martes, diciembre 27, 2005

Fresas Salvajes

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Y mira que es difícil creer. Que difícil aceptar sin reparos que un nombre pueda significar tanto para un arte y más difícil todavía llegar a entender por qué. El común de los mortales se resigna a pensar que algunos de esos nombres elegidos están lejos de sí mismo y rechazan acceder a ellos por inaccesibles cuando en verdad no son más que un espejo en el que se miran. En el momento póstumo de su obra que llega con Saraband, me inicio en Bergman con sus Fresas Salvajes para darme cuenta de que su obra no es sólo un lienzo que pinta con mano maestra, sino que es un cristal donde cualquiera puede ver su reflejo, para suerte o desgracia en algún momento de su vida.

Su maestría reside en una premisa básica: nunca nadie plasmó mejor en una pantalla las inquietudes del hombre. Es lo que hace que ver su película se convierta en una experiencia universal y a la vez temible por poder llevarnos a un profundo análisis de nosotros mismos. Cuando uno encuentra un discurso tan brillante sobre la vida y la muerte, el pasado y el presente o la felicidad y la desgracia, poco le queda más que quitarse el sombrero ante el autor y reconocerle el mérito. Posiblemente no sepa de virtuosismos técnicos, ni maneje con suma habilidad los resortes de la comedia o los engranajes de una perfecta trama, pero Bergman deja eso a otros maestros y se dedica a lograr el más perfecto cine personal, de autor, que un servidor ha conocido. Lo mejor de todo es que sea a través de una road movie, una película de carretera en la que el profesor Isak Borg, interpretado sin fisuras por Victor Sjöström inicia un viaje con su nuera que le llevará al pasado y a un autoconocimiento terrible de su propia personalidad. En realidad el viaje es a la Universidad de Lund donde será investido doctor honoris causa (Allen, ferviente admirador de Bergman retomaría un argumento muy similar en Desmontando a Harry) , pero no es más que la excusa para plantear una serie de paradas a través de los sueños y recuerdos de Borg que descubre con horror que ya está muerto mucho antes de llegar al final de su vida. El pesimismo es una conclusión fulminante de entre las reflexiones que lanza Bergman al aire (sobre todo a través del personaje del hijo de Borg), pero no es la única. Apuntes sobre la desgraciada vida matrimonial y el psicoanálisis a través de dos autostopistas, discusiones sobre Dios y el racionalismo a través de dos paletos que se pelean entre una chica necesitada de atención, o deformaciones del tiempo a través de la subjetividad son las coordenadas de Fresas Salvajes, un producto único que toca techo en la capacidad de un autor para escenificar mejor que nadie las relaciones personales y el particular universo que las rodea.

Resulta tan angustiosa como entrañable, tan psicodélica como realista y capaz de tomar temas tan dispares que no puede sino cautivar al que la mira e intenta comprenderla. El juego de espejos que se nos presenta no es más que esos objetos donde sus personajes observan su alma desnuda y consiguen hacer lo propio con el espectador, al voyeur, que experimenta en esa mirada tanta depresión como alegría y tanta dosis de realidad como del surrealismo más esperpéntico. En ese último apartado hay sitio incluso para postales familiares bergmanianas donde ese esperpento y lo extravagante campan a sus anchas con un anciano sordo escuchando a dos gemelas insoportables cantando mientras su tía controla la rectitud de hasta el último gesto de los miembros de su extensa família. Momentos deliciosos que conforman un clásico que ofrece una oportunidad en bandeja para que el espectador pare a descubrirse como lo ha hecho Borg y ser partícipe o no de sus reflexiones. Un juicio al que él mismo será sometido en uno de sus sueños en el que el veredicto le acusará de egoista e individualista.

Fresas salvajes raya la perfección y lo hace con un mosaico completo de las preocupaciones y circunstancias del ser humano. Los relojes sin manecillas o el parabrisas a ritmo de metrónomo son la metáfora de un tiempo amorfo y angustioso, la joven autoestopista Sara es una representación de la radiante juventud y el matrimonio que tiene el accidente, una patética muestra de la crueldad más arraigada al ser. Todo, hasta las fresas, tienen su sitio en una de las cumbres del cine de los 50 y el mejor ejemplo posible de como mezclar cine y alma.
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Smulltronstället. Suecia. 1957. 91'.
Director: Ingmar Bergman.
Guión: Ingmar Bergman.
Música: Erik Nordgren.
Fotografía: Gunnar Fischer.
Intérpretes: Victor Sjöström, Bibi Andersson, Ingrid Thulin, Gunnar Björnstrand, Julian Kindahl.
Puntuación: 9,5
Si os quedáis con ganas de más, pinchad por aquí...
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article2670.html (sobre la peli).
http://www.mundofree.com/cine_nordico/Ingmar_Bergman.html (sobre Ingmar Bergman).
http://www.bergmanorama.com/ (web dedicada a Ingmar Bergman).
http://www.miradas.net/clasicos/2003/0311_fresas.html (sobre la peli).
http://www.mundofree.com/cine_nordico/Victor_Sjostrom.html (sobre Victor Sjöstrom).

sábado, diciembre 24, 2005

El jardinero fiel



Se podría decir que todo arte tiene en su suerte aquellos los llamados aventajados. Alumnos que descargan sus inquietudes artísticas con rabia y talento feroces en sus primeras obras, que crean pronto un estilo que otros tardan años en consolidar. Cuando pienso en Meirelles, lo hago pensando en esa suerte de alumno que de forma tan genuina es capaz de generar obras de inspiración propia (Ciudad de Dios) para luego adaptar otras con igual destreza sin perder ese toque, esa bendición creativa que le hace ser el nuevo aventajado del cine brasileño (un cine capaz con nombres propios como Walter Salles o Eduardo Coutinho). El jardinero fiel pertenece a estas últimas, por ser sello particular de John le Carré quien, por cierto, no podría haber encontrado mejor aliado en la traducción de su obra al celuloide.

¿Y cuál es el estilo de Meirelles? La cámara en movimiento contínuo que se alterna con escenas de contemplación, de planos y secuencias impregnadas de enorme belleza que se fijan en lo íntimo de sus personajes o en vistas aéreas que enseñan lo más bello de un África que es escenario perfecto para las intenciones de denuncia de su director, como lo fuera en su día la favela Ciudad de Dios. La historia esta vez nos traslada a Kenia, donde un diplomático inglés, jardinero y abstraído de casi todo lo que le envuelve y su bella y activista esposa inician una nueva vida. En un país infestado de SIDA, grandes multinacionales farmacéuticas realizan ayuda humanitaria mediante donación de medicamentos caducados. Pronto y tras un aborto inesperado, la esposa del jardinero comenzará a tener sospechas de que alguna de esas grandes empresas está realizando con pacientes experimentos poco lícitos para probar un nuevo medicamento contra la tuberculosis que se presume la epidemia del nuevo siglo. La investigación se convierte en el centro de una narración que lejos de optar por un estilo clásico, utiliza las elipsis, saltos temporales y flashbacks como recursos preferidos. Resulta apasionante la suma Meirelles-Carré en la forma que consigue atrapar al espectador y no soltarlo hasta los títulos finales, haciendo que durante el camino sea tan partícipe de su emoción y dramatismo como consciente de la injusticia y desgracia que retrata en su trasfondo al son de la magnífica partitura de Alberto Iglesias (habitual de Amenábar) .

Es El jardinero fiel una película de una tristeza contenida inmensa, sigilosa pero poderosa en sus efectos, lo que la hace doblemente atractiva. Uno piensa tras acabarla, que ha visto una obra triste en la que la tragedia está oculta por su absorbente argumento, sólidamente consolidado con grandes actuaciones tanto en los protagonistas como en sus secundarios. Ralph Fiennes consigue dar completo crédito a un personaje complejo, absorto en sus plantas, perdido, desubicado y enamorado de una mujer fuerte e irradiante de lucha y pelea contra la injusticia que le envuelve. Una mujer magníficamente interpretada por Rachel Weisz. Sólo un encuentro con la muerte hace ser consciente a un jardinero de lo que perdió y lo que perderá en un lugar muy lejano a lo que algún día fue su acomodada casa de Londres. Su historia de amor es, posiblemente, la asignatura pendiente que queda a Meirelles en cuanto a que resulta acelerada y poco desarrollada, salvando una inolvidable escena de sexo llevada a cabo con una sensibilidad y beldad poco comunes en nuestro tiempo. Esa asignatura y un cierto abuso del preciosismo en ciertos pasajes son el único pero que impiden a este jardinero sentar magisterio.
Y sin embargo, se trata de una delicia. Una delicia triste que merece la pena ser revisada una y otra vez. Imprescindible.
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The constant gardener. Reino Unido. 2005. 129'.
Director: Fernando Meirelles.
Guión: Jeffrey Caine; basado en la novela de John Le Carré.
Música: Alberto Iglesias.
Montaje: Claire Simpson.
Fotografía: César Charlone.
Interpretación: Ralph Fiennes (Justin Quayle), Rachel Weisz (Tessa Quayle), Dany Houston (Sandy Woodrow), Bill Nighy (Sir Bernard Pellegrin), Pete Postlethwaite (Lorbeer).
Puntuación: 8
Para saber más sobre El jardinero fiel...
http://www.labutaca.net/films/34/eljardinerofiel.htm (sobre la peli).
http://www.eljardinerofiel.uip.es/ (página web oficial en España).
http://www.theconstantgardener.com/ (página web oficial).
http://www.filomusica.com/filo39/iglesias.html (sobre Alberto Iglesias).
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1551.html (sobre Ralph Fiennes).
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1550.html (sobre Rachel Weisz).
http://laventana.casa.cult.cu/modules.php?name=News&file=article&sid=2847 (entrevista a Fernando Meirelles).

miércoles, diciembre 21, 2005

Coûte que coûte



Las imágenes son en ocasiones perfectos retratos del espíritu. Siempre me ha inquietado el poder con el que la cámara atrapa el halo que envuelve a aquellos que filma y cómo puede llegar a ser una magnífica delatora de la ilusión, la desesperación, el esfuerzo, la mentira, la incomodidad, la lucha y la obstinación. El género documental que para mí siempre había sido un gran desconocido me ha demostrado en las últimas fechas que es el mejor espía de la realidad y que sabe destapar como nadie la pretenciosidad y ponerla de rodillas ante la honestidad de películas como Coûte que coûte.

