lunes, diciembre 28, 2009

Donde viven los monstruos



La fascinación es casi inmediata. Desde el magnífico prólogo en el que se nos presenta a Max (Max Records, en una reveladora interpretación) y su entorno, una realidad familiar no necesariamente gris, pero sí ausente de figura paterna y con una madre dispersa (breve pero estupenda Catherine Keener), que desatiende a la necesitada figura del infante. A partir de ahí, la huída hacia los particulares monstruos de la imaginación de Max ofrece varias lecturas que nunca deberían pasarse por alto: la isla de los monstruos como un lugar de escapismo, necesario punto de fuga de la imaginación; pero también la isla como lugar donde se plantean los (infinitos) problemas de la construcción de una utopía y, por ende, escenario donde el joven protagonista alcanza la dolorosísima crisis del crecer, las primeras sombras de un mundo adulto insondable y terrorífico que las bestias no quieren, no desearían personificar. Monstruos de la madurez que atesoran tanta entrañabilidad en su nostalgia de felicidad y compañía como tenebrismo en sus representaciones de la vanidad, los celos y el abandono.
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martes, diciembre 22, 2009

Avatar



Lejos de suponer algún tipo de traición a las señas identitarias, Avatar supone una exponenciación de las virtudes del cineasta que hay tras la cámara: magisterio en el manejo del timing, excelencia narrativa en la transición hacia la sci-fi action más hardcore (esto es, la descomunal batalla final) y capacidad para crear personajes abrumadoramente magnéticos, aquí un coronel Quaritch (imborrable Stephen Lang) que se presume como una versión anfetamínica del mismísimo coronel Kilgore. En otro orden de cosas, frente al pulso narrativo y la avanzadilla tecnológica como virtudes máximas de James Cameron, se encuentra el excesivo subrayado del misticismo New Age que empacha el relato y que ya asomara someramente en la magnífica y a menudo infravalorada Abyss (1989). El alegato ecologista reclama empecinado una trascendencia y calado que nunca consigue, y que no eclipsa a la verdadera fuente del embelesamiento: Pandora, como sinécdoque de Avatar, Avatar como sinécdoque del cine-espectáculo cameroniano, está hecha del mismo material que los sueños; las reflexiones en off de su protagonista a propósito de estos sólo son la confirmación en voz alta.
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jueves, diciembre 17, 2009

Blindado



Que en los tiempos en los que el thriller se reinventa en forma y fondo aparezca un proyecto como Blindado, dispuesto a una formulación más clásica, debería ser un hecho más que plausible. Sin embargo, Nimród Antal acaba por desechar el potencial espíritu de serie B, el del thriller de segunda mano de escasas pretensiones y preferiblemente marcado por la virilidad. La exquisitez que podía esconderse tras los convencionalismos de Blindado residía en la esencia primaria ligada al subgénero (...) Pero predomina el artefacto frente a la víscera, el cliché frente a la desinhibición barriobajera. Y de ahí su fracaso. Las tripas y la testosterona quedan relegadas, y la idea de masculinidad inapelable (presupuesta, atendiendo a la carta de presentación y coordenadas del producto), risiblemente contradicha.
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Algo pasa en Hollywood




Algo pasa en Hollywood se intuye, desde el principio, impregnada de cierta condescendencia que impide ir más allá de la mera colleja. El paso más allá que Barry Levinson se atrevió a dar en la conclusión de Cortina de humo (1997) aquí es rectificado en favor de una versión más amable, apenas una mirada de soslayo que encuentra su metáfora más significativa en el plano final, o lo que es lo mismo, en los márgenes de la foto de Vanity Fair de los 30 productores más influyentes de Hollywood. El experimentado pero casi siempre impersonal cineasta demuestra falta de agallas y benevolencia suma (...) Ante la ausencia de vitriolo, ante la nula vocación ofensiva de Levinson aquí, Algo pasa en Hollywood se revela más dispuesta a ser más un golpecito en el codo y una sonrisa cómplice entre dos mandamases de la industria que un sangrante ejercicio de autocrítica.

martes, diciembre 15, 2009

Potemkin capitalista (a propósito de Los caballeros las prefieren rubias)

El maestro Jonathan Rosenbaum, explicando, via Roland Barthes, por qué Los caballeros las prefieren rubias es un balcón a la historia. O mejor aún: por qué la obra de Hawks es la perfecta Potemkin del capitalismo. Imprescindible.

