miércoles, octubre 24, 2007

Lecciones de cine (III): A través del espejo

El espejo es un elemento persistente en el juego de alterar la mirada del espectador. Nos ayuda a descubrir lo oculto, a veces incluso antes que el propio personaje, nos deforma la realidad y nos engaña una y otra vez como también engaña hasta al mismo héroe de una aventura: hasta Bruce Lee lo pasó mal durante el duelo final en la sala de espejos contra Han, supervillano de Operación Dragón (Enter the dragon, 1973); David Lynch los utilizaba como metáfora de la realidad deformada en su discutidísima Mulholland Drive (2001), y Candyman lo atravesaba para atravesarte con su garfio.
El espejo ha sido un juguete en manos de múltiples directores que lo han utilizado con múltiples finalidades distintas. Hoy he vuelto a ver la segunda película de Sam Mendes, Camino a la perdición (Road to Perdition, 2002), y he descubierto uno de los usos más inteligentes y sorprendentes que jamás haya visto de un espejo: el espejo mostrándonos, con un movimiento sutil, una muerte brutal.

La escena marca el fin de la venganza de Mike Sullivan (Tom Hanks) y el clímax de Camino a la perdición. Es el final de un plano secuencia soberbio, en el que la cámara sigue a Sullivan por el pasillo de un hotel dirigiéndose a matar a Connor (Daniel Craig) mientras la música sublime de Thomas Newman (que por momentos supera en belleza y emoción a la que él mismo compuso para American Beauty) le acompaña. Por desgracia, no he encontrado la escena aislada, pero ésta corresponde a los dos primeros minutos del video que aquí cuelgo. Espero que la disfrutéis tanto como yo.


miércoles, octubre 17, 2007

La ventana indiscreta



O la exposición y realización en pantalla del voyeur que llevamos dentro. Los que acuden a las películas de Hitchcock por primera vez descubren en cada una de ellas una obra maestra o casi maestra del suspense distinta de las demás. Sorprende su filmografía por la versatilidad de sus temas y por las diferencias y peculiaridades que hacen a cada película desmarcarse del resto. En La ventana indiscreta, el suspense viene dado a través del mirón de la fachada de enfrente, aquel que descubre en cada ventana que observa a través de sus prismáticos o su cámara, un nuevo mundo que explorar, un mundo que bien puede suponer el placentero espionaje de la atractiva vecina, pero que también puede generar la sospecha de un asesinato.

L.B. Jefferies (James Stewart) es un aventurero fotógrafo y trotamundos con una pierna rota, lo que le obliga a estar postrado durante largo tiempo en una silla de ruedas. Su pasatiempo favorito es espiar a los vecinos de la fachada de enfrente, un ejercicio fascinante que tanto su novia Lisa (Grace Kelly), más preocupada por amarrar al hombre de sus sueños, como su asistenta Stella (Thelma Ritter), una mujer chapada a la antigua, no comparten.
Durante una de sus noches de espionaje, Jefferies observa que en el apartamento ocupado por el matrimonio Thorwald, el marido sale y entra repetidas veces de la casa con actitud sospechosa, mientras que no hay ni rastro de la mujer. Pronto empiezan las conjeturas de Jefferies a las que sus confidentes le responden con una incredulidad que irá tornándose en interés cuando la sospecha de que algo pasa sea más que evidente.



Nadie como Hitchcock sabía manejar el suspense, y La ventana indiscreta da fe de ello. La estrategia que sigue el director es la de convertir desde el principio al espectador en el propio Jefferies. Nosotros somos los mirones observando la vida en sus distintas facetas, en sus crisis y en sus momentos dulces, en la perversión y en la sospecha. El éxito de la empresa se debe a la perfecta dosificación del interés por cada ventana, por cada historia, y al perfecto uso del punto de vista (la cámara nunca supera la distancia que se le supone al punto de vista de Jefferies, es decir, no hay zoom en ningún momento). Hitchcock convierte una historia aparentemente simple en una narración de una riqueza extraordinaria, haciendo que el conglomerado de situaciones acompañen al eje central de la narración: la observación y sospecha de cada uno de los actos del señor Thorwald. En su dominio del ritmo cinematográfico, Hitchcock concede la mayor dosis de suspense hacia el final, dirigiendo un largo in crescendo que finaliza con el enfrentamiento entre Thorwald y Jefferies, en la también culminación del magistral ejercicio de montaje que se encuentra entre los mejores vistos en la filmografía del director. Pocas películas como La ventana indiscreta delimitan la medida y función exacta de cada plano, pocas ofrecen un movimiento de cámara tan magistral que es capaz de simbolizar el estallido definitivo del suspense en una narración: la cámara mira al interior del apartamento deThornhill, en el que Lisa ha entrado en busca de alguna pista, ha sido descubierta por Thorwald y salvada aunque detenida en última instancia por la policía; ella con las manos cruzadas por detrás de la espalda, le indica a Jefferies que tiene el anillo de la señora Thorwald, y en ese momento la cámara se alza hasta el rostro de Thorwald, justo al lado, mirando el anillo y por último dirigiendo la mirada a la ventana de enfrente.

