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martes, febrero 02, 2010

Tres hipotéticos estadios en las negociaciones con la madurez

1. Adventureland (Greg Mottola, 2009).


Primer estadio: El virgo crítico. Mottola ya demostró en la notabilísima Supersalidos (2007) su perfecto entendimiento del momento preciso en el que la adolescencia entra en un primer estadio de negociaciones con la madurez. Si en aquella el viaje iniciático se concentraba en una única y uliséica jornada (la fiesta de fin de instituto como centro de ritos de iniciación, pero también objetivo homérico que obliga a transcurrir por caminos indispensables hacia esa primera negociación), en Adventureland, James Brennan (Jesse Eisenberg, convertido en icono virgo, también gracias a Zombieland) prolonga su experimentación a través del verano del 87. Mottola demuestra su inteligencia desde el mismo punto de partida, pues no entiende a su adolescente (al fin y al cabo, su yo-adolescente) como página en blanco sobre la que construir un presunto despertar, sino que prefiere redefinirlo: James es tan consciente de su momento vital que dispone de planes específicos para el mismo, esto es, un viaje mochilero por Europa que servirá de preludio al celebrado alejamiento del contexto local, la Pittsburgh de la era Reagan. Que el adolescente de Mottola atesore sueños y expectativas de futuro le sirve de excusa para la desmitificación, para la revocación del previsto "verano de su vida" y la transposición del mismo en una experiencia local, hastiante y copada por un largo catálogo decepciones, pero finalmente bellísima y memorable. James trabaja en el parque de atracciones, conoce a la chica que nunca esperó encontrar en Europa y, por supuesto, se enamora de ella. También disfruta de itinerantes noches adolescentes aderezadas con el eventual colocón y algún apunte sobre Nikolái Gógol. Adventureland goza de una sensibilidad siempre desarmante, propia de un (muy probable) sentido relato autobiográfico y entiende a la perfección que los primeros tratos del virgo con la madurez pasan inevitablemente por la decepción y la belleza de los momentos encontrados (lo que en El camino de los ingleses, por ejemplo, era una mera isla nostálgica). La conclusión al respecto de cómo lidiar con ese trato también es hermosa: la pasión vital como fórmula de enfrentamiento a los conflictos de la madurez, vía el Moby Dick de Herman Melville.
Su banda sonora: Lou Reed y la Velvet es una constante, con Satellite of love o Pale blue eyes, pero también Neil Young o los Judas Priest son condición sine quanon para adentrarnos en el verano del virgo. También David Bowie, o The New York Dolls. Rock me Amadeus de Falco es la canción del hastío, la cansina sinfonía de parque en la que encontrará complicidad todo aquel que alguna vez asociara un trabajo de juventud a un sempiterno hilo musical. Escuchar en Spotify.

2. Garden state (Zach Braff, 2004).


Segundo estadio: Juventud anestesiada. Han pasado los años y James Brennan ha olvidado la máxima de Moby Dick. Ahora es Andrew Largeman (Zach Braff) y ha transcurrido sus años de exilio de Garden State (antes Pittsburgh) anestesiando su primera juventud a base de litio. Pese a ganar cierta relevancia como actor de televisión, sigue desempeñando trabajos igualmente narcotizantes y anodinos, como el de camarero en un excéntrico restaurante oriental. La vuelta a casa tiene un motivo trágico (la muerte de la madre), pero también una consecuencia impulsora del reclamado giro vital: Andrew deja el litio para despertar en Garden State y comprobar los estragos que las primeras negociaciones con la madurez han dejado a su paso. Reina omnipresente en la película de Zach Braff una inaprensible atmósfera de decepción todavía no asumida, con unos protagonistas que convierten en un ejercicio retrospectivo la experimentación psicodélica y sexual, habitual de la etapa anterior (esto es, la fiesta en la casa, donde se retoman los prohibidos juegos adolescentes). Por lo demás, la juventud enrarecida, desnortada de Zach Braff se contiene en los trabajos de sepulturero y puestos de comida rápida de una generación que grita bajo la lluvia como acto de rebelión, constatando que poco o nada queda ya contra lo que rebelarse. La musa de Braff es una anómala Sam (Natalie Portman), enésima significación de la chica indie, sólo definida como elemento extrañamente encantador (miente compulsiva e inofensivamente, patina disfrazada de cocodrilo y escucha a los Shins), instaurador de un esperanzador (y anómalo) orden emocional final, restaurador de la pasión hasta entonces  diluida, anestesiada.
Su banda sonora: Sam proclama sublimes a The Shins en su primer encuentro con Andrew. Nick Drake vale para cualquier tarde lluviosa de Garden State, pero también remontarse a Simon & Garfunkel y su The only living boy in New York. Don't Panic de Coldplay para la anestesia de Andrew, e imprescindible In the waiting line, de Zero 7, para la drug party y el juego de la botella.