Hawks creates a confusing yet reassuring panorama in which men who are cold fish desire to be possessed as warm objects, and women are friiendly, narcissistic predators who bring this about. If we try to determine which woman is smarter, the film offers only contradictory signals. Lorelei [Marilyn Monroe] spouts malapropisms and steals the tiara thoughtlessly, but is a brilliant strategist; Dorothy [Jean Russell] seems practical, but falls for a faceless lunk with no prospects and unconcernedly defends an amoral thief. Barthes saw CinemaScope as the vehicle for an "ideal POTEMKIN, where you could finally join hands with the insurgents, share the same light and experience the tragic [Odessa] steps in their fullest force... The balcony of History is ready." In contrast to this, he bemoaned the Mythology of THE ROBE, neglecting to note any incompatibility between one's ability to scan the latter and the rapid montage making POTEMKIN possible. Insofar as the "stretched-out frontality" of Monroe and Russell is seen only from the balcony of Mythology, the binocular vision of GENTLEMEN PREFER BLONDES is no less incomplete. Add dialectics, class struggle, and the politics of spectacle as assault -three of the linchpins of POTEMKIN- and the picture becomes fuller, more worthy of being seen from the balcony of Histoy as well: a 1950s debate on the virtues of hoarding versus sharing. The film honors both, but there's no question which finds sexier.
 Jonathan Rosenbaum, "Placing movies: The practice of film criticism", pp. 101-102



jueves, diciembre 10, 2009

Spanish movie


Lo que separa a Spanish movie de mayores glorias es, precisamente, su condición demasiado amable. Exenta de toda saña, el producto revela la consciencia colectiva de la necesidad de hacer esta película, el apoyo incondicional del gremio a las miras de la misma: las presencias de Jaume Balagueró, Paco Plaza, Álex de la Iglesia o Alejandro Amenábar apuntan en este sentido y obligan en cierto modo a rebajar la mala leche general que podría haber hecho de este un contundente ejercicio de autocrítica. Sólo dos pasajes parecen dispuestos a encender la mecha de una bomba que nunca llega a explotar: el primero, parodia de Los lunes al sol (atención a la broma, casi invisible, sobre La caja 507), se ríe sin vergüenza del ejemplo oficial “de calidad” con el equipo de Muchachada nui casi al completo y con una excelsa inclemencia a la altura del mismísimo Ben Stiller en Tropic Thunder: ¡Una guerra muy perra!; el segundo, muestra a la magnífica Alexandra Jiménez cantando Volver mientras conduce un coche a través de las calles de un pueblo manchego para atropellar en su camino a todos los clichés almodovarianos posibles.
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Dos canguros muy maduros



Lamentablemente, la mediocridad de la que ya hacía gala Walt Becker en Cerdos salvajes tiene su continuidad aquí: humor rebajado a situaciones que fuerzan expresamente el gag y rayanas en el ridículo (la escena en el restaurante en la que los dos protagonistas son aplaudidos como miembros de la tercera edad) y escasas justificaciones para una encadenación de escenas que apenas responden a los sucesivos caprichos de los dos retoños de los que los dos adultos se hacen cargo. Tampoco como buddy comedy destaca, exenta de referentes sólidos que la refuercen (La extraña pareja pudo ser un buen punto de partida para definir la relación entre los dos personajes principales) y repleta, en cambio, de lugares comunes de un humor más visual y facilón (los efectos psicotrópicos derivados de la ingesta de la medicación equivocada). Pero lo más irritante es comprobar como Becker se ajusta, sin oposición alguna, a los postulados de la marca Disney y se empecina en resaltar, de forma ininterrumpida, su mensaje abiertamente familiar y amable, hasta alcanzar el vergonzoso momento en el que Dan (Robin Williams) toma finalmente conciencia del camino correcto a seguir.
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miércoles, diciembre 02, 2009

