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jueves, julio 16, 2009

Monstruos políticos

Pero dos monstruos diseñados desde perspectivas y contextos socio-políticos distintos, con diferentes razones para existir. Pero al fin y al cabo, eminentemente políticos. A estas alturas, no es ninguna sorpresa afirmar que Japón bajo el terror del monstruo (Ishiro Honda, 1954), primera incursión de Godzilla bajo el sello Toho, es una película política (vía kaiju eiga). No es extraño, tampoco, que Roger Ebert la denominara la Fahrenheit 9/11 de su tiempo (dentro de una crítica poco afortunada, pero esa es otra historia). Efectivamente, Godzilla es hijo de Hiroshima y Nagasaki, de la bomba H a la que tantas veces se alude en la cinta, una frustración nacional en forma de lagarto de 50 metros.



El debut del monstruo en pantalla respira la fatalidad del desastre nuclear, y por si fuera poco, Honda reviste a uno de sus personajes, el Dr. Serizawa, de un empecinado alegato antibélico y antinuclear que se prolonga hasta su sacrificio último. Serizawa se niega por activa y por pasiva a utilizar su destructor de oxígeno para frenar los ataques de Godzilla sobre la bahía de Tokio. Las razones del científico pasan por negar la posibilidad de que su invento sea el desencadenante de nuevos holocaustos. En su empeño encontrará su muerte, y tras ceder en última instancia a la utilización del destructor, Serizawa se asegura de llevarse su secreto a la tumba en una humanitaria heroicidad, una súplica desesperada que implora la no repetición de la barbarie de la guerra. Y lo hace muriendo junto al monstruo, proclamando su victoria al caer junto al icono de la derrota, hoy icono nacional nipón donde los haya.



De The Host (Gwoemul) (Bong Joon-ho, 2006) ya hemos hablado alguna vez. La monster movie de la década (sí, por delante de Cloverfield) tampoco puede negarse hija de su tiempo. Para empezar, Bong Joon-ho se merienda los lugares comunes del género y hace de su película una suma de comedia del patetismo, terrorífica película de monstruo (insoportablemente claustrofóbica cuando nos adentramos en su guarida) e insólito thriller político. En calidad de esto último, actualiza los miedos sociales a un escenario post 11-S y lleva la paranoia del control gubernamental hasta sus últimas consecuencias: los Park descubren, por accidente, que el virus nacido a rebufo de la aparición del monstruo es una mera invención, el terror biológico como excusa para perpetrar un control más férreo de la población e instaurar una suerte de estado militar. A ellos, por cierto, todo esto se la trae más bien al pairo siempre que no sea obstáculo para encontrar a Nam-Joo. Tal es la naturaleza de The Host.



Si alguien aún duda del magnífico comentarista socio-político que es el director coreano, Memories of murder (2003) le sacará de toda incertidumbre. Es, junto a Zodiac (no por casualidad ambas se atreven a proponer casos que no encontraron resolución), el policiaco más poderoso en años, un thriller rural que hace de la impotencia elemento indispensable, que expone la falta de medios de la investigación en un añadido y no una vergüenza a tapar, un nuevo motivo para el comentario y un signo evidente del peso del escenario (aquí la Corea del Sur de finales de los 80) en el cine de Bong Joon-ho. Y además, la patada-chiste como detalle común a Gwoemul.

lunes, mayo 26, 2008

Top 5: familias del cine

La familia es un tema recurrente en el cine en todos sus estados. Siempre han habido películas alegóricas de la misma (El mago de Oz [The wizard of Oz, Victor Fleming, 1939] o ¡Qué bello es vivir! [It's a wonderful life, Frank Capra, 1946] serían ejemplos de ello) y otras en las que se presenta en desintegración o irreversiblemente desintegrada (Heat [Michael Mann, 1995]). También ha sido frecuente el argumento de la familia estable alterada por un elemento ajeno a la misma (me viene a bote pronto, Río Salvaje [The River Wild, Curtis Hanson, 1994] en la vertiente de la intromisión del psicópata, o Poltergeist [Tobe Hooper, 1982] en su versión sobrenatural). La familia como elemento de subversión, de mofa, como elemento subordinado a una narración o como aquel que la promueve, como unidad homogénea o grupo heterogéneo de personalidades que pueden realzar o mandar al traste las virtudes de una película. Tal elemento tan inseparable de la realidad como del cine merece por tanto una cierta atención. He aquí un personal repaso y disección de algunas de las más emblemáticas, míticas o subversivas familias que ha dado el celuloide.