Firmada por la francesa Claire Simon hace una década, el documental nos traslada hasta un entorno concreto al que apenas escaparemos durante la siguiente hora y media: una empresa de platos precocinados y por encargo a las afueras de Niza que abastece a grandes y pequeñas superficies comerciales de la zona. La empresa lleva tiempo funcionando, pero nosotros la encontramos en su peor momento, cuando la plantilla se ve reducida a cinco trabajadores que serán los protagonistas absolutos de una lucha por la supervivencia y un empeño titánico por resurgir de sus cenizas. Coûte que coûte tiene la virtud de cumplir su objetivo como retratista del día a día de una grupo de personas que intentan llevar un negocio casi hundido, donde los lazos forjados y el empeño humano por seguir adelante son sus únicas bazas. Presenta similitudes con el experimento de Jordà con Numax desde el momento en que la proximidad del abismo obliga a los pocos componentes que quedan a tomar la decisión de formar sociedad con extravagantes consecuencias que acaban sumando, por ejemplo, responsabilidades de secretario a un cocinero. Aunque en un contexto diferente, la película de Simon tiene un indudable atractivo en esa demostración de lucha vital sin caer en los teatrismos ni en las falsas casualidades, limitando su función a la observación y dejando que los personajes hablen por sí mismos. Esto a la vez que positivo significa una limitación en cuanto a que, una vez respetada esa premisa, el documental se ve por suerte o desgracia ligado en sus aspiraciones a la elección de su tema. Son los temas pequeños tan dignos como cualquier otro, pero también más fáciles de rodar y llevar a cabo, lo que deja a Coûte que coûte en un buen documento que no va más allá de ser el espejo de una pequeña parte de nuestra realidad social.

El toque de Simon, por otro lado, es mínimo y reducido a poco más que el montaje de una obra en la que recurre a la división por pequeños capítulos introducidos por una frase llamativa o relacionada con el contexto inmediato. El acabado es un compendio de situaciones del ámbito empresarial en las que personas que luchan por ganarse la vida en un rincón abandonado a su suerte por el capitalismo, reclaman el dinero que no le han pagado o bajan al bar a llamar y tomar nota de pedidos porque les han cortado el teléfono. Como este último, tropezamos una y otra vez con momentos que lejos quedan de un panorama laboral y que son entorno de una lucha con nombres propios para los que esa empresa es su vida, sus amigos y su casa a la vez que cárcel.

La esperanza es un valor a la baja al que los trabajadores de Coûte que coûte se aferran como si de lo único que supieran hacer se tratara, como si su propia cocina fuera. Es una sensación que queda tras el visionado de la película y que la directora Claire Simon sabe desarrollar sin salirse del tiesto y perfectamente consciente de las posibilidades de su documental. Y el resultado del negocio es bueno, pese a que no puedan decir lo mismo los protagonistas de su historia...
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Coûte que coûte. Francia. 1995. 90'.
Director: Claire Simon.
Puntuación: 7
De lo poco que he encontrado...

viernes, diciembre 16, 2005

King Kong

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Si la autocomplacencia fuera pecado capital Jackson sería culpable sin reservas. Sabe el director neozelandés adaptar obras mastodónticas y salir airoso de lo arduos bretes que eran las obras de Tolkien y la recuperación caprichosa de su clásico de la infancia y universal King Kong. Y como es su película, no desperdicia ocasión para recrearse y dar carta abierta a todos los excesos habidos y por haber en la pantalla: excesos de metraje (3 largas horas), excesos de efectismos, excesos de preciosismo, de gore, de digitalización... hasta un exceso de jurásico que llega a cotas insospechadas para el espectador que no va preparado. Tanto que por momentos parece convertirse en la cuarta entrega de la saga Spielbergiana en una orgía de dinosaurios de todos los tamaños y colores bien acompañados por una fauna peculiarmente desagradable.


El padre de todos los monos vuelve a impresionar al público de su tiempo como lo hiciera en 1933 de la mano de Merian C. Cooper (atención al homenaje) y Ernest B. Schoedsack,en un clásico inmortal que hoy causaría la mofa en los niños de la era digital por su aspecto rudimentario y su maqueta de monstruo más bien irrisoria. La otra gran versión y primer gran 'remake' vendría del empeño de uno de los productores más carismáticos de Hollywood, un Dino de Laurentis que en 1976 logró enamorar de nuevo a la bestia, atraída por los encantos de Jessica Lange. Huelga decir que no son las dos únicas y que han habido repetidas ocasiones para ver al montruo
en películas de escaso presupuesto, series B inauditas como Son of Kong (secuela de 1933), King Kong vs. Godzilla (1963), Tarzán y King Kong (1965), o Queen Kong (1976). Al pobre simio lo han explotado tanto que incluso circula una novela por internet en la que Kong se encarga de rescatar el Titanic con la ayuda de Cousteau y Grace Kelly... increíble pero cierto.

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Dejando rarezas de lado, Peter Jackson ha traído una nueva y espectacular revisión adaptada a los tiempos que corren, rebentada de efectos especiales que configuran un mundo asombroso que cambia el cartón piedra por los píxeles del ordenador. Lo mejor que se puede decir de Jackson es que desde su admiración mantiene intacta la historia original y lo hace devolviendo el espíritu de las viejas películas de aventuras, género ya escaso y pobre en nuestros días. La primera hora de King Kong es, además, un ejemplo magnífico de ambientación y retrato de la nueva York de los años 30, movida a ritmo de los musicales de Broadway y aterida de frío y pobreza en sus callejones. Es entonces cuando se nos presenta a sus personajes, una actriz en paro más que busca de su oportunidad (Naomi Watts en el papel de la cándida y bella Ann) y un director de cine acabado que se resiste a perder la gran oportunidad de rodar en una isla misteriosa (sorprendente Jack Black), a los que se le sumará un guionista que se convertirá en el improvisado héroe y galán (Adrien Brody). Una hora de buen cine en el que nos embarcamos con ellos en un apasionante viaje hacia la tenebrosa isla en la que espera un misterio que, a pesar de ya conocido, infunde igual temor. El problema llega tras la aparición del monstruo, cuando Jackson deja los remilgos y reparos y se desboca por completo, dejando una retahíla de escenas que igual rozan la genialidad (la ofrenda de la chica al gorila) como el más despreciable cine palomitero (la estampida de dinosaurios). Sobra minutaje y sobran escenas donde vemos a Kong luchar contra bestias hasta la extenuación (suya y nuestra), así como el clímax de la faceta gore de Jackson cuando parte de la expedición cae en las garras de desagradables criaturas subterráneas, no apto para estómagos sensibles.

Tal despliegue de alaridos, peleas y situaciones al límite no hacen sino demostrar tras dos horas de metraje, lo muy estirada que se encuentra una historia que no da para más y que su director se empeña en sobredimensionar hasta el infinito y más allá. Suerte que la mano de buen autor vuelve a aparecer hacia el final en una vuelta a la civilización mucho más emocionante y entretenida que el desmadre en Isla Calavera, culminando en la genial escena del Empire State, donde el mito vuelve a brillar por sí mismo y donde encontramos los mejores momentos de cine de esta exagerada película. Queda para el recuerdo en color la imagen del gigantesco gorila asido a la cumbre de la torre, espantando aviones a manotazos bajo el amanecer de Manhattan. Pero tres horas no justifican un producto de entretenimiento con demasiadas aspiraciones y poca historia, que logra el agotamiento por acumulación y, que al final, muy lejos queda de su original en blanco y negro.
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King Kong. Estados Unidos y Nueva Zelanda. 2005. 180'.
Dirección: Peter Jackson.
Guión: Fran Walsh, Philippa Boyens y Peter Jackson; basado en el guión original de Merian C. Cooper y Edgar Wallace.
Música: James Newton Howard.
Fotografía: Andrew Lesnie.
Montaje: Jamie Selkirk.
Puntuación: 5,5
Si te has quedado con el mono...
http://www.labutaca.net/films/34/kingkong.htm (sobre la peli).
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article2888.html (críticas de la peli).
http://www.tepasmas.com/datos.php/kingkong1933.htm (sobre la peli de 1933).
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1752.html (sobre Peter Jackson).
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1806.html (sobre Jack Black).
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1526.html (sobre Naomi Watts).
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1315.html (sobre Adrien Brody).

jueves, diciembre 08, 2005

Veinte años no es nada

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Qué duda cabe de que el documental es un género a parte. Raro, maldito, confinado, no apto para las masas, discutido, perdido en pequeñas salas, surge como la necesidad de algunos cineastas de rescatar la realidad para la memoria colectiva... o no. Antes de que Michael Moore viniera a espectacularizarlo y viciarlo con la inestimable ayuda de seguidores como Spurlock, a ninguno se le hubiera pasado por la cabeza que un documental se fuera a estrenar en un cine que tuviera más de cuatro salas. Fahrenheit 9/11 y Super Size me rompieron esta tónica que, sin embargo, sigue valiendo para la inmensa mayoría de países que realizan este tipo de producciones.
España, cómo no, es buena muestra de ello. Ya resultó meritorio que un documental como Del Roig al Blau resistiera de manera incansable y durante largo tiempo en una única sala de Valencia. Caso parecido es el de ésta 20 años no es nada de Joaquim Jordà, desterrada al Albatros (pese a una segunda posición en la Seminci) y con pocos visos de futuro que ojalá no se cumplan.