Adventureland



Las felices coincidencias que favorece el imaginario disparado en un parque de atracciones permite comparar a un aislado experimento de vanguardia del cine español de los 30 con la última y excelente cinta de Greg Mottola: En Esencia de verbena (Ernesto Giménez Caballero, 1930) veíamos a un juguetón Ramón Gómez de la Serna colocarse entre muñecotes de tiro al blanco en una atracción de feria; en Adventureland es Joel (Martin Starr), ese nihilista pragmático, ese existencialista pagano que lee a Nikolái Gógol, quien aparca momentáneamente su convencido desencanto (estudiar lenguas eslavas y luego subsistir de trabajos basura) para colocarse entre los maniquíes de una atracción idéntica como mero divertimento con el que combatir el tedio. La mención del paralelismo nada tiene que ver con vocaciones vanguardistas de Mottola, sino más bien con la consciencia (e importancia, suma) del contexto que también existe en Adventureland: el parque de atracciones puede ser un lugar tan propicio para mosaicos sociales como para viajes iniciáticos, traducibles en probables exorcismos personales del propio autor. Si en Supersalidos (2007) ese viaje acontecía en una noche itinerante hacia la consciencia del final de la adolescencia, en el título que aquí nos ocupa es un verano el espacio de tiempo que requiere la transición hacia la adultez.
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martes, diciembre 01, 2009

El baile de la victoria


El baile de la victoria es un drama con tintes de comedia, que transita entre el cine de atracos y el western andino envuelto con cierta aura de realismo mágico. Un cóctel tan pretencioso que sólo queda al alcance de unos pocos abordarlo sin perder el norte, las señas de la autoría. Fernando Trueba pone todo su empeño en que esto no ocurra, y sabe bien que la mejor manera es la de apelar constantemente a los sentimientos de la platea, ganarse al espectador con personajes forjados a base de embelesador encanto y traumático trasfondo dado por la dictadura chilena, vencer a través de postales de evocadora poesía dispuestas a ganar el corazón del espectador. Sin embargo, la poética buscada es fallida y coincide infelizmente con una desafortunada inflamación narrativa que convierte este en un producto altamente irregular, acaparador y, por cierto, poco probable candidato al Oscar®.

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lunes, noviembre 30, 2009

Más ego valentino

1. Próximo jueves 3 de diciembre, a las 18.00h, en el Palau del Cerveró de Valencia, hago mi primera presentación para el Aula de Cine. Si no me devoran los nervios, abriré el ciclo De la desnutrición al exceso. Salud, industria y alimentación con Fast Food Nation. Así que si les apetece pasarse, hablaremos de Richard Linklater, de la comida basura y de lo que surja... Más información, aquí.





2. Este mes, una nueva entrega de El Ojo Valentino y una nueva entrega de La butaca del neófito. Y, cómo no, me ha apetecido dedicársela a la inmensa Celda 211. Aquí les va el artículo...

Todos a la cárcel
¿Alguien dijo que no era posible cine español de género y de calidad? Celda 211 es la respuesta.

En las últimas semanas, el cine español ha vivido un romance con la taquilla como hacía tiempo no se veía. Ágora es la primera responsable, desde luego. Pero la verdadera buena noticia ha sido que fuera precisamente otro producto patrio, bien distinto y no tan dirigido a un público tan generalista, el que acabara desbancándola del número 1. Celda 211 es cine de género dirigido por Daniel Monzón, antaño crítico que cambió la pluma por la cámara y que desde entonces no ha cejado hasta encontrar la fórmula para triunfar con ese "otro cine", tan invisible en nuestra industria. Tras los fríos recibimientos que recibieron El corazón del guerrero (2000), El robo más grande jamás contado (2002), y La caja Kovak (2006), este parece su verdadero puñetazo sobre la mesa.  

Celda 211 es un thriller de estéticas sucias, de impecables atmósferas de brutalidad y magnífico pulso cinematográfico. Su intensidad, siempre inapelable, responde tanto a la contundencia de su ritmo como a las magníficas interpretaciones de sus actores. Si Carlos Bardem o Luis Zahera ayudan a componer una galería convincente de personajes del submundo carcelario, es Luis Tosar el que se impone como el verdadero monstruo en la pantalla. Tosar hace de Malamadre una bestia imprevisible, pero también carismática y siempre aferrada a un personalísimo código de valores. Es un actor inmenso incorporando a un personaje inmenso, definido con excelencia con matices que van desde la brutalidad hasta la vulnerabilidad. Sin duda, uno de los personajes más grandes que ha creado el cine español en la que es, sin duda, una de las mejores películas que ha parido este nuestro cine.