La ventana indiscreta es la perfecta película de suspense. Su maquinaria funciona como un reloj, entretiene de principio a fin y ofrece unas actuaciones soberbias y aún mejor dirigidas por el maestro Hitchcock, quien por cierto, se deja ver en una de las ventanas escuchando a su anfitrión tocando el piano. Un clásico que ha generado no pocas referencias en el cine y hasta algún que otro remake nada disimulado (Disturbia, aún en cartelera). Una demostración empírica del poder que el cine puede llegar a tener sobre un espectador.
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Rear Window. Estados Unidos. 1954. 112'.
Director: Alfred Hitchcocck.
Guión: John Michael Hayes; basado en el relato corto de Cornell Woolrich.
Música: Franz Waxman.
Fotografía: Robert Burks.
Intérpretes: James Stewart (L.B. Jefferies), Grace Kelly (Lisa), Thelma Ritter (Stella), Raymond Burr (Lars Thorwald).
Puntuación: 10
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jueves, octubre 04, 2007

Tu cara me suena (I): David Morse

Hay actores de esos que siempre quedan a la sombra de las grandes estrellas. Sus nombres suelen aparecer en la cuarta, quinta o ulterior posición en los carteles promocionales de las películas. Son los eternos secundarios, aquellos cuya cara estamos condenados a reconocer mil y una veces sin lograr retener (casi) nunca su nombre. En muchos de esos casos, son aquellos que no sólo contribuyen a consolidar la solidez de un reparto, sino que además le hacen ganar enteros.
El porqué de esa eterna relegación sólo se puede conjeturar. Algunos de esos actores prefieren la televisión y sólo se prodigan de vez en cuando en la gran pantalla. Tal vez otros rehuyan de cualquier protagonismo o quizá nunca hayan encontrado un papel definitivo con el que medir su tamaño como actor. Quizá nadie los quisiera como protagonistas siendo un seguro como secundario... Quizá.

Y más allá de las razones, algunos de ellos son pequeños grandes actores, solventes como pocos y versátiles como nadie. Hacen de su profesión un trabajo constante y bien hecho, a sabiendas de que quizás no vaya a ser el empleado del mes aunque méritos no le faltasen.




De todos aquellos secundarios de los que hoy me acuerdo, uno de mis favoritos es David Morse. Si el nombre no te dice nada, quizá su cara te venga a la memoria cuando te diga que él fue Tritter, aquel detective emperrado en meter a House entre rejas durante seis capítulos. Y es que Morse siempre ha pertenecido más a la tele que al cine, ejerciendo durante los 80 toda su carrera como actor de series y TV-Movies, pero en cuanto debutó en el cine demostró saber escoger papeles a su medida, participando en no pocos éxitos de los 90 al lado de gigantes de Hollywood mientras labraba y acrecentaba su currículum y su reputación. Trató de fugarse de Alcatraz con Dennis Farina y David Carradine en Six against the Rock (1987) y vivió 37 horas desesperadas (Desperate Hours, 1990) con Mickey Rourke y Anthony Hopkins. En 1993 apareció con dos jovenzuelos llamados Macaulay Culkin y Elijah Wood en El buen hijo (The good soon, 1993), fue compañero de cartel de Alec Baldwin y Kim Basinger en La huida (The Getaway, 1994) y al año siguiente fue el portador del devastador virus que condenaría la humanidad en 12 monos (Terry Gilliam, 1995). Luego y durante algún tiempo se dejó ver en películas de acción: Memoria Letal (The Long Kiss Goodnight, 1996), Al cruzar el límite (Extreme Measures, 1996) y La Roca (The Rock, 1996), de la que esta vez no intentaba escapar, sino retenerla como parte de un acto terrorista. También participó en Negociador (The Negotiator, 1998) y le dio tiempo a ayudar a Jodie Foster a buscar vida extraterrestre en Contact (1997). A más de uno le sorprenderá saber que incluso formó parte del discreto debut de Antonio Banderas como director, Crazy in Alabama (1999), como el policía que intenta dar caza a una Lucille (Melanie Griffith) que se pasea por las tierras de Alabama con la cabeza de su marido.

