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lunes, agosto 02, 2010

La vida en tiempos de guerra


No se trata, sin embargo, de una repetición de aquella exposición tremebunda de miserias, míseros y miserables que les conminan a la soledad. La vida en tiempos de guerra sería, más bien, la constatación de que ninguno de ellos recibió un salvavidas a última hora, de que el monstruo sigue solo hasta la hora de su sacrificio y de que el que ya lo culminó, sigue sufriendo la vejación emocional bajo forma espectral: Andy (Paul Reubens) ahora reclama desde el más allá su posibilidad de felicidad, pero la negación reiterada de Joy provoca de nuevo la reacción furibunda del condenado; Allen ocupa el lugar de Andy, sigue sus aciagos pasos y reclama el suicidio de Joy como acto de justicia de amor. En esta Magnolia (Paul Thomas Anderson, 1999) sin redención ni clemencia, todo es post-traumático (el clonazepam, el pavor al contacto) y nada apunta a la esperanza en la gramática del autor. Todo llega después de la tormenta, después del 11-S y del huracán Katrina, de la pedofilia y del desengaño: en el momento de sentarse entre las ruinas y cuestionar el beneficio de la supervivencia.
Leer crítica completa en LaButaca.net

En las imagen: Fotograma de La vida en tiempos de guerra – Copyright © 2009 Werc Werk Works. Distribuida en España por Golem. Todos los derechos reservados.

viernes, marzo 14, 2008

Embriagado de amor



Dos películas tienen la culpa de que haya vuelto a creer en la comedia romántica en los últimos tiempos. Las dos son endiabladamente raras y las dos son endiabladamente preciosas. Las dos son pequeñas maravillas que se saltan todos las simplistas convenciones en las que ha acabado desembocando un género tan intoxicado como este. Las dos, curiosamente, están protagonizadas por actores que antaño servidor denostara convencido de su total incapacidad para la interpretación como son Jim Carrey y Adam Sandler. Bendito error. De Olvídate de mí (Eternal Sunshine of the Spotless Mind, Michael Gondry, 2004) ya hablé en este blog y lo hice, pese a alabarla, aún infravalorándola en el tamaño y significado que la película de Gondry iría tomando para mí en los últimos años. La otra película que me ha devuelto la fe es Embriagado de amor (Punch Drunk Love, Paul Thomas Anderson, 2002), película precedente en la filmografía de Anderson a Pozos de Ambición (There will be blood, Paul Thomas Anderson, 2007) y obra que merece el apelativo de exquisitez marciana.

Barry (Adam Sandler) es un hombre constantemente instalado en un frágil estado psicológico. Rehuye el contacto social más allá de su trabajo en una fábrica, se ve a sí mismo sobreprotegido por sus siete hermanas y su único objetivo vital es aprovecharse de un error de marketing por el que una marca de natillas regala millas de vuelo de más. Su hermético mundo se complica de sobremanera cuando una de sus hermanas pretende concertarle una cita con su amiga Lena (Emily Watson) y una llamada a una línea erótica le reporta más problemas de los esperados. Sin embargo, tras aceptar a regañadientes la cita con la amiga de su hermana, Barry encuentra en Lena un ser igualmente solitario y extrañamente comprensivo que parece ser la excepción que abre la puerta de sus sentimientos.

Paul Thomas Anderson sorprendió a propios y extraños con esta pequeña fábula surrealista que hizo las delicias de David Lynch en el Festival de Cannes de ese año (presidía el jurado que otorgó el premio a la Mejor Dirección a Anderson). Embriagado de Amor lleva el sello de un autor que adaptó su estilo a un género en el que nadie le esperaba tras su obra maestra Magnolia (1999), demostrando no sólo ser capaz de inscribir una obra notable en el mismo, sino de reinventarlo por completo. La comedia romántica nunca se había fijado (salvo la excepción antes mencionada de Olvídate de mí) en tipos como Barry: seres desamparados y al borde del colapso que tienen el mismo derecho a amar y ser amados. Aquí ese derecho les es concedido bajo las condiciones de una cámara que les define a través de planos que en su profundidad de campo los retratan vagando por larguísimos y recargados pasillos de supermercado o de enormes bloques de apartamentos de exasperante homogeneidad. Anderson lleva así al espectador a un extraño estado de empatía con su extraño protagonista, estado que es definitivamente ratificado e impulsado con la música de Jon Brion, desquiciante y exasperante hasta llevarnos al borde del colapso mental que Barry sufre cuando, en su fábrica, es atosigado por su hermana tratando de presentarle a Lena, sus empleados y las inoportunas y amenazantes llamadas de la chica de la línea erótica. La escena no sólo puede presumir de una brillante factura sino de un inusual poder de seducción empática para con el espectador.