Más cine carcelario…
Asesinos natos no pertenece estrictamente al género, pero ponía en escena un memorable motín, aunque no tanto como el que Zack Snyder firmara en la reciente Watchmen. Si lo que ustedes buscan es el clásico "oficial" del género, entonces está claro que Cadena perpetua es su película. Otros títulos imprescindibles del género serían La gran evasión, o La leyenda del indomable, títulos que sin duda ayudaron a iconizar a dos grandes leyendas del celuloide: Steve McQueen y Paul Newman.

jueves, noviembre 26, 2009

Celda 211



Triunfo sin peros, sin concesiones a cánones pero sin renunciar a identidades. Celda 211 es uno de los mayores logros de la industria española de los últimos años, porque no hay aquí género mascado, disimulado y listo para producir efecto-llamada dirigido a grandes públicos, sino una asunción poderosa de los mecanismos, la lección bien aprendida y mejor aplicada (...) Daniel Monzón imprime brío e intensidad a una narración siempre poderosa, logrando tensiones insostenibles e infiernos viscerales y perfectamente coreografiados. Cierto que hay debilidades que impiden la maestría, que la subtrama de los disturbios en el exterior de la prisión resulta impostada para desencadenar un viraje irreversible en el devenir de los acontecimientos. Pero a cambio, el realizador demuestra brillantez utilizando a tres etarras como sutilísimo macguffin sin amenaza de politización de la trama, planteando desmoronamientos de la moralidad y hasta consistentes caminos hacia la insospechada fraternidad de sus dos personajes principales.

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Amelia



Con una caligrafía impecable, Mira Nair firma una biografía de formalismo inapelable, tanto que resulta difícil destacarla de entre otros ejemplos del "género". Como en tantos de ellos, su sustento lo encuentra en su estrella, aquí una Hilary Swank que, si bien no es una Earhart tan irresistible como la de Amy Adams en Noche en el museo 2, sí que demuestra su talla de actriz en una inmersión en el rol que nunca parece impostada. En algún momento, la directora muestra voluntad de sacar su particular biografía de férreos esquemas de forma, empleando insertos documentales y portadas de rotativos de la época. Sin embargo, el tono no engaña, y los caminos del retrato son los acostumbrados, aquí abundantes en dosis de reafirmación feminista pública, agallas para rebelarse ante el tiempo y las jerarquías que le tocó vivir al personaje. Amelia es todo un manual del correcto biopic, nunca destacable ni memorable, pese a una estupenda secuencia final que disfruta un excelente manejo de los tiempos y el suspense en la fatal y consabida rúbrica de la leyenda.

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martes, noviembre 24, 2009

Pat Garrett y Billy The Kid

Es la obra maestra silenciosa de Sam Peckinpah, la más discreta y desapercibida. Nunca contuvo las danzas de muerte y plomo que culminaban Grupo salvaje, ni tampoco la suciedad extrema, la excelsa guarrería de Quiero la cabeza de Alfredo García, quizá su obra más injustamente maltratada. Pat Garrett y Billy The Kid quizá esté más cerca de Duelo en la Alta Sierra cuando habla de las fricciones entre moralidades, pero llega mucho más lejos en la construcción de los dos mitos que le dan nombre a la película. Pat Garrett (James Coburn) y Billy 'The Kid' (Kris Kristofferson) fueron un día almas intercambiables, funambulitas que bordean la frontera de la ley sólo fieles a su común código de valores.




Peckinpah hace que el enfrentamiento entre ambos adquiera tintes terribles: matar al otro significa asesinarse a sí mismo por la espalda, matar lo que sea que quedara de uno mismo, si es que eso valía algo. Por eso en la búsqueda, en la caza, existe cierta zombificación, cierta deambulación inquietante de los personajes, como también lo es la mirada expectante y malévola del secuaz al que encarna un lacónico Bob Dylan: Garrett y Billy caminan hacia el suicidio del mito, la defunción del arquetipo peckipahniano del maldito condenado a la extinción, en el que también se reconoce Warren Oates en Quiero la cabeza de Alfredo García, por ejemplo. Y sólo cuando el fatal desenlace se consuma, sólo cuando uno de los dos caigas, el otro afrontará la muerte de sí mismo, descubriendo su siempre oculta desesperación con un grito desgarrador que clama respeto por el difunto. Que nadie lo toque. Amén.


viernes, noviembre 20, 2009

Pre(críticas) - Sitges 2009: La carretera (The Road)