Entonces vino los dos grandes papeles secundarios de Morse: en 1999, bajo las órdenes de Frank Darabont fue uno de los carceleros que custodiaron al gigantón John Coffey en La milla verde (The Green Mile, 1999). Aquí Morse ganó un protagonismo hasta ahora inédito, sólo supeditado al papel de Tom Hanks, y refrendado en su siguiente película, Bailar en la oscuridad (Dancer in the dark, 2000) en la que dio vida al vecino de Selma, el afable y miserable Bill Houston. A las órdenes de Lars Von Trier Morse desplegó todo su potencial y talento como actor, construyendo una actuación intensa e inolvidable.
Aunque Bailar en la oscuridad fuera la cumbre de la carrera de este actor secundario, Morse ha permanecido regularmente durante esta década entre los títulos de no pocas películas: Prueba de vida (Proof of life, 2000), Corazones en la Atlántida (Hearts in Atlantis, 2001) en la que repitió con Hopkins, o las más recientes 16 calles (16 blocks, 2006) y Disturbia (2007), en la que vuelve a ganar cuota protagonista como el vecino psicópata de Shia Labeouf.

Este es el currículum (resumido) de uno de los actores más pretendidos y menos conocidos por el gran público. Un pequeño pero merecido homenaje para acordarnos de su nombre la próxima vez que nos suene (otra vez) su cara.

sábado, septiembre 29, 2007

Momentos de cine (X): Acordes y desacuerdos

Hay en Acordes y desacuerdos (Sweet & Lowdown, 2000) un cariño paternal de Woody Allen hacia sus personajes, sus diálogos y, sobre todo, hacia el jazz en su época primigenia. Sería injusto decir que Acordes y desacuerdos escapa por completo al concepto de película alleniana por antonomasia. Más bien sería de recibo decir que pertenece a esa otra vertiente menos explotada por el cineasta, aquella correspondiente al falso biopic que ya desempeñó en Zelig (1983) y también a aquella otra en la que el neoyorquino no puede dejar de rendir homenaje a su gran pasión: el jazz. Emmet Ray (Sean Penn) es el hijo nato de esa combinación de falsa película biográfica y amor por la música y como vástago es, sin duda, uno de los personajes más brillantes y genuinos que Allen nunca haya creado. Tanto que resulta descorazonador ver Acordes y desacuerdos con inocencia impoluta y luego enterarnos de que el tal Emmet Ray nunca existió. Porque Ray es patético, mujeriego, un niño grande con un ego aún más grande, un genio con una completa incapacidad para relacionarse emocionalmente. Un personaje con rasgos del propio Woody Allen, pero diametralmente opuesto en su simplicidad y primitivismo. Emmet Ray es una creación tan endiabladamente genuina que puede situarse a la altura de los mismísimos Alvy Singer o Harry Black en la extensa filmografía de su autor, y ese parangón le debe mucho a la increíble, hipnótica, e inolvidable del siempre enorme Sean Penn.

En Acordes y desacuerdos, una de las escenas que mejor resume la personalidad de Emmet Ray es también la más representativa. A raíz de un sueño que ha tenido, Ray se encapricha con aparecer en su próxima actuación subido en una dorada y menguante luna que descenderá desde las alturas del escenario. A pesar de que todo el mundo le advierte de la solemne tontería que supone (salvo dos mendigos con los que se emborracha en un vertedero), Emmet manda construir la luna sin cesar de imaginar su estelar e idílica aparición. Pero una vez construida, uno de los empleados que vagan por la sala comenta la espectacular caída que supondría (“para partirse el cuello”, añade) y Emmet empieza a obsesionarse con la funesta idea hasta el mismo día de la actuación. La escena es grandiosamente divertida: se abre el escenario y aparecen los músicos tocando; al momento se ve caer descolgándose la luna con violentos balanceos y sobre ella, un Emmet Ray completamente borracho y aterrorizado. La cámara mira a un público que no entiende nada de lo que está sucediendo y luego vuelve para ver como Emmet sigue descendiendo, cogiéndose de donde puede y tambaleándose al aterrizar definitivamente sobre los tablones del escenario. La luna vuelve a ascender y desaparece durante unos segundos hasta que, inesperadamente, irrumpe de nuevo en escena al caer estrepitosamente en el fondo del escenario.