3. Beautiful girls (Ted Demme, 1996).


Tercer y último estadio: Madurez nostálgica o el regreso del hijo pródigo. Willie (Timothy Hutton), antes Andrew antes James, vuelve a su pueblo natal, eternamente sepultado bajo una capa de nieve que significa el bloqueo de sus protagonistas. Los motivos, en esta ocasión, son definitivamente nostálgicos: una reunión de antiguos alumnos del instituto. El protagonista de Beautiful girls, un pianista de bar que roza la treintena, es perfectamente consciente de la reducción a cenizas de todo sueño de juventud, sensación que queda enfatizada, patente en su vuelta a casa. No hay, pues, lugar para la decepción y sí para la desesperación emocional de la que son partícipes toda una generación que, ahora sí, afronta la negociación última con la madurez. La nostalgia de tiempos mejores y de las chicas bonitas del título preside cada reunión de los amigos, pero al tiempo que recuerdan el pasado advierten el acecho de un futuro condenado, en la imagen de sus homólogos ancianos que beben día y noche en el mismo bar que ellos. Por supuesto, junto a Willie hay diversos grados de desencanto: el personaje de Michael Rapaport se resiste férreamente al quebrantamiento de un espejismo de felicidad, mientras que el de Matt Dillon es más consciente del devastador significado de la reunión de antiguos alumnos, recordatorio del fin de sus días como estrella de la high school y agravante de su crítica situación sentimental. Ahora bien, la relación más significativa (y hermosa) de Beautiful girls es la establecida entre Willie y la adolescente Marty (de nuevo Natalie Portman): el primero queda sinceramente prendado de una belleza precoz, irremediablemente reminiscente de sus días de instituto. Se trata de un enamoramiento eminentemente nostálgico, en el que no es posible el componente erótico, uno infinitamente iluso y, a su vez, revelador: en el momento decisivo, el simbólico trato del noviazgo, Willie ejecuta la más bella renuncia: jamás podrá privarle de los sueños que él pretendería reavivar con ella, jamás podría arrebatarle los primeros besos y los primeros flirteos con las drogas y el alcohol, ni tampoco de las primeras decepciones, luego las más preciosas y memorables; jamás querría impedirle sus propias negociaciones con la madurez, las mismas que él cierra en ese preciso instante. 

Su banda sonora: Los enunciados que dictan Be for real (The Afghan Whigs), Easy to be stupid (Howlin' Maggie), el delicioso toque soul de Could it be I'm falling in love (The Spinners), toneladas de nostalgia en Graduation day de Chris Isaak y Sweet Caroline de Neil Diamond como himno generacional deudor del  Can't take my eyes off you en El cazador (Michael Cimino, 1978).

lunes, marzo 12, 2007

Paris, je t'aime



La idea de retratar París en su versión actual y bajo la mirada de 20 realizadores de tan distintas visiones como nacionalidades, puede resultar a priori ambiciosa y a la postre decepcionante o desigual. Suele pasar que en los escasos ejemplos de películas corales desde la dirección, los cortos que aparecen en las mismas acaban rindiendo a un nivel menor al que el director acostumbra en su filmografía. Les pasó a Coppola y a Allen en Historias de Nueva York (1989), donde era Scorsese el que salía triunfante con la historia de aquel pintor interpretado por Nick Nolte. Cuando uno se para a ver Paris, je t'aime bien puede pensar que son demasiadas historias, demasiados cortos. Y es cierto que algunos quedan en el olvido, pero no menos cierto que el total resultante es un mosaico parisino de lo más atractivo y contemporáneo, lejos de la típica postal parisina. Por tanto, la mayoría de esos cortos de Paris je t'aime merecen una mención, aun tan breve como los mismos:

Montmartre (Bruno Podalydès): un inicio ameno. La situación desesperada del hombre intentando aparcar y maldeciendo a diestro y siniestro genera más de una sonrisa de complicidad. Luego viene la reflexión sobre su soledad y el encuentro casual con la mujer que se desmaya. Simboliza el principio de algo en un contexto de improbable romanticismo, pero es uno de los cortos a los que le falta tiempo para profundizar.

Quais de Seine (Gurinder Chadha): el toque de las relaciones interraciales. Parte del encuentro entre un adolescente parisino y una joven musulmana. Un corto con pocas opciones de éxito, ya que no hay tiempo para distinguir las barreras sociales entre ambos. Además, deja sabor a dejà vu.