Pero no nos engañemos. Mi deseo de que se mantenga no va acorde con mi opinión respecto a su calidad. Lo veo como una necesidad de reavivar el documental en las salas españolas, en las que ahora parece asomar más la nariz con la italiana Viva Zapatero!. La película de Joaquim Jordà me resultó decepcionante y tremendamente irregular. Si algo se puede decir de ella es que funciona "a ratos" y que "a ratos" convence sin encontrar, tras casi dos horas de metraje, su sitio. Para entender su historia es preciso remontarse algo más de 20 años y volver a 1979. Por entonces, la fábrica de electrodomésticos Numax decidía cerrar sus puertas y trasladar sus plantas a Brasil con el objetivo de abaratar costes. Con tal de evitarlo, los trabajadores de la fábrica se lanzaron a la huelga y a la posterior toma del edificio, iniciando así un proceso de autogestión único en su tiempo. Conscientes de la singularidad de aquellos acontecimientos, encargaron a Joaquim Jordà la realización de un documental que a la postre se llamaría Numax presenta y en el que invertirían las últimas 600.000 pesetas de la caja. Lejos de quedar en el olvido, 26 años después Jordà decide rescatar a los protagonistas de Numax y mostrarnos qué es lo que ha sido de ellos. Antaño revolucionarios, idealistas y convencidos de la posibilidad de una sociedad mejor, vemos desfilar lo que queda de sus ilusiones y les oímos recordar aquellos tiempos con evidenciada morriña. Ahora son un taxista que aprende idiomas con cintas, una mujer recluída en los valles pirenaicos que realiza charlas con sus vecinas, una mujer mayor que confiesa su catolicismo o la viuda de un tal Juan que en su ansia por exprimir hasta la última gota de su vida se lanzó a una vida de delincuencia que le llevó a atracar el Banco Sabadell en lo que es, sin duda, uno de los pasajes más interesantes y divertidos del documental.

Pero hay en Veinte años no es nada un abuso del falso documental, de los falsos reencuentros, de las situaciones forzadas de compañeros que se vuelven a ver tras tanto tiempo o incluso de los que se ponen a rememorar tiempos pasados como si de un acto de espontaneidad se tratara. Un defecto que salta a la vista en escenas como la de la cafetería o la del tren, donde además un descuido imperdonable de Jordà rompe la continuidad del plano. Esto no ayuda en una película descompuesta e irregular, poco ordenada en sus intenciones y en su ritmo. Si por momentos parece brillar en escenas emotivas y brillantes que retratan el paso del tiempo en sus personajes de una manera sincera, es para luego desembocar en otros panfletarios y lentos que acentúan su arritmia. La bella fotografía de algunos planos, contemplativos y ocasionalmente cercanos al Calendar de Egoyan quedan descompensados con la monotonía de otros muchos. Es la falta de estructura su principal defecto y causante de su desorden latente que le hace otorgar demasiada importancia a unos testimonios en comparación con otros a los que poca atención se les presta. El conjunto no suspende, pero tampoco aporta nada nuevo y se queda, por desgracia, en las buenas intenciones.
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Veinte años no es nada. España. 2005. 117'.
Director: Joaquim Jordà.
Guión: Joaquim Jordà, Laia Manresa.
Fotografía: Carles Gusi.
Montaje: Núria Esquerra.
Puntuación: 5

martes, diciembre 06, 2005

Oliver Twist

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Gusta Polanski de recuperar clásicos para su puesta en escena. Su puesta, subrayando posesivo, visión particular de un cineasta tan versátil y prolífico en esto del cine como polémico y reprobable fuera de él. Tess y Macbeth ya atravesaron el Rubicón del particular universo polanskiano y ahora le toca el turno a un Oliver Twist harto adaptado en la pantalla en versiones de gustos a la carta. A este singular hijo de Dickens lo puso a cantar y bailar un tal Carol Reed allá por el 68 que, por entonces ya sabía del gran reserva David Lean del 1948. Dos referencias destacables de entre una veintena de adaptaciones a las que viene a sumarse ésta para su disfrute y apogeo en fechas navideñas ya en ciernes.

Lo mejor del Oliver Twist de Polanski es su enorme capacidad para transmitir la fascinante obra de Dickens sin perder un ápice de su interés. Su ritmo narrativo impecable logra atrapar al espectador desde el primer hasta el último minuto de metraje, gracias a una narración ágil que tiene su mejor arma en la potenciación de lo novelesco, de la supremacía de la obra original sobre los demás rasgos. No cae en la caricaturización ni en el realismo más duro, sino que prefiere narrarnos la aventura de Twist con aires de clásico de aventuras. La cámara no cae en excesos, con planos fijos que prefieren la recreación al dinamismo y a la hiperactividad tan dada en nuestros tiempos, dejando hablar a la historia y a sus protagonistas. No sería de otra manera cuando Polanski mima tanto a sus personajes que al acabar la proyección, uno recuerda una buena retahíla de secundarios capaces de provocar la carcajada, el desprecio, la ternura o la lástima. En ese sentido, el autor de El pianista exprime y saca lo mejor de sus actores, hasta darnos de narices con la soberbia interpretación del más aventajado, Ben Kingsley. El peso de Fagin en la película es tan grande que acaba eclipsando al supuesto protagonista, un Barney Clark cumplidor que poco puede hacer para evitarlo. Cada gesto que asoma a través de su máscara es un compendio de la avaricia y la desdicha unidas en un mismo ser, certificando una brillante caracterización que queda para el recuerdo.

El otro protagonista es el Londres del siglo XIX, una reconstrucción impresionante que cuida hasta el más mínimo detalle y que es resultado del magnífico diseño de producción de Allan Starsky. Un escenario ideal para las aspiraciones de Polanski de envolver a sus personajes bajo el cielo de una ciudad bella pero decadente, apoderada por el sensacionalismo y la injusticia social, rebentada de corrupción y peligro que pervierten a su llegada a Oliver Twist. Sólo así puede haber lugar a una reflexión sobre el abuso del poder y la tiranía que en algunos pasajes llegan hasta lo cómico (el banquete de los dueños del orfanato o el juicio dan buena cuenta de ello). Oliver es la encarnación de la ingenuidad y el desamparo que crece en una sociedad brutal y despiadada que le asesta una bofetada tras otra. Solo así ese personaje es capaz de crecer y madurar en un entorno en el que no ha lugar para toda la bondad que atesora ese niño que, finalmente se verá recompensado con la família que siempre deseó.

Al final, la sensación que queda es de completo disfrute de una película que parte de un respeto tácito hacia la obra literaria, por la que a su vez siente admiración. Polanski domina el lenguaje cinematográfico a su placer, capaz de hacer de él obras rompedoras y impactantes (La semilla del diablo) o llevar a cabo la adaptación de un clásico con una factura impecable y una profesión poco discutible.
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Oliver Twist. Reino Unido-Francia. 2005. 130'.
Director: Roman Polanski.
Guión: Ronald Harwood; basado en la novela de Charles Dickens.
Música: Rachel Porter.
Fotografía: Pawel Edelman.
Montaje: Hervé de Luze.
Intérpretes: Ben Kingsley (Fagin), Barney Clark (Oliver Twist), Jamie Foreman (Billy Sykes), Harry Eden (Artful Dodger), Leanne Rowe (Nancy), Lewis Chase (Charley Bates), Edward Hardwicke (Sr. Brownlow)
Puntuación: 7,5
Para conocer más sobre Oliver...
http://www.elcultural.es/Historico_imprimir.asp?c=15976 (entrevista a Roman Polanski)
http://www.labutaca.net/films/32/olivertwist.htm (sobre la película)
http://www.fotogramas.wanadoo.es/fotogramas/CRITICAS/10291@CRITICAS@0.html (una crítica positiva)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article2876.html (...y una negativa)
http://www.alohacriticon.com/viajeliterario/article645.html (un repaso a algunas de las obras de Dickens adaptadas al cine)
http://olivertwist.filmax.com/ (web oficial en España)
http://www.lahiguera.net/cinemania/actores/ben_kingsley/biografia.php (sobre Ben Kingsley)
http://es.wikipedia.org/wiki/Roman_Polanski (sobre Roman Polanski)

miércoles, noviembre 30, 2005

Plan de vuelo: desaparecida

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Hay veces que uno rebaja sus expectativas y se decide a abordar una película de menor calibre con la única función de rellenar hora y media de ocio sin forzar demasiado las neuronas. Si la cosa sale bien, puedes encontrarte con un rato de cine sin pretensiones y entretenido en el mejor de los casos. Si la cosa no sale tan bien, abróchate el cinturón porque a lo mejor te encuentras algo que vuela tan bajo que acaba estrellándose. Plan de vuelo: desaparecida es la traducción con licencias bajo la que se ha estrenado la última de Jodie Foster, en la que una madre y su hija, traumatizadas ambas por la reciente muerte del padre de familia en extrañas circunstancias, viajan a Estados Unidos con el fin de celebrar el entierro. A mitad del vuelo ambas quedan dormidas y cuando Foster despierta su hija ha desaparecido. Nadie la ha visto, nadie la recuerda y nadie se ha fijado en una niña de 6 años con un osito de peluche al que le falta el brazo. Comienza la búsqueda de la criatura por todo el avión (y menudo avión) y comienza a extenderse el nerviosismo. Pronto la madre desesperada pasara a convertirse en la chiflada del vuelo y a ser considerada como un serio peligro para la integridad física de cualquiera que viaje en él. Flightplan desarolla este argumento durante aproximadamente su primera mitad hasta que se le agota, y es cuando da el giro de tuerca que nos lleva hasta la teoría de la conspiración más increíble que un thriller de esta calaña ha tenido la desfatachez de poner en escena.

