viernes, febrero 15, 2008

Across the Universe



No insistiré más en el hecho de que el musical sigue reinventándose en este comienzo de siglo. Hoy le toca el turno a la atemporal música de los Beatles, trasladada a un ejemplo del género que, por vez primera, opta por hilvanar una historia a través de los números musicales que son el hilo conductor de la historia, y no los pasajes que se derivan del transcurso de la misma.

Esto, como era previsible, acaba hablando en contra de la eficacia en que finalmente resulta la película de Julie Taymor, directora de corto currículum que se embarca en una atrevida, incluso temeraria propuesta, con tan sólo dos películas a sus espaldas (Titus y Frida). Antes de entrar a fondo en los resultados, cabe aplaudir a Taymor en su intención de rendir un sentido homenaje a la música de un grupo al que cada cuál pondremos nuestro adjetivo favorito y cada cuál disfrutaremos de sobremanera en el repaso de canciones que sobrepasan el tiempo y la distancia, melodías que resuenan como himnos en nuestra cabeza o que nos emocionan con sus engañosamente sencillas letras. Eso son los Beatles y Across the Universe, la manera de entender su universalidad a través de un mundo que se mueve con sus canciones. Constatado el punto de admiración del que parto y que no pocos que lean esto compartirán, resumiré mi impresión diciendo que la película de Taymor es un musical de brillante, deslumbrante factura visual capaz de inducir al asombro en no pocos de su largo repertorio de números, pero inevitablemente fallido desde cualquier punto de vista argumental, contextual o en el trato de sus personajes.



La idea era contar la historia de un grupo de amigos de distintas procedencias y metas, sumergidos en un despertar sensorial y vital avenido con luna revolución de libertad y rebeldía en los albores de la guerra de Vietnam. La temática, irremisiblemente conectada con el musical Hair! (1979) de Milos Forman, especialmente en lo referente a su esencia pacifista, aquí se halla subordinada a la partitura y al derroche visual que Taymor orquesta en pantalla en detrimento de la profundidad que le otorga a su historia. La historia de ese grupo de amigos experimentando libertad por cada poro se hace llevadera, pero no engancha ni implica al espectador en su viaje. En lugar de esto, uno se encuentra esperando a ser deslumbrando por la indudable capacidad de Taymor, prestigiosa escenógrafa, de proponer números imposibles de arrolladora fuerza visual. Algunos consiguen, incluso, trascender en su condición política y es ahí donde el imaginario visual que acompaña a Strawberry Fields Forever se desvela como inmensamente creativo y poderoso en su denuncia social. Otras canciones no necesitan ese trasfondo para impresionar con impresionantes coreografías y escenificaciones lideradas por las carismáticas actuaciones de músicos que reverdecen sus laureles (un genuino Joe Cocker cantando aquello de Come Together) u olvidan sus recientes rendiciones a lo comercial para ser lo que un día fueron (sincera, crepuscular voz de Bono en la magnífica versión de I am the Walrus). Y es que Across the Universe se constituye no sólo desde nuestra admiración y la admiración de Taymor, sino también la de esos músicos que entienden y reconocen abiertamente todo lo que su música debe a aquellos cuatro de Liverpool.