Pese a que la sequedad y la desesperanza asumida en la gramática de Cormac McCarthy no se presentaban mimbres fáciles para una adaptación a gran escala, es justo reconocer que John Hillcoat ha conseguido un notable equilibrio entre la arisca literatura del autor y las concesiones emotivas al gran público. Esto quiere decir que La carretera sigue sin complejos la senda iniciada por los hermanos Coen, pero donde a aquellos les bastaba insuflar su estilo para dar otra dimensión a la obra de partida, Hillcoat prefiere depurar las imágenes ofrecidas por el escritor y preocuparse por alcanzar algún grado de emotividad en su fidelidad a la novela original. En estos menesteres sus mayores aliados son Nick Cave y Warren Ellis, firmantes de la banda sonora y continuadores de una cierta tendencia de introducir compositores de sensibilidades más externas a las partituras para cine (hablamos de la banda sonora de Jonny Greenwood para There will be blood (Pozos de ambición), o la de los mismos Cave y Ellis para El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford). Su música puntúa sin oportunismo, cala sin insistir. Sus notas suenan como la última esperanza de una humanidad casi extinguida.
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martes, noviembre 10, 2009

(Pre)críticas - Sitges 2009: Zombieland (Bienvenidos a Zombieland)



En Bienvenidos a Zombieland, como en Destino final 3 (James Wong, 2006), 1941 (Steven Spielberg, 1979) y otras tantas, el parque de atracciones como punto de partida o línea de meta puede funcionar como una pertinente sinécdoque de la experiencia que supone el visionado de dichas películas: una gran montaña rusa que ofrece diversión desinhibida y hasta retorcida. En el caso que aquí nos ocupa, esa sinécdoque sí funciona, casi tan bien como en la película de Spielberg y varios enteros mejor que en la de Wong. Así que esa conclusión de Bienvenidos a Zombieland, en la que vemos al cuarteto protagonista dando buena cuenta de una horda de zombis en un parque de atracciones abandonado, contiene la esencia del juguete, pero también una dolorosa evidencia: pese al poco discutible ingenio de buena parte de sus gags, pese a la eficacia de su zombie comedy que la hace honrosa continuadora de la notabilísima Zombies party (Edgar Wright, 2004), es incapaz de esconder una narración pobre, escasa incluso para una cinta del subgénero.

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jueves, noviembre 05, 2009

(Pre)críticas - Sitges 2009: Vengeance


Aquí les va, la crítica de la mejor película que tuve ocasión de ver en Sitges. Cierto que no salí entusiasmado de mi primer acercamiento a Johnnie To, pero lo de Vengeance es para verlo...


Vengeance habilidades elevadísimas en la redefinición de los límites del thriller. Desde distintos pasajes, esto puede intuirse en su fricción con el western, y de hecho son varios los momentos en los que la película de Johnnie To se erige como perfecta reubicación oriental de distintos modelos del mismo. Una calle sólo transitada por Costello (Johnny Hallyday) se torna un trasunto de pueblo fantasma, una Hadleyville con un heredero de Gary Cooper aguardando a sus enemigos. Un fatídico (y familiar) enfrentamiento entre matones en una zona de merenderos encuentra la puesta en escena operística de Sergio Leone. Y un tiroteo en las calles de la urbe halla la violencia lírica y slow motion de un hipotético Sam Peckinpah más (visualmente) limpio. No es difícil detectar, pues, que To atesora pericia en el aprovechamiento del espacio, en el asentamiento de escenarios divergentes de los habituales contextos del thriller. El mejor ejemplo, probablemente, es el tiroteo final, donde vemos a los contendientes construyendo ellos mismos el campo de batalla.

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miércoles, octubre 28, 2009

Donnie Darko y la música tangente para el universo primario

Si Donnie Darko se ha consolidado como clásico de culto es por muchas razones largamente enumeradas y discutidas. Dejando a un lado tanto cuestiones estéticas y narrativas como ese enorme aluvión interpretativo propiciado a raíz de una trama pródiga en paradojas temporales y universos conectados por agujeros de gusano, una de las virtudes que la encumbraron en su condición cult fue un uso memorable de la música. Memorable porque la de Richard Kelly es una de esas películas que graban a fuego en la memoria asociaciones de sonidos e imágenes, firmadas con la privilegiada pericia de aquel que sabe escoger el motivo sonoro que termina por desbordar un sentimiento esquizofrénico, o aquel que traspasa el terreno de la emoción sin necesidad de impostura.



