miércoles, noviembre 30, 2005

Plan de vuelo: desaparecida

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Hay veces que uno rebaja sus expectativas y se decide a abordar una película de menor calibre con la única función de rellenar hora y media de ocio sin forzar demasiado las neuronas. Si la cosa sale bien, puedes encontrarte con un rato de cine sin pretensiones y entretenido en el mejor de los casos. Si la cosa no sale tan bien, abróchate el cinturón porque a lo mejor te encuentras algo que vuela tan bajo que acaba estrellándose. Plan de vuelo: desaparecida es la traducción con licencias bajo la que se ha estrenado la última de Jodie Foster, en la que una madre y su hija, traumatizadas ambas por la reciente muerte del padre de familia en extrañas circunstancias, viajan a Estados Unidos con el fin de celebrar el entierro. A mitad del vuelo ambas quedan dormidas y cuando Foster despierta su hija ha desaparecido. Nadie la ha visto, nadie la recuerda y nadie se ha fijado en una niña de 6 años con un osito de peluche al que le falta el brazo. Comienza la búsqueda de la criatura por todo el avión (y menudo avión) y comienza a extenderse el nerviosismo. Pronto la madre desesperada pasara a convertirse en la chiflada del vuelo y a ser considerada como un serio peligro para la integridad física de cualquiera que viaje en él. Flightplan desarolla este argumento durante aproximadamente su primera mitad hasta que se le agota, y es cuando da el giro de tuerca que nos lleva hasta la teoría de la conspiración más increíble que un thriller de esta calaña ha tenido la desfatachez de poner en escena.

Cualquiera que haya visto suficientes películas donde se producen secuestros, desapariciones misteriosas, conspiraciones y un malo malísimo bajo la piel de quien menos te lo esperas, sabrá que lo mínimo que se le piden para alcanzar el aprobado es una cierta coherencia en su guión. En el caso que tenemos entre manos, el texto ideado por Peter A. Dowling y Billy Ray se cae por todos los lados. No se entiende de ninguna de las maneras que, si realmente una niña ha sido secuestrada y no son paranoias de la madre, nadie de los más de 400 pasajeros haya visto en pleno vuelo como el conspirador se la llevaba hasta la bodega teniendo que pasar por delante de todos los asientos y posteriores entresijos del avión. Aún menos se entiende que nadie fuera capaz de recordar la existencia de esa niña, y todavía más increíble resulta que no se justifique un certificado de su defunción que luego resulta no ser cierta. Situaciones insólitas que se multiplican y que son ejercidas con un efectismo insolente que, por cierto, debería cabrear a alguna que otra compañía de vuelo. No sólo porque no se corta un pelo en adoptar el terror post-11S para hacerlo rebrotar con saña, sino porque de tener un mínimo de credibilidad esta película de Robert Schwentke, resultaría preocupante el hecho de que con solo rozar dos cables alguien pueda dejar un E-474 sin luz o hacer saltar las mascarillas de oxígeno de todos los pasajeros.
Entre tanto despropósito, sólo queda remitirnos a la actuación de Jodie Foster, posiblemente lo único salvable de este naufragio aéreo, que recuerda a su papel en La habitación del pánico, pero mucho más desmedida de principio a fin. Los secundarios son a cada cual peor, desde la niña-robot programada para decir ñoñerías insulsas en sus apenas escasos 20 minutos de actuación hasta el villano inesperado, tan poco creíble que acaba siendo una caricatura. Sólo Sean Bean mantiene el tipo como comandante (por una vez no es el traidor) en su eterno rol de secundario, pero habría que verle asumiendo papeles de más trascendencia para reconocer su valía como actor.