A pesar de la estimable propuesta de musical-homenaje que Taymor ha hilado en Across the Universe, lo que queda para la memoria es la sensación de un buen puñado de pequeños grandes homenajes en los que a uno le apetece repetir una y otra vez, pero no a costa de una narración que adolece de un guión limitado, que plantea poco que decir y ofrece idéntico resultado. El prolongamiento y la recurrencia de ciertas situaciones a lo largo de la película desvela en algunos momentos incluso una innecesaria necesidad de estirar el metraje en favor de incluir todos los grandes temas que una antología de los Beatles en imágenes merecería. De hecho, el estreno de Across the Universe viene precedido de los problemas entre Taymor y los productores en la duración del montaje final, problemas que retrasaron su estreno más de un año y que se han saldado con un considerable metraje de dos horas y cuarto. Un tiempo que, pese a resultar excesivo a ojos de una historia escasa, un guión pobre en recursos y unos personajes que pasean por la pantalla sin pena ni gloria, es tremendamente valioso en el disfrute del larguísimo repertorio de canciones de los Beatles. Al fin y al cabo, si Across the Universe no ha acabado siendo ese ejemplar homenaje musical que podría haber sido, no cabe duda de que al menos será un hermoso recopilatorio en el que renovar la adoración que algunos sentimos por ellos.
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Across the Universe. Estados Unidos. 2007. 131'.
Director: Julie Taymor.
Guión: Dick Clement e Ian La Frenais; basado en un argumento de Julie Taymor, Dick Clement e Ian La Frenais.
Fotografía: Bruno Delbonnel.
Montaje: Françoise Bonnot.
Diseño de producción: Mark Friedberg.
Vestuario: Albert Wolsky.
Música: Elliot Goldenthal.
Intérpretes: Evan Rachel Wood (Lucy), Jim Sturgess (Jude), Joe Anderson (Max), Dana Fuchs (Sadie), Martin Luther McCoy (Jo-Jo), T.V. Carpio (Prudence), Bono (Dr. Robert), Eddie Izzard (Mr. Kite).
Puntuación: 6
Across the net...
http://www.labutaca.net/films/58/acrosstheuniverse.php (sobre la película)
http://www.sonypicturesreleasing.es/sites/acrosstheuniverse/ (página web España)
http://www.acrosstheuniverse.com/ (página web Estados Unidos)
http://en.wikipedia.org/wiki/Julie_Taymor (sobre Julie Taymor, en inglés)
http://www.univision.com/content/content.jhtml?cid=1294499 (artículo de prensa sobre Taymor)

jueves, febrero 07, 2008

Momentos de cine (XII): Hasta que llegó su hora

Hasta que llegó su hora (C'era una volta il West, 1968) es, como muchos grandes western, una de esas historias de hombres primitivos tratando de sobrevivir en una sociedad en construcción, un viejo mundo que da paso a las maravillas de la modernidad mientras ellos arrebatan o perdonan la vida en su solitaria búsqueda de quiméricas fortunas. Son hombres parcos en palabras, amantes del silencio y confinados a una perpétua soledad en la que se obstinan en sobrevivir aprendiendo a disparar más rápido. Hombres que pueblan esta cima del spaghetti western de Sergio Leone y componen una de las más brillantes oberturas del género: tres mercenarios toman una estación de tren y esperan la llegada de un hombre anónimo; el tren llega, nadie baja y tras unos momentos de incertidumbre la maquinaria vuelve a ponerse en marcha; es entonces cuando se oye el doloroso, agónico sonido de una armónica...




Esta es la presentación formal de uno de los personajes más imborrables del western. El hombre de la armónica no existiría sin Morricone y la sublime melodía que compone para él, pero tampoco sin un Charles Bronson que, aunque nunca fue Clint Eastwood, sus limitaciones como actor no le impidieron elevar a ese héroe sin nombre ni historia junto a excelentísimos de su estirpe como Tom Doniphon, aquel que renegaba la gloria de haber disparado a Liberty Valance. Además, su introducción en la trama es a su vez un compendio de las premisas del spaghetti: sonidos mínimos que quiebran insistentemente en el silencio y son el preludio de la acción; desafiantes primeros planos que reposan sobre las miradas de los contendientes y en los objetos de un escenario desolado; música de duelo que se deja oir como una ráfaga de viento barriendo el desierto... y explosión final de violencia en la que sólo uno puede quedar en pie.

He aquí la escena completa en inglés, donde no hace falta una sola palabra para entender la naturaleza de esos tres hombres que esperan pacientes al hombre de la armónica:
http://www.youtube.com/watch?v=jHZpO6aNLwE