1. Los Corleone. El Padrino (The Godfather, Francis Ford Coppola, 1972): Poca duda hay de este es el apellido que más ha encumbrado el cine. La saga familiar más poderosa y magistral que haya dado el cine permanece imperecedera en nuestros días. Poco queda que no se haya dicho sobre el complejísimo y épico retrato de esta familia de la mafia italo-americana que ideara Mario Puzo en su día y que, a la postre, se ha erigido como una obra imprescindible de la cultura del siglo XX. La lista de sus integrantes es sobradamente conocida...

- Don Vito Corleone (Marlon Brando): el primer y más inolvidable padrino, cuya figura quedó inmortalmente moldeada por Brando y agigantada en la secuela de 1974 por un joven y talentoso Robert De Niro. Padre de tres hijos y una hija.
- Sonny Corleone (James Caan): el mayor de los hermanos. Fuerte pero iracundo e impulsivo, lo cuál le llevará a la fatalidad en la primera de las entregas (el conocido tiroteo en el peaje).
- Fredo Corleone (John Cazale): es el segundo y más débil de los hermanos, al que siempre le son dejados negocios de menor implicación o responsabilidad. La debilidad de este personaje quedará patente también en la primera parte, en la que, tras ser incapaz de defender a su padre durante el tiroteo en el que este casi es asesinado, se sienta en la acera junto al cuerpo herido de su progenitor y llora.
- Michael Corleone (Al Pacino): el heredero del trono familiar. Si bien al principio de la narración parece reacio a esa sucesión, el atentado sobre su padre invoca su venganza y la necesidad de tomar las riendas de la familia Corleone.
- Connie Corleone (Talia Shire): interpretada por la hermana de Coppola, es la menor y única hija de Don Vito. Casada con Carlo Rizzi (Gianni Russo), quien la maltrata y quien recibirá, en consecuencia, una de las más memorables palizas del cine de parte de Sonny Corleone.
- Tom Hagen (Robert Duvall): hijo adoptado de Don Vito, apodado 'Il Consigliere'. Su acción más famosa fue tratar de convencer a un productor de Hollywood de que le diera un papel en su película a Johnny Fontane (Al Martino), ahijado de Don Vito, a cambio de un favor. La negativa del productor será respondida con la celebérrima escena en la que éste se encuentra la cabeza de su caballo predilecto entre las sábanas. Esta subtrama creada por Puzo no es tan ficticia como pudiera parecer. Se rumorea que, a principios de los 50, un famoso crooner se hallaba en horas bajas y recurrió a sus contactos de la mafia para conseguir un papel en De aquí a la eternidad (From here to eternity, Fred Zinnemann, 1953). Su apellido era Sinatra, y el papel le valió el único Oscar de su carrera.
- Kay Adams (Diane Keaton): adopta el apellido Corleone al casarse con Michael. Con él, tendrá dos hijos, Anthony y Mary. En la segunda parte de la trilogía, aterrada ante las acciones de su marido como jefe de la familia, abortará su tercer hijo, lo cuál precipitará el divorcio de la pareja.
- Vincent Mancini (Andy García): Hijo ilegítimo de Sonny, será él último padrino de la saga, ya en la última entrega. Mantiene en secreto un romance con la hija de Michael, Mary (Sofia Coppola).



2. Los Hoover. Pequeña Miss Sunshine (Little Miss Sunshine, Jonathan Dayton y Valerie Faris, 2006): esta comedia independiente reciente ofreció una las familias más excepcionales que se recuerdan. Lo es porque cada componente de esta peculiar familia es dotado de unas señas de identidad que le hes hacen difícilmente olvidables a la memoria del espectador. Lo es porque su aventura representa un viaje hacia la reconstrucción de sus lazos y una odisea particular en la que cada uno experimentará un decisivo viraje en su rumbo vital. Ellos son...