Cualquiera que haya visto suficientes películas donde se producen secuestros, desapariciones misteriosas, conspiraciones y un malo malísimo bajo la piel de quien menos te lo esperas, sabrá que lo mínimo que se le piden para alcanzar el aprobado es una cierta coherencia en su guión. En el caso que tenemos entre manos, el texto ideado por Peter A. Dowling y Billy Ray se cae por todos los lados. No se entiende de ninguna de las maneras que, si realmente una niña ha sido secuestrada y no son paranoias de la madre, nadie de los más de 400 pasajeros haya visto en pleno vuelo como el conspirador se la llevaba hasta la bodega teniendo que pasar por delante de todos los asientos y posteriores entresijos del avión. Aún menos se entiende que nadie fuera capaz de recordar la existencia de esa niña, y todavía más increíble resulta que no se justifique un certificado de su defunción que luego resulta no ser cierta. Situaciones insólitas que se multiplican y que son ejercidas con un efectismo insolente que, por cierto, debería cabrear a alguna que otra compañía de vuelo. No sólo porque no se corta un pelo en adoptar el terror post-11S para hacerlo rebrotar con saña, sino porque de tener un mínimo de credibilidad esta película de Robert Schwentke, resultaría preocupante el hecho de que con solo rozar dos cables alguien pueda dejar un E-474 sin luz o hacer saltar las mascarillas de oxígeno de todos los pasajeros.
Entre tanto despropósito, sólo queda remitirnos a la actuación de Jodie Foster, posiblemente lo único salvable de este naufragio aéreo, que recuerda a su papel en La habitación del pánico, pero mucho más desmedida de principio a fin. Los secundarios son a cada cual peor, desde la niña-robot programada para decir ñoñerías insulsas en sus apenas escasos 20 minutos de actuación hasta el villano inesperado, tan poco creíble que acaba siendo una caricatura. Sólo Sean Bean mantiene el tipo como comandante (por una vez no es el traidor) en su eterno rol de secundario, pero habría que verle asumiendo papeles de más trascendencia para reconocer su valía como actor.

Tópica y típica, pretende ser un ejercicio de suspense y de taquicardia que se queda en un producto pretencioso donde falla todo y nada se sostiene. Con un guión tan endeble, resulta imposible tomarse en serio una trama que, para colmo es rematada con un final que roza lo absurdo y que parece necesitar de una explosión para justificar su posición de película-espectáculo. A pesar de todos los despropósitos enumerados, el más grande viene de boca de su productor, Brian Grazer: "Me di cuenta de que 'FLIGHTLPLAN' tenía algo de ese misterio hitchcokiano pero trasladado al escenario moderno de un vuelo internacional con todos sus recovecos, grietas, huecos y escondites". Si Hitchcock levantara la cabeza...
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Flightplan. Estados Unidos. 2005. 98'.
Director: Robert Schwentke.
Guión: Peter A. Dowling y Billy Ray.
Música: James Horner.
Fotografía: Florian Ballhaus.
Montaje: Thom Noble.
Puntuación: 3
Para conocer cuál es el plan de vuelo, pincha por aquí...
http://www.labutaca.net/films/35/plandevuelodesaparecida.htm (sobre la película)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article2859.html (crítica de la película)
http://flightplan.movies.go.com/ (página web oficial)
http://www.terra.es/cine/plandevuelodesaparecida/ (página web oficial en España)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1455.html (sobre Jodie Foster)
http://www.cinepatas.com/forum/viewtopic.php?t=3657&start=0&postdays=0&postorder=asc&highlight= (sobre Sean Bean)

martes, noviembre 29, 2005

Los 400 golpes

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Y una vez Antoine Doinele miró a la cámara ya nada volvió a ser lo mismo. El niño adoptivo del cine por excelencia corre incesante, sin descanso y hacia ninguna parte a lo borroso de su destino en un eterno, brillante y genuino travelling que no escapa a la memoria de los cinéfagos que pasaron por la experiencia Truffaut. Cuando nuestro fugitivo se detiene ante el mar infinito, se da cuenta de que vaya donde vaya está condenado a vivir en un mundo desgraciado y de penuria que no le entiende y del que no hay escapatoria posible. Entonces se gira hacia la cámara con un torrente de expresividad congelado en una mirada desamparada que atraviesa el objetivo. Las letras FIN aparecen en pantalla y el séptimo arte ha alcanzado una de sus cumbres en un ascenso por la Nouvelle Vague francesa que luego se encargarían de refrendar Chabrol, Godard o Rohmer con otros grandes momentos de celuloide.

La creatividad, el encuentro del cineasta consigo mismo, era la esencia misma y prioridad de esta vanguardia nacida a finales de los 50 y desarrollada en los 60 que, con aires del neorrealismo italiano y tintes de cine clásico se rebelaba contra lo convencional, lo establecido y propugnaba un nuevo cine de denuncia diferente en su estructura y forma de narrar. Los 400 golpes de la película de Truffaut se reparten en los golpes de la realidad, en los golpes de efecto que su cámara da con medida maestría, en las bofetadas que recibe Antoine Doinele como golpes de la vida, golpes, golpes y más golpes hasta los simbólicos 400 que anuncia el título. Bautizan esos golpes la historia de ese niño maltratado y malquerido por sus padres, metido de lleno en un entorno en el que no caben sus ansias de libertad y sí tienen lugar los regímenes estrictos y las normas que cohiben, por ejemplo, su despertar hormonal (la revista que le es confiscada en la primera escena de la película). Doinele no es, en realidad, un marginado más, sino un personaje lleno de inquietudes e inteligente, algo que demuestra en una entrevista con un psicóloga con la que razona algunos rasgos de su vida con una madurez impropias de un niño de su edad. La credibilidad que Jean-Pierre Léaud le infiere al personaje es completa, demostrando unas extraordinarias aptitudes como actor que convencerían a Truffaut para alargar sus colaboraciones y hacerle crecer como intérprete y personaje ante los ojos del espectador (El amor a los veinte años, Besos Robados, Domicilio Conyugal y El amor en fuga completaron el ciclo Doinele).

Aún hoy, 45 años después, sorprende revisionar los 400 golpes y descubrir el romance que mantuvieron cineasta y cámara, con planos dinámicos y atrevidos (atención al zoom sobre Doinel cuando está en clase y se gira para ver que es lo que está pasando fuera) que sin quebrar su aura de clásico mantienen la frescura y vitalidad que tuviera en 1959. Sigue resultando fascinante revisarla y descubrir en ella la sutil ironía de Truffaut sumada a su gusto por el detalle (el lema francés de "Liberté, Egalité y Fraternité" sobre la fachada del colegio es buena prueba de ello) para conseguir finalmente la denuncia social, la ruptura de estilo y la convicción de la supremacía del autor enamorado de un cine con personalidad propia. El talento de este genial francés consistió en saber filmar la realidad como una lapa que caía impenitente sobre las ilusiones de un niño atrapado con ansias de libertad, y lo consiguió mediante un estilo genuinamente clásico que sin embargo estaba construído a partir de un dinamismo inédito que le llevó incluso a grabar cámara en mano, algo inusual y que contradecía las rutinas productivas de su tiempo.

Hoy es un privilegio poder disfrutar de este estandarte de aquella generación de directores dotados de un criticismo inspirado, y poder comprobar de qué manera incidieron en el desarrollo del cine europeo. No sólo fue Truffaut con sus 400 golpes. También fue Godard con Al final de la escapada, fue Roger Vadim con ...Y Dios creó a la mujer, Claude Chabrol con El bello Sergio o Louis Malle con Ascensor para el caldaso. Todos ellos fueron artífices de aquel encuentro de inquietudes reencontrado en una forma de hacer cine que el público aprendió a aceptar y valorar. Los 400 golpes es un representante de aquellas inquietudes y un documento de identidad de la época, de la forma de contar historias duras y reales sin caer en la ambigüedad o complejidad y una parte del propio Truffaut canalizada a través del mismo Léaud.
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Les 400 coups. Francia. 1959. 87'.
Director: François Truffaut.
Guión: François Truffaut.
Fotografía: Henri Decaë.
Montaje:
Intérpretes: Jean-Pierre Léaud (Antoine Doinel), Albert Remy, Claire Maurier, Guy Decomble.
Puntuación: 9
Más golpes y más sobre la Nouvelle Vague...
http://www.solromo.com/art_cine/golpes.htm (completísimo análisis de la película de Truffaut)
http://recursos.cnice.mec.es/media/cine/bloque2/pag6.html (un artículo sobre la Nouvelle Vague)
http://elamante.com.ar/nota/1/1441.shtml (sobre Jean-Pierre Léaud)

martes, noviembre 22, 2005

Match Point



Punto de partido para Woody Allen. El director neoyorquino se ha cansado de intentar convencer al público yanqui de su cine (Made in Hollywood, Celebrity, Todo lo demás, La maldición del escorpión de Jade...) y con el saque roto se ha decidido a remontar sus mejores tiempos en un arrebato de clasicismo que le ha llevado a convertir su última película en el escenario de una tragedia griega situada en Londres. Jonathan Rhys Meyers es el protagonista elegido para concentrar en su haber toda la ambición del mundo y convertirse en el nuevo rico Chris Wilton, un ex jugador de tenis que acepta un trabajo como profesor al amparo de una familia que acabará siendo la suya. Su buena relación con el hijo dará paso a su romance con la hermana de éste, quien dará paso a la aventura con la que presumiblemente será su cuñada, una Scarlett Johanson que rebosa sensualidad para luego desperdiciarla con una forzada metamorfosis hacia la desesperación.

