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jueves, febrero 21, 2008

Sweeney Todd: el barbero diabólico de la calle Fleet



Cuando uno descubre el complejísimo espíritu de un musical de motivaciones tan góticas y oscuras como es Sweeney Todd: the demon barber of Fleet street, no es de extrañar señalar a Tim Burton como el cineasta más idóneo para tratar de hacer una adaptación que, en manos de otros, sería poco menos que una osadía. Sin embargo, el californiano ha demostrado por activa y por pasiva poseer una particular sensibilidad que conecta con mundos tan lúgubremente atípicos, complejamente morales, como el que presenta la obra original de Stephen Sondheim y Hugh Wheeler.

Desde el principio Burton nos sumerge en ese extraño mundo con una facilidad que ya no asombra sabiendo de quién viene. Los créditos son, como fueran en Charlie y la fábrica de chocolate, un artesanal comienzo en el que intensa sangre de tono y textura exagerados salpica y es derramada por una larga serie de engranajes que regalan una pista de lo que está por venir. Esta obertura es, también, un aviso al espectador de que se encuentra ante un inminente cuento de terror en el que se ha disipado todo rastro de bondad que antaño ostentaran personajes del universo Burton, tales como el Edward Bloom de Big Fish (2003) o el mismo Eduardo Manostijeras. Para entendernos, Sweeney Todd sería la antítesis de este último: un ser cargado de odio y deseos de venganza que utiliza sus afiladas armas como instrumento para degollar todo cuello que se repose en el sillón de su barbería. En ese sentido, la obra de Burton se desvela notablemente pesimista y cruel, presentando un héroe condenado a la infelicidad y cuya sangrienta búsqueda de venganza acaba consumiéndole hasta escribir su propio final. Johnny Depp ha conseguido hacer de tan trágico personaje la que es, con certeza, la más soberbia interpretación en la carrera de un actor que nos ha acostumbrado a señalarlo como uno de los más talentosos de su generación. Nunca antes Depp mostró en una caracterización tan inquietantes maneras y tan escalofriante mirada, nunca tan sobrecogedor reflejo del dolor y la ira en los oscuros ojos de un personaje que rápidamente ha ganado una poderosa entidad propia en el imaginario visual del cine reciente. A su sombra, Helena Bonham Carter es casi misóginamente relegada a su mero reflejo femenino, una desencantada y nada impresionable pastelera que formará sociedad y matrimonio con el inescrutable, insensible Sweeney Todd.

Sweeney Todd: el barbero diabólico de la calle Fleet es un cuento gótico firmado por una mano maestra que encuentra, en este material, la adecuada base para generar su obra maestra definitiva. Burton genera para ella un Londres memorablemente siniestro, urbe de lo sucio y lo lúgubre que establece un estado de ánimo rubricado por un Poe moderno. Desde el desembarque de Todd en la ciudad, una elaboradísima estética del horror contagia cada callejón, cada esquina en la que vemos corretear ratas entre la basura, mendigos moribundos y vagabundos entre la podredumbre. En una nerviosa secuencia que rubrica la introducción y revela algo de ese espíritu casi enfermizo que reside en la película de Burton, una cámara vertiginosa se introduce en esas calles al ritmo frenético del la enervante música de Sondheim. Una descarga de adrenalina y horror suficientemente efectiva para introducir al espectador en un pesadillesco submundo, deteniéndose en algunos de sus recovecos antes de llegar al destino final: la vieja barbería de la calle Fleet. Si bien el impacto de la secuencia es demoledor, es imposible dejar de destacar una sola escena en el resto del metraje que no impresione por su impecable, sobrecogedora factura visual. En el cine, pocas ciudades se guardan en la memoria como este Londres extraído del más oscuro rincón del subconsciente y construido en la pantalla por alguien que sabe exactamente cómo contarnos su cuento de terror más personal.