Una escena hilarante que en pocos segundos tanto resume el patetismo de Ray como su carácter caprichoso y el genio de sus manos sobre las cuerdas de una guitarra. Por algo fue el segundo mejor guitarrista del mundo, después de aquel gitano en Francia...

lunes, septiembre 24, 2007

Memorias de Queens



O el manual de cómo reconocer a tus santos. Así reza el título original de película y novela (A guide to recognizing your saints), ambas señalando su autoría hacia el mismo responsable. Dito Montiel de este, uno de los proyectos más celebrados en la escena independiente y sin duda, una de las mejores películas que hayan pasado (aunque fugazmente como suele suceder con estas pequeñas joyas) por cartelera este año.

Memorias de Queens es un relato autobiográfico nada disimulado. Una de esas historias que harían las delicias de un cineasta como Martín Scorsese y que recuerdan a algún que otro debut (las similitudes con Una historia del Bronx de Robert de Niro o Malas Calles de Scorsese son notorias) que en su día también dejara muy buen sabor de boca. En el relato que aquí nos ocupa encontramos a Robert Downey Jr. como el Dito adulto, un escritor de naciente éxito que decide volver a su barrio natal después de haberlo abandonado en su juventud huyendo de la violencia y la sordidez de sus calles. Esta es, claro está, la excusa para retroceder en el tiempo y volver al Queens de los 70, en el que el joven Dito (el nuevo chico de oro de Hollywood, Shia Labeouf) vaga por su barrio con sus amigos, el violento Antonio (Channing Tatum), su hermano retrasado Giuseppe (Adam Scarimbolo) y Nerf, amigo fiel pero de pocas luces. Su día a día pasa por cortejar a las chicas del barrio, pasar el rato en los parques o en los apeaderos y mantener la ilusión de poder en su propio territorio. En ese contexto nacerán para ellos el amor, el sexo, las drogas y en general el clímax de una juventud que está condenada a extinguirse o a romperse en cuanto la violencia aparezca en escena. Porque Queens es un barrio en el que sobrevive el más fuerte y no hay lugar para las grandes aspiraciones, donde cualquiera que sobreviva a su juventud será condenado a una existencia vulgar y desahuciada en la que convencerse que nada de esto es cierto y que todo va bien (imagen proyectada en el padre de Dito, magistral Chazz Palminteri) . Así, Dito no se muestra desde el principio como el más listo, pero sí como el más inteligente del reducido grupo. Nace la inquietud en él cuando conoce al “nuevo” de la clase, un escocés que le propone viajar más allá de las calles, ganar un dinero paseando perros para un amigo gay y reunir lo bastante para formar un grupo de música e irse a California un tiempo. La posibilidad de una vida nueva, y la mecha que enciende el conflicto con sus amigos y su familia.

El debut de Dito Montiel es entrañable casi desde el principio. Una sucesión de escenas de la calle retratadas con la mirada nostálgica del autor que mira con cariño a su propia vida y contadas con desnuda sencillez. Memorias de Queens es un muestrario de deseos frustrados, castrados por la violencia o por la miopía de un padre incapaz de comprender ni tan solo escuchar a su propio hijo. La fórmula de la película de Montiel radica en sus pocas pretensiones y en sus tripas, aquellas que le permiten recrear su memoria en la pantalla dotándola de una inusual fuerza dramática que alcanza su cumbre en la escena que Palminteri y Labeouf comparten en el baño. Dito hijo, dentro de la bañera, se encuentra conmocionado por la experiencia de la muerte en directo. Dito padre intenta convencerle de que todo va y saldrá bien sin siquiera conocer el problema. Un explícito retrato en una sola escena de la incomunicación.