domingo, febrero 03, 2008

Malick, poeta de las imágenes



Rara vez el cine ejerce de observador y admirador de la naturaleza que envuelve al hombre. Rara vez contempla en posición de parsimonioso espectador de una realidad cuya belleza queda lapidada por la tiránica imposición de la imagen frenética y el montaje desenfrenado de los tiempos que corren. Pocos son ya los que entienden el cine como una dura y prolongada forja artística que elevar a la categoría de poesía, pocos los artistas con la sensibilidad suficiente para hallar la quimérica unión entre la imagen y la belleza y capturarla para salvaguardarla en la eternidad antes de su desvanecimiento.
Terrence Malick es un contemplador. Un poeta mirado con ojos extraños, uno de esos raros casos de genios capaces de crear obras maestras para luego desaparecer durante décadas. Cuando vuelve, el mundo ha cambiado y con él la mirada que el cine deposita en este, pero el poeta es fiel a sus principios, a su arte y se sabe por encima de aquellos que reniegan su olvidado magisterio y tildan su obra de inadaptada a los nuevos tiempos. Si el cine fuera instrumento de los poetas, Malick sería el más grande de ellos, y su escasa obra, el testimonio de la belleza que en un tiempo bendeció al mundo mientras el ser humano agonizaba en él.

Nacido en Ottawa (Illinois) en 1943 y cursado Filosofía en la Universidad Harvard, Malick ejerció de periodista freelance, traductor e incluso profesor antes de firmar su ingreso en 1969 en el American Film Institute de Los Ángeles. Es allí donde las inquietudes del artista empezaron a tomar forma y a imaginar un sincero debut que entraría con todo derecho en ese pequeño y selecto club de operas primas que son incontestablemente reconocidas como obras maestras. Fue después de firmar el cortometraje Lanton Mills (1969) cuando, apenas cuatro años después de su entrada en el American Film Institute, Malick firmaba aquellas Malas Tierras (Badlands, 1973). El debut de Malick hablaba de amor primario, un amor rebelde y por encima de las convenciones entre un descarriado solitario que se erige como la violenta reencarnación de James Dean (Martin Sheen) y una adolescente pecosa, virginal e ingenua (Sissy Spacek). Ella acepta su amor furtivo, un romance que se torna fugitivo en cuanto él asesina al padre de ella e inician un viaje en búsqueda del último rincón del mundo en que vivir una pasión perseguida y condenada a acabar trágicamente. Malas Tierras dispone una suerte de Adán y Eva modernos, deudores de los mismísimos Bonnie & Clyde embarcándose en una escapada hacia el paraíso, refugio último de la naturaleza que Malick les concede como el único lugar posible para la realización de su amor. Un paraíso, no obstante, efímero por el yugo que el hombre le impuso y se impuso a sí mismo en su obcecación por destruir todo aquello que le fue regalado. La felicidad en el cine de Malick, como la presente en Malas Tierras, alcanza una pureza absoluta pero se cobra con el más alto precio en una sencilla, pero terrible y evocadora, reflexión de nuestra felicidad propia. Mientras tanto, los amantes Kit y Holly bailan junto a su casa del árbol y las imágenes fluyen como en su sueño perteneciente a las más bellas alegorías del amor prohibido.



Si Malas Tierras significaba la aparición de un cineasta de excepcional sensibilidad, Días del cielo (Days of Heaven, 1978), realizada cinco años después, se hermanaba con la anterior obra de su autor y refrendaba su magisterio en captar y componer una poesía de las imágenes. Días del cielo se sitúa en los principios de siglo, últimos coletazos de la Revolución industrial en la que tres hermanos (Richard Gere, Brooke Adams y Linda Manz) recorren los campos de Estados Unidos en busca de trabajo en las plantaciones. El terrateniente de una de ellas, un hombre bueno y compasivo al que le ha sido diagnosticada una enfermedad terminal (Sam Shepard), se enamora de la mayor de las dos hermanas (Brooke Adams) y ofrece la felicidad para los suyos a cambio de un amor que debe ser aprendido. Esta, segunda película de Malick, dispone de nuevo un amor furtivo aunque subyacido bajo la ambigua relación entre los dos hermanos mayores. Días del cielo es un cuento trágico que desborda felicidad y belleza en cada uno de sus fotogramas: humeantes trenes avanzando entre campos infinitos, cielos pintados con paleta de rojos y oscuros, lagunas resplandecientes bajo la luz del sol en las que sus personajes se bañan de alegría... la mirada queda cautivada por la fascinación e invitada a contemplar. También resuenan las dulces, ensoñadoras melodías del genio Morricone componiendo, a juicio de servidor, el más bello tema que una película haya merecido jamás. Y Malick nos habla de la felicidad imposible, los días del cielo en un cielo pasajero que se deshace con las acciones de los hombres, poseyendo y pretendiendo poseer el corazón de una mujer que no desea pertenecer a nada ni nadie.