Y pese a presentarse como visualmente impecable y magistralmente dirigida e integrada en el universo propio de su creador, Sweeney Todd: el barbero diabólico de la calle Fleet encuentra su mayor handicap en la propia naturaleza de la obra en la que se basa. El libreto de Sondheim no se desvela como un musical fácilmente digerible, sino más bien en las coordenadas de una tragedia en operística tesitura. Esto hace que, en su traslado a la pantalla, los números musicales apenas se sucedan sin descanso y caigan, en ocasiones, en una recurrencia excesiva que podría haberse evitado (los cantos del joven Anthony a Johanna, su amada e hija de Todd, acaban por volverse repetitivos e innecesarios). Esto no es óbice para reconocer que en una dura lucha interna entre la película de Burton y la difícil obra original, el director sale más que airoso en su adaptación y logra una película de constante y deliberado carácter macabro que sus acérrimos disfrutarán en sus dos horas de duración pero que, por contra, adolece del calado y los momentos memorables que otras tantas obras en su filmografía regalaron. La historia se revela, en su tramo final, limitada, y da con sus huesos en una conclusión del todo dispersa, descuidada, en la que los personajes van y vienen hasta hallar un destino fatal sin la sorpresa que se presumía. Muy lejos de aquella sincera despedida con la que acababa Big Fish o el inevitable y triste retiro de Eduardo Manostijeras a su castillo, finales que rubricaban y agrandaban de sobremanera la valía de la obra.

Con todo, es de recibo señalar una escena que destaca y se eleva como el momento en que el espectador es llevado hasta un estado de involuntaria empatía con Sweeney Todd, una escena cumbre en la que su ira y su rabia son las nuestras: Sweeney baja a la calle navaja en mano y entona un canto violento, iracundo dirigido a los impasibles viandantes. Corta el aire, grita con voz estruendosa y reclama su venganza. La mejor carta de presentación posible para este personaje maldito que Burton ha adoptado con la honesta intención de recalar, una vez más, en nuestros miedos más profundos.
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Sweeney Todd: the demon barber of Fleet street. Estados Unidos. 2007. 116'.
Director: Tim Burton.
Guión: John Logan; basado en el musical de Stephen Sondheim y Hugh Wheeler.
Música: Stephen Sondheim.
Fotografía: Dariusz Wolski.
Montaje: Chris Lebenzon.
Diseño de producción: Dante Ferretti.
Vestuario: Colleen Atwood.
Producción: Richard D. Zanuck, Walter F. Parkes, Laurie MacDonald y John Logan.
Intérpretes: Johnny Depp (Benjamin Barker/Sweeney Todd), Helena Bonham Carter (Sra. Lovett), Alan Rickman (juez Turpin), Timothy Spall (Beadle), Sacha Baron Cohen (Pirelli), Jamie Campbell Bower (Anthony), Laura Michele Kelly (Lucy), Jayne Wisener (Johanna), Edward Sanders (Toby).
Puntuación: 7,5
Encuentra la calle Fleet...
http://www.labutaca.net/films/59/sweeneytodd.php (sobre la película)
http://www.sweeneytoddmovie.com/ (web oficial)
http://wwws.warnerbros.es/sweeneytodd/ (web oficial España)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1809.html (sobre Tim Burton)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1863.html (sobre Johnny Depp)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/modules.php?name=News&file=article&sid=1421 (sobre Helena Bonham-Carter)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1317.html (sobre Alan Rickman)
http://en.wikipedia.org/wiki/Sweeney_Todd_%28musical%29 (sobre el musical original, en inglés)

