturbian la nueva y apacible vida familiar del protagonista (uno de ellos John Goodman, que se convertirá desde entonces en un indispensable para los hermanos). La suma es una comedia única en su especie que, de nuevo, nada tendría que ver con la siguiente película de los Coen.
Esa fue Muerte entre las flores (Miller's Crossing, 1990). Vuelta al cine negro, negrísimo, en su deseo de recuperar los clásicos en blanco y negro sin dejar de darle su personalísimo toque. Más parsimoniosa que sus dos anteriores propuestas, menos estilista y más rendida a las delicias de una excelente fotografía de Barry Sonnenfeld, otro de los habituales (y futuro director de La familia Addams y Men in Black). Un punto fuerte de Muerte entre las flores es descubrir cómo los Coen desenvuelven una historia de gángsteres absolutamente clásica sin renunciar a sus credenciales, con un guión sólido donde abundan los buenos diálogos. El otro punto fuerte corresponde al reparto, descubriendo de nuevo al que será un nuevo actor fetiche, John Turturro, que al igual que Byrne, Finney o Marcia Gay Harden componen sólidas actuaciones (algo que, por otra parte, raramente veremos desfallecer en la carrera del director bicéfalo, excelente director de actores).
En 1991 llegó la hora de la verdad para los Coen. Barton Fink (1991) es su obra más madura, la más personal y lo más parecido al espejo en el que se podrían mirar. Recibió, además, el merecido reconocimiento en Cannes donde ganó la Palma de Oro ese año. Con Turturro y Goodman a la cabeza del cartel y prácticamente únicos protagonistas, Barton Fink es una mirada interior hacia la crisis creativa del autor. En ella, las paredes empapeladas de la habitación de hotel que constituye casi el único escenario, ejercen una fuerza claustrofóbica sobre el protagonista y el espectador, inmerso en una densa y ambigua atmósfera en la que convive con los demonios del escritor en crisis. Pura creatividad creada a partir de la anticreatividad reposada sobre los hombros de un inmejorable Turturro. En Barton Fink el surrealismo del universo Coen se mezcla con el calor pegajoso y la sensación de agobio que traspasa la pantalla y te envuelve sin remisión. Puro arte.
Pero el inescrutable destino quiso que tras la obra que les consagraba, El gran salto (The Hudsucker Proxy, 1994) acabará de la peor manera posible: en un gran batacazo. No es que la quinta película de los hermanos fuera mala, sino que distaba mucho de estar al nivel que sus predecesoras y, lo que es peor, en su intento de lograr una comedia al más puro estilo capriano con, una vez más, dándole el toque Coen, el despropósito se hizo evidente y se quedó a medio camino de todo. Tras Muerte entre las flores y Barton Fink, en El gran salto Joel y Ethan pisaron el acelerador y el resultado fue una película atropellada, fallida e incluso pretenciosa. De nada sirvió que Tim Robbins y la leyenda viva Paul Newman mantuvieran el tipo en una película menor que, por primera vez desde que iniciaran su carrera como directores quedó por debajo de las expectativas y, de paso, dejó constancia del carácter inimitable del cine de Frank Capra. Un paso en falso que ganaría su redención dos años después.
"Sucedió donde nunca sucede nada", reza la frase promocional de Fargo (1996) y de la noche a la mañana, el pequeño pueblo de Dakota del Norte saltó a la fama junto con el mayor triunfo de la carrera de los Coen. 7 candidaturas a los oscar de los que ganó el mejor guión original y mejor actriz (Frances McDormand) y el aplauso unánime de la crítica que la encumbró como una de las obras capitales de los 90. Los paisajes nevados y desnudos de Fargo son el escenario de una historia de asesinatos y miserias humanas que presume de un impresionante guión trasladado con maestría a un thriller que consta de un envidiable pulso narrativo. Es en este punto de la filmografía de los Coen donde se alcanza la perfecta simbiosis entre el cine negro, aquí más policiaco, con ese innato y pícaro humor del que gozan, no exento de una cierta malicia ni tampoco inteligencia. Especulaciones a parte de si el "basado en hechos reales" al que se hace mención en la película fue una broma o no, Fargo se reveló como el compendio de todas las virtudes de los Coen, todo lo mejor de su cine unido en su brillante sexto trabajo. Seguramente, por ella serán recordados.