Tras Días del cielo, Terrence Malick desapareció durante más de dos décadas. Una desgraciada y temprana interrupción de su obra propia de malditos como Rimbaud, o el retiro voluntario de un maestro que simplemente siente que ha ofrecido aquello que tenía que ofrecer. Malick había dado dos regalos al mundo que expresaban su visión del mismo y perdurarían en la cultura como el escaso y valiosísima herencia de un maestro poco prodigado. Sin embargo, a finales de los 90 el rodaje de La delgada línea roja (Thin red line, 1998) llamó la atención del entorno cultural ante la vuelta de Terrence Malick a la dirección. Ruptura respecto a sus dos obras anteriores en cuanto a género pero no en cuanto a temas, La delgada línea roja era un film bélico de carácter coral, envuelta en un aura de excepcionalidad desde su gestación que llevó a numerosos actores de renombre a pretender cualquiera de los papeles que Malick había escrito a partir de la novela de James Jones. El traslado de la batalla de Guadalcanal a la pantalla sirvió al cineasta para disponer un repertorio de hombres inmersos en la guerra, máximo exponente de la crueldad humana, y lo hizo con un carácter abiertamente antibelicista. A modo de larga y contemplativa oda, La delgada línea roja resultó un arquetípico ejemplo de relato bélico sincero, descargado de toda pretensión propagandística y netamente humano en su retrato de unos y otros. La tercera película de Malick no trataba sobre la guerra, sino de hombres sintiendo miedo en ella, recordando aquello con lo que fueron felices tiempo atrás o inmersos involuntariamente en una espiral de odio y destrucción que, paradójicamente, tiene lugar en parajes indeciblemente hermosos. Quizás sólo así pueda entenderse la terriblemente contradictoria naturaleza del hombre: capaz de amar y sentirse fascinado por lo bello, capaz de destruirlo tan rápido como lo amó.


El mismo retrato de la condición humana pertenece a El nuevo mundo (The new world, 2005), hasta la fecha última película de Terrence Malick y de indiscutibles similitudes con La delgada línea roja. Revisión de la historia de Pocahontas y la fundación de Jamestown en 1607 por parte de los colonos ingleses, El nuevo mundo contrapone la pureza de la vida salvaje a la ambición de las fuerzas invasoras y presuntamente "civilizadas", cuyas intervenciones acaban extinguiendo todo rastro de bondad e inocencia en los habitantes de las tierras vírgenes. De nuevo hay un amor furtivo, el consabido entre Pocahontas (Q'Orianka Kilcher) y el capitán inglés John Smith (Colin Farrell), y de nuevo este sólo puede ser expresado en el paraíso por definición, único contexto donde es posible el amor puro y libre. A diferencia de las anteriores obras, en El nuevo mundo se atisba cierta pretensión del autor, exceso en su búsqueda de la perfecta sucesión de planos que definan la inmaculada belleza del paraíso. Redundante y excesivamente parsimoniosa, es la más imperfecta de las películas de un autor que por primera vez, deja que la imagen se imponga y conduzca a la narración. El nuevo mundo muestra una fotografía exquisita, trabajo por el que bien merece rendirse ante Emmanuel Lubezki, pero roza el preciosismo en su empeño por recrearse en aquello que ve y no en aquello que cuenta. Esto supone una lacra para una historia por momentos descuidada en la que circulan personajes a veces desdibujados y subyugados a su estilo contemplativo. Pese a sus evidentes carencias y excesos, El nuevo mundo sigue teniendo ese extraño poder de seducción de la imagen que caracteriza al cineasta que hay tras la cámara. Su don es el de sumergirnos en lugares comunes a los sueños, hipnotizar hasta al más reacio y hacerlo creer en la posibilidad de la imagen como poesía. El cine de Malick busca embelesar al espectador, hacerle preso de una lenta fascinación que no corre acorde con los tiempos del cine contemporáneo. Fiel a su estilo, el poeta sigue observando y registrando los últimos recodos de lo natural, dejando como incalculable legado aquello que el hombre pierde y olvida desde tiempos inmemoriales: los paraísos perdidos.