Tópica y típica, pretende ser un ejercicio de suspense y de taquicardia que se queda en un producto pretencioso donde falla todo y nada se sostiene. Con un guión tan endeble, resulta imposible tomarse en serio una trama que, para colmo es rematada con un final que roza lo absurdo y que parece necesitar de una explosión para justificar su posición de película-espectáculo. A pesar de todos los despropósitos enumerados, el más grande viene de boca de su productor, Brian Grazer: "Me di cuenta de que 'FLIGHTLPLAN' tenía algo de ese misterio hitchcokiano pero trasladado al escenario moderno de un vuelo internacional con todos sus recovecos, grietas, huecos y escondites". Si Hitchcock levantara la cabeza...
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Flightplan. Estados Unidos. 2005. 98'.
Director: Robert Schwentke.
Guión: Peter A. Dowling y Billy Ray.
Música: James Horner.
Fotografía: Florian Ballhaus.
Montaje: Thom Noble.
Puntuación: 3
Para conocer cuál es el plan de vuelo, pincha por aquí...
http://www.labutaca.net/films/35/plandevuelodesaparecida.htm (sobre la película)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article2859.html (crítica de la película)
http://flightplan.movies.go.com/ (página web oficial)
http://www.terra.es/cine/plandevuelodesaparecida/ (página web oficial en España)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1455.html (sobre Jodie Foster)
http://www.cinepatas.com/forum/viewtopic.php?t=3657&start=0&postdays=0&postorder=asc&highlight= (sobre Sean Bean)

martes, noviembre 29, 2005

Los 400 golpes

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Y una vez Antoine Doinele miró a la cámara ya nada volvió a ser lo mismo. El niño adoptivo del cine por excelencia corre incesante, sin descanso y hacia ninguna parte a lo borroso de su destino en un eterno, brillante y genuino travelling que no escapa a la memoria de los cinéfagos que pasaron por la experiencia Truffaut. Cuando nuestro fugitivo se detiene ante el mar infinito, se da cuenta de que vaya donde vaya está condenado a vivir en un mundo desgraciado y de penuria que no le entiende y del que no hay escapatoria posible. Entonces se gira hacia la cámara con un torrente de expresividad congelado en una mirada desamparada que atraviesa el objetivo. Las letras FIN aparecen en pantalla y el séptimo arte ha alcanzado una de sus cumbres en un ascenso por la Nouvelle Vague francesa que luego se encargarían de refrendar Chabrol, Godard o Rohmer con otros grandes momentos de celuloide.

La creatividad, el encuentro del cineasta consigo mismo, era la esencia misma y prioridad de esta vanguardia nacida a finales de los 50 y desarrollada en los 60 que, con aires del neorrealismo italiano y tintes de cine clásico se rebelaba contra lo convencional, lo establecido y propugnaba un nuevo cine de denuncia diferente en su estructura y forma de narrar. Los 400 golpes de la película de Truffaut se reparten en los golpes de la realidad, en los golpes de efecto que su cámara da con medida maestría, en las bofetadas que recibe Antoine Doinele como golpes de la vida, golpes, golpes y más golpes hasta los simbólicos 400 que anuncia el título. Bautizan esos golpes la historia de ese niño maltratado y malquerido por sus padres, metido de lleno en un entorno en el que no caben sus ansias de libertad y sí tienen lugar los regímenes estrictos y las normas que cohiben, por ejemplo, su despertar hormonal (la revista que le es confiscada en la primera escena de la película). Doinele no es, en realidad, un marginado más, sino un personaje lleno de inquietudes e inteligente, algo que demuestra en una entrevista con un psicóloga con la que razona algunos rasgos de su vida con una madurez impropias de un niño de su edad. La credibilidad que Jean-Pierre Léaud le infiere al personaje es completa, demostrando unas extraordinarias aptitudes como actor que convencerían a Truffaut para alargar sus colaboraciones y hacerle crecer como intérprete y personaje ante los ojos del espectador (El amor a los veinte años, Besos Robados, Domicilio Conyugal y El amor en fuga completaron el ciclo Doinele).

Aún hoy, 45 años después, sorprende revisionar los 400 golpes y descubrir el romance que mantuvieron cineasta y cámara, con planos dinámicos y atrevidos (atención al zoom sobre Doinel cuando está en clase y se gira para ver que es lo que está pasando fuera) que sin quebrar su aura de clásico mantienen la frescura y vitalidad que tuviera en 1959. Sigue resultando fascinante revisarla y descubrir en ella la sutil ironía de Truffaut sumada a su gusto por el detalle (el lema francés de "Liberté, Egalité y Fraternité" sobre la fachada del colegio es buena prueba de ello) para conseguir finalmente la denuncia social, la ruptura de estilo y la convicción de la supremacía del autor enamorado de un cine con personalidad propia. El talento de este genial francés consistió en saber filmar la realidad como una lapa que caía impenitente sobre las ilusiones de un niño atrapado con ansias de libertad, y lo consiguió mediante un estilo genuinamente clásico que sin embargo estaba construído a partir de un dinamismo inédito que le llevó incluso a grabar cámara en mano, algo inusual y que contradecía las rutinas productivas de su tiempo.