Les Marais (Gus Van Sant): gracioso, pero intrascendente. En algún sitio leí que Gus Van Sant contaba un chiste, y ni más ni menos es eso. Conversación inútil entre un místico y un sordo que no lleva a ninguna parte.

Tulleries (Joel y Ethan Coen): es la primera joya que uno encuentra en Paris, je t'aime. Los Coen fieles a su estilo, aprovechando el reducido escenario de una estación de metro incluso para meter a sus deliciosos y extravagantes secundarios (el niño que tira bolitas). Impregnan el corto de su arrollador estilo visual y Steve Buscemi no le hace falta ni una sola palabra para ser todo un torrente de expresividad.



Loin du 16eme (Walter Salles y Daniela Thomas): posiblemente el más personal y el que más espacio deja a la reflexión. Simple pero contundente, es también el más crudo. Es la historia de Ana, una niñera que debe dejar su bebé en la guardería para hacerse cargo de otros. Quizá cuesta de asimilar, pero es de los que encierra mucho más de lo que aparenta.

Porte de Choisy (Christopher Doyle): se hunde en su propia pretenciosidad. El impactante surrealismo que se inicia con la visita de un comercial a una peluquería asiática acaba desembocando en una inconexión total que deja de tener sentido alguno salvo el de sorprender con sus llamativas imágenes, cosa que tampoco acaba de conseguir. Quizá el más flojo.



Bastille (Isabel Coixet): uno de los mejores. Desprende sensibilidad por sus cuatro costados e incluso se permite ciertas licencias surrealistas que se acaban agradeciendo. Triste pero emotivo, perfectamente podría ser una película condensada de Coixet. Buen trabajo de Miranda Richardson y Sergio Castellito. Anecdóticos Javier Cámara y Leonor Watling.

Place des Fêtes (Oliver Schmitz): uno de los dos mejores cortos de Paris, je t'aime. Sorprende por la solidez y belleza de una narración condensada en seis minutos. Aúna temas como la atracción en el encuentro casual, la precariedad laboral y el desarraigado que va cayendo en el hoyo vertiginosamente. Un hombre y una mujer de color y muy distinta posición social tienen un agradable encuentro en un parking. La próxima vez que se encuentren, él estará a las puertas de la muerte. Pese a su brevedad, deja un nudo en el estómago y las ganas de verlo una y otra vez.

Tour Eiffel (Sylvain Chomet): el romance entre los dos mimos es tan capaz de provocar la risa como el nerviosismo. Tiene reminiscencias de Amélie y es puro humor gestual heredero del cine mudo, pero resulta imposible ver más allá. Para no tomárselo en serio.

Place des Victoires (Mobuhiro Suwa): el más trágico. El trauma de una madre tras la muerte de su hijo y cómo persigue su voz y encuentra al cowboy de sus sueños en Place des Victoires. Busca el dolor directo y lo que encuentra es algo de confusión, pero no deja de ser un buen corto con una estupenda Juliette Binoche (El paciente inglés). Se agradece el cameo de Willem Dafoe.

Quartier des Enfants Rouges (Olivier Assayas): la actriz y el camello. Eficaz porque retrata la decepción ante la posibilidad de que pase "algo" entre dos personas de mundos tan distintos. Jake Gyllenhaal (Jarhead, Brokeback Mountain) está irreconocible y lo mejor es la escena en la que el camello se quita el casco frente a la puerta de la caravana de la actriz.

Quartier de la Madeleine (Vicenzo Natali): engaña por completo al espectador. No, la historia de vampiros con Elijah Wood como protagonista no es obra de Wes Craven. De hecho, lo único que tiene de Wes Craven el corto es él mismo siendo la primera víctima de la vampiresa. Promete y resulta estimablemente atractivo, con tonos que recuerdan a Sin City (atención a la sangre). Sin embargo, la historia es tan vaga, tan mínima, que acaba resultando decepcionante. Le falta miga.



Père-Lachaise (Wes Craven): rara excepción donde el estilo del corto y la autoría apenas sí coinciden. La pelea de una pareja en un cementerio es un entretenimiento divertido y con algún diálogo que merece la pena. Craven le mete un toque de humor negro con la caída de William (Rufus Sewell) ante la tumba de Oscar Wilde y la aparición posterior del mismo (un fantasma poco convincente, por cierto). Aunque no es de los mejores, se deja ver.

Parc Monceau (Alfonso Cuarón): el estilo del mexicano se deja ver en el largo plano-secuencia que sigue a la pareja desde lejos. Lo suficiente lejos para mantenernos alejados de los rostros de los dos protagonistas y no adivinar así qué tipo de relación mantienen (el diálogo sigue esta misma línea), hasta que llegado el final, la cámara se acerca y Cuarón despeja la incógnita para sorpresa nuestra. Es casi un homenaje a un entrañable Nick Nolte. Muy interesante.