Sólo cabe añadir que buena parte de la solidez del drama que reside en Memorias de Queens se sostiene en un elenco joven pero consistente de actores acompañados de otros secundarios de cuya calidad ya sabíamos. Si Palminteri está enorme, Dianne Wiest está sencillamente magnífica en el papel de madre intermediaria entre el conflicto padre-hijo. Robert Downey Jr. vuelve a demostrar su gran talento y tanto Shia Labeouf como Channing Tatum convencen y conmueven como jóvenes sin esperanza posible y a los que sólo les queda la amistad para sobreponerse a la puta realidad. Se mire por donde se mire, un regalo para los sentidos.
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A guide to recognizing your saints. Estados Unidos. 2007. 98'.
Director: Dito Montiel.
Guión: Dito Montiel, basado en su propio libro.
Producción: Trudie Styler, Travis Swords, Cjarlie Corwin y Clara Markowicz.
Fotografía: Eric Gautier.
Montaje: Christopher Tellefsen y Jake Pushinsky.
Dirección artística: Jody Asnes.
Vestuario: Sandra Hernández.
Intérpretes: Robert Downey Jr. (Dito), Shia LaBeouf (Dito de joven), Chazz Palminteri (Monty), Dianne Wiest (Flaurie), Channing Tatum (Antonio joven), Eric Roberts (Antonio), Rosario Dawson (Laurie), Melonie Díaz (Laurie joven), Martin Compston (Mike O'Shea), Adam Scarimbolo (Giuseppe), Julia Garro (Diane), Scott Campbell (Nerf).

Puntuación: 8
Conoce Queens a través de estos links...
http://www.labutaca.net/films/48/aguidetorecognizingyoursaints.htm (sobre lapeli)
http://www.firstlookstudios.com/guide/ (web oficial)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article3406.html (sobre Shia Labeouf)
http://theeveningclass.blogspot.com/2006/09/guide-to-recognizing-your-saintsthe.html (entrevista a Dito Montiel, en inglés)
http://www.imdb.com/name/nm0001590/ (sobre Chazz Palminteri)
http://es.wikipedia.org/wiki/Dianne_Wiest (sobre Dianne Wiest)

miércoles, septiembre 12, 2007

Grindhouse: Death Proof



En la última década, cada nueva película de Tarantino ha sido celebrada con un gran acontecimiento cinematográfico. No es para menos. Después del estreno de la olvidada e infravalorada Jackie Brown (1997), el de Knoxville tardó nada menos que seis años en volver a aprecer. Su regreso fue, sin duda, una nueva demostración de lo que el director era capaz. Kill Bill, en sus dos mitades, ofreció una espléndida muestra de su capacidad para crear un imaginario visual auténtico y exclusivo del sello Tarantino sin, por supuesto, dejar de partir de la más absoluta referencialidad.

Death Proof es, más que nunca, un festival de la referencialidad. Un puzzle de homenajes que se reparten por todos y cada una de sus imágenes, el homenaje entre homenajes que Quentin Tarantino haya realizado a su cúmulo de cultura cinematográfica y musical. Algunos de estos tributos son especialmente brillantes (la escena en la que el asesino "especialista Mike" saca fotos de las chicas desde lejos es tomada, música inclusive, de El pájaro de las plumas de cristal, obra de Dario Argento estandarte del cine giallo), otros están escondidos (la matrícula de Mike es la misma que la del coche de Frank Bullit) y con otros uno no puede dejar de preguntarse cómo han llegado hasta ahí ni por qué motivo (hablo del póster de El límite del amor que aparece en una de las localizaciones, cartel en que se distinguen a Charo López y Juan Luis Galiardo como protagonistas y en el que incluso se puede distinguir la palabra "Moncada").
El caso que en ese universo de referencialidad constante y por doquier, nadie le puede negar la riqueza de las imágenes que Tarantino filma para Death Proof, como nadie se lo había negado con ninguna de sus obras hasta la fecha. Ahora bien, esto no es óbice para reconocer que Death Proof es, hasta la fecha, su película más sencilla y menos inspirada, un slasher de carretera que sigue bebiendo de numerosas fuentes, pero que es incapaz de generar un universo visual de la riqueza de Kill Bill o Pulp Fiction, y ni mucho menos de alcanzar la pericia narrativa de esta última.