Progresivamente, el personaje de Barry es transformado bajo la bondadosa influencia de Lena. Seguimos sin ser permitidos en el acceso a su pasado, las razones de tal estado próximo a la locura, pues en cuanto hacemos las preguntas (im)pertinentes a través de los labios de Lena, Barry se levanta, va al baño y lo destroza en una inesperada explosión de ira. Sin embargo, el amor profesado por Lena, moldea pacientemente una personalidad que gana en confianza y poder a medida se sabe enamorada, hasta alcanzar el punto cumbre en su reunión en Hawaii. La escena muestra las sombras de la pareja besándose entre un río de gente que va y viene ante el marco de una puerta que da a una soleada playa de la isla. El contraste entre las sombras y la luz en el fondo del plano a la vez que el contorneo de las dos figuras entre la gente compone, sin lugar a duda, una de las escenas más bellas jamás filmadas y un momento memorable en la filmografía de ese autor mayúsculo llamado Paul Thomas Anderson. Es una celebración sincera del amor entre dos seres solitarios en un universo lleno de gente pero escaso en sentimientos francos, y esa celebración gana su credibilidad no sólo gracias a la mano de su creador sino también a la calidad de sus dos intérpretes, sólidos y convincentes en esta manifestación de amor extravagante.

Cierto es que la historia desarrolla una subtrama un tanto ligera y prescindible, la de ese chulo, colchonero y dueño de la línea caliente interpretado por Phillip Seymour Hoffman. La mayor justificación de la misma es que supone la ratificación, el convencimiento del poder que Barry ha ganado al enamorarse, pero quizás sea este aspecto y el a veces harto insistente empeño de Anderson de enrarecer la atmósfera lo que separe Embriagado de amor de ser una película redonda. Y sin embargo, seguirá siendo igual de gratificante saber que una pequeña joya como esta es capaz de entender el amor en la pantalla mejor que las cien comedias casi iguales que antes que ella lo intentaron.
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Punch Drunk Love. Estados Unidos. 2002. 90'.
Director: Paul Thomas Anderson.
Guión: Paul Thomas Anderson.
Música: Jon Brion.
Fotografía: Robert Elswit.
Vestuario: Mark Bridges.
Dirección artística: Sue Chan.
Montaje: Leslie Jones y Dylan Tichenor.
Diseño de producción: William Arnold.
Producción: Paul Thomas Anderson, Daniel Lupi y Joanne Sellar.
Intérpretes: Adam Sandler (Barry Egan), Emily Watson (Lena Leonard), Philip Seymour Hoffman (Dean Trumbell), Luis Guzmán (Lance), Mary Lynn Rajskub (Elizabeth), Ashley Clark (Latisha), Julie Hermelin (Kathleen), James Smooth (Jim Smooth), Lisa Spector (Susan), David Stevens (david), Nathan Stevens (Nate).
Puntuación: 8,5
Embriágate de amor...
http://www.labutaca.net/films/12/punch-drunklove.htm (sobre la película)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/modules.php?name=News&file=article&sid=1040 (crítica de la película)
http://www.miradas.net/0204/criticas/2003/0303_punchdrunklove.html (crítica de la película)
http://es.wikipedia.org/wiki/Paul_Thomas_Anderson (sobre P.T. Anderson)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1395.html (sobre Emily Watson)

viernes, febrero 29, 2008

Pozos de ambición

"Hacer el intento de clavar un alfiler en las grietas de sus filmes será siempre tanto una utopía como una mofa, pues las fisuras en Paul Thomas Anderson no llegan a ser otra cosa que irrealidades en la mente de un crítico muy amigo del pesimismo."
Salvador Raggio, Miradas de Cine