Faubourg Saint-Denis (Tom Tykwer): el romance entre el ciego y la actriz. Una maravilla. El mejor corto junto al de Oliver Schmitz. Tykwer es fiel al estilo que le categorizó como enfant terrible del cine alemán en Corre Lola corre e incluso se supera con un corto capaz de impresionar, emocionar e implicar de una manera asombrosa. Mismo estilo frenético, misma música electrónica que acompaña al frenesí visual, pero elaborando un retrato tan apasionante de la vida en pareja que logra deshacerse del vacío videoclipero.



Pigalle (Richard LaGravenese): lo que fue el amor y lo que queda de él. Interesante por el duelo interpretativo entre Bob Hoskins y Fanny Ardant, cliente y regenta de prostíbulo respectivamente. Gusta, pero no destaca.

Quartier Latin (Frédéric Auburtin y Gérard Depardieu): siempre resulta agradable encontrarse con Gérard Depardieu, más si es en un restaurante del Quartier Latin. Pero el atractivo de su corto es, sin duda, el duelo entre Ben Gazzara y Gena Rowlands que supera al anterior y se convierte en el tándem más sólido de Paris je t'aime. Brilla el sarcasmo y la nostalgia en el diálogo de una pareja divorciada que habla de sueños rotos y de nuevas esperanzas.

Montparnasse (Alexander Payne): aquí también se nota la mano del autor. Alexander Payne (Entre copas, A propósito de Schmidt) propone su estilo simpático y original para ofrecer un París a través de los ojos de una turista americana y solitaria. Un breve y agradable historia donde Payne descubre cómo se empieza a amar París. Lo mejor, la divertida dicción de Margo Martindale intentando hablar francés.
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Paris, je t'aime. Francia y Alemania. 2006. 120'.
Dirección: Olivier Assayas, Frédéric Auburtin, Gérard Depardieu, Gurinder Chadha, Sylvain Chomet, Joel Coen, Ethan Coen, Isabel Coixet, Wes Craven, Alfonso Cuarón, Christopher Doyle, Richard LaGravenese, Vincenzo Natali, Alexander Payne, Bruno Podalydès, Walter Salles, Daniela Thomas, Oliver Schmitz, Nobuhiro Suwa, Tom Tykwer y Gus van Sant.
Guión: Emmanuel Benbihy, Bruno Podalydès, Paul Mayeda Berges, Gurinder Chandha, Gus van Sant, Ethan Coen, Joel Coen, Walter Salles, Daniella Thomas, Christopher Doyle, Gabrielle Keng, Kathy Li, Isabel Coixet, Nobuhiro Suwa, Sylvain Chomet, Alfonso Cuarón, Olivier Assayas, Olivier Schmitz, Richard LaGravenese, Vincenzo Natali, Wes Craven, Tom Tykwer, Gena Rowlands y Alexander Payne; basado en una idea original de Tristan Carné.
Música: Pierre Adenot, Christophe Monthieux, Leslie Feist, Reinhold Heil, Johnny Klimek, Marie Sabbah y Tom Tykwer.
Fotografía: Bruno Delbonnel, Pascal Marti, Eric Gautier, Pascal Rabaud, David Quesemand, Pierre Aïm, Eric Guichard, Tetsuo Nagata, Gérard Stérin, Franck Griebe, Jean-Claude Larrieu, Denis Lenoir, Michael Seresin, Matthieu Poirot-Delpech, Michel Amathieu y Maxime Alexandre.
Montaje: Simon Jacquet, Anne Klotz, Hisako Suwa, Alexandre Rodriguez, Luc Barnier, Isabel Meier, Stan Collet y Mathilde Bonnefoy.
Diseño de producción: Bettina von den Steinen.
Vestuario: Olivier Bériot y Pierre-Yves Gayraud.
Producción: Claudie Ossard y Emmanuel Benbihy.
Intérpretes: Catalina Sandino Moreno, Sergio Castellitto, Miranda Richardson, Leonor Watling, Juliette Binoche, Willem Dafoe, Nick Nolte, Maggie Gyllenhaal, Fanny Ardant, Wes Craven, Elijah Wood, Alexander Payne, Natalie Portman, Gérard Depardieu, Bob Hoskins, Ben Gazzara, Steve Buscemi.
Puntuación: 7
Piérdete por las rues de París...
http://www.labutaca.net/films/44/parisjetaime.htm (sobre la peli)
http://www.mangafilms.es/parisjetaime/ (página web oficial)
http://www.abc.es/20070223/espectaculos-cine/amor-barrios_200702230249.html (crítica de la peli)