- Olive Hoover (Abigail Breslin): la Pequeña Miss Sunshine a la que hace referencia el título, el cuál no podría definir mejor la personalidad de una niña que representa la pureza de la inocencia infantil. Atesora una autenticidad única y genuina que acaba haciendo de ella el elemento cohesivo de la familia en el festivo final de la película.
- Richard Hoover (Greg Kinearr): un padre de familia obsesionado con alcanzar el éxito, paradójicamente, a través de un libro sobre cómo conseguirlo. Sus constantes directrices en torno al mismo, su empeño en impartir a su hija la competitividad, el espíritu de ganadora, no hace sino reafirmar su más que patente fracaso como cabeza de familia.
- Sheryl Hoover (Toni Collete): la madre paciente y al tiempo desesperada. El personaje mediador, elemento equilibrador entre las irreconciliables personalidades de los miembros de su familia.
- Frank Ginsgberg (Steve Carell): un irrepetible Carell dando vida al "segundo experto sobre Proust en Estados Unidos". Una especie de genio homosexual cuya pareja se largó con el "primer experto sobre Proust en Estados Unidos", tras lo cuál intentó suicidarse. El viaje, que inicialmente no significa nada para él, acaba resultando un reencuentro consigo mismo y un reverso viaje de la muerte a la vida.
- Dwayne Hoover (Paul Dano): el hijo varón de los Hoover se niega a hablar hasta lograr su objetivo, que no es otro que el de ser piloto militar. Dwayne limita su escasa comunicación a una libreta de notas que supone uno de los iconos más hilarantes y reconocibles de la película (el otro sería la emblemática furgoneta amarilla y blanca). Un personaje que representa como pocos la incomunicación familiar y la frustración adolescente.
- Edwin Hoover (Alan Arkin): abuelo drogadicto, vividor y gamberro. Una figura más que improbable, pero endiabladamente divertida que le valió un merecido Oscar al veterano Alan Arkin.



3. Los Tenenbaums. Los Tenenbaums. Una familia de genios (The Royal Tenenbaums, Wes Anderson, 2001): no hay nada más original y genuino que posar la mirada sobre una familia de genios precoces y constatar como ese genio innato ha desembocado en una frustrante existencia y un desmembramiento de la unidad familiar. Wes Anderson hizo de esta extravagante familia su mayor logro cinematográfico hasta la fecha. La familia está compuesta por...

- Royal Tenenbaum (Gene Hackman): un enorme Hackman dando vida a un sinvergüenza, anómalo cabeza de familia que tras más de 15 años de separación vuelve para intentar la reunificación familiar bajo la excusa de un cáncer de estómago que le depara sólo seis semanas de vida más.
- Etheline Tenenbaum (Angelica Huston): madre sofisticada, de fuerte cáracter y resignada en cuanto a lo que en su familia ha derivado.
- Chas Tenenbaum (Ben Stiller): genio prematuro en las finanzas internacionales, odia a su padre por haberle robado hasta en dos ocasiones los bonos que había generado de su cosecha propia cuando sólo tenía catorce años. Tras la muerte de su esposa, se convirtió en un padre sobre protector de sus dos hijos, que siempre visten el mismo chándal rojo y de rayas blancas que él.
- Margot Tenenbaum (Gwyneth Paltrow): escritora desde su niñez. Una vez se escapó de casa y volvió a las dos semanas con medio dedo de menos. Se ha convertido en una apática crítica literaria que ignora a su marido (Bill Murray) y que escribió una crítica negativa a propósito del último libro de Eli Cash (Owen Wilson), a pesar de que este es su amante.
- Richie Tenenbaum (Luke Wilson): prodigio del tenis enamorado secretamente de su hermana Margot. Tuvo un ataque de nervios delante de su afición, tras lo cuál dejó el tenis y se dedicó a vagar por el océano durante meses para tratar de olvidar su amor platónico.
- Eli Cash (Owen Wilson): amigo de la familia drogadicto, amante de Margot y mejor amigo de Richie.
- Henry Sherman (Danny Glover): contable de la familia, enamorado de Ethel Tenenbaum y por tanto, rival de Royal cuando este vuelve para recuperar su familia.