O el ego reconvertido al magisterio. Ambición cinematográfica dando forma a una obra insultantemente poderosa desde los más sólidos cimientos que un amante del celuloide pudiera desear ¿Acaso no es pretencioso imaginar una épica instaurada en el clasicismo y dotarla de estilo y fuerza tan arrolladores que la definieran en sí misma como ese improbable clásico moderno? ¿Acaso la última película de Paul Thomas Anderson no está hecha de la misma pasta que aquellas obras maestras a las que tanto les debe? Cuesta poco, viendo Pozos de ambición, acordarse de la tremebunda Avaricia de Eric Von Stroheim (1924), recordar los campos manchados de petróleo de Gigante (Giant, George Stevens, 1956) o establecer un inevitable paralelismo entre Daniel Plainview y el mismísimo Charles Foster Kane. Pero a su vez, es innegable su identidad más que marcada, el sello de un personalísimo cineasta que se recrea en un cine que busca constantemente ese encuadre que nos sobrecoja, ese secuencia que admira lo extravagante y nos hace sentir fascinados por ello, ese plano que nos cautiva y traspasa nuestra retina para asentarse entre lo imborrable de nuestra memoria cinematográfica. Su filmografía está llena de momentos así que nos llevan hasta el cautiverio, lluvia de ranas en Magnolia (1999) o siluetas besándose entre la multitud en Embriagado de amor (Punch drunk love, 2002), imágenes respaldadas por un cine que adopta el tratamiento de los personajes de Robert Altman y la perfección estética de Stanley Kubrick.



Pozos de ambición
empieza con Daniel Plainview (Daniel Day-Lewis) obstinado en encontrar petróleo en una pequeña excavación. Son minutos de silencioso cine, un prólogo absolutamente intachable en el que se presenta a un personaje solitario y movido por la ambición, sometido aquí a una penosa pero necesaria empresa individual que supondrá la génesis de ese ser amoral por naturaleza, poderoso por vocación. Dicha génesis es la de una nación que empieza a descubrir el oro negro bajo su suelo, y también un recuerdo a la del cine mismo que posee una inusitada fuerza en cada una de las imágenes que se suceden. La mano manchada de Plainview quiebra los rayos del sol y Anderson no necesita una sola palabra para hacernos entender la naturaleza original del hombre que nos presenta antes de despojarlo de cualquier rastro de bondad o fe en la humanidad. Si queda algún resquicio de esto último, lo hallaremos en la escena que cierra ese prólogo, aquella en la que le vemos embelesado con su hijo entre brazos, pero también aquella en la que Plainview ha iniciado un viaje que supone el principio de la construcción de su imperio y la exponenciación de su inhumanidad. A partir de que oímos la voz de Daniel Day-Lewis (y hay que oírla en versión original para llegar a apreciar los infinitos matices de su actuación), Pozos de ambición cierra su prólogo y da paso a una monumental narración sobre el ascenso de su protagonista al poder y su posterior evolución hacia la locura.



Son dos horas y media de cine con mayúsculas en el que la cámara de Paul Thomas Anderson se mueve y reposa con maestría, ofreciendo un asombroso plano secuencia en el que la llegada de Daniel Plainview y su hijo a un pequeño poblado enfatiza la situación de una nación edificándose en torno a los pozos o contemplando un Daniel Day-Lewis que observa una inmensa llamarada de fuego saliendo de las entrañas de la tierra. Entre uno y otro hemos quedado convencidos de que el que maneja esa cámara se sabe capaz, y lo es, de hipnotizarnos y mientras tanto hacer crecer a sus personajes dotándoles de una riqueza que difícilmente encuentra parangón en el actual panorama del cine norteamericano. Daniel Plainview se agiganta de ambición y crueldad, se obstina en su aislamiento y proclama su odio al resto de la humanidad, "veo lo peor en la gente", confiesa y expresa su deseo de amasar la suficiente fortuna para vivir el resto de sus días aislado de ella. En ese entorno del que decide alejarse, tres figuras interfieren de modo distinto en el hermético universo de Plainview: su hijo H. W. (Dillon Freasier), del que se distancia a medida éste va creciendo y tomando conciencia del carácter brutal y egocéntrico de su padre; su supuesto hermano (Kevin J. O'Connor) que aparece de la nada para pedirle trabajo y convivir en un vano intento de pequeña familia; y Eli Sunday (Paul Dano), predicador local y oponente religioso de Plainview que se rodea del favor de la comunidad y dinamita el camino del magnate. Precisamente este último supone el principal contrapunto al personaje de Plainview, un personaje que incorpora algunas de las características propias del universo andersoniano, que aúna hipocresía y desmesura y los hiperboliza en misas que son excusas para esperpénticos exorcismos. Dano, hasta hace poco recordado por ser el más silencioso miembro de la familia Hoover en Pequeña Miss Sunshine (Little Miss Sunshine, Jonathan Dayton y Valerie Faris, 2006), deposita una fuerza arrolladora en su actuación, y lo hace hasta caminar por la cuerda floja, flirteando con la barrera del histrionismo y dejándonos con la eterna pregunta de si hay o no sobreactuación en su locura, en su rostro ido por una fe psicótica y sus gritos instalados en el delirio más absoluto. La respuesta más cierta es que, pese a su extravagancia, Sunday acaba siendo un personaje necesario no sólo para evitar un monólogo absoluto del personaje de Day-Lewis sino también para completarlo, acabarlo en una última escena extrañamente terrible en la que las almas desnudas de los dos contendientes estallan en un compendio de ira y exceso que tiene lugar en la bolera particular de Plainview. La escena que cierra Pozos de ambición descoloca y deja la sensación de debate entre el asombro y la extrañeza que otras tantas dejaron a su paso en la filmografía de Anderson. Lo fácil sería acusarla de excesiva y decir que al director se le fue la mano; lo justo, contemplarla repetidas veces y estudiar su extremo detallismo (los vasos que sirve Sunday y que van apareciendo a su izquierda en el plano) y enorme poder visual que atesora y que es rubricado con la mejor sentencia posible para acabar tamaño espectáculo: "I'm finished" (He acabado/Estoy acabado).