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http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article2088.html (sobre Terrence Malick)
http://en.wikipedia.org/wiki/Terrence_Malick (sobre Terrence Malick, en inglés)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article3043.html (crítica de La delgada línea roja)
http://www.labutaca.net/films/33/thenewworld.htm (sobre El nuevo mundo)
http://www.trendesombras.com/num4/critica_badlands.asp (sobre Malas tierras)
http://shangrilatextosaparte.blogspot.com/2007/11/carpeta-terrence-malick-vi-una-estancia_04.html (sobre Días del cielo)

lunes, enero 28, 2008

Promesas del este



El cine de David Cronenberg se sitúa en el oscuro recodo del arte donde tantos maestros son renegados u olvidados. El director canadiense perteneció antaño a los marginales, incomprendidos o furiosamente reprendidos por unos planteamientos intolerables para buena parte del espectro crítico y académico. Las premisas de su cine son las pertenecientes a la Nueva Carne, una corriente ilustradora del sublimado miedo del hombre a ver su cuerpo abierto, deformado hasta la desintegración de su identidad, que con frecuencia era rápida y simplistamente condenada como grotesca, gratuita o de extremo mal gusto. Hoy Cronenberg es un cineasta de creciente respeto al que muchos se apuntan a constatar su "madurez" con películas como Promesas del este, como si su pasado estuviera lleno de productos de serie B destinados a rellenar las estanterías de los videoclubes esperando adolescentes sedientos de sangre y vísceras. Y aquí no ha pasado nada.

Lo que Promesas del este desprende en sus imágenes es la sabiduría cinematográfica de su realizador, no una madurez que alcanzó mucho tiempo atrás y que dejó en su haber obras del calibre de La mosca, Videodrome o eXistenZ. Su última película, sin embargo, continúa alejándose del terror biológico que le hizo autor de culto y se emparienta con Una historia de violencia como una evolución lógica de una filmografía que no ha experimentado una súbita transformación, sino que se halla en una constante evolución en la que el canadiense nunca perdió sus señas de identidad. En Promesas del este, vuelve a fijarse en la naturaleza del ser humano y vuelve a hacerlo con Viggo Mortensen. Parece que el director hubiera visto en Mortensen el perfecto representante del hombre de naturaleza tranquila que desencadena una explosión de violencia delatora de su animal instinto. En su última película esa liberación de violencia contenida da como resultado una de las mejores escenas de su filmografía: una lucha visceral, animal que tiene lugar en unas termas y en la que Nikolai (Viggo Mortensen), desnudo y desprevenido, debe batirse cuerpo a cuerpo con dos asesinos que deben saldar una cuenta. Una secuencia que dispone en pantalla hombres luchando con salvaje primitivismo, animales cuyo instinto y sangre se unen en una furiosa batalla por la supervivencia, resultando esta en la extrema crueldad del contendiente triunfante para con el otro.



Cronenberg, con una narración contenida y de la que domina cada resorte, cuenta la historia de hombres y mujeres de muy distinta naturaleza y envueltos en un mismo conflicto generado por el diario de una joven prostituta rusa que muere en el hospital en que trabaja Anna (Naomi Watts) no sin que antes su hija sea extraída de su útero y salvada. El diario, caja de Pandora de los secretos y atrocidades de una familia que ostenta el poder de la mafia rusa londinense, supone el desencadenante de amenazas, traiciones y venganzas que completan una narración que bebe del cine negro modelándolo a las preferencias personales de un director que dota de oscuridad y complejidad moral a sus personajes, que gusta de hacernos temer al más terrorífico asesino para luego convertirlo en un improbable ángel de la guarda y sumergirnos en una opresora claustrofobia construida con miedo, silencio y gestos. En el último apartado, el simple gesto de Mortensen clavando sus dedos en el cuello en señal de amenaza es suficiente para infundir más terror que cualquier villano de turno.