Hoy es un privilegio poder disfrutar de este estandarte de aquella generación de directores dotados de un criticismo inspirado, y poder comprobar de qué manera incidieron en el desarrollo del cine europeo. No sólo fue Truffaut con sus 400 golpes. También fue Godard con Al final de la escapada, fue Roger Vadim con ...Y Dios creó a la mujer, Claude Chabrol con El bello Sergio o Louis Malle con Ascensor para el caldaso. Todos ellos fueron artífices de aquel encuentro de inquietudes reencontrado en una forma de hacer cine que el público aprendió a aceptar y valorar. Los 400 golpes es un representante de aquellas inquietudes y un documento de identidad de la época, de la forma de contar historias duras y reales sin caer en la ambigüedad o complejidad y una parte del propio Truffaut canalizada a través del mismo Léaud.
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Les 400 coups. Francia. 1959. 87'.
Director: François Truffaut.
Guión: François Truffaut.
Fotografía: Henri Decaë.
Montaje:
Intérpretes: Jean-Pierre Léaud (Antoine Doinel), Albert Remy, Claire Maurier, Guy Decomble.
Puntuación: 9
Más golpes y más sobre la Nouvelle Vague...
http://www.solromo.com/art_cine/golpes.htm (completísimo análisis de la película de Truffaut)
http://recursos.cnice.mec.es/media/cine/bloque2/pag6.html (un artículo sobre la Nouvelle Vague)
http://elamante.com.ar/nota/1/1441.shtml (sobre Jean-Pierre Léaud)

martes, noviembre 22, 2005

Match Point



Punto de partido para Woody Allen. El director neoyorquino se ha cansado de intentar convencer al público yanqui de su cine (Made in Hollywood, Celebrity, Todo lo demás, La maldición del escorpión de Jade...) y con el saque roto se ha decidido a remontar sus mejores tiempos en un arrebato de clasicismo que le ha llevado a convertir su última película en el escenario de una tragedia griega situada en Londres. Jonathan Rhys Meyers es el protagonista elegido para concentrar en su haber toda la ambición del mundo y convertirse en el nuevo rico Chris Wilton, un ex jugador de tenis que acepta un trabajo como profesor al amparo de una familia que acabará siendo la suya. Su buena relación con el hijo dará paso a su romance con la hermana de éste, quien dará paso a la aventura con la que presumiblemente será su cuñada, una Scarlett Johanson que rebosa sensualidad para luego desperdiciarla con una forzada metamorfosis hacia la desesperación.

En este partido de tenis que ha planteado Woody Allen hay dos influencias que compiten por hacerse cargo del sino de la película. En un lado, la suerte, la casualidad, el albedrío... Las palabras de Rhys Meyers parafraseando a Allen nos recuerda el miedo que tiene la gente a reconocer que gran parte de la vida depende del azar, "La fe es el camino más fácil", dispara Wilton en una de las mejores jugadas de Match Point. En el otro lado de la pista juega Dostoievski con su mejor arma, el crímen y castigo que Allen no duda en referenciar repetidamente e incluso llega a homenajear en una de las escenas cumbres. Tanto el castigo como la suerte juegan su partido en el tenis como en la vida de Chris Wilton, marcados por un vaivén de la pelota que, en un momento determinado tropieza con la red y queda suspendida en el aire. Como nos explica el mismo Wilton, la excelencia del momento reside en que la pelota puede seguir su camino y hacer punto, o volver a caer en campo propio y certificar la derrota. Una paradoja acertada que resume visualmente la esencia de esta última obra alleniana.