4. Los Park. The Host (Gwoemul, Bong Joon-ho, 2006): la mejor película con monstruo en lo que va de década lo es tanto por su pericia para combinar géneros y diluir las fronteras entre los mismos como por la atípica familia que la protagoniza. Una familia de héroes anónimos, eminentemente patéticos a los que no les concierne las razones u orígenes de la bestia que aterroriza Seúl, sino recuperar su más preciado tesoro que no es otro que la única niña de la familia, a la que el susodicho monstruo se ha llevado hasta su guarida secreta. Este es el perfil de la familia...
- Park Hyun-seo (Ko Ah-sung): la niña raptada por el monstruo. Astuta e inteligente, su instinto de supervivencia se verá puesto a prueba cuando se halle encerrada en la despensa de la bestia.
- Park Gang-du (Song Kang-ho): el padre de Hyun-seo es un completo inútil, estúpido y narcoléptico que sería el último tipo del que esperarías una heroicidad tal como enfrentarse a esa especie de anfibio gigante.
- Park Nam-joo (Bae Du-na): hermana de Gang-du. Una tiradora de arco profesional. Tras su fracaso en la última competición en la que participó, debe enfrentarse a la pérdida de Hyun-seo y dar caza al monstruo. Una oportunidad idónea para poner de nuevo a prueba su puntería.
- Park Nam-il (Park Hae-il): el tercero de los hermanos. Ex activista y alcohólico, se presume como el más inteligente, a pesar de no resultar a la postre un fracasado menor que su propio hermano.
-Park Hie-Bong (Byeon Hie-bong): patriarca de la familia. Padre de los tres hermanos, protector para con Gang-du y orgulloso de sus otros dos hijos. Como organizador de la búsqueda de Hyun-seo acaba resultando un líder no menos incapaz de lo que lo sería su hijo Gang-du, pero acaba revelándose, de nuevo, como el improbable héroe que solo cabría esperar en cineastas como Bong Joon-ho (véase también la sobresaliente Memories of murder [2003]).



5. La familia caníbal de Las colinas tienen ojos (The hills have eyes, Wes Craven, 1977): ¿Puede existir una subversión mayor del concepto de familia? Los mutantes caníbales de Las colinas tienen ojos son la antítesis pesadillesca de la familia modelo americana, representada aquí en los Carter, inminentes víctimas de las atrocidades de aquellos que se esconden tras las colinas. Son también, el resultado de esa sociedad que les repudia, en su condición mutante resultante de la radiación de unas pruebas nucleares efectuadas en la zona. Júpiter (James Withworth) es el patriarca de ese terrorífico clan, un personaje de una maldad innata que tras renegar y destrozar cualquier vínculo con la "civilización", formará esa atroz familia con nombres de planetas entre los que destaca Michael Berryman como Plutón, cuyo físico intimidante y perturbador le valió la asiduidad a numerosas producciones de terror de serie B. El título de aspirante a familia más terrorífica del cine sólo podría ser amenazado por la de Leatherface en La matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974), otra ilustre del género.

lunes, febrero 25, 2008

Cloverfield (Monstruoso)



Bajo la bendición del nuevo gurú de la televisión J. J. Abrams, sinónimo de Lost y sinónimo de misterio exponencialmente comercial, Cloverfield se presenta como una refrescante renovación de las coordenadas del género de la monster movie. Esto es innegable cuando echamos la vista atrás y establecemos comparaciones con sus compañeras de género de las que difiere muy notablemente, desde el protagonismo otorgado a su bestia al tratamiento que sus personajes vayan a recibir.

Pero empecemos por el principio y digamos que Cloverfield ha presentado una de las campañas de marketing más brillantes del cine reciente. Dicha campaña se articuló favoreciendo la ansiedad de curiosos y ajenos en torno a la figura del monstruo: ¿cómo era? ¿a qué motivaciones respondía? ¿se trataba de una bestia de implicaciones post-nucleares y anti-occidentales como Godzilla? ¿o algo más romántico en plan King Kong? La estrategia a seguir era la de guardar casi todas las respuestas y ofrecer un jugoso cebo: la estupenda escena en la que vemos rodar la cabeza de la Estatua de la Libertad por las calles de Manhattan. Ese inteligente punto de partida le basta a Matt Reeves para cumplir de largo las expectativas comerciales y presentar lo que realmente se esconde tras el envoltorio. Como muy acertadamente comentaba J. P. Bango en la blogosfera, no es una película de monstruos en el sentido estricto, sino más bien de pérdida y la búsqueda, o de supervivencia y amor. Dos conceptos clave convergen para darle sentido a esta afirmación: en primer lugar, la relegación del monstruo a un foco secundario, aún fuente de las catástrofes que definen su género propio, pero sólo contemplado en el modo en que estas repercuten sobre particulares dramas humanos (verdaderos protagonistas de la película); en segundo lugar, la cámara subjetiva como herramienta principal para desmarcarse de las convenciones del género.