Aquí el verdadero espectáculo está en asistir a la mejor recuperación que Tarantino haya hecho de una vieja gloria del cine: Kurt Russell se suma a una lista en la que ya figuraban gente como John Travolta, Pam Grier o David Carradine. Russell disfruta como nunca con un papel que le viene como un traje a medida. Tanto es así que su personaje "stuntman Mike" es lo más memorable de la película, un carismático asesino de no menos carismático tupé, chupa colmada de pegatinas y enorme cicatriz que cruza su cara. Un aspecto extrañamente inquietante que se complementa con su terrorífico coche: un vehículo preparado para realizar acrobacias y choques de cine cuyo uso ha sido remodelado a gusto de las sádicas pretensiones de su conductor. El encanto del asesino interpretado por Russell consiste en tratar de parecer afable de cara a las chicas a las que pretende llevar a casa, para luego, una vez echado el pestillo, estremecerlas con su terrorífica carcajada.



Mike es uno de los mejores personajes incorporados por Tarantino a su obra, hasta el punto de que buena parte del carisma de Death Proof se centra en su (supuesto) personaje principal. El problema es que a mitad de película "stuntman Mike" desaparece (casi) por completo (y el casi es para que el espectador tenga que buscarlo entre los figurantes durante la segunda mitad del metraje). Cuando la película cambia de localización y cambia de grupo de chicas objeto de la perversa mirada del asesino, son ellas las que toman el relevo protagonista: Zoë Bell (doble de Uma Thurman en Kill Bill), Rosario Dawson, Tracie Thorns y Mary Elizabeth Winstead (hija de Willis en La jungla 4.0) paran a comprar algunas revistas y refrescos, hablan sobre tíos largo y tendido y se paran en una cafetería a rememorar viejas anécdotas, también largo y tendido. Demasiado largo y tendido. Sorprende en este punto que gran parte de esas conversaciones estén descargadas de referencialidad, homenaje o cultura/subcultura de cualquier tipo/subtipo, llegando a ser exasperante el momento en que se narra una anécdota de una foto cerca de una zanja en la que una de ellas calló, que nada nos interesa ni nada aporta al conjunto de la obra.
No es que sea injustificable que cuatro amigas hablen de cosas banales, sino que lo es el hecho de alargarlo en exceso y en detrimento de la desaparición del personaje con más fuerza que sólo volverá a tiempo para el gran duelo final. Incomprensible.

Death Proof es una obra menor de Tarantino, lo que en su caso sigue siendo una buena película. Sólo hay que recordar cualquiera de sus anteriores cinco películas para darse cuenta que reúnen más riqueza argumental, dialéctica y visual. En este caso lo mejor es contemplarla como el divertimento con clase que es, disfrutar del excelente repertorio musical de parte de la colección particular de discos de Quentin y jugar a buscar las pistas escondidas en cada rincón, cada fotograma...
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Grindhouse: Death Proof. Estados Unidos. 2007. 113'.
Director: Quentin Tarantino.
Guión: Quentin Tarantino.
Montaje: Sally Menke.
Fotografía: Quentin Tarantino.
Producción: Elizabeth Avellan, Robert Rodriguez, Erica Steinberg y Quentin Tarantino.
Diseño de producción: Steve Joyner y Caylah Eddleblute.
Vestuario: Nina Proctor.
Intérpretes: Kurt Russell (Stuntman Mike), Sydney Tamiia Poitier (Jungle Julia), Rosario Dawson (Abernathy), Vanessa Ferlito (Arlene), Jordan Ladd (Shanna), Rose McGowan (Pam), Tracie Thoms (Kim), Mary Elizabeth Winstead (Lee), Zoë Bell (Zoë), Omar Doom (Nate), Michael Bacall (Omar), Eli Roth (Dov), Quentin Tarantino (Warren), Monica Staggs (Lanna), Michael Parks (Earl).
Puntuación: 6,5
Ponte a prueba...
http://www.labutaca.net/films/53/grindhousedeathproof.htm (sobre la peli)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article3438.html (crítica de la peli)
http://www.grindhousemovie.net/ (web oficial de Grindhouse)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1681.html (sobre Quentin Tarantino)
http://es.wikipedia.org/wiki/Kurt_Russell (sobre Kurt Russell)
http://www.cinefantastico.com/entrevista.php?id=80 (entrevista a Quentin Tarantino)