En este partido de tenis que ha planteado Woody Allen hay dos influencias que compiten por hacerse cargo del sino de la película. En un lado, la suerte, la casualidad, el albedrío... Las palabras de Rhys Meyers parafraseando a Allen nos recuerda el miedo que tiene la gente a reconocer que gran parte de la vida depende del azar, "La fe es el camino más fácil", dispara Wilton en una de las mejores jugadas de Match Point. En el otro lado de la pista juega Dostoievski con su mejor arma, el crímen y castigo que Allen no duda en referenciar repetidamente e incluso llega a homenajear en una de las escenas cumbres. Tanto el castigo como la suerte juegan su partido en el tenis como en la vida de Chris Wilton, marcados por un vaivén de la pelota que, en un momento determinado tropieza con la red y queda suspendida en el aire. Como nos explica el mismo Wilton, la excelencia del momento reside en que la pelota puede seguir su camino y hacer punto, o volver a caer en campo propio y certificar la derrota. Una paradoja acertada que resume visualmente la esencia de esta última obra alleniana.

Huelga decir que de paso, el director neoyorquino no ha desaprovechado la oportunidad de realizar una ácida crítica a la aburrida clase alta londinense, la de la hora del té y convicciones puritano-conservadoras, la de los niños pijos y visitas a Wimbledon, la hipócrita, la tediosa, la que significa un amparo para el protagonista de la historia cuyo único empeño es escalar en la sociedad a costa de cualquier precio. Si Match Point se hubiera quedado sólo en eso tal vez estuvieramos hablando de otra película menor de Woody Allen, pero el acontecimiento que da un giro de 180º a la historia compone a partir de ese momento un final apasionante y brillantemente cerrado por Allen, inesperado y descargado de tópicos. De alguna manera, este giro radical viene a demostrarnos la calidad de este cineasta al que muchos ven incapaz de hacer nada destacable fuera de sus neuras y miedos personales. Match Point es la prueba palpable de que no es cierto. Su estilo clásico y a ritmo de aria descubren una faceta nueva del director que deja a un lado muchos de los rasgos característicos de su personalidad (no todos) para conseguir un drama que con algo más de fuerza en momentos puntuales, hubiera logrado el magisterio de otras de sus obras. No es menos cierto que, acostumbrados a Nueva York, es inevitable comparar la escena en que la pareja Meyers-Mortimer se asoman al Támesis con la de Allen-Keaton haciendo lo propio en el río Hudson, y descubrir que no existe la misma complicidad para con ellos mismos y para con la cámara. Nostalgias a parte, la presencia de buen cine está garantizada y con sabor a clásico. Una buena noticia para nosotros y para el estado de forma de esa incansable referencia del cine del siglo XX que es Allen, quien cada año acude a su cita con una puntualidad (ahora) inglesa.
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Match Point. Reino Unido. 2005. 123'.
Director: Woody Allen.
Guión: Woody Allen.
Fotografía: Remi Adefarasin.
Montaje: Alisa Lepselter.
Intérpretes: Jonathan Rhys Meyers (Chris Wilton), Matthew Goode (Tom Hewett), Emily Mortimer (Chloe Hewett Wilton), Scarlett Johansson (Nola Rice), Brian Cox (Alec Hewett), Penelope Wilton (Eleanor Hewett)
Puntuación: 8
Para saber más sobre Match Point...
http://www.labutaca.net/films/33/matchpoint.htm (sobre la peli)
http://www.proverbia.net/citasautor.asp?autor=20 (una recopilación de frases del director)
http://www.bilbocine.com/directores__woody_allen.htm (sobre Woody Allen)
http://www.planetacine.com/filmografias/jrhysmeyers/ (filmografía Jonathan Rhys Meyers)
http://cinemaparadiso.blogcindario.com/2005/11/00115.html (más sobre la peli)

lunes, noviembre 21, 2005

Mulholland drive



Hay películas, secuencias, fotogramas, que pasan por nuestras retinas pero no llegan a alcanzar nuestra memoria en el final su viaje. Montones y montones de minutos residuales de cine que pasan con más que pena que gloria y se olvidan fácilmente. Pero hay otros que pasan a formar parte de nosotros, para lo bueno o para lo malo. Imágenes que chocan a gran velocidad y con gran impacto perturbando la predispuesta calma con la que visualizábamos esos momentos de cine, con consecuencias devastadoras. Algunos de ellos quedan por encima de un argumento, por encima de un esquema y cualquier previsión que pudiéramos imaginar. Y son estos los más peligrosos, porque son capaces de canalizar todo su poder en crear sensaciones a un espectador inocente e indefenso.
Angustia es la palabra que mejor define lo que sentí cuando vi Mulholland drive, una angustia indecible e insoportable que no recordaba haber sentido con ninguna otra película. Angustia pero también claustrofobia, oscuridad, dolor, silencio y la sensación de haber entrado en una pesadilla la cual me será difícil de olvidar.

Al acabar de ver Mulholland Drive no sabía decir si me había gustado o no. No había entendido nada, o había entendido muy poco. Desbordante de irrealidad por sus cuatro costados, sólo sabía que me lo había hecho pasar mal, muy mal y que me había metido sin saberlo en un experimento onírico de David Lynch en el límite del límite de lo demente y lo enfermo. Y sin embargo, quería volver a verla. No sabría explicar por qué, pero necesitaba meterme de lleno en su ultramundo e intentar una vez más componer un rompecabezas de increíble poder hipnótico. La falta de tiempo y la larga lista de espera me lo impide de momento (sólo de momento), pero de alguna manera soy consciente que he sido atrapado en la telaraña que tejió un día este excéntrico autor al que algunos les faltó tiempo para ponerle la etiqueta de "director de culto". He leído posteriormente reflexiones, reseñas, y blogs relacionados con Mulholland Drive que me ayudaron a descifrar este misterio que parecía irresoluble. Y nada más lejos, cada una de las piezas, cada momento y susurro, mirada, palabra, silencio, tiene su lugar y su función para conseguir dibujar un cuadro abstracto pero brillante que oculta un sentido tras su pintura y sus imágenes deformadas. Y es que la película de Lynch es ni más ni menos que eso, el cuadro abstracto que unos consideran una obra maestra y otros un bodrio infame.

Como anexos a mi ya trastornado subconsciente, como añadidos a mis miedos ocultos hay momentos que me marcaron y me confinaron hasta un estado de inquietud como no recordaba el sofá de mi salón en años de cine. Uno de ellos sienta en una mesa para cenar a los personajes que conforman el universo de Mulholland Drive. La torturada Naomi Watts ve como la tensión y la desubicación crece a su alrededor. Ve como su amor, Laura Elena Harring cae entregada a los encantos de Justin Theroux, con besos que se clavan como puñales. Ve como la rareza se apodera del ambiente y los silencios acompañan a frases asincopadas, tardías y sin sentido, la irrealidad se hace presente y raya lo absurdo para luego deformarse hasta lo angustioso, la tensión crispa y revienta cualquier viso de lo real como un espejo que se parte en mil pedazos y hace resbalar las lágrimas en la pálida tez de Watts.

El laberinto de Lynch está construído de sueños y desilusiones, de recovecos imposibles donde se esconden fantasmas y torturas en las que se pierde el espectador a través de la desamparada e ilusa Naomi o de los extravagantes personajes que se suceden ante nuestros ojos. La partitura de Angelo Badalamenti acompaña sin una nota de más a los movimientos de este surrealismo terrorífico protagonizado por unas actrices que, conscientes de ello, exprimen lo mejor de sí mismas. Tanto Naomi Watts como Laura Elena Harring saben convertir su desconcierto en el nuestro, así como Lynch sabe utiliza sus mejores tretas para hacer de la fascinación y la hipnosis las principales virtudes de su obra, una obra que le coloca en posición de creador brillantemente demente. Otra virtud no menos meritoria es la de demostrar que a pesar de lo que muchos puedan creer, no todo está inventado en el cine. Un cine que encuentra su lugar en este laberinto a través del Hollywood de las falsas ilusiones, en formas de una Rita Hayworth de póster a la que le roban el nombre y de la glamourosa Sunset Boulevard sustituida por la antesala de la muerte y amnésica Mulholland Drive. Pero cine, al fin y al cabo. Cine en alma y esencia.
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Mulholland drive. Estados Unidos-Francia. 2001. 145'.
Director: David Lynch.
Guión: David Lynch.
Música: Angelo Badalamenti.
Fotografía: Peter Deming.
Montaje: Mary Sweeney.
Intérpretes: Naomi Watts (Betty Elms / Diane Selwyn), Laura Elena Harring (Rita / Camilla Rhodes), Justin Theroux (Adam Kesher), Ann Miller (Coco Lenoix), Robert Forster (Detective Harry McKnight).