Hace poco veíamos cómo la utilización del recurso de la cámara subjetiva daba excelentes resultados en una película de peculiarísimas características como es [Rec] (Jaume Balageró y Paco Plaza, 2007). Allí el punto de vista subjetivo se adhería perfectamente a la creciente atmósfera claustrofóbica y tensión insostenible, haciéndonos privilegiados testigos de un caos de herméticas condiciones y salidas vetadas. En Cloverfield la cámara vuelve a ser esa herramienta que, en este caso, media entre la odisea particular de un grupo de amigos y la catástrofe que el monstruo de marras genera en la Gran Manzana. Tras una estiradísima introducción que nos presenta muy por encima a los asistentes de una fiesta de entre los que saldrán los cuatro seleccionados que conformen la trama, pasamos a la irrupción de la bestia en las aceras neoyorquinas con la mencionada y celebrada decapitación de la Estatua de la Libertad. Desde ese momento, la cámara y por ende nosotros espectadores, somos introducidos en el caos y la anarquía como statu quo. Esa cámara se revela como testigo nervioso que corre entre la confusión, se esconde ante una enorme avalancha de polvo y escombros o filma asustada la repentina aparición ante su lente de un ejército abriendo fuego contra el monstruo. En su carácter testimonial, su objetivo se convierte en valioso canalizador de ansiedades y miedos en directo pero, paradójicamente, también interfiere cuando corre y se adentra en la confusión, en mostrarnos aquello de lo que estamos huyendo.



Cloverfield es una estimable propuesta, renovadora e interesante que, sin embargo, se queda a mitad de camino en sus propósitos. La cámara subjetiva demuestra agotarse y agotar al espectador en su empresa personal, que aquí se refiere a héroes anónimos y perfectamente vulnerables tratando de salvar las personas a las que aman. Y a pesar del pretendido realismo que adopta la narración a través de dicha cámara, es inevitable pensar que el drama particular que ese pequeño grupo de personajes viven chirría en unas interpretaciones que se quedan en la suficiencia pero nunca implican al espectador. En el otro extremo, esa misma cámara es la que relega las apariciones del monstruo a contadas escenas y, por tanto, establece la paradoja de una monster movie en la que el monstruo apenas sí gana entidad alguna. Esta es la principal contradicción de Cloverfield, la que la deja en un apreciable intento de redefinir las convenciones de su género que no acaba de funcionar. Quizás la redefinición no era el camino a seguir, sino la subversión que tan bien se le dio a Bong Joon-ho en The Host (2006), película que con el tiempo parece estar ganándose el título de película con monstruo de la década.

Quienes busquen en Cloverfield lo inédito, a ciencia cierta lo encontrarán. Sin ocultar su vocación netamente comercial, la propuesta presentada por Reeves bajo la tutela de Abrams es sin duda original y valiosa en sus planteamientos, aunque no todo lo efectiva que se esperara de ella en sus resultados. Cloverfield funciona como entretenimiento pasajero a la vez que queda lejos de la película en la que nos regodeamos viendo al monstruo de turno arrasar con todo aquello que se le pone por delante. Y quizás, aunque vano, sea eso lo que acabemos echando de menos en ella.
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Cloverfield. Estados Unidos. 2008. 85'.
Director: Matt Reeves.
Guión: Drew Goddard.
Producción: J. J. Abrams y Bryan Burk.
Fotografía: Michael Bonvillain.
Montaje: Kevin Stitt.
Diseño de producción: Martin Whist.
Vestuario: Ellen Mirojnick.
Intérpretes: Lizzy Caplan (Marlena), Jessica Lucas (Lily), T.J. Miller (Hud), Michael Stahl-David (Rob), Mike Vogel (Jason), Odette Yustman (Beth).
Puntuación: 6
Cloverfield en la red...
http://www.labutaca.net/films/59/monstruoso.php (sobre la película)
http://www.cloverfieldmovie.com/ (web oficial)
http://www.cloverfieldmovie.com/intl/es/ (web oficial España)
http://blogs.elpais.com/nachovigalondo/2008/02/a-propsito-de-c.html (A propósito de Cloverfield, por Nacho Vigalondo)
http://es.wikipedia.org/wiki/J._J._Abrams (sobre J. J. Abrams)