miércoles, noviembre 14, 2007

El musical gamberro de John Waters

En el extenso catálogo de autores inclasificables que ofrece el cine de las últimas décadas, si hay uno de ellos que despunte por su trasgresión, atrevimiento y gusto por el mal gusto, ese es John Waters. Con su aspecto casi cadavérico, sus ojos saltones y sus bigotes mínimos, este director, actor, guionista, productor, montador y fotógrafo nacido en Baltimore (ciudad-referencia en su filmografía) y apodado por William Burroughs como "el Papa del Trash" ha conseguido, a lo largo de casi cuatro décadas de trabajo, que su nombre se convirtiera en sinónimo de lo inmundo y lo grotesco. Suya es Pink Flamingos, obra deliberadamente repulsiva convertida en la cumbre del mal gusto y la comedia basura desde el mismo momento en que Divine (drag-queen que fue intérprete fetiche en su carrera) abrió la boca para comerse aquel excremento de perro.
Obviamente, Waters nunca fue santo de devoción de la industria, ni mucho menos de la crítica. Sus películas han sido sistemáticamente vapuleadas por la mayoría de la crítica mientras unos pocos le señalaban como el nuevo referente de la cultura trash y underground. La genialidad que le atribuían una minoría era dilapidada por un rechazo general ante su empeño en transgredir cualquier convención que se pusiera por delante, razón de ser de cualquiera de sus películas.
Fue a finales de los 80 cuando Waters amplió su público y su nombre empezó a tener repercusión más allá de los circuitos independientes, y fue a través de dos musicales directamente relacionados con la cultura televisiva/musical de la América de los 60 y la cultura teen o de instituto: Hairspray (1988) y Cry-Baby (1990).



Hairspray narra la historia de Tracy (Ricki Lake), una chica de gran tamaño y gran corazón, que sueña con bailar en el Show de Corny Collins a pesar de una madre que se empeña en bajarla de las nubes (Divine). Tras una escapada al programa, consigue cautivar al presentador tanto como al público y resulta ganadora en el concurso de baile. Pronto Tracy se convierte en una sensación que revoluciona el programa y amenaza el reinado de la bella, engreída y repelente Amber Von Tussle (Colleen Fitzpatrick).
Esta película de Waters tuvo una repercusión inesperada, convirtiéndose en un exitoso musical de Broadway y siendo recientemente revisado en el remake de Adam Shankman. Hairspray es un musical de intenciones afables pero espíritu gamberro que explora la cultura generada en torno a los programas de baile de los 60, marcada por el físico, los peinados estrambóticos y la blanca "pureza" de sus concursantes. Waters retrata siempre con la hipérbole, pero también con cierta fidelidad, ambos lados de la pantalla como sendos contextos donde asistir a los sueños del espectador y a la realización de los mismos. Tracy consigue ser la reina del programa, Amber y sus igualmente repelentes padres son castigados y la población negra de Baltimore consigue romper las barreras de la segregación que lacran la televisión. A pesar de esta ilusa felicidad de Hairspray, es la exageración rayana en el ridículo que Waters aplica a cada personaje la que hace que la película se aleje de los tópicos y las convenciones. Tanto es así que la cima de lo estrambótico, de lo ridículamente divertido, lo alcanza el propio personaje de John Waters, una especie de loquero que se divierte torturando a la amiga de Tracy con una extraña máquina de descargas eléctricas para que ésta no vuelva a juntarse con negros.



En Cry-Baby vemos a un joven y macarra Johnny Depp, enamorarse de la niña guapa y rica del instituto. Lo fácil sería señalarla como un spoof film o parodia de Grease, pero las intenciones de Waters van más allá de ello y emparienta su obra no sólo con el cine de instituto y el rock de los 50, sino también con el cartoon y la slapstick comedy a través de golpes, caídas y otros efectos cómicos acompañados todos de sonidos que bien podríamos encontrar en un corto de los Looney Tunes. Una vez más, una película de Waters pretende destrozar lo convencional y lo políticamente correcto, y aquí opone, como enemigos naturales de Cry-Baby, a una hermandad de pijos mojigatos de cantos aterciopelados y cortes de pelo estándar que, naturalmente, perderán a la chica y perderán la popularidad entre sus compañeros. Los premiados aquí son los rebeldes, los que rompen las reglas y escuchan la música pagana, los que conducen su moto a gran velocidad, los de tupés imposibles y chupas negras brillantes. Junto a ellos, Waters muestra una vez más un elenco de peculiares secundarios que de nuevo o son castigados por su conservadurismo y rectitud o premiados por su autenticidad de espíritu. Y comprobar que algunos de esos personajes son el mismísimo Iggy Pop o una estrella del porno (Traci Lords), no tiene precio.