Promesas del este reviste instintos animales y tramas familiares de tragedias y muerte. Tiene un extraña aura que fascina y atemoriza al mismo tiempo, que debe buena parte a la impecable interpretación de Mortensen y a las excelentes caracterizaciones de Vincent Cassel y Armin Mueller-Stahl. En ellos descubrimos asesinos implacables de extrema impasibilidad (Mortensen), salvajes que se obligan a reprimir su homosexualidad (Cassel) u hombres de familia capaces de cometer actos atroces y convencerse de su nobleza (Mueller-Stahl). Cronenbeg construye con ellos una historia altamente perturbadora a la par que seductora, una historia de héroes y villanos, de hombres condenados a la violencia y de hombres condenados al miedo. Una poderosa fábula en la que deja su buen hacer y perseveran las enormes cualidades de su autor. Para aquel que las quiera ver.
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Eastern promises. Reino Unido, Canadá y Estados Unidos. 2007. 100'.
Director: David Cronenberg.
Guión: Steve Knight.
Fotografía: Peter Suschitzky.
Montaje: Ronald Sanders.
Música: Howard Shore.
Diseño de producción: Carol Spier.
Vestuario: Denise Cronenberg.
Producción: Paul Webster y Robert Lantos.
Intérpretes: Viggo Mortensen (Nikolai Luzhin), Naomi Watts (Anna Khitrova), Vincent Cassel (Kirill), Armin Mueller-Stahl (Semyon), Sinéad Cusack (Helen), Jerzy Skolimowski (Stepan).
Puntuación: 8
Más acerca de Promesas del Este...
http://www.labutaca.net/films/56/promesasdeleste.php (sobre la película)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article3467.html (crítica de la película)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1607.html (sobre Viggo Mortensen)
http://es.wikipedia.org/wiki/Vincent_Cassel (sobre Vincent Cassel)
http://en.wikipedia.org/wiki/David_Cronenberg (sobre David Cronenberg, en inglés)

sábado, enero 26, 2008

Heath Ledger (04.04.1979-23.01.2008)

Lo que son las cosas. Hace unos días me encontraba en el cine viendo el tráiler de The Dark Knight, (la segunda película de Batman que dirigirá Nolan tras la floja Batman Begins) y sinceramente impresionado por la nueva caracterización del archienemigo por antonomasia del superhéroe: el Joker. Deseoso de desvelar el rostro que se encontraba tras esa máscara de maquillaje desecho, acudí a la base de datos nada más llegar a casa y descubrí que Heath Ledger era ese rostro que prometía infundir tanto o más terror que el gran Jack Nicholson en su día.

Varios días después, me golpea la muerte de Heath Ledger. Conmoción por el fallecimiento de una de las estrellas con más futuro del cine. Suicidio o sobredosis de somníferos, lo que importa es que el australiano nos deja con una filmografía de poco más de 20 películas y en el verdadero auge de su carrera. Le conocíamos de ser el hijo de Mel Gibson en El Patriota, de ser uno de los hermanos Grimm o aparecer junto a Billy Bob Thornton y Halle Berry en Monster's Ball. Pero sobre todo, le conocíamos por el nombre de Ennis del Mar, uno de los vaqueros de Brokeback Mountain, papel por el que seguramente quede en el recuerdo y que le valió su única nominación al Oscar. Lo realmente trágico de su muerte es que esta llega en la cima de su carrera, tras interpretar a Casanova y a uno de los cuatro Bob Dylan de I'm not there. La pregunta que ahora asalta a mi mente es si su muerte convertirá The Dark Knight en una película de culto y su papel de Joker en un escalofriante adiós.

miércoles, enero 23, 2008

No es país para viejos



En Texas el desierto se extiende en arenosas llanuras donde los arbustos son arrastrados por el viento, los coyotes corretean en busca de su presa y, más allá de la última carretera secundaria, aún puedes encontrar una vieja cabaña habitada por un no menos viejo solitario. Es lugar para envejecer solo y aprender a apreciar las viejas historias, aprender a escuchar y olvidar el agujero en el que se está convirtiendo el podrido mundo en el que vives. Sitio de arraigos, tumba de animales sedientos y narcotraficantes malparados, los mayores de Texas parecen estar de vuelta de todo y sólo desean afrontar el retiro y dejarse embargar por la melancolía. Algo así como el sentimiento que también embarga No es país para viejos, una joya entre el cine negro y el western fronterizo que ha devuelto tras muchos años de espera a los mejores Coen posibles, aquellos que impregnaron de sangre y pesimismo las nevadas tierras de Fargo, Dakota del Norte.