The killing moon de Echo and the Bunnymen abre ese inicio del que tanto y tanto se ha hablado. Donnie despierta en el camino de una montaña, junto a su bicicleta. Mira el paisaje, sonríe, y el título da paso a los primeros compases del clásico de los Echo. Nuestro protagonista llega hasta su casa en un vecindario de clase media-alta à la American beauty, y su familia nos es presentada a base de slow motion y dejando que música e imagen hablen, expresen per se algunos rasgos definitorios de cada personaje, desde un padre que bromea con su hija a una madre que lee It, de Stephen King.



Kelly vuelve a juguetear con música e imagen (aquí a distintos ritmos) en otra escena-presentación, en esta ocasión la del instituto de Donnie Darko. Brillante coreografía de los tipos a encontrar en la jungla de la high school, vemos niñas que ensayan un baile, el matón de turno que lanza una mueca amenazante y ridícula a Darko para luego prodigar su más falsa sonrisa a la estirada Kitty Farmer, o el vigilante rostro que el director pasea por los pasillos. El perfecto acompañamiento musical lo ponen Tears for fears y su Head over heels, otra delicia ochentera para la ocasión.



Menos perceptible pero extraordinariamente climático resulta el motivo sonoro de Manipulated living en la escena en la que Darko humilla al falso predicador interpretado por Patrick Swayze. Pese a que suena en más de una ocasión a lo largo del filme, el tema que compusiera Michael Andrews consigue ser aquí más desquiciante, nervioso y alienante que nunca.



El énfasis para la inquietante escena en el cine se llama Ave Maria y es obra de Giulio Caccini y Paul Pritchard. Un subrayado terrorífico y dramático a partes iguales, tejido con voces lúgubres que sugieren la cercanía del otro mundo (o, en este caso, del otro universo, representado en la aparición de Frank). Mientras Frank y Donnie hablan, los hitos ochenteros siguen frecuentando la pantalla, y comprobamos que una de las películas proyectadas en esa sesión de Halloween es nada menos que Posesión infernal.



La fiesta que supone el preludio a la conclusión disfruta de un momento en el que amor y tragedia se funden en un beso. Love will tear us apart de Joy Division es, sin duda, la puntuación que ese instante precisa. Para certificar la llegada del “día”, agujeros de gusano e indicaciones de Frank, Under the milky way, de The Church.



Mad world es el que pone la puntilla, la culminación del destino de Donnie Darko. Una versión que Gary Jules realizó sobre la canción de Tears for fears, balada cargada de emotividad para unos últimos minutos repletos de dudas y confusas paradojas espacio-temporales.

martes, octubre 27, 2009

After


Alberto Rodríguez (7 vírgenes) firma un tríptico que es un triple retrato de adultos desnortados, tratando de mitigar su dolor en una noche de verano que terminará poniéndolo más de relieve. Lejos de las superficiales visiones nocturnas de Alfonso Albacete y David Menkes en ese intrascendente pelotazo que era Mentiras y gordas, el sevillano propone viajes escapistas y hedonistas con conocimiento de causa y para remarcar fatalidades emocionales: Manuel (Tristán Ulloa) se ve asfixiado por las responsabilidades de la vida familiar, su nulidad como figura paterna; Julio (Guillermo Toledo) vive aterrorizado por su soledad, sólo aliviada con encuentros esporádicos concertados desde un chat; y Ana (Blanca Romero) desespera ante la ausencia de cariño en su vida y pese a su siempre aparente posición dominante. Rodríguez muestra sus ruinas y nunca les ofrece la salvación, favoreciendo planos crudos y ásperos en las mañanas (el que antecede a los créditos finales es demoledor), próximos en su inclemencia y desnudez a los de Alejandro González Iñárritu en la Trilogía del Dolor. Como en aquella, un nexo recorre los segmentos y además supone algún tipo de transferencia emocional, aquí en forma canina (la perra Ula) que puede significar la incompetencia paterna, la duda de la culpabilidad o la irrevocabilidad de la soledad.
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(500) días juntos