Huelga decir que de paso, el director neoyorquino no ha desaprovechado la oportunidad de realizar una ácida crítica a la aburrida clase alta londinense, la de la hora del té y convicciones puritano-conservadoras, la de los niños pijos y visitas a Wimbledon, la hipócrita, la tediosa, la que significa un amparo para el protagonista de la historia cuyo único empeño es escalar en la sociedad a costa de cualquier precio. Si Match Point se hubiera quedado sólo en eso tal vez estuvieramos hablando de otra película menor de Woody Allen, pero el acontecimiento que da un giro de 180º a la historia compone a partir de ese momento un final apasionante y brillantemente cerrado por Allen, inesperado y descargado de tópicos. De alguna manera, este giro radical viene a demostrarnos la calidad de este cineasta al que muchos ven incapaz de hacer nada destacable fuera de sus neuras y miedos personales. Match Point es la prueba palpable de que no es cierto. Su estilo clásico y a ritmo de aria descubren una faceta nueva del director que deja a un lado muchos de los rasgos característicos de su personalidad (no todos) para conseguir un drama que con algo más de fuerza en momentos puntuales, hubiera logrado el magisterio de otras de sus obras. No es menos cierto que, acostumbrados a Nueva York, es inevitable comparar la escena en que la pareja Meyers-Mortimer se asoman al Támesis con la de Allen-Keaton haciendo lo propio en el río Hudson, y descubrir que no existe la misma complicidad para con ellos mismos y para con la cámara. Nostalgias a parte, la presencia de buen cine está garantizada y con sabor a clásico. Una buena noticia para nosotros y para el estado de forma de esa incansable referencia del cine del siglo XX que es Allen, quien cada año acude a su cita con una puntualidad (ahora) inglesa.
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Match Point. Reino Unido. 2005. 123'.
Director: Woody Allen.
Guión: Woody Allen.
Fotografía: Remi Adefarasin.
Montaje: Alisa Lepselter.
Intérpretes: Jonathan Rhys Meyers (Chris Wilton), Matthew Goode (Tom Hewett), Emily Mortimer (Chloe Hewett Wilton), Scarlett Johansson (Nola Rice), Brian Cox (Alec Hewett), Penelope Wilton (Eleanor Hewett)
Puntuación: 8
Para saber más sobre Match Point...
http://www.labutaca.net/films/33/matchpoint.htm (sobre la peli)
http://www.proverbia.net/citasautor.asp?autor=20 (una recopilación de frases del director)
http://www.bilbocine.com/directores__woody_allen.htm (sobre Woody Allen)
http://www.planetacine.com/filmografias/jrhysmeyers/ (filmografía Jonathan Rhys Meyers)
http://cinemaparadiso.blogcindario.com/2005/11/00115.html (más sobre la peli)

lunes, noviembre 21, 2005

Mulholland drive



Hay películas, secuencias, fotogramas, que pasan por nuestras retinas pero no llegan a alcanzar nuestra memoria en el final su viaje. Montones y montones de minutos residuales de cine que pasan con más que pena que gloria y se olvidan fácilmente. Pero hay otros que pasan a formar parte de nosotros, para lo bueno o para lo malo. Imágenes que chocan a gran velocidad y con gran impacto perturbando la predispuesta calma con la que visualizábamos esos momentos de cine, con consecuencias devastadoras. Algunos de ellos quedan por encima de un argumento, por encima de un esquema y cualquier previsión que pudiéramos imaginar. Y son estos los más peligrosos, porque son capaces de canalizar todo su poder en crear sensaciones a un espectador inocente e indefenso.
Angustia es la palabra que mejor define lo que sentí cuando vi Mulholland drive, una angustia indecible e insoportable que no recordaba haber sentido con ninguna otra película. Angustia pero también claustrofobia, oscuridad, dolor, silencio y la sensación de haber entrado en una pesadilla la cual me será difícil de olvidar.

Al acabar de ver Mulholland Drive no sabía decir si me había gustado o no. No había entendido nada, o había entendido muy poco. Desbordante de irrealidad por sus cuatro costados, sólo sabía que me lo había hecho pasar mal, muy mal y que me había metido sin saberlo en un experimento onírico de David Lynch en el límite del límite de lo demente y lo enfermo. Y sin embargo, quería volver a verla. No sabría explicar por qué, pero necesitaba meterme de lleno en su ultramundo e intentar una vez más componer un rompecabezas de increíble poder hipnótico. La falta de tiempo y la larga lista de espera me lo impide de momento (sólo de momento), pero de alguna manera soy consciente que he sido atrapado en la telaraña que tejió un día este excéntrico autor al que algunos les faltó tiempo para ponerle la etiqueta de "director de culto". He leído posteriormente reflexiones, reseñas, y blogs relacionados con Mulholland Drive que me ayudaron a descifrar este misterio que parecía irresoluble. Y nada más lejos, cada una de las piezas, cada momento y susurro, mirada, palabra, silencio, tiene su lugar y su función para conseguir dibujar un cuadro abstracto pero brillante que oculta un sentido tras su pintura y sus imágenes deformadas. Y es que la película de Lynch es ni más ni menos que eso, el cuadro abstracto que unos consideran una obra maestra y otros un bodrio infame.

