Mostrando entradas con la etiqueta Sam Peckinpah. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sam Peckinpah. Mostrar todas las entradas

martes, noviembre 24, 2009

Pat Garrett y Billy The Kid

Es la obra maestra silenciosa de Sam Peckinpah, la más discreta y desapercibida. Nunca contuvo las danzas de muerte y plomo que culminaban Grupo salvaje, ni tampoco la suciedad extrema, la excelsa guarrería de Quiero la cabeza de Alfredo García, quizá su obra más injustamente maltratada. Pat Garrett y Billy The Kid quizá esté más cerca de Duelo en la Alta Sierra cuando habla de las fricciones entre moralidades, pero llega mucho más lejos en la construcción de los dos mitos que le dan nombre a la película. Pat Garrett (James Coburn) y Billy 'The Kid' (Kris Kristofferson) fueron un día almas intercambiables, funambulitas que bordean la frontera de la ley sólo fieles a su común código de valores.




Peckinpah hace que el enfrentamiento entre ambos adquiera tintes terribles: matar al otro significa asesinarse a sí mismo por la espalda, matar lo que sea que quedara de uno mismo, si es que eso valía algo. Por eso en la búsqueda, en la caza, existe cierta zombificación, cierta deambulación inquietante de los personajes, como también lo es la mirada expectante y malévola del secuaz al que encarna un lacónico Bob Dylan: Garrett y Billy caminan hacia el suicidio del mito, la defunción del arquetipo peckipahniano del maldito condenado a la extinción, en el que también se reconoce Warren Oates en Quiero la cabeza de Alfredo García, por ejemplo. Y sólo cuando el fatal desenlace se consuma, sólo cuando uno de los dos caigas, el otro afrontará la muerte de sí mismo, descubriendo su siempre oculta desesperación con un grito desgarrador que clama respeto por el difunto. Que nadie lo toque. Amén.


jueves, noviembre 05, 2009

(Pre)críticas - Sitges 2009: Vengeance


Aquí les va, la crítica de la mejor película que tuve ocasión de ver en Sitges. Cierto que no salí entusiasmado de mi primer acercamiento a Johnnie To, pero lo de Vengeance es para verlo...


Vengeance habilidades elevadísimas en la redefinición de los límites del thriller. Desde distintos pasajes, esto puede intuirse en su fricción con el western, y de hecho son varios los momentos en los que la película de Johnnie To se erige como perfecta reubicación oriental de distintos modelos del mismo. Una calle sólo transitada por Costello (Johnny Hallyday) se torna un trasunto de pueblo fantasma, una Hadleyville con un heredero de Gary Cooper aguardando a sus enemigos. Un fatídico (y familiar) enfrentamiento entre matones en una zona de merenderos encuentra la puesta en escena operística de Sergio Leone. Y un tiroteo en las calles de la urbe halla la violencia lírica y slow motion de un hipotético Sam Peckinpah más (visualmente) limpio. No es difícil detectar, pues, que To atesora pericia en el aprovechamiento del espacio, en el asentamiento de escenarios divergentes de los habituales contextos del thriller. El mejor ejemplo, probablemente, es el tiroteo final, donde vemos a los contendientes construyendo ellos mismos el campo de batalla.

Leer crítica completa en La Butaca

jueves, abril 19, 2007

Cinelandia: año III

Ya no recuerdo cómo empezó todo. Cómo el primer impulso saltó de la pantalla y atravesó la retina para convertirse en sentimiento. Olvidar los momentos físicos y retener escenas, imágenes, fotogramas, señales de vida en celuloide, retratos fugaces e inolvidables. El cine corre al lado de la vida como arte predestinado a llenar vacío humano. No estuvo allí antes que los otros, pero era para bien o mal la pletórica conjugación de los otros, la confirmación de que la inspiración del hombre era capaz de aproximarse tanto a la brillantez como a la aberración. No pocos ejemplos dan fe.

Llego al año III de un pequeño homenaje. Hace dos años y un día era un trabajo opcional de una asignatura para probar el dominio sobre las nuevos medios informativos en Internet. Hoy es una pasión volcada en una bitácora entre miles de bitácoras y miles de motivaciones. La del aquí leído siempre fue el cine sin límites, cine en cualquier versión, idioma y época. Sólo así se puede entender un arte, como conjunto de particularidades y no una particularidad en su conjunto. El cine entendido como toda la historia del mundo en imágenes, todos los besos robados, impuros, castos, eternos... ráfagas que te sorprenden y conmocionan, golpes de efecto, trampas vacuas y malabarismos con que sorprender y engañar al espectador. Aburrimiento, ostracismo, resignación, decepción... o felicidad que traspasa la delgada línea entre la ficción y la realidad. Escenario utópico de dementes confesiones o sueños imposibles, de formular deseos que por fin se cumplen ante nuestros ojos, abriendo perversiones sublimadas hasta entonces y ahora desbocadas por la pantalla para regocijo y/o satisfacción libidinosa. Cine es mito hecho de mitos. Dioses y monstruos, héroes y villanos creíbles e increíbles, patéticos, locos indomables que destruyen cuanto hay a su alrededor, bufones y chulos de discoteca, musas y artistas en crisis, otros que quieren serlo y entrar en sus cabezas, bellezas deslumbrantes e imperfectas de las que enamorarse, viscosos seres repulsivos a los que odiar...

El día que recordé la mirada de Kidman en el espejo y Chris Isaak cantaba aquello de Baby did a bad bad thing, el día que me rendí a la poesía de Malick o la maliciosa mente de Hitchcock, el que Kurosawa me hizo creer en el honor sin sandeces, o aquel en que Fellini provocó mi asco ante la orgía de patetismo de la clase alta romana; el día que Godard rompió las reglas del juego, el que Audrey Hepburn mostró su insultantemente perfecta belleza, aquel que Dean descubrió petróleo en su diminuto terreno o en el que Tarantino me provocó pero sólo un poco menos que Peckinpah... ese día aprendí a amar el cine. Fue sin querer, pero ahora ya sé que quiero: este es un pequeño homenaje al amor de mi vida.