Así es como Waters entiende el musical: una gamberrada divertida y con buenas coreografías en la que tanto cabe su inconformismo como la crítica a través de la exageración más extrema. También cabe su deseo de provocar la repulsa a través de un grano siendo reventado o un beso con lengua con énfasis en las lenguas casi aplicando un lavado de cara mutuo. Cabe cualquier travesura que permita a Waters seguir divirtiéndose a costa de los que le denostan por zafio, grosero y vulgar: tres señas de identidad que han hecho su cine inconfundible.
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http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article2587.html (sobre John Waters)

martes, junio 26, 2007

Piratas del Caribe: en el fin del mundo



He de reconocer que una vez más (y espero sea la última) el capitán Jack Sparrow va a sacar lo peor de mí. Y eso es algo que, por otra parte, se agradece porque al fin y al cabo significa una sana descarga de ira contenida sobre el texto y de paso permanecer alerta sobre los posibles bodrios que se esconden tras algunos de los consabidos taquillazos de la temporada estival. Y en la cumbre está, una vez más, Piratas del Caribe.

Mentiría si dijera que la (ojalá) última entrega de la saga en nada se presta a cualquier crítica constructiva o análisis cinematográfico. Muy al contrario, Piratas del Caribe: en el fin del mundo bien podría servir en futuras lecciones de cine de universidades, seminarios y cursos como ejemplo y parangón de la vacuidad cinematográfica en algunas grandes superproducciones. Hablo de la muestra definitiva del espectáculo sin límites desarrollado a costa de una total falta de inteligencia, guión sólido o cualquier indicio que convierta a la historia y sus personajes como el pilar maestro de la película. Eso es la tercera y gigantesca entrega de la serie. Gigantesca en presupuesto, en metraje, en recaudación, e inversamente proporcional en tamaño a la calidad cinematográfica que atesora.
Dicho esto, Piratas del Caribe: en el fin del mundo es una película estúpida, narrativamente mal desarrollada y lo que es peor, cargada de endebles interpretaciones que revelan una nula dirección de actores por parte de Verbinski: estúpida porque determinadas situaciones rozan el insulto a la inteligencia del espectador (los piratas volcando la Perla Negra o la batalla final en la que, pese a la abrumadora mayoría de la flota de la Compañía, ésta huye despavorida una vez el barco que la comanda es vencido); narrativamente mal desarrollada por la sencilla razón de que abre líneas argumentales paralelas para luego prescindir de alguna de ellas con asombrosa dejadez (el papel que finalmente desempeña la diosa Calipso); y mal interpretada porque, mientras los actores con más talento y experiencia sobreactúan hasta irritar (caso de Johnny Depp o Geoffrey Rush) o apenas aparecen en pantalla (Chow Yun-Fat), los más jóvenes muestran una dejadez y falta de recursos alarmante (Orlando Bloom y Keira Knightley, protagonizando una plana y estéril historia de amor).