Como anexos a mi ya trastornado subconsciente, como añadidos a mis miedos ocultos hay momentos que me marcaron y me confinaron hasta un estado de inquietud como no recordaba el sofá de mi salón en años de cine. Uno de ellos sienta en una mesa para cenar a los personajes que conforman el universo de Mulholland Drive. La torturada Naomi Watts ve como la tensión y la desubicación crece a su alrededor. Ve como su amor, Laura Elena Harring cae entregada a los encantos de Justin Theroux, con besos que se clavan como puñales. Ve como la rareza se apodera del ambiente y los silencios acompañan a frases asincopadas, tardías y sin sentido, la irrealidad se hace presente y raya lo absurdo para luego deformarse hasta lo angustioso, la tensión crispa y revienta cualquier viso de lo real como un espejo que se parte en mil pedazos y hace resbalar las lágrimas en la pálida tez de Watts.

El laberinto de Lynch está construído de sueños y desilusiones, de recovecos imposibles donde se esconden fantasmas y torturas en las que se pierde el espectador a través de la desamparada e ilusa Naomi o de los extravagantes personajes que se suceden ante nuestros ojos. La partitura de Angelo Badalamenti acompaña sin una nota de más a los movimientos de este surrealismo terrorífico protagonizado por unas actrices que, conscientes de ello, exprimen lo mejor de sí mismas. Tanto Naomi Watts como Laura Elena Harring saben convertir su desconcierto en el nuestro, así como Lynch sabe utiliza sus mejores tretas para hacer de la fascinación y la hipnosis las principales virtudes de su obra, una obra que le coloca en posición de creador brillantemente demente. Otra virtud no menos meritoria es la de demostrar que a pesar de lo que muchos puedan creer, no todo está inventado en el cine. Un cine que encuentra su lugar en este laberinto a través del Hollywood de las falsas ilusiones, en formas de una Rita Hayworth de póster a la que le roban el nombre y de la glamourosa Sunset Boulevard sustituida por la antesala de la muerte y amnésica Mulholland Drive. Pero cine, al fin y al cabo. Cine en alma y esencia.
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Mulholland drive. Estados Unidos-Francia. 2001. 145'.
Director: David Lynch.
Guión: David Lynch.
Música: Angelo Badalamenti.
Fotografía: Peter Deming.
Montaje: Mary Sweeney.
Intérpretes: Naomi Watts (Betty Elms / Diane Selwyn), Laura Elena Harring (Rita / Camilla Rhodes), Justin Theroux (Adam Kesher), Ann Miller (Coco Lenoix), Robert Forster (Detective Harry McKnight).

Puntuación: 9
Lynch en la red...
http://www.labutaca.net/films/7/mulhollanddrive.htm (sobre la peli)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article920.html (más sobre la peli)
http://www.ciao.es/Mulholland_Drive__Opinion_802090 (aquí tenéis una de las interpretaciones de la película)
http://clientes.vianetworks.es/personal/garry98/lynch.htm (sobre David Lynch)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1526.html (sobre Naomi Watts)
http://personal.telefonica.terra.es/web/totumrevolotum/2005_18_09.htm (sobre Laura Elena Harring)

miércoles, noviembre 16, 2005

Bullit

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Años 60. San Francisco. Un mustang. Una persecución desenfrenada. Cuestas interminables. Al volante, uno de los iconos del cine policiaco de los 60. Su nombre: Frank Bullit. El actor que lo interpreta: Steve McQueen.

Llegado a un punto en que mi paciencia y mi tiempo escapan a cavilaciones sobre qué películas tenía pendientes de ser devoradas, opté por escoger siguiendo un simple sentido de la curiosidad. Por un lado, conocía Bullit de oídas por su famosa persecución de coches en las calles de San Francisco, para muchos cinéfilos la mejor nunca rodada. Por otra parte, me era imposible separar ese nombre del de ese rubio que un día protagonizó una gran evasión, como me es imposible separar los nombres de Harry-Eastwood o McLaine-Willis. Un cáncer de pulmón fue lo que mató a este actor con sólo 50 años, no sin antes haber dejado una huella considerable en el cine de acción y convertirse en un actor idolatrado incluso por la família Manson, que le concedió el honor de estar en su "lista de muertos" junto a otros ilustres como Tom Jones, Richard Burton o Sinatra. Entre tanto paganismo idólatra, llama la atención recuperar Bullit y descubrir en él una inexpresividad absoluta, que buenta talla daría ante otro rostro de piedra de nuestros días, Richard Gere (salvemos Chicago).