Es significativa la pareja propuesta: Joseph Gordon-Levitt representa al romántico desarmado, Zooey Deschanel a una evolución exquisita (y en ocasiones inescrutable) de la heroína screwball, ahora portavoz del descreimiento y el romanticismo disperso. Protagonizan ellos un romance naturalmente intermitente y de deliciosas sensibilidades culturales: (500) días juntos profesa amor a los Pixies desde una estridente interpretación de karaoke, pero también propone a los Smiths como un paso decisivo hacia el enamoramiento, o un descacharrante cruce entre el hard-boiled y Bergman en una pantalla de cine en la que Tom sólo puede proyectar su obsesión por Summer. La recopilación de los greatest hits de la pareja acaba insinuando al filme de Webb como un honroso descendiente de Annie Hall (Woody Allen, 1977): al fin y al cabo, ambas abordan sentidas disquisiciones acerca de las relaciones humanas, y ambas cuentan con un protagonista que repasa la suya rota preguntándose en qué fracasó.
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El Imaginario del Doctor Parnassus



Hay dos niveles, correspondientes a la concepción carrolliana de dos realidades articuladas en torno al espejo. En un primero, el director asocia un Londres de bajos fondos y ambientes lóbregos a una inmortalidad plúmbea y patética, la de un Doctor Parnassus malviviendo con un extraño vodevil ambulante que sólo parece llamar la atención de ebrios pendencieros. Un segundo, el que tiene lugar al otro lado del espejo y, por tanto, en el interior de la mente de Parnassus, ofrece carta blanca a Terry Gilliam para construir su propio Wonderland, establecer viajes iniciáticos a través de la imaginación o huidas dementes de los peligros de la realidad. Es aquí dentro donde éste se entrega sin reticencias a todos los excesos, donde la cinta se torna circo de tres pistas dispuesto a agotar al más incondicional de sus espectadores. Los viajes a través del espejo pertenecen a otra película, así que son articulados con mayor o menor maña para justificar los delirium tremens del realizador. Los pasajes son de una riqueza visual e inventiva desbordantes, sí. Pero son retazos aislados de la propia imaginación de Gilliam, de desigual interés y adecuados con dificultad a las necesidades de la trama.
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martes, octubre 20, 2009

Puesta al día

Lo sé. Soy consciente de que una cosa es prometer irregularidad y otra es pasarse de la raya. Lo cierto que las últimas tres semanas han sido intensas como poco, que octubre ha dado para mucho y nada para el blog. Pero en fin, aquí un repaso a cosas en las que hemos estado metido últimamente:

- Hemos estado en Sitges, ampliando la experiencia del año pasado. Entre el fulgor y los zombis, se han podido ver algunos títulos realmente interesantes. Pero el resultado en la mayoría de sesiones, ya les adelanto, estuvo entre la indiferencia y la decepción. Personalmente, yo tuve mi particular orgasmo festivalero en la proyección de Ghostbusters, con la presencia del mismo Ivan Reitman. La previa del festival aquí, y la crónica aquí. Más pronto o más tarde caerá una avalancha de críticas de las pelis vistas allí.



- Crítica de [Rec] 2, de lo mejorcito del mes (la película, digo) y de La cruda realidad, de lo peorcito. No llegué a tiempo a escribir una de Si la cosa funciona, pero diría que el balance hubiera sido bastante positivo.




- Con la dedicación mínima a la lectura a la que me he visto obligado este mes sólo he podido despacharme Wanted, de Mark Millar y J. G. Jones. La recomendación no es ningún misterio, sólo quería dejar constancia de que hay un antes y un después de Wanted en la vida de todo lector de cómics. Amoral, deshinibido, de una inventiva infinita (léase la composición de Shithead, sin ir más lejos) y lleno de diálogos que sólo te basta leer una vez para no olvidar nunca: "Me siento como si me acabara de follar a Marilyn Monroe sin condón". Más o menos.






- Mi lectura más ansiada, aquí. Están Alvy Singer, Nacho Vigalondo, John Tones y Raúl Minchinela. Sobran palabras.

Y también algún que otro proyecto del que ya daré cuenta si sale adelante. De momento, hemos entrado a formar parte del Cinefórum de la Universidad de Valencia, del que espero aprender en cantidades ingentes y del que iré contando más y mejor aquí.

miércoles, septiembre 30, 2009

¡El soplón!