Tras dos acertadísimas comedias, Joel y Ethan sentían la necesidad de volver a su género predilecto, el negro. El hombre que nunca estuvo allí (The man who wasn't there, 2001) estaba protagonizada de nuevo por un Bogart, un Marlowe que debía reunir al tiempo las cualidades indispensables de antihéroe: peluquero, poco habilidoso galán y sólo aparente hombre duro. Billy Bob Thornton fue aquí uno de los mejores protagonistas del que han dispuesto los Coen, haciendo totalmente creíble un Ed Crane asqueado de su vida, que busca por primera vez en su vida la emoción allá donde no debe y acaba pagándolo. Él no es el detective, sino la víctima que se ve envuelta en el homicidio y gradualmente verá como todo lo poco que tuvo se va derrumbando a su alrededor. El hombre que... es una renovación del 'cine noir' que los Coen convierten en el particular drama de un hombre desarraigado. Luces tenues y sombras abundantes (excelente la fotografía de Roger Deakins), el humo del cigarrillo flotando en el blanco y negro, el rostro adusto de Thornton... todo aquí tiene olor a clásico. Un clásico de los Coen y nuestro tiempo.
La fructuosa relación laboral entre los hermanos y Clooney les llevó a repetir asociación en Crueldad Intolerable (Intolerable Cruelty, 2003). Tributo a las 'screwball comedies', las esplendorosas comedias románticas del Hollywood de los 30, ambientadas en la alta sociedad y casi siempre con un enredo de por medio y/o guerra de sexos. Crueldad Intolerable es la película más abiertamente 'comercial' de los Coen y, paralelamente, la que marca un bajón en su filmografía luego acentuado con The Ladykillers. La apuesta por la comedia romántica se quedó en una película simpática, pero nunca entrañable, donde la mayor baza era la innegable química entre George Clooney y Catherine Z. Jones. A pesar de contar con buenos diálogos cargados de acidez e inteligencia, Crueldad Intolerable tiene un acabado frío, distante y previsible que la hace contar entre las obras menores de sus creadores.
Por último, poco que contar de The Ladykillers (2004). Su última película hasta la fecha es, también, la más floja. De nuevo abiertamente comercial, nos pone en alerta del bajón en la trayectoria de los Coen. En el caso de The Ladykillers, ni siquiera se puede defender la idea de la originalidad, puesto que es un 'remake' de la obra homónima de 1955 aquí traducida como El quinteto de la muerte. Cuando dos creadores natos como los Coen recurren al 'remake' de una comedia clásica como recurso, dejando un resultado además muy inferior del esperado, existe motivo para la preocupación. Con Tom Hanks a la cabeza de la banda de atracadores que se hospedan en la casa de una apacible ancianita para planear un golpe maestro al banco, The Ladykillers deja mucho que desear en el momento es comparada con cualquiera de las obras precedentes. Más efectista, menos inteligente y lo que es peor, apenas divertida salvo momentos puntuales, hacen que sea una película para olvidar salvo su (de nuevo) estilizado retrato de la sociedad sureña. Triste manera de celebrar dos creativas décadas de buen cine.
Este es el legado Coen (de momento). No del todo perfecto, no del todo constante, pero sin duda uno de los más importantes en las dos últimas décadas. Próximamente podremos ver Paris, je t'aime, una película coral francesa donde varios directores cuentan una historia con su particular visión de la ciudad de las luces. Sin embargo, los proyectos que pueden hacer olvidar las dos últimas decepciones son Hail Caesar y No Country for Old Men. La primera cierra la idiot trilogy iniciada con O, Brother... y Crueldad Intolerable, situándose en el mundo del teatro. La segunda cuenta con el atractivo de un renovado reparto en el que veremos, entre otros, a Javier Bardem, Tommy Lee Jones y Woody Harrelson. Dos oportunidades más para un reencuentro feliz (y fraternal) con el mejor cine de este par de coe(n)táneos.
-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
*Aunque en los créditos siempre figure Joel Coen como director y Ethan habitualmente aparezca como responsable de la producción, ambos son responsables de todas las facetas de sus películas. No será hasta The Ladykillers cuando aparezca acreditada por primera vez la dirección compartida.
-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Algunos links de interés:
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1924.html (sobre los Coen, en general)
http://es.wikipedia.org/wiki/Joel_Coen (sobre los Coen, en general)
http://www.cinestrenos.com/cinefilia/temas/coen/1.htm (sobre Sangre Fácil)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article432.html (sobre Arizona Baby)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article914.html (sobre Muerte entre las flores)
http://cinefilia.bloxus.com/historias/8521 (sobre Barton Fink)
http://www.miradas.net/0204/estudios/2002/05_jcoen/gransalto.html (sobre El gran Salto)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1773.html (sobre Fargo)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article722.html (sobre El gran Lebowski)
http://www.lenguaensecundaria.com/resenas/obrother.shtml (sobre O, brother...)
http://www.labutaca.net/49sansebastian/themanwhowasntthere.htm (sobre El hombre que...)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1688.html (sobre Crueldad Intolerable)
http://www.labutaca.net/films/22/theladykillers5.htm (sobre The Ladykillers)