No pretendo venir ahora a desmontar el mito de McQueen, nada más lejos. Hablo a partir de lo visto en esta Bullit, película típicamente policiaca de los 60 que de nuevo protagoniza un tipo duro, parco en palabras y expeditivo en su trabajo. El mérito de esta cinta se reduce a sus experimentos con el montaje, que se ponen de manifiesto no sólo en la archiconocida persecución sino en algunos cuantas escenas durante la primera mitad. El uso de algunos picados y contrapicados, zooms y encuadres le dan un aire innovador que luego parece diluirse por completo. Desde luego, se agradece el esfuerzo de Peter Yates por rodar una magnífica escena sobre ruedas por las calles de San Francisco, una ciudad de grandes avenidas y cuestas imposibles que son el sueño de todo realizador amante de la acción al volante. Otros lo han intentado luego con mayor o menor suerte. Michael Bay nos recordó esta misma escena en La Roca, pero el despropósito de montaje y artificio era tan grande que ahogaba cualquier posibilidad de sacar algo positivo. Exactamente lo mismo que se le puede decir a Dominic Senna en 60 segundos, cosa que no es de extrañar cuando ambas películas llevaban estampado el sello Bruckheimer. Deberían haber aprendido de John Frankenheimmer, perfecto dominador de los mecanismos del cine de acción, que en Ronin realizó la mejor de las persecuciones que un servidor ha disfrutado en una sala oscura, sin la pretenciosidad y sobrecarga de efectos especiales que desbordan la secuencia de la autopista de Matrix Reloaded, por ejemplo, ni el atropellado montaje que estropea el final de El mito de Bourne.

Pero volviendo a Bullit, de poco más puede presumir este teniente de rostro hosco e impenetrable. Se trata, a todas luces, de un policiaco que se ha quedado obsoleto, que ha envejecido mal. Lenta en su ritmo narrativo, donde la monotonía y los silencios son apenas rotos por escenas aisladas donde como mucho se puede decir que hay movimiento, pero no acción y tampoco tensión. Tampoco ayuda a este efecto la ausencia casi total de una música que acompañe a las situaciones planteadas, si no a todas, por lo menos a unas cuantas. Si a eso le añadimos que el papel de Jacqueline Bisset es más un chiste que otra cosa, no puedo dejar de pensar en que se trata de una película icónica de su época más que una buena película. Para nostálgicos, fans de McQueen o curiosos del género.
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Bullit. Estados Unidos. 1968. 113'.
Director: Peter Yates.
Guión: Alan Trustman
Música: Lalo Schifrin.
Fotografía:
Montaje: Frank Weller.
Intérpretes: Steve McQueen (Frank Bullit), Robert Vaughn (Walter Chalmers), Jacqueline Bisset (Cathy), Don Gordon (Delgetti), Robert Duvall (Weissberg), Simon Oakland (Capitán Sam Bennett), Norman Fell (Capitán Baker)Carl Reindel (detective Stanton), Justin Tarr (Eddy).
Puntuación: 5
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article301.html (sobre Steve McQueen)
http://www.stevemcqueen.org.uk/ (sitio web de posters de Steve McQueen)
http://www.epdlp.com/director.php?id=1296 (filmografía Peter Yates)

viernes, noviembre 11, 2005

Camarón: la película

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Ante las inminentes acusaciones (y no sin razón) de perrería que están al caerme, he decidido volver a las andadas. Tras haber pasado por el confesionario y vomitar unas cuantas reflexiones no sé si muy útiles, ya sólo quedaba superar el síndrome de la página en blanco (blog en blanco) y enfrentarme al primer biopic que pasa por cinelandia, si no recuerdo mal...