Daniel Day-Lewis se erige como la figura en torno a la que gira la obra de Anderson. Huelga a estas alturas decir que el irlandés está hoy un peldaño por encima del resto de su generación y generaciones tardías, lo que viene a significar que, en la actualidad, pocos intérpretes hay tan capaces de otorgar una dimensión semejante a sus personajes, grabados a fuego en la memoria con recitales en los que el actor trasciende la interpretación hacia la completa metamorfosis. No se entiende de otra manera una encarnación tan extremadamente compleja como es la de Daniel Plainview, construida desde el más mínimo ademán, erigida en cada gesto, cada mirada de ese señor que es capaz de infundir una galería de sentimientos que van desde el más puro terror (uno de los diálogos que sostiene con su hermano culmina con una carcajada que hiela la sangre a cualquiera) a la lástima (borracho y dormido en una de las calles de su bolera). Day-Lewis también roza peligrosamente el histrionismo con su memorable personaje, pero es necesario atender a cada matiz, cada segundo de su iracunda explosión final para darse cuenta de que el irlandés se sabe sobradamente capaz de burlarlo y burlarse de nosotros en nuestra sospecha. Es una portentosa interpretación, irrepetible a todas luces que pese a su apariencia de superponerse a la narración de Anderson la necesita tanto como necesita otros dos elementos imprescindibles de la misma: la mencionada cámara y la banda sonora compuesta por Johnny Greenwood, guitarrista de Radiohead. Si Jon Brion consiguió en Embriagado de amor introducirnos con su música en una mente al borde del colapso, en Pozos de ambición la música de Greenwood es capaz de entender y moldear las imágenes a través de sonidos de violines retorcidos y nerviosos instrumentos que se alejan de la partitura más clásica que a priori intuyéramos para una película de tales características. Es pieza básica para entender Pozos de ambición como una película de Paul Thomas Anderson, esto es, aún inscrita firmemente en un estilo propio e independiente pese a su envoltorio clasicista.