No es país para viejos adapta la novela homónima de Cormac McCarthy. Se trata de la primera adaptación para la pantalla que los hermanos Coen realizan, seguramente sabedores de que la novela ofrecía un valioso material para su particular imaginario. Pesimista, sí. Y también dotada de un excelso abanico de personajes de ademanes cansados, unos, y de naturaleza deshumanizada, otros. La historia narra la huída de Llewelyn Moss (Josh Brolin), un veterano de Vietnam que pasa sus horas cazando en el desierto hasta que encuentra, durante una cacería, los restos de una masacre. Allí, en medio de la nada, un intercambio infructuoso de un cártel del narcotráfico ha dejado como saldo varios cadáveres, un perro muerto y un maletín lleno de dinero que Moss se lleva. Pero como bien sospecha, no es el único pretendiente de susodicho maletín y pronto aparecerán en su búsqueda Anton Chigurh, un sociópata de ridículo pelo y escalofriantes procedimientos cuya arma predilecta es una bombona que dispara aire comprimido (Javier Bardem), un emisario del dueño del dinero que reclama su pertenencia (Woody Harrelson) y un sheriff al borde del retiro (Tommy Lee Jones) que vaga con desgana tras la pista de la matanza junto a su ayudante novato y de pocas luces (Garret Dillahunt). Este abanico de personajes que Joel y Ethan Coen trasladan del papel a la pantalla disfrutan de una riqueza pocas veces presente en el cine contemporáneo: desde Llewellyn al sheriff, todos ellos pueden ser leídos como estados de ánimo que se derivan y complementan con su entorno, escenarios desérticos en pleno desierto o en la noche de un pueblo fantasma, lugares comunes para hombres chapados a la antigua, cansados y que de alguna manera intuyen el día del juicio final a la vuelta de la esquina.



Noir tejano de un detallismo extremo, No es país para viejos supone toda una redención para unos autores de capa caída en los últimos tiempos que vuelven a demostrar su excepcional capacidad e inteligencia para contar historias en la pantalla. Su película es una pesimista exploración del ser humano y sus motivaciones en un contexto hostil, favorable al abandono y la soledad al que cada uno de sus implicados está condenado. Es también algo muy cercano a una obra maestra, edificada desde el gusto por el detalle y la posibilidad de reeducar el cine en el uso de los silencios. Los personajes de No es país para viejos no hablan si no tienen nada que decir, y nos golpean con una descarga de pesimismo cada vez que lo hacen. El sheriff cuenta historias sólo para recordarse melancólicamente los viejos tiempos en el ocaso de su vida. Cuando no hay palabras de por medio, los sonidos llenan y otorgan sentido a la narración con magisterio, y la ilustración de una de las escenas más brillantes basta para demostrarlo: Moss, refugiado en la habitación de una hotel y arma en mano, espera sentado en la cama frente a la puerta esperando a que su perseguidor aparezca; sospechando que algo ocurre, Moss llama a recepción mientras Chigurh se acerca por el pasillo, de manera que escuchamos en la lejanía un teléfono que nadie contesta, el sonido de unas pisadas y el pitido del indicador de Chigurh, que acelera su frecuencia a medida se acerca donde Moss; cuando ambos están frente a frente, a sendos lados de la puerta, y Moss puede ver los zapatos de Chigurh por debajo del hueco, el ligerísimo sonido que produce su arma al ser cargada es respondido con los pasos de Chigurh que pasan la puerta de largo y, finalmente, el sonido de una bombilla siendo desenroscada, previo al inicio del tiroteo. Establece así, esta escena, un diálogo entre sonidos diegéticos y extradiegéticos con significado propio capaz de establecer por sí solo una tensión insostenible.