El género del biopic a estas alturas no ofrece mucho ni le hace falta. Las vidas biografiadas en el cine siguen en su mayoría unos cánones ya más que asentados en el cine, unas bases, un engranaje que hace funcionar como un reloj este tipo de películas. Unas directrices ya delineadas que no impiden que cada realizador deje su sello a partir de un estilo propio. Lo hizo el checo Milos Forman con Amadeus (a la altura de su ilustre homenajeado) y con El escándalo de Larry Flint. Lo hizo Michael Mann con Muhammed Alí, de la mano de un irreconocible Will Smith, y también se apuntó un tanto a su filmografía Tim Burton cuando nos mostró a Ed Wood no como el peor director de la historia, sino como un iluso enamorado del séptimo arte que contagiaba su devoción más allá de la pantalla. Un servidor opina que la palma se la llevó Arthur Penn cuando allá por el 67 rodó la más brillante, bella y violenta biografía de dos personajes que sembraron el terror por tierras yankis mientras apuraban su amor como el último de los alientos. Llámenlos Beatty y Dunaway, o Bonnye & Clyde...
Hay biografías de todos tipos y colores: mediocres (Evita), excelentes (Toro Salvaje), discutibles (Man on the Moon, Alejandro), curiosas (Yo, el Vaquilla), técnicas (El Aviador), aburridas (Michael Collins), falsas (Una mente maravillosa), exaltadas (Braveheart), insulsas (Llámame Peter), o sostenidas por el peso de su protagonista (Ray).

Lo de Camarón es un ejemplo de cómo articular esos mecanismos para lograr una más que decente película de vida o vida de película. La última de Jaime Chávarri es un ejemplo más que explicativo de su carrera como director: una larga trayectoria y una reputación asentada de veterano, conocedor de su oficio y de cómo llevar una idea a la práctica. Sin embargo, Chávarri no es Medem, ni Amenábar, ni Martínez-Lázaro, ni Achero Mañas ni tantos otros, y hasta la fecha no será recordado por haber dado aires nuevos al cine de nuestro país. Teniendo en cuenta que este no es un género muy dado a la originalidad y que hablamos del padre de Las cosas del querer, el retrato y vida de José Monge era, a todas luces, una buena excusa para su lucimiento, y así ha sido.

Camarón gusta por lo fascinante de su vida y de sus orígenes, por el eterno temperamento del artista, por sus ratos de flamenco llevados a cabo con profesión y acierto, y por la magistral interpretación del joven Óscar Jaenada que ya en sí vale media película. Sólo Raúl Rocamora en una muy buena caracterización de Paco de Lucía consigue destacar en la sombra del protagonista indiscutible de esta historia, mientras que sólo se entiende la presencia de Verónica Sánchez como un mero reclamo publicitario que, a priori, no debería hacerle falta a una película que de antemano tiene un público ganado.

Impiden que llegue a más algunos de los fallos y vicios más típicos del género, tales como la omisión incomprensible de momentos puntuales. Es el caso, por ejemplo, de encontrarnos con un Camarón que descubre a la que va a ser la mujer de su vida, se encuentra ante la adversidad de la familia de ella (tiene 15 años, y sí, es Verónica Sánchez) y la solución es casarlos dos escenas después sin más explicación. Tampoco ayudan algunas escenas poco afortunadas o que mejor debieron quedarse en la sala de montaje, como la de la playa y el zapato. Sin embargo son fallos compensados con escenas de gran altura como la actuación en París o la que comparte con Paco de Lucía, escenas donde el protagonismo es de la voz partida de Camarón y la cara desencajada y sentida de Jaenada.

Una sorpresa y una buena noticia que nos ayuda a quitarnos poco a poco la caspa que aún desprenden los cines por culpa de Torrente. Un ejemplo de como hacer buen cine español para el gran público, y una oportunidad para darle más brío a un género no muy prodigado en nuestra filmoteca. Para cuando Camarón haya dejado de cantar en los cines habrán llegado Alterio, Toledo y compañía para recordarnos que la cama tiene dos lados. Esperemos que no desafinen.
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Camarón: la película. España. 2005. 121'.
Director: Jaime Chávarri.
Guión: Álvaro del Amo y Jaime Chávarri.
Música: Camarón de la Isla.
Fotografía: Gonzalo Berridi.
Montaje: Pablo Blanco.
Intérpretes: Óscar Jaenada (Camarón de la Isla), Jacobo Dicenta (Luquitas), Verónica Sánchez (La Chispa), Mercé Llorens (Isabel), Martín Bello (Manuel), Raúl Rocamora (Paco de Lucía)
Puntuación: 7
Por si te has quedado con hambre...

sábado, noviembre 05, 2005

Confesiones de un cinéfago

Se podría decir que le he plagiado la idea a uno de los que andan por aquí de vez en cuando. Se podría decir. Tenía en mente una idea amorfa, un croquis sobre como escribir algo que una de la mano a mi decadencia vital con la única de las enfermedades que agradezco tener en estos momentos: el cine. No veo la manera de llamarme cinéfilo cuando ni siquiera he visto el 1% de las películas que debería ver para serlo, así que de momento me calificaré como cinéfago, palabra que sí, me he inventado, y que viene a recordar mi condición de devorador del séptimo arte.