jueves, marzo 22, 2007

Las caras del terror

No hay en el cine género que más haya necesitado reinventarse para sobrevivir que el fantástico en general, y el de terror en particular. Esto es tan cierto como que al establecimiento y consolidación de los distintos subgéneros les siguió su decadencia, posterior revisión tardía (en algunos casos) y nueva decadencia posterior. Si no, ahí están los clásicos de la Universal, que hicieron de Drácula y el Doctor Frankenstein formas de arte y acabaron muriendo para ser recuperados décadas más tarde por la Hammer británica. Lo propio sucedió con los vientos nórdicos de brujería que soplaron en los inicios del cine, el terror gótico italiano de los 60 y 70 o el nuevo terror asiático que en la segunda mitad de nuestra década se encuentra ya agotado. La cantidad de corrientes generadas por el cine de terror se corresponde en una buena parte a lo legendario y supersticioso, parte a los mitos que sobrevivieron al paso del tiempo y parte indispensable a los miedos inherentes a la naturaleza del hombre. Son formas diferentes que puede adoptar el terror, diferentes caras para hacer crecer la inquietud, el desquicio o el repelús. En dos palabras: dar miedo.
Sin embargo, la repetición de los miedos mencionados y sus variantes hasta la extenuación han hecho del cine de terror un género inevitablemente cargado de tópicos, con la consiguiente dificultad para esquivarlos. Es tras esa extenuación que revisar modelos a seguir del género puede ser la mejor receta para saber por donde empezar. Eso o volver a los puntos de inspiración de algunas de esas corrientes. La tercera vía pasa por esperar la sorpresa en un tiempo en el que casi todo está inventado, algo tan poco probable a estas alturas que, cuando sucede, resulta más grato que nunca. He aquí tres ejemplos de las caras que puede adoptar el terror:

Suspiria (1977) de Dario Argento pertenece al primer grupo. Se trata de un indiscutible modelo a seguir que ya merece la categorización de clásico. Argento tuvo como maestro en Mario Bava y prosiguió la corriente gótica italiana con una historia de brujas en una telúrica escuela de ballet alemana. Suspiria actualiza el mito de la brujería a un escenario tan tenebroso como el mismo medievo y lo adapta con una textura de tonos chillones, rojos perturbadores que colman cada escena y componen un estilo escandalosamente visual y una de las fotografías (a cargo de Luciano Tovoli) más llamativas que se recuerden. La perturbación se completa con la comunión de la escandalosa imagen con la atípica banda sonora que el mismo Dario Argento compuso con la banda de progressive rock Goblin, una suma de experimentales sonidos electrónicos, indefinibles instrumentos y voces de ultratumba. Solo esos dos ingredientes ya convierten a Suspiria en una delicia estética que, además, esconde tras el envoltorio una soberbia historia de asesinatos, magia negra y espíritus malignos. En un primer momento engaña con una escena truculenta, un asesinato más propio de los serial, sumamente desagradable e impactante en una escenario enrarecido hasta el extremo, casi expresionista. Entonces Suspiria cambia de registro y se mete de lleno en una atmósfera hostil, dictatorial en la que un miedo oculto se esconde para ir creciendo alrededor de la inocente Suzy (Jessica Harper). El desquicio imperante se delata en la extraña aparición de una plaga de gusanos, el ataque del perro-guía del pianista ciego de la escuela al sobrino de una de las regidoras y, pronto, las inevitables desapariciones y asesinatos de algunas de las alumnas que sabían demasiado. Susurros, pasillos lúgrubes, habitáculos desconocidos, trampas mortales... Suspiria se disfruta tanto como se sufre con su ambientación extrema y desquiciante que va in crescendo hasta culminar en un final extravagante y casi referencial a la serie B. Pero esto, claro, no le impide ser candidata a la mejor película de terror parida en Italia y un clásico no del todo consolidado en el género. Puntuación: 9