Puntuación: 9
Lynch en la red...
http://www.labutaca.net/films/7/mulhollanddrive.htm (sobre la peli)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article920.html (más sobre la peli)
http://www.ciao.es/Mulholland_Drive__Opinion_802090 (aquí tenéis una de las interpretaciones de la película)
http://clientes.vianetworks.es/personal/garry98/lynch.htm (sobre David Lynch)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1526.html (sobre Naomi Watts)
http://personal.telefonica.terra.es/web/totumrevolotum/2005_18_09.htm (sobre Laura Elena Harring)

miércoles, noviembre 16, 2005

Bullit

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Años 60. San Francisco. Un mustang. Una persecución desenfrenada. Cuestas interminables. Al volante, uno de los iconos del cine policiaco de los 60. Su nombre: Frank Bullit. El actor que lo interpreta: Steve McQueen.

Llegado a un punto en que mi paciencia y mi tiempo escapan a cavilaciones sobre qué películas tenía pendientes de ser devoradas, opté por escoger siguiendo un simple sentido de la curiosidad. Por un lado, conocía Bullit de oídas por su famosa persecución de coches en las calles de San Francisco, para muchos cinéfilos la mejor nunca rodada. Por otra parte, me era imposible separar ese nombre del de ese rubio que un día protagonizó una gran evasión, como me es imposible separar los nombres de Harry-Eastwood o McLaine-Willis. Un cáncer de pulmón fue lo que mató a este actor con sólo 50 años, no sin antes haber dejado una huella considerable en el cine de acción y convertirse en un actor idolatrado incluso por la família Manson, que le concedió el honor de estar en su "lista de muertos" junto a otros ilustres como Tom Jones, Richard Burton o Sinatra. Entre tanto paganismo idólatra, llama la atención recuperar Bullit y descubrir en él una inexpresividad absoluta, que buenta talla daría ante otro rostro de piedra de nuestros días, Richard Gere (salvemos Chicago).

No pretendo venir ahora a desmontar el mito de McQueen, nada más lejos. Hablo a partir de lo visto en esta Bullit, película típicamente policiaca de los 60 que de nuevo protagoniza un tipo duro, parco en palabras y expeditivo en su trabajo. El mérito de esta cinta se reduce a sus experimentos con el montaje, que se ponen de manifiesto no sólo en la archiconocida persecución sino en algunos cuantas escenas durante la primera mitad. El uso de algunos picados y contrapicados, zooms y encuadres le dan un aire innovador que luego parece diluirse por completo. Desde luego, se agradece el esfuerzo de Peter Yates por rodar una magnífica escena sobre ruedas por las calles de San Francisco, una ciudad de grandes avenidas y cuestas imposibles que son el sueño de todo realizador amante de la acción al volante. Otros lo han intentado luego con mayor o menor suerte. Michael Bay nos recordó esta misma escena en La Roca, pero el despropósito de montaje y artificio era tan grande que ahogaba cualquier posibilidad de sacar algo positivo. Exactamente lo mismo que se le puede decir a Dominic Senna en 60 segundos, cosa que no es de extrañar cuando ambas películas llevaban estampado el sello Bruckheimer. Deberían haber aprendido de John Frankenheimmer, perfecto dominador de los mecanismos del cine de acción, que en Ronin realizó la mejor de las persecuciones que un servidor ha disfrutado en una sala oscura, sin la pretenciosidad y sobrecarga de efectos especiales que desbordan la secuencia de la autopista de Matrix Reloaded, por ejemplo, ni el atropellado montaje que estropea el final de El mito de Bourne.

Pero volviendo a Bullit, de poco más puede presumir este teniente de rostro hosco e impenetrable. Se trata, a todas luces, de un policiaco que se ha quedado obsoleto, que ha envejecido mal. Lenta en su ritmo narrativo, donde la monotonía y los silencios son apenas rotos por escenas aisladas donde como mucho se puede decir que hay movimiento, pero no acción y tampoco tensión. Tampoco ayuda a este efecto la ausencia casi total de una música que acompañe a las situaciones planteadas, si no a todas, por lo menos a unas cuantas. Si a eso le añadimos que el papel de Jacqueline Bisset es más un chiste que otra cosa, no puedo dejar de pensar en que se trata de una película icónica de su época más que una buena película. Para nostálgicos, fans de McQueen o curiosos del género.
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Bullit. Estados Unidos. 1968. 113'.
Director: Peter Yates.
Guión: Alan Trustman
Música: Lalo Schifrin.
Fotografía:
Montaje: Frank Weller.
Intérpretes: Steve McQueen (Frank Bullit), Robert Vaughn (Walter Chalmers), Jacqueline Bisset (Cathy), Don Gordon (Delgetti), Robert Duvall (Weissberg), Simon Oakland (Capitán Sam Bennett), Norman Fell (Capitán Baker)Carl Reindel (detective Stanton), Justin Tarr (Eddy).
Puntuación: 5
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article301.html (sobre Steve McQueen)
http://www.stevemcqueen.org.uk/ (sitio web de posters de Steve McQueen)
http://www.epdlp.com/director.php?id=1296 (filmografía Peter Yates)

viernes, noviembre 11, 2005

Camarón: la película

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Ante las inminentes acusaciones (y no sin razón) de perrería que están al caerme, he decidido volver a las andadas. Tras haber pasado por el confesionario y vomitar unas cuantas reflexiones no sé si muy útiles, ya sólo quedaba superar el síndrome de la página en blanco (blog en blanco) y enfrentarme al primer biopic que pasa por cinelandia, si no recuerdo mal...

El género del biopic a estas alturas no ofrece mucho ni le hace falta. Las vidas biografiadas en el cine siguen en su mayoría unos cánones ya más que asentados en el cine, unas bases, un engranaje que hace funcionar como un reloj este tipo de películas. Unas directrices ya delineadas que no impiden que cada realizador deje su sello a partir de un estilo propio. Lo hizo el checo Milos Forman con Amadeus (a la altura de su ilustre homenajeado) y con El escándalo de Larry Flint. Lo hizo Michael Mann con Muhammed Alí, de la mano de un irreconocible Will Smith, y también se apuntó un tanto a su filmografía Tim Burton cuando nos mostró a Ed Wood no como el peor director de la historia, sino como un iluso enamorado del séptimo arte que contagiaba su devoción más allá de la pantalla. Un servidor opina que la palma se la llevó Arthur Penn cuando allá por el 67 rodó la más brillante, bella y violenta biografía de dos personajes que sembraron el terror por tierras yankis mientras apuraban su amor como el último de los alientos. Llámenlos Beatty y Dunaway, o Bonnye & Clyde...
Hay biografías de todos tipos y colores: mediocres (Evita), excelentes (Toro Salvaje), discutibles (Man on the Moon, Alejandro), curiosas (Yo, el Vaquilla), técnicas (El Aviador), aburridas (Michael Collins), falsas (Una mente maravillosa), exaltadas (Braveheart), insulsas (Llámame Peter), o sostenidas por el peso de su protagonista (Ray).

Lo de Camarón es un ejemplo de cómo articular esos mecanismos para lograr una más que decente película de vida o vida de película. La última de Jaime Chávarri es un ejemplo más que explicativo de su carrera como director: una larga trayectoria y una reputación asentada de veterano, conocedor de su oficio y de cómo llevar una idea a la práctica. Sin embargo, Chávarri no es Medem, ni Amenábar, ni Martínez-Lázaro, ni Achero Mañas ni tantos otros, y hasta la fecha no será recordado por haber dado aires nuevos al cine de nuestro país. Teniendo en cuenta que este no es un género muy dado a la originalidad y que hablamos del padre de Las cosas del querer, el retrato y vida de José Monge era, a todas luces, una buena excusa para su lucimiento, y así ha sido.

Camarón gusta por lo fascinante de su vida y de sus orígenes, por el eterno temperamento del artista, por sus ratos de flamenco llevados a cabo con profesión y acierto, y por la magistral interpretación del joven Óscar Jaenada que ya en sí vale media película. Sólo Raúl Rocamora en una muy buena caracterización de Paco de Lucía consigue destacar en la sombra del protagonista indiscutible de esta historia, mientras que sólo se entiende la presencia de Verónica Sánchez como un mero reclamo publicitario que, a priori, no debería hacerle falta a una película que de antemano tiene un público ganado.

Impiden que llegue a más algunos de los fallos y vicios más típicos del género, tales como la omisión incomprensible de momentos puntuales. Es el caso, por ejemplo, de encontrarnos con un Camarón que descubre a la que va a ser la mujer de su vida, se encuentra ante la adversidad de la familia de ella (tiene 15 años, y sí, es Verónica Sánchez) y la solución es casarlos dos escenas después sin más explicación. Tampoco ayudan algunas escenas poco afortunadas o que mejor debieron quedarse en la sala de montaje, como la de la playa y el zapato. Sin embargo son fallos compensados con escenas de gran altura como la actuación en París o la que comparte con Paco de Lucía, escenas donde el protagonismo es de la voz partida de Camarón y la cara desencajada y sentida de Jaenada.