Desde el texto original Oil! escrito por Upton Sinclair, premio Pulitzer y productor de la incursión americana de Eisenstein (¡Que viva Mexico!, 1979), la obra que aquí se traslada a la pantalla ostenta un ineludible aura de grandeza , la extraña sensación de estar asistiendo a un regalo que devuelve la fe en el gran cine norteamericano que recientemente parece querer volver a tiempos de bonanza. Paul Thomas Anderson es la esperanza de ese cine, cabeza visible de un cine de autor que ha ofrecido al menos dos de las grandes obras de la última década llegadas desde el otro lado del charco (Magnolia y la que aquí nos ocupa) y promete, a sus 37 años, un futuro de cine mayúsculo.
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There will be blood. Estados Unidos. 2007. 158'.
Director: Paul Thomas Anderson.
Guión: Paul Thomas Anderson; adaptación libre de la novela "Petróleo" de Upton Sinclair.
Producción: Joanne Sellar, Paul Thomas Anderson y Daniel Lupi.
Montaje: Dylan Tichenor.
Música: Johnny Greenwood.
Vestuario: Mark Bridges.
Diseño de producción: Jack Fisk.
Fotografía: Robert Elswit.
Intérpretes: Daniel Day-Lewis (Daniel Plainview), Paul Dano (Paul Sunday/Eli Sunday), Kevin J. O'Connor (Henry), Ciarán Hinds (Fletcher), Dillon Freasier (H.W.), Randall Carver (Sr. Bankside), Coco Leigh (Sra. Bankside), Sydney McCallister (Mary Sunday), David Willis (Abel Sunday), Kellie Hill (Ruth Sunday).
Puntuación: 9,5
There will be links...
http://www.labutaca.net/films/59/pozosdeambicion.php (sobre la película)
http://www.miradas.net/2008/n71/actualidad/anderson/index.html (críticas de la película)
http://www.paramountvantage.com/blood (web oficial)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/modules.php?name=News&file=article&sid=1374 (sobre Daniel Day-Lewis)
http://en.wikipedia.org/wiki/Paul_Dano (sobre Paul Dano, en inglés)
http://www.sensesofcinema.com/contents/07/45/paul-thomas-anderson.html (sobre Paul Thomas Anderson, en inglés)
http://www.pasadizo.com/portada.jhtml?ext=1&cod=283 (sobre Paul Thomas Anderson)
http://www.elmundo.es/elmundo/2008/02/20/rockandblog/1203480167.html (sobre Johhnny Greenwood y su score para la película)

domingo, diciembre 09, 2007

Tu cara me suena (II): John C. Reilly



John C. Reilly (C de Cristopher) es uno de esos secundarios cuyo rostro suele permanecer en la memoria sin que lo haga también su nombre. La razón es que, como David Morse, Reilly tiene un currículum impresionante que le sitúan entre repartos de películas bien conocidas y junto a cineastas de la talla de Martin Scorsese o Paul Thomas Anderson. Este actor nacido en Chicago hace 42 años y 45 películas a sus espaldas debutó en 1989 a las órdenes del mismísimo Brian De Palma en Corazones de Hierro (Casualties of War, 1989), un drama bélico protagonizado por Michael J. Fox en el que ya se dejaban ver también Sean Penn, Ving Rhames o Woody Harrelson. En su primer trabajo, consiguió que Brian De Palma no sólo quedara contento con su trabajo, sino que le diera más minutos a su personaje de los previstos inicialmente. Ese mismo año repitió con Sean Penn aunque esta vez bajo las órdenes de Neil Jordan en Nunca fuimos ángeles (We're no angels, 1989), una comedia en la que Penn y De Niro eran dos convictos haciéndose pasar por curas. Otro papel secundario que se sumó al que desempeñó en Días del Trueno (Days of Thunder, 1990), una especie de continuación del taquillazo de Top Gun en la que Tony Scott cambiaba aviones por coches de carreras. Reilly seguía creciendo a la sombra de grandes actores (Robert Duvall) o estrellas emergentes para una nueva década (Tom Cruise y Nicole Kidman), y su figura como sólido secundario empezaba a ser un recurso requerido en la agenda de muchos directores y productores.

En los 90 John C. Reilly siguió forjando su reputación como eterno secundario. El sueco Lasse Hallström le dirigió en A quien ama Gilbert Grape? (What's Eating Gilbert Grape?, 1993), en la que compartía cartel con Johnny Depp y Leonardo DiCaprio. Fue justo antes de ser uno de los malos de Río Salvaje (The River Wild, 1994) a los que Meryl Streep y David Strathairn acababan venciendo. Dos años después se cruzó en su camino un prometedor joven que le quería como uno de los protagonistas de su debut tras la cámara. La película se llamaba Sydney (Hard Eight, 1996) y ese director era Paul Thomas Anderson, con quien empezaría una fructífera relación laboral. En Sydney, Reilly dejaba de ser un confinado a papeles secundarios y pasaba a ser John, un hombre que pierde todo su dinero y espera sentado fuera de un restaurante de paso en el desierto hasta que el Sydney del título (Philip Baker Hall) aparece para salvarle, llevarlo a Reno e iniciarle y tutelarle en el mundo del juego. Tras Sydney, la carrera de Anderson se refrendaba con la magnífica Boogie Nights, y de nuevo Reilly estaba allí, esta vez para interpretar al actor porno y co-protagonista con Dirk Diggler (Mark Wahlberg) de aquel intento de policiaco porno que Jack Horner (Burt Reynolds) rodaba en la película. Sin cesar de trabajar y unas cuantas películas y episodios para alguna serie después, Reilly recibió uno de los mayores premios de su carrera cuando en 1998, el maestro Terrence Malick le ofrecío un pequeño papel en su vuelta al cine tras veinte años: La delgada línea roja. Pese a que el papel del Sargento Storm era un papel de nuevo pequeño, muy pequeño, Reilly tuvo el honor de participar en un reparto lleno de caras conocidas que habían peleado por aparecer en aquella película (Adrien Brody, George Clooney, John Cusack, Woody Harrelson...) y ser parte de una de las cumbres del cine (anti)bélico.