Así, los únicos logros que merecen ser apreciados durante las cerca de tres horas de metraje son netamente técnicos, un asombroso espectáculo que esconde un mastodóntico trabajo de producción y un rodaje no menos enorme. Más allá del titánico esfuerzo que supone tamaño espectáculo reforzado con la no menos grandilocuente banda sonora de Hans Zimmer, en Piratas del Caribe: en el fin del mundo sólo queda un 1% del antaño entrañable género de piratas y un 99% del ego de Jerry Bruckheimer, paradigma del todopoderoso productor de Hollywood, dueño de su dinero y sus películas por encima de cualquier intención meramente artística.
Con esta saga supuestamente cerrada pero que será presumiblemente continuada, Bruckheimer y compañía han creado una de las franquicias más rentables (si no la que más) de la historia del cine, una fuente inagotable de ingresos que se digiere con palomitas y refresco. Nada importa que a estas alturas, a los guionistas Ted Elliot y Telly Rossio les haya sucedido lo mismo que a uno de los dobles de Jack Sparrow: se les cayó el cerebro.
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Pirates of the Caribbean: At world's end. Estados Unidos. 2007. 168'.
Director: Gore Verbinski.
Producción: Jerry Bruckheimer.
Guión: Ted Elliot y Terry Rossio; basado en los personajes creados por Ted Elliott, Terry Rossio, Stuart Beattie y Jay Wolpert.
Fotografía: Dariusz Wolski.
Montaje: Stephen E. Rivkin y Craig Wood.
Diseño de producción: Rick Heinrichs.
Vestuario: Penny Rose.
Música: Hans Zimmer.
Intérpretes: Johnny Depp (capitán Jack Sparrow), Orlando Bloom (Will Turner), Keira Knightley (Elizabeth Swann), Geoffrey Rush (capitán Barbossa), Bill Nighy (Davy Jones), Chow Yun Fat (capitán Sao Feng), Stellan Skarsgård (Bill Turner), Jack Davenport (James Norrington), Naomie Harris (Tia Dalma), Tom Hollander (lord Cutler Beckett), Jonathan Pryce (gobernador Weatherby Swann).
Puntuación: 3
Sigue pirateando por la red...
http://www.labutaca.net/films/49/piratasdelcaribe3.htm (sobre la peli)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article3367.html (crítica de la peli)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1863.html (sobre Johnny Depp)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article2697.html (sobre Geoffrey Rush)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1656.html (sobre Keira Knightley)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1634.html (sobre Orlando Bloom)
http://es.wikipedia.org/wiki/Chow_Yun-Fat (sobre Chow Yun-Fat)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article3145.html (sobre Gore Verbinski)
http://es.wikipedia.org/wiki/Jerry_Bruckheimer (sobre Jerry Bruckheimer)

jueves, agosto 24, 2006

Piratas del Caribe: el cofre del hombre muerto



Mantener un blog de cine durante el mes de agosto puede ser todo un reto. Sobre todo si te planteas respetar la actualidad cinematográfica y te das cuenta de que el mal cine no se va de vacaciones, sino que viene. Por lo tanto, dos soluciones válidas te puedes plantear: bien te tomas tus vacaciones, bien te refugias en los clásicos pendientes de tu estantería. Y eso hago, palabra. Pero hay veces que el riesgo asumido de ir al cine en meses estivales acaba con tal dosis de encabronamiento que te dices a tí mismo que tanta mala leche no debería pasar por alto en una crítica de tu blog. No hay mejor pretexto para el desahogo.

Jack Sparrow no se ha ido de vacaciones. El se las toma durante el año y vuelve cuando aprieta el calor para explotar su indiscutible filón. Sparrow forma ya parte de los grandes personajes del cine de aventuras, con cada uno de los gestos incorporados por Depp, ese amaneramiento y esos ropajes inspirados en Keith Richards, padre de Sparrow en la tercera por venir (y rodada al tiempo que esta para abaratar costes). Dice Depp que no le gusta verse en pantalla, pero a los espectadores les chifla y abarrotan las salas para disfrutar de él, pese a ser a costa de una inacabable y mediocre secuela. Depp sigue siendo tan genuino como en la primera parte, y sigue siendo lo mejor de la película, aunque pecando por momentos de una cierta exageración de sus gestos. Si a esto le sumamos la desaparición del otro peso pesado del reparto de La maldición de la perla negra, el magnífico Geoffrey Rush, entonces sólo nos queda reírnos de la insípida actuación de Orlando Bloom o admirar la belleza de Keria Knightley. Y ya. Todos ellos vuelven a la misma escabechina de batallas, peleas, explosiones y espectaculares efectos visuales que cuando buscaban la perla negra, sólo que esta vez multiplicado hasta rebentar y alargado hasta agotar.


