En la última década, cada nueva película de Tarantino ha sido celebrada con un gran acontecimiento cinematográfico. No es para menos. Después del estreno de la olvidada e infravalorada
Jackie Brown (1997), el de Knoxville tardó nada menos que seis años en volver a aprecer. Su regreso fue, sin duda, una nueva demostración de lo que el director era capaz.
Kill Bill, en sus dos mitades, ofreció una espléndida muestra de su capacidad para crear un imaginario visual auténtico y exclusivo del sello Tarantino sin, por supuesto, dejar de partir de la más absoluta referencialidad.
Death Proof es, más que nunca, un festival de la referencialidad. Un puzzle de homenajes que se reparten por todos y cada una de sus imágenes, el homenaje entre homenajes que Quentin Tarantino haya realizado a su cúmulo de cultura cinematográfica y musical. Algunos de estos tributos son especialmente brillantes (la escena en la que el asesino "especialista Mike" saca fotos de las chicas desde lejos es tomada, música inclusive, de
El pájaro de las plumas de cristal, obra de
Dario Argento estandarte del
cine giallo), otros están escondidos (la matrícula de Mike es la misma que la del coche de Frank
Bullit) y con otros uno no puede dejar de preguntarse cómo han llegado hasta ahí ni por qué motivo (hablo del póster de
El límite del amor que aparece en una de las localizaciones, cartel en que se distinguen a Charo López y Juan Luis Galiardo como protagonistas y en el que incluso se puede distinguir la palabra "Moncada").
El caso que en ese universo de referencialidad constante y por doquier, nadie le puede negar la riqueza de las imágenes que Tarantino filma para
Death Proof, como nadie se lo había negado con ninguna de sus obras hasta la fecha. Ahora bien, esto no es óbice para reconocer que
Death Proof es, hasta la fecha, su película más sencilla y menos inspirada, un slasher de carretera que sigue bebiendo de numerosas fuentes, pero que es incapaz de generar un universo visual de la riqueza de
Kill Bill o
Pulp Fiction, y ni mucho menos de alcanzar la pericia narrativa de esta última.
Aquí el verdadero espectáculo está en asistir a la mejor recuperación que Tarantino haya hecho de una vieja gloria del cine: Kurt Russell se suma a una lista en la que ya figuraban gente como John Travolta, Pam Grier o David Carradine. Russell disfruta como nunca con un papel que le viene como un traje a medida. Tanto es así que su personaje "stuntman Mike" es lo más memorable de la película, un carismático asesino de no menos carismático tupé, chupa colmada de pegatinas y enorme cicatriz que cruza su cara. Un aspecto extrañamente inquietante que se complementa con su terrorífico coche: un vehículo preparado para realizar acrobacias y choques de cine cuyo uso ha sido remodelado a gusto de las sádicas pretensiones de su conductor. El encanto del asesino interpretado por Russell consiste en tratar de parecer afable de cara a las chicas a las que pretende llevar a casa, para luego, una vez echado el pestillo, estremecerlas con su terrorífica carcajada.

Mike es uno de los mejores personajes incorporados por Tarantino a su obra, hasta el punto de que buena parte del carisma de
Death Proof se centra en su (supuesto) personaje principal. El problema es que a mitad de película "stuntman Mike" desaparece (casi) por completo (y el casi es para que el espectador tenga que buscarlo entre los figurantes durante la segunda mitad del metraje). Cuando la película cambia de localización y cambia de grupo de chicas objeto de la perversa mirada del asesino, son ellas las que toman el relevo protagonista: Zoë Bell (doble de Uma Thurman en
Kill Bill), Rosario Dawson, Tracie Thorns y Mary Elizabeth Winstead (hija de Willis en
La jungla 4.0) paran a comprar algunas revistas y refrescos, hablan sobre tíos largo y tendido y se paran en una cafetería a rememorar viejas anécdotas, también largo y tendido. Demasiado largo y tendido. Sorprende en este punto que gran parte de esas conversaciones estén descargadas de referencialidad, homenaje o cultura/subcultura de cualquier tipo/subtipo, llegando a ser exasperante el momento en que se narra una anécdota de una foto cerca de una zanja en la que una de ellas calló, que nada nos interesa ni nada aporta al conjunto de la obra.
No es que sea injustificable que cuatro amigas hablen de cosas banales, sino que lo es el hecho de alargarlo en exceso y en detrimento de la desaparición del personaje con más fuerza que sólo volverá a tiempo para el gran duelo final. Incomprensible.
Death Proof es una obra menor de Tarantino, lo que en su caso sigue siendo una buena película. Sólo hay que recordar cualquiera de sus anteriores cinco películas para darse cuenta que reúnen más riqueza argumental, dialéctica y visual. En este caso lo mejor es contemplarla como el divertimento con clase que es, disfrutar del excelente repertorio musical de parte de la colección particular de discos de Quentin y jugar a buscar las pistas escondidas en cada rincón, cada fotograma...
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Grindhouse: Death Proof. Estados Unidos. 2007. 113'.
Director: Quentin Tarantino.
Guión: Quentin Tarantino.
Montaje: Sally Menke.
Fotografía: Quentin Tarantino.
Producción: Elizabeth Avellan, Robert Rodriguez, Erica Steinberg y Quentin Tarantino.
Diseño de producción: Steve Joyner y Caylah Eddleblute.
Vestuario: Nina Proctor.