Pero el gran papel de su carrera, aquel por el que servidor le recuerda, fue cuando de nuevo Paul Thomas Anderson le llamó para participar en una de las nueve historias que compondrían su obra maestra, Magnolia (1999), en la Reilly era aquel policía de gran corazón que se enamoraba de Claudia, una drogadicta desesperada. Una interpretación poderosamente conmovedora que no pasó desapercibida para Wolfang Petersen, que le llamó para ser uno de los marineros del Andrea Gail en su catastrofista y catastrófica La tormenta perfecta (The Perfect Storm, 2000). Lejos de hundirse en el fracaso de esta película, Reilly dio un vuelco a su carrera en 2002 cuando participó en tres películas cumbres en su filmografía y de enorme repercusión para público, crítica y Academia: en Gangs of New York era Happy Jack, el violento y corrupto policía de Five Points; En Las Horas era el marido perfecto de Laura (Julianne Moore); y su papel de Amos Hart en Chicago (de nuevo haciendo de marido bondadoso) le valió una justa y hasta la fecha única nominación al Oscar. Desde entonces el prestigio de Reilly se ha acrecentado y su currículum engrosado con papeles como el de asesor financiero de Howard Hughes en El aviador (The Aviator, 2004) o el Sr. Murray en el remake americano de Dark Water (2005). Pronto le veremos como protagonista absoluto de Walk Hard: The Dewey Cox Story, una parodia del género del biopic en la que interpreta a un músico ficticio, pero mientrastanto ya filma dos nuevas películas, tiene otra pendiente de estreno y espera el inicio de rodaje de otras dos. Proyectos que nos recordarán su cara una vez más y que auguran que pronto será su nombre el que empiece a sonar un poco más.
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http://laplumadelmccoy.blogspot.com/2007/09/conoces-john-reilly.html (artículo sobre John C. Reilly)
http://www.imdb.com/name/nm0000604/ (filmografía)
http://www.si.clarin.com.ar/diario/2003/02/28/c-00401.htm (entrevista a John C. Reilly)
http://en.wikipedia.org/wiki/John_C._Reilly (sobre John C. Reilly, en inglés)

sábado, abril 28, 2007

Boogie Nights



Antes de Magnolia, Paul Thomas Anderson ya había decidido tomar la senda del riesgo, la de la gran superproducción de larga duración y el cúmulo de secundarios genuinos y genialmente desarrollados. Fue en 1997 cuando Boogie Nights escandalizó a algunos y maravilló a unos cuantos más, fue cuando el nombre de su autor empezó a sonar como nuevo enfant terrible del cine independiente norteamericano, expectativa confirmada dos años después con su mencionada obra cumbre.

Boogie Nights es el retrato sórdido y al tiempo cariñoso de la industria pornográfica a caballo entre los 70 y 80. Dos personajes principales copan la atención de ese heterogéneo y complicadísimo retrato: por un lado, el rescatado Burt Reynolds desempeña su más mítico papel como el director de cine porno Jack Horner; por otro, un desconocido Mark Wahlberg hace de un talento adolescente que crecerá con la industria del porno y que le convertirá en la estrella Dirk Diggler o, en su defecto, Mr. 33 cm. La relación entre ambos personajes configura buena parte de Boogie Nights, relación de padre-hijo del todo incorrecta, del todo rupturista con cualquier convencionalismo o estereotipo familiar conservador (también entra en juego Amber [Julianne Moore], esposa de Horner y madre desolada que ansía el hijo cuya custodia perdió) , pero igualmente limitada y, a la postre, rota. La escena final en la fastuosa casa de Jack Horner no deja dudas en cuanto a los vínculos familiares que llegan a crearse entre los personajes de Boogie Nights. Muchos de esos personajes son irrefutablemente andersianos, secundarios de muy distinta condición que acabas conociendo a la fuerza porque los vuelves a ver en Magnolia y detrás de las mismas caras: Philip Seymour Hoffman como ese gay tierno pero destrozado por dentro desde que se enamora de Dirk; John C. Reilly, ese eterno y brillante secundario que aquí forma pareja artística con Dirk en una serie de películas que bien podrían ser una especie de Starsky y Hutch del porno; o William H. Macy, iluminador de las películas de Jack que ha de tragar con una esposa que folla con y delante de otros en las fiestas.