Ringu (1998) de Hideo Nakata no necesita presentación. Es la responsable directa de la propagación del cine de terror asiático que durante cerca de una década ha dado suculentos beneficios no sólo a las cinematografías de extremo oriente, sino también a las productoras norteamericanas que no tardaron en explotar el filón hasta el agotamiento mediante secuelas, precuelas, remakes y fantochadas de diversa calaña. La lista es larga y dejó de tener sentido para aburrir al público en algún momento, pero antes de todo eso, Hideo Nakata realizó una loable adaptación de la ya archiconocida historia de Sadako, el espíritu maligno de una niña asesinada que propagaba su maldición a través de una cinta de video. Cuando en 1991 Koji Suzuki escribió The Ring ni podía imaginar la repercusión que alcanzaría su segunda novela para convertirse en serial radiofónico, videojuegos, manga, película y acabar dando con ella el pistoletazo de salida a toda una oleada de terror nipón en el cine secundada por sus vecinos. Ringu presenta los primeros trazos de esa oleada y hace de ellos su premisa básica. Por ejemplo, huye del terror a golpe de sustos y violento subidón de volumen que formaba parte del repertorio de efectismos baratos del que Gore Verbinski dio buena cuenta en el remake norteamericano. Nakata teje la trama en una atmósfera deprimente y gris, casi siempre acompañada de lluvia, y deja que sea la propia historia la que asuste, sin necesidad de reventar tímpanos. No deja de ser una investigación de lo paranormal que es, en paralelo, un viaje al origen del horror, camino en el que la angustia de los personajes es inversamente proporcional a los días que les queda hasta la fecha de su muerte. Contagiar esa angustia fuera de la pantalla es su principal mérito; conseguir una aparición tan espeluznante del fantasma de Sadako arrastrándose fuera del televisor, su mérito más terrorífico. Puntuación: 7



Casi diez años y unas cuantas bazofias después, es inevitable desconfiar de la última exportación del género venida desde el lejano oriente o su correspondiente homóloga yanqui. Por eso The Host (2006) de Bong Joon-ho resulta una muy grata sorpresa a todas luces, partiendo de dejar atrás las historias de fantasmas con mala leche para volver al cine de monstruos. Y lo hace para bien, rehusando escenas sanguinolentas y de destrucción masiva en favor de un monstruo cuya motivación es la de cazar personas con las que alimentarse en su guarida de las cloacas. Los héroes son estúpidos, torpes y no se mueven por una conciencia de seguridad colectiva sino por salvar a un ser querido de las garras del monstruo. Ni siquiera está presente el estereotipado villano, sea el mismo monstruo o el antagonista cojonero que se interpone a toda costa en los objetivos del héroe. Si cabe apuntar hacia algún eje del mal son los mismos gobernantes, los que ponen en alerta biológica a la población y ejercen la política del miedo a través de las armas químicas. The Host tiene esos tintes sociales como los tiene de un cierto humor que va desde el gag hasta el humor negro, a pesar de que los desiguales resultados en este último campo den con alguna escena rayana en el ridículo (la familia llorando la desaparición de la niña). Tan original como el mismo monstruo que le da título (una creación digital brillante y de movimientos elegantísimos), la película de Joon-ho es una nueva esperanza para la recuperación del género. De una belleza visual por momentos impresionante, la escena que más elogios debería merecer es la correspondiente al primer ataque del monstruo: nada que envidiar a los mejores momentos de intocables como Alien. Puntuación: 7



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http://es.wikipedia.org/wiki/Dario_Argento (sobre Dario Argento)
http://en.wikipedia.org/wiki/Suspiria (sobre Suspiria, en inglés)
http://www.aullidos.com/leerarticulo.asp?id_articulo=36&id_Pagina=1 (sobre el terror asiático)
http://es.wikipedia.org/wiki/Ringu (sobre Ringu)
http://www.labutaca.net/films/43/thehost.htm (sobre The Host)
http://www.hostmovie.com/ (página web oficial de The Host)