Mi estado de ánimo de los últimos días me invita a pensar que últimamente ya no soy el que era. En el fondo de una acequia a la que caí como consecuencia de un trabajo temporal, incomprensible e inhumano, supe que mi odio interior ha crecido de una manera descomunal. Me siento, más que nunca, como un Tyler Durden apartado del mundo, de la "sociedad" normal e inmerso en un proceso de feliz autodestrucción del que no veo fondo. "Únicamente cuando se pierde todo somos libres para actuar", me dijo ese rubio siniestro hermanado con el mismísimo Rimbaud. Y tenía razón cuando escribo esto después de haber perdido tanto, tanto de lo que fui, tanto de lo que tenía, tanto de una persona importante en mi vida a la que perdí por imbécil. You do it to yourself. Supongo que me siento como Alvy Singer sintiéndose a su vez como Groucho Marx: “Jamás aceptaría pertenecer a un club que me admitiera como socio”… un sentimiento encontrado, como lo es para mí esa película de Fincher o la poesía etílica de Bukowski, la novela de Cortázar o la música de Thom Yorke, "esa" conexión que esperas encontrar algún día, "eso" que está en sintonía con lo que pasa por dentro de tu cabeza y no te hace sentir como un completo idiota prefabricado en cadena de montaje.

Hace dos días asistí a una nueva proyección del Muvim y mi humor empeoró cuando descubrí que, como me dijo Rémy, el cretinismo existe. El espectáculo asombroso de unas cuantas decenas de personas poniendo toda su atención en un documental de 80 minutos en el que exclusivamente se filmaba la calle desde una ventana me dejó atónito. La película en cuestión era Tishe! ("Calla"), una estafa con asombroso poder de convocatoria precedida por un ponente y/o pedante que tenía la cara de afirmar que el agujero de la alcantarilla por la que se colaba toda la mierda era una metáfora de Rusia y de su situación actual. Valiente gilipollas. Podría haber dicho que el agujero era el ojete de Kossakovsky y la mayoría de los allí presentes le hubieran aplaudido.
No contento con esto, también se aventuró a calificar el bodrio en cuestión como una película "dura". Cretinismo al cuadrado. Dura es la escena en que violan a Susan George en Perros de paja, duro es el baile que precede a la muerte en Bailar en la oscuridad, duro es contemplar el desamparo de los niños de Travernier, la mirada triste y perdida de Lamberto Maggiorani, Ladrón de bicicletas. Duro es ver cómo un derrotado Joe Kavanagh se rinde a la bebida. Eso es dureza en estado puro, cine de entrañas, que mira sus tripas y las muestra para que todo el mundo las vea. Me lo enseñó otro de mis encontrados, Cronenberg, el mismo canadiense que un día me mostró lo cerca que estaban amor y horror. Un documental donde la mayor parte del metraje está protagonizado por una obra de pavimentación, no hace sino confirmarme que su autor no tiene nada que decir o que se está riendo de mí. O ambas cosas.

Por suerte el celuloide aún me guarda ratos de feliz parsimonia en dosis de Egoyan y su calendario de Armenia, o de Jarmusch y sus flores que olí un jueves por la noche. La que mejor olía era Alexis Dziena, capaz de provocar en apenas unos segundos una auténtica tormenta de sentidos en Bill y en mí mismo. Un momento de líbido y paz en medio de una semana de caos y desesperación que remato con un puñado de reflexiones sin más motivo concreto que el desahogo. Tal vez el lunes ya pueda escribir críticas de puntuación y links por doquier y pensar que todo va bien, tal vez… Pero de momento, me doy el gustazo de reinventar mi semana en 16 mm y rubricarla citando a un borracho ilustre cuyo nombre ya he mencionado por ahí arriba, y que dejó antes de irse perlas como esta:

“Y no creo en la perfección, creo en mantener los intestinos libres, por lo que coincido con los que me critican cuando dicen que lo que escribo es un montón de mierda”