Además de por su espléndido reparto, Boogie Nights es una película notable por muchas otras cosas. Para empezar, el gusto de Anderson por mover la cámara a través de la gente en las fiestas, en las escenas corales, filmando una coreografía interpretativa brillante. En uno de esos planos secuencias de enorme complejidad, Anderson sorprende cuando finaliza el plano metiendo la cámara en la piscina justo antes contemplar un salto de Dirk desde el trampolín. Los (agradecidos) caprichos estéticos de los que se sirve Anderson (en otro momento de la película decide dividir la pantalla en cuatro), no obstante, no eclipsan nunca la increíble capacidad de este cineasta para contar historias y hacerlo siempre a partir de sus personajes. Desde el principio observamos su evolución, su paso por diferentes etapas que, por supuesto, lidiaran con el conflicto y la decadencia. En este sentido, no hay ninguna lección moral ni reprobatoria. Los personajes que forman parte de la industria no son castigados ni por su oficio ni su obscenidad, sino por su caída en el hoyo de la cocaína.

A través de un lustro, Boogie Nights da un repaso a la América obviada en el cine, la del "otro" cine, que encontró su cumbre por entonces y antes de que el formato del video llegara para cambiar por siempre su razón de ser. Ese viaje a través del submundo de la pornografía lo hacemos oyendo a imprescindibles de la época: The Beach Boys, E.L.O., Marvin Gaye o el mismo Mark Wahlberg riéndose de sí mismo como cantante en una desternillante escena ponen la música mientras Jack Horner y amigos follan como descosidos, se ponen hasta las cejas de drogas o se cargan a un tipo por accidente. El cierre de Boogie Nights es un broche de oro, una conclusión brillante en la que vemos a Wahlberg en un monólogo ante el espejo. Diggler se levanta y deja su cabeza fuera de plano, se desabrocha los pantalones y es Anderson, en un acto de provocación, el que muestra aquello que siempre sugirió y nunca enseñó. Es entonces cuando queda a la vista el enorme miembro y Dirk se despide recordándonos quién fue:

- "Soy una estrella. Una gran estrella. Soy una brillante y cegadora estrella... Eso es".
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Boogie Nights. Estados Unidos. 1997. 152'.
Director: Paul Thomas Anderson.
Guión: Paul Thomas Anderson.
Música: Michael Penn.
Fotografía: Robert Elswit.
Montaje: Dulan Tichenor.
Producción: Paul Thomas Anderson, Lloyd Levin, John S. Lyons y Joanne Sellar.
Intérpretes: Mark Wahlberg (Eddie Adams/Dirk Diggler), Burt Reynolds (Jack Horner), John C. Reilly (Reed Rothchild), Julianne Moore (Amber Waves/Maggie), Heather Graham (Brandy 'Rollergirl'), Don Cheadle (Buck Swope), Luis Guzmán (Maurice TT Rodríguez), Philip Seymour Hoffman (Scotty J.), William H. Macy (Little Bill).
Puntuación: 8
Boogie links...
http://www.imdb.com/title/tt0118749/ (sobre la peli)
http://tepasmas.com/curiosidades/boogien (curiosidades sobre la peli)
http://www.pasadizo.com/portada.jhtml?ext=1&cod=283 (sobre Paul Thomas Anderson)
http://www.imdb.com/name/nm0000608/ (sobre Burt Reynolds)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/modules.php?name=News&file=article&sid=1419 (sobre Heather Graham)
http://es.wikipedia.org/wiki/Mark_Wahlberg (sobre Mark Wahlberg)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1470.html (sobre Julianne Moore)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1987.html (sobre William H. Macy)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article2970.html (sobre Philip Seymour Hoffman)