Minuciosa en otorgar a cada imagen sentido y significación, No es país para viejos consigue poner al espectador en lenta y permanente hipnosis en su fascinación y descubrimiento de una gran película a través de los pequeños detalles. La meticulosidad largamente demostrada en todo su metraje merece ser observada en más de un visionado y lleva, en un momento concreto del mismo, a establecer la que es una de las mejores, si no la mejor elipsis en muchos años de cine, la cuál, para no desvelar ninguno de los gratificantes secretos que la película atesora, sólo añadiré que se encuentra en los zapatos de Bardem. Y hablando del actor español, sólo queda reafirmar los elogios que largamente ha recibido en su interpretación de un asesino más allá de cualquier estereotipo atribuido al adjetivo, más allá de las motivaciones, más allá de cualquier criterio y mucho más allá de cualquier tipo de locura. Chigurh ha superado todas esas fases y mata por inercia, curiosidad o por cumplir su palabra consigo mismo. Y cuando Chigurh mata, Bardem hiela la sangre con una extraña expresión que combina tranquilidad, amabilidad y sadismo. Sencillamente aterrador, aterradoramente perfecto y digno batiente de un Tommy Lee Jones que parece no necesitar interpretar para ser un sheriff cansado y afrontando su jubilación, crecientemente consciente de que su tiempo ya ha pasado. En un grado menor de magnificencia pero no menor solidez, Josh Brolin y Woody Harrelson cumplen sobradamente sus cometidos y completan un reparto lleno de interpretaciones sin fisuras, acordes con el perfeccionista acabado de la película de los Coen. Por supuesto, no falta todo un elenco de secundarios que, menos marcados pero siempre presentes, ejemplifican el gusto de los hermanos por los personajes de subrayadas peculiaridades, cuando no freaks, que pueblan en mayor o menor densidad todas y cada una de sus películas.

Llena de sabiduría cinematográfica y con el sabor de las grandes historias encontradas allá donde nadie las busca, No es país para viejos es una obra perteneciente al mejor cine de los Coen y hermanada con la igualmente excepcional Fargo, de la que sólo se distingue por su enfatizada melancolía y la menor incidencia de un humor negro que, si bien no desborda el metraje como en aquella, ciertamente salpica algunos pasajes con gran acierto (el trío de mariachis cantándole una ranchera a un Llewelyn herido, casi moribundo). Incluso esa suerte de duelo de banjos marcados por el tiempo de un reloj, ese regalo para los oídos compuesto por Carter Burwell y aunque de partitura bien distinta, tiene los mismos aires pesimistas que sonaban en la banda sonora de Fargo. Signo, por otro lado, de la perfecta compenetración y entendimiento de los hermanos con el equipo humano que se encuentra tras la cámara en cada uno de sus trabajos y que es capaz, en su mayor rendimiento, de ofrecer cine de muchos, muchos quilates. Como este.
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No country for old men. Estados Unidos. 2007. 122'.
Director: Joel y Ethan Coen.
Guión: Joel y Ethan Coen; basado en la novela de Cormac McCarthy.
Montaje: Roderick Jaynes.
Fotografía: Roger Deakins.
Diseño de producción: Jess Gonchor.
Música: Carter Burwell.
Producción: Joel Coen, Ethan Coen y Scott Rudin.
Intérpretes: Josh Brolin (Llewelyn Moss), Tommy Lee Jones (sheriff Bell), Javier Bardem (Anton Chigurh), Woody Harrelson (Wells), Garrett Dillahunt (Wendell), Kelly Macdonald (Carla Jean), Tess Harper (Loretta Bell).
Puntuación: 9
Más información...
http://www.nocountryforoldmen.com/ (web oficial)
http://www.nocountryforoldmen.co.uk/intl/es/ (web oficial España)
http://www.labutaca.net/films/54/nocountryforoldmen.htm (sobre la película)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/modules.php?name=News&file=article&sid=1437 (sobre Javier Bardem)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article2965.html (sobre Tommy Lee Jones)
http://en.wikipedia.org/wiki/Josh_Brolin (sobre Josh Brolin, en inglés)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1924.html (sobre los hermanos Coen)
http://www.carterburwell.com/main/home.shtml (sobre Carter Burwell)