Una sorpresa y una buena noticia que nos ayuda a quitarnos poco a poco la caspa que aún desprenden los cines por culpa de Torrente. Un ejemplo de como hacer buen cine español para el gran público, y una oportunidad para darle más brío a un género no muy prodigado en nuestra filmoteca. Para cuando Camarón haya dejado de cantar en los cines habrán llegado Alterio, Toledo y compañía para recordarnos que la cama tiene dos lados. Esperemos que no desafinen.
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Camarón: la película. España. 2005. 121'.
Director: Jaime Chávarri.
Guión: Álvaro del Amo y Jaime Chávarri.
Música: Camarón de la Isla.
Fotografía: Gonzalo Berridi.
Montaje: Pablo Blanco.
Intérpretes: Óscar Jaenada (Camarón de la Isla), Jacobo Dicenta (Luquitas), Verónica Sánchez (La Chispa), Mercé Llorens (Isabel), Martín Bello (Manuel), Raúl Rocamora (Paco de Lucía)
Puntuación: 7
Por si te has quedado con hambre...

sábado, noviembre 05, 2005

Confesiones de un cinéfago

Se podría decir que le he plagiado la idea a uno de los que andan por aquí de vez en cuando. Se podría decir. Tenía en mente una idea amorfa, un croquis sobre como escribir algo que una de la mano a mi decadencia vital con la única de las enfermedades que agradezco tener en estos momentos: el cine. No veo la manera de llamarme cinéfilo cuando ni siquiera he visto el 1% de las películas que debería ver para serlo, así que de momento me calificaré como cinéfago, palabra que sí, me he inventado, y que viene a recordar mi condición de devorador del séptimo arte.

Mi estado de ánimo de los últimos días me invita a pensar que últimamente ya no soy el que era. En el fondo de una acequia a la que caí como consecuencia de un trabajo temporal, incomprensible e inhumano, supe que mi odio interior ha crecido de una manera descomunal. Me siento, más que nunca, como un Tyler Durden apartado del mundo, de la "sociedad" normal e inmerso en un proceso de feliz autodestrucción del que no veo fondo. "Únicamente cuando se pierde todo somos libres para actuar", me dijo ese rubio siniestro hermanado con el mismísimo Rimbaud. Y tenía razón cuando escribo esto después de haber perdido tanto, tanto de lo que fui, tanto de lo que tenía, tanto de una persona importante en mi vida a la que perdí por imbécil. You do it to yourself. Supongo que me siento como Alvy Singer sintiéndose a su vez como Groucho Marx: “Jamás aceptaría pertenecer a un club que me admitiera como socio”… un sentimiento encontrado, como lo es para mí esa película de Fincher o la poesía etílica de Bukowski, la novela de Cortázar o la música de Thom Yorke, "esa" conexión que esperas encontrar algún día, "eso" que está en sintonía con lo que pasa por dentro de tu cabeza y no te hace sentir como un completo idiota prefabricado en cadena de montaje.

Hace dos días asistí a una nueva proyección del Muvim y mi humor empeoró cuando descubrí que, como me dijo Rémy, el cretinismo existe. El espectáculo asombroso de unas cuantas decenas de personas poniendo toda su atención en un documental de 80 minutos en el que exclusivamente se filmaba la calle desde una ventana me dejó atónito. La película en cuestión era Tishe! ("Calla"), una estafa con asombroso poder de convocatoria precedida por un ponente y/o pedante que tenía la cara de afirmar que el agujero de la alcantarilla por la que se colaba toda la mierda era una metáfora de Rusia y de su situación actual. Valiente gilipollas. Podría haber dicho que el agujero era el ojete de Kossakovsky y la mayoría de los allí presentes le hubieran aplaudido.
No contento con esto, también se aventuró a calificar el bodrio en cuestión como una película "dura". Cretinismo al cuadrado. Dura es la escena en que violan a Susan George en Perros de paja, duro es el baile que precede a la muerte en Bailar en la oscuridad, duro es contemplar el desamparo de los niños de Travernier, la mirada triste y perdida de Lamberto Maggiorani, Ladrón de bicicletas. Duro es ver cómo un derrotado Joe Kavanagh se rinde a la bebida. Eso es dureza en estado puro, cine de entrañas, que mira sus tripas y las muestra para que todo el mundo las vea. Me lo enseñó otro de mis encontrados, Cronenberg, el mismo canadiense que un día me mostró lo cerca que estaban amor y horror. Un documental donde la mayor parte del metraje está protagonizado por una obra de pavimentación, no hace sino confirmarme que su autor no tiene nada que decir o que se está riendo de mí. O ambas cosas.

Por suerte el celuloide aún me guarda ratos de feliz parsimonia en dosis de Egoyan y su calendario de Armenia, o de Jarmusch y sus flores que olí un jueves por la noche. La que mejor olía era Alexis Dziena, capaz de provocar en apenas unos segundos una auténtica tormenta de sentidos en Bill y en mí mismo. Un momento de líbido y paz en medio de una semana de caos y desesperación que remato con un puñado de reflexiones sin más motivo concreto que el desahogo. Tal vez el lunes ya pueda escribir críticas de puntuación y links por doquier y pensar que todo va bien, tal vez… Pero de momento, me doy el gustazo de reinventar mi semana en 16 mm y rubricarla citando a un borracho ilustre cuyo nombre ya he mencionado por ahí arriba, y que dejó antes de irse perlas como esta:

“Y no creo en la perfección, creo en mantener los intestinos libres, por lo que coincido con los que me critican cuando dicen que lo que escribo es un montón de mierda”

domingo, octubre 30, 2005

Las invasiones bárbaras

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Pocas veces uno se sienta delante de una pantalla y disfruta viendo 99 minutos de metraje en los que no se le trata como a un verdadero idiota. Si bien la inteligencia en el cine de hoy es un bien escaso, Denys Arcand, compatriota de Cronenberg, demuestra que con ella se puede hacer una película sencilla y mayúscula al mismo tiempo. Y ese es el caso de Las invasiones bárbaras.


La historia de un profesor de universidad que se encuentra al final de su vida tras conocer el diagnóstico de un cáncer incurable, es, al contrario de lo que se podía esperar, un relato optimista y lleno de vida, en el que su protagonista, joven de corazón decide compartir esos últimos momentos con sus amigos, ex amantes, ex mujer y ex hijo, un capitalista triunfador amante de los videojuegos al que ya no reconoce. Será el momento de cerrar heridas, reconciliarse con el mundo, lanzar sus últimos discursos y debatir con sus colegas de profesión el concepto de inteligencia en el mundo como un fenómeno colectivo que surge en momentos señalados de la historia. El cretinismo, el apagón cultural, la decadencia del mundo occidental y las invasiones bárbaras en las fechas posteriores a un septiembre de 2001 que presumía del inicio de una nueva era. Sorprende y resulta agradable encontrar un recodo en el celuloide donde hablar de estos temas sin asomo de pedantería y recurrir a otros como la eutanasia sin reparos y como expresión del derecho inalienable del individuo, más aún de un individuo libre como pocos, pensador y vividor que se encuentra desamparado y desconsolado ante la hora de su muerte. Rémy es un personaje entrañable, renegón y tremendamente inteligente, socialista convencido y completamente convencido de la tragedia que supone morir sin haber dejado una huella, al menos al nivel de uno mismo, haberlo intentado. El círculo de amigos que le rodea es el último reducto cultural y de vida donde resistir a la incomunicación, a la absorción de una sociedad inhumana y tremendamente aburrida, representada en su hijo, Sébastien. Ambos mantienen una relación de amor-odio por lo diferente de sus vidas, por el rumbo que cada uno tomaron, caminos separados el uno del otro pero al final no tan distantes como parecían.



La labor de Rémy Girard y de los demás actores es decisiva para construir esta obra sin pretensiones, alegre y nada tediosa, capaz de filosofar y de hablar abiertamente del mundo que nos rodea. Sus interpretaciones son tan sencillas y tan sólidas como la película misma, le dan un soplo de aire fresco a pesar de lo serio del tema que aquí se trata. Además, se trata de los mismos personajes que acompañaron a Arcand en su debut y acaso predecesora de Las invasiones..., y realizada 16 años antes, El declive del imperio americano, con lo que hay que entenderla como parte de una pequeña gran obra dedicada al estado de nuestro mundo y la cultura vistos a través de la mirilla de unos cuantos personajes. Los diálogos, brillantes, les acompañan a lo largo de una película que se deja ver con facilidad, da que pensar y encima, deja un buen sabor de boca. Una asignatura pendiente para cualquier cinéfilo que no la haya visto.
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Les invasions barbares. Canadá y Francia. 2002. 99'.
Director: Denys Arcand.
Guión: Denys Arcand.
Música: Pierre Aviat.
Fotografía: Guy Dufaux.
Montaje: Isabelle Dedieu.
Intérpretes: Rémy Girard (Rémy), Stéphane Rousseau (Sébastien), Marie-Josée Croze (Nathalie), Marina Hands (Gaëlle), Dorothée Berryman (Louise), Johanne Marie Tremblay (Constance).
Puntuación: 9
Más sobre esta película bárbara...
http://www.golem.es/lasinvasionesbarbaras/ (web oficial en España)
http://www.zinema.com/pelicula/2003/lasinvas.htm (sobre la película)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article2026.html (crítica)
http://www.filasiete.com/invasbarbaras.htm (otra crítica)
http://www.dfait-maeci.gc.ca/latinamerica/wn-04-canadian-films-es.asp (sobre Denys Arcand)

jueves, octubre 27, 2005

Una historia de violencia

Posted by Picasa



Tal vez sea la crítica más difícil con la que me he enfrentado desde que abrí el blog... Vuelvo a hablar de Cronenberg, por el que no oculto mi devoción, y lo vuelvo a hacer con una película que me dejó un extraño sabor de boca y sobre la que, horas después de verla, aún seguía meditando. A algunos supuestos fans del director les será muy difícil aceptar Una historia de violencia, en el sentido en que el canadiense ha optado por demostrar que su cine puede prescindir perfectamente de la ciencia-ficción, el terror biológico y las realidades paralelas y seguir teniendo su inconfundible sello, con el mérito añadido de hacerlo en una película de encargo.