Uno sabe que si acude a ver Piratas del Caribe no debe tomársela demasiado en serio. Es un acuerdo tácito para con la película: tú me lo haces pasar bien, yo relajo las neuronas y disfruto de tu inofensivo entretenimiento. Todo bien. Así, El cofre del hombre muerto cumple su parte del trato durante la primera hora de película. Ofrece una aventura tan amena como increíble, basándose en la peripecia y en algunos gags más o menos afortunados. Pero ahí se acaba la broma. Verbinski se lo toma en serio y cae en su error fatal. La búsqueda del cofre y la aventura de Sparrow y compañía es una nueva película en la que la fatalidad del destino y los tentáculos de un calamar gigante que se cepilla todo lo que pilla por banda se convierten en los tristes protagonistas. Para entonces, Sparrow pierde protagonismo, las historias de los protagonistas se dispersan de un modo casi innecesario y las apariciones del ejército de Davy Jones (de hombres-pez, o lo que sean) resultan repetititvas. Incluso siendo el Davy Jones un acierto como villano (original es) acaba absolutamente machacado por un doblaje al español que hace que cualquier rastro de imponencia y terror se vayan por la borda.


Al final, resulta que los incansables piratas se tornan cansinos y la intensidad dramática se pierde por completo. A medida que avanza el metraje uno va teniendo más y más ganas de que encuentren de una vez el susodicho cofre y que sea lo que tenga que ser. Apenas la orquestal y espectacular música de Hans Zimmer, a través de los estruendosos sistemas de sondido Dolby de la sala te saca del letargo o la desesperación de la que eres preso. Aquello no se acaba y te das cuenta de que lo que va a durar dos horas y media podían contártelo en 90 minutos. Un error aún más fatal cuando se trata de una película de aventuras: el género exige historias sencillas, directas y que se cuenten rápido y bien. Fórmula eficaz que Verbinski no aprovecha y acaba rematando con un desastroso y trágico final. Si bien no lo desvelaré aquí, es de advertir que Verbinski acaba de cargarse todas las reglas del cine de piratas y ni corto ni perezoso, deja al espectador con un amargísimo sabor que, más que infundir ganas de ver la tercera, le convence de alejarse de los piratas durante un tiempo.


Aún habrá, sin duda, quien vuelva a hablar de recuperación del género, de brillante entretenimiento, de esa saga que hace historia donde quiso decir dólares. Depp es la motivación principal y casi única. Un actor que dejó de ser promesa y que sigue brillando aun en la mediocridad que le rodea. Los responsables de esa mediocridad son otros, son los Verbinski, los Bruckheimer, aquellos que conocen perfectamente la industria y saben, como nadie, hacer el agosto...
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Pirates of the Caribbean: Dead man's chest. Estados Unidos. 2006. 150'.
Director: Gore Verbinski.
Guión: Ted Elliott y Terry Rossio; basado en los personajes creados por Ted Elliott, Terry Rossio, Stuart Beattle y Jay Wolpert.
Música: Hans Zimmer.
Montaje: Craig Wood y Stephen Rivkin.
Fotografía: Dariusz Wolski.
Diseño de producción: Rick Heinrichs.
Vestuario: Penny Rose.
Intérpretes: Johnny Depp (Capitán Jack Sparrow), Orlando Bloom (Will Turner), Keira Knightley (Elizabeth Swann), Stellan Skarsgard (Bill), Bill Nighy (Davy Jones), Jack Davenport (Norrington), Kevin R. McNally (Gibbs), Jonathan Pryce (Gobernador Weatherby Swann), Naomie Harris (Tia Dalma), Tom Hollander (Lord Cutler Beckett), Lee Arenberg (Pintel), Mackenzie Crook (Ragetti), David Bailie (Cotton).
Puntuación: 3,5
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http://www.piratasdelcaribe2.com.es/ (página web en España)