Si uno se enfrenta por primera vez a su cine, no creo que este sea el mejor punto para comenzar. Desconociendo la inteligencia de un cineasta capaz de rodar películas como eXistenZ, complejas hasta el extremo, su última película puede resultarle decepcionante, engañosamente simple. Y digo engañosamente, porque efectivamente, esconde mucho más de lo que aparenta decir. La historia es la de Tom Stall, padre perfecto de una familia perfecta y llena de amor, con niños perfectos y una educación perfecta en su casa perfecta de un pueblecito tranquilo y gobernado por el Sheriff prototípico de cualquier película típica americana de medio pelo. Es el sueño americano reproducido con exactitud. Entonces, ¿qué es lo que falla? ¿se ha vendido Cronenberg al americanismo más arraigado en el cine, a los tópicos típicos dictados por Hollywood?
La paz familiar se ve alterada cuando dos asesinos despiadados irrumpen en el pueblo y entran en la cafeteria de Tom. Cuando uno de ellos intenta matar a una de sus empleadas, Tom actúa de manera instintiva y en un acto heroico consigue matarlos. Es el héroe americano. La prensa lo alaba, su familia lo quiere más aún. Él sólo quiere olvidarlo y a otra cosa. Ya tenemos el sueño americano y el heroe americano ¿Qué más se puede pedir?
Entonces llegan otros tres matones al pueblo e insisten en que conocen a Tom, al que llaman Joey, y del que conocen un pasado mucho más oscuro que el escondido bajo su burbuja de felicidad. A partir de aquí el argumento se ha acabado, o mejor dicho pasa a ser una sola palabra: Violencia.
Violencia genera violencia. No es la violencia gratuita una característica de esta película, sino la razón de la misma, el hilo conductor, hasta tal punto que poco o nada sabemos del pasado de Stall y el argumento se reduce a más bien poco. No es casualidad que se nos haya presentado la película en su primera parte como un producto pastelón de sobremesa, y de ello nos damos cuenta cuando el viaje oscuro de Stall desencadena una espiral inacabable de violencia y descubrimos, en algún punto, que ya no es un héroe, sino un asesino. Y eso es ni más ni menos la reinvención del héroe americano. Un héroe que mata, un héroe que asesina, que tiene una escopeta en casa y que quiere proteger a su familia a base de rebentar cabezas y derramar sangre de los que amenazan su seguridad. Un héroe que responde a sus instintos, los instintos de un animal comunes a todos los seres humanos, un héroe que golpea y folla a su mujer en la escalera de su casa y que después de organizar una gran masacre se redimirá ante Dios y volverá a casa donde le esperará un plato en la mesa. Si con el último plano alguien no es consciente de lo repugnante y lo terrible de todo lo que acaba de ver, entonces vale la pena que no piense más y se ponga a ver películas made in Bruckheimer.


Si bien es de lo que menos me ha interesado de Cronenberg, no puedo evitar pensar en esta película como una radiografía de la violencia que se ajusta a una de las estructuras básicas de su cine: una primera parte en el que se nos presenta lo real, el estado presente y una segunda parte en la que se nos lleva a la deformación de la realidad o descenso a los infiernos del personaje principal. Y sin embargo eché de menos un guión mucho más consistente (no en cuanto a historia, sí en cuanto a diálogos) que la pusieran a la altura de otros logros de su carrera. Además, algunos de los clichés reproducidos no me parecieron entrar en la ironía del director, sino que los entendí como tales, pero es difícil discernir la frontera de lo que es intencionado o no. La música de Howard Shore es otra de las cosas que no me gustaron, tanto por la música en sí como en lo inoportuno de su uso.


A pesar de ello, la oscuridad y lo oculto de los personajes y las historias de este fantástico (en su doble sentido) creador no nos han abandonado en esta película, y ahí está su secreto. En ser oscura sin abandonar los lugares luminosos, sin dejar de lado lo cotidiano...
Es extraña, muy extraña, a veces uno tiene la impresión de que Cronenberg se está burlando del espectador, otras que es un verdadero genio, otras que no sabe dirigir actores y otras que los lleva con genialidad hasta la caricatura (no olvidemos que Una historia de violencia está basada en una novela gráfica), en especial el personaje de William Hurt. Uno piensa, también, que es capaz de seguir siendo único sin reproducir rasgos de su filmografía que llevan a unos cuantos papanatas a tratarle de director encasillado, y que es uno de esos que seguirá haciendo la película que le de la gana, de encargo o no, mientras su mente inquieta se lo permita.
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A history of violence. Estados Unidos y Canadá. 2005. 96'.
Director: David Cronenberg.
Guión: Josh Olson; basado en la novela gráfica de John Wagner y Vince Locke.
Música: Howard Shore.
Fotografía: Peter Suschitzky.
Montaje: Ronald Sanders.
Intérpretes: Viggo Mortensen (Tom Stall), Maria Bello (Edie Stall), Ed Harris (Carl Fogarty), William Hurt (Richie Cusack), Ashton Holmes (Jack Stall).
Puntuación: 7
Más cosas sobre esta historia de violencia...
http://www.labutaca.net/films/33/ahistoryofviolence.htm (sobre la película)
http://www.historyofviolence.com/ (web oficial)
http://usuarios.lycos.es/cronenberg/ (sobre David Cronenberg)
http://www.fotogramas.wanadoo.es/fotogramas/CRITICAS/10245@CRITICAS@0.html (una critica)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article2833.html?topic=4 (otra crítica)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1607.html (sobre Viggo Mortensen)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1502.html (sobre Maria Bello)
http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1673.html (sobre Ed Harris)

miércoles, octubre 26, 2005

21 gramos



Cuenta pendiente saldada. La vi hace unos días y aún me dura el nudo en el estómago. Una de esas películas que golpean la vida de una persona de forma inesperada y dura, y que, a pesar de todo, se hace querer y uno no puede sino tener el deseo de verla otra vez.

Y es que 21 gramos es una gran película, trágica hasta lo indecible, poderosa, dolorosa y humana como pocas. El primer fotograma es toda una declaración de intenciones, con Sean Penn sentado al borde de una cama donde duerme desnuda la bellísima Naomi Watts, y un silencio sepulcral que encierra dolor. Una caja de pandora en la que se han metido tres vidas desconocidas entre sí pero unidas por la fatalidad del destino. Un hombre enfermo (Penn), que espera un trasplante de corazón y que ve como su vida y su matrimonio se acaban, un ex presidiario (del Toro) ahora reconvertido y religioso, amante de su familia, y una mujer (Watts) feliz con su marido y sus dos hijas. Un accidente trunca esas vidas y las cambia para siempre, para unos en forma de segunda oportunidad, para otros como la evidencia de un perdón imposible, para otros el más inconcebible de los dramas.

Tremebunda, genial, narrativamente perfecta, un puzzle que se pone a disposición del espectador y cuyas piezas van encajando a medida avanza el metraje mediante un meticuloso y magnífico montaje. Y por supuesto, imposible no hablar de unos actores que rozan el cielo en su actuación. Sean Penn presenta su candidatura a uno de los mejores actores de estos comienzos del siglo XXI, interpretando a ese enfermo de corazón que ve su vida terminar y al que un giro inesperado le devuelve la razón de su existencia y una segunda oportunidad. Benicio del Toro, el ex presidiario, o la búsqueda de la redención en un hombre que lo da todo por su familia, pero al que ese accidente de coche le recuerda la condición de castigado por la eternidad y acaso por un Dios inclemente en el que ya no sabe si creer. Una actuación soberbia, que me recordó al grandísimo actor que vi en Traffic. Y Naomi Watts, mujer hermosa que lo tiene todo y que todo lo pierde del día a la noche: "Dicen que la vida sigue, pero no es verdad... la vida ya no sigue de la misma manera". De alguna manera, Watts consigue enamorar a la cámara a pesar de su desgracia, su personaje nos muestra un alma desnuda y rota en mil pedazos, y lo hace tan bien que resulta imposible imaginar a cualquier otra en su papel.

Deprimente y brillante, buenos diálogos y mejor guión. Iñárritu retrata la América profunda y nos mete de lleno en el drama humano, en la desgracia de la vida, y lo hace como nadie. Una película sobresaliente, una de esas que sabes que con el paso de los años envejecerá como el buen vino y será, indiscutiblemente, un referente a tener en cuenta. "Dicen que todos perdemos 21 gramos al morir, el peso de cinco monedas de cinco centavos, el peso de una chocolatina, el peso de un colibrí... o quizá, el peso del alma".
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21 grams. Estados Unidos. 2003. 125'.
Director: Alejandro González Iñárritu.
Guión: Guillermo Arriaga.
Música: Gustavo Santaolalla.
Fotografía: Rodrigo Prieto.
Montaje: Stephen Mirrione.
Intérpretes: Sean Penn (Paul), Benicio Del Toro (Jack Jordan), Naomi Watts (Christina), Charlotte Gainsbourg (Mary Rivers), Melissa Leo (Marianne Jordan)
Puntuación: 9