¡El soplón! supone el paso de Steven Soderbergh de retratar un mito de la revolución y la ideología (con austera ampulosidad, con excesos de forma y metraje), a un mito más contemporáneo y acorde a los días de Madoff y la globalización, un mito del engaño explorado por el director con sensibilidad setentera. Marc Whitacre (Matt Damon) es, quizá, el personaje más fascinante que haya pisado su cine, uno que te pasas toda una película intentando escrutar: si en una escena Whitacre parece un simple chupatintas, en la siguiente sospechamos que, tras ese exceso de ingenuidad, se esconde un brillante estratega. Soderbergh edifica toda una trama de malévolas corporaciones internacionales para ponerla al servicio de un personaje inmenso; y Damon, habitual secundario suyo, le corresponde con una interpretación siempre sobresaliente, ahuyentando la sospecha de la mera autoparodia, partiendo de cero para bascular entre el ser desubicado y el maquinador, entre la compulsividad y la premeditación.
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Los sustitutos



Los sustitutos tenía mimbres de gran ciencia-ficción, una premisa dispuesta a conjugar acción desenfadada con alguna reflexión acerca de la pérdida de humanidad, una Blade runner (Ridley Scott, 1982) quizá menos trascendente y ampulosa, pero también estimable. No ha sido así. En su lugar, queda un producto mucho más al uso de lo que desearíamos admitir, un thriller empeñado en ser menor a toda costa, en minimizar su impacto sobre el espectador y proclamarse como mero entretenimiento sin muchas aspiraciones (...) Lo que no quiere decir que Los sustitutos no sea un thriller eficaz. Demuestra meticulosidad en crear un futuro probable (inquietante el maquillaje, llevado hasta la plasticidad del rostro), el de la libre experiencia hedonista sin riesgo de mortalidad, el de los placeres inducidos y la maximización de la apariencia. Tampoco puede decirse que fracase articulando su trama, perfectamente coherente y perfectamente habitual, sin apenas margen para la improvisación. El problema viene, más bien, dado por la empecinada baja intensidad de Jonathan Mostow, por un excesivo conformismo que merma las posibilidades de la historia, más preocupada por el drama matrimonial de su protagonista que por elevar su sci-fi action.
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martes, septiembre 22, 2009

Malditos bastardos




El título original, Inglourious basterds, da la pista sobre el destinatario de tamaña declaración, a partir de la reinvención ortográfica sobre “The inglorious bastards”, título inglés de Aquel maldito tren blindado (Enzo G. Castellari, 1978). La cinta de Castellari (quien disfruta de un cameo aquí) era una digna representante del macaroni combat, subgénero contestando con deliciosa serie B y desinhibición a las muestras de cine de comandos que llegaban desde Hollywood a finales de los 60 (imprescindibles como Doce del patíbulo Los violentos de Kelly). Tarantino no excluye ninguna posibilidad y Malditos bastardos profesa devoción por aquellas formas gamberras y festivas, pero se postra, sobre todo, ante un tiempo y contexto en el que también coexistía el spaghetti western. Los primeros compases de su película significan, de hecho, uno de los mayores milagros de su filmografía, el improbable encuentro entre Sergio Leone y John Ford que supone un capítulo-apertura equiparable en excelencias al de Kill Bill: Vol. 2. Este le basta al realizador para demostrar su dominio insultante en el diseño del diálogo, en el asentamiento de un clima desde el perfecto control de los tiempos y los resortes del mismo; pero también en la creación de personajes irrevocablemente magistrales, aquí un coronel Hans Landa interpretado por un inmenso Christoph Waltz.
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lunes, septiembre 21, 2009

La frustración tiene forma de pavo

Uno de los traumas que todo el mundo debería experimentar al menos una vez en su vida es ese videojuego que fuiste incapaz de pasarte. Ese ante el que te rendiste presa del desespero, impotente al ver que todas tus horas de juego y todo tu bagaje en el terreno son insuficientes para descubrir qué más coño hace falta para pasarte esa fase, ese jefe en el que estás atascado y has tratado de abordar desde mil maneras distintas. Es una derrota terrible para todo devorador de juegos, una cura de humildad fatídica cuando descubres que no rentabilizarás el alquiler o la compra del juego de marras, cuando quedas consciente de que tu orgullo ha quedado irrevocablemente pisoteado... cuando sabes que recordarás tu vida tu fracaso, la frustración del momento de la rendición.

En mi caso la frustración tiene forma de pavo. El juego en cuestión era South park: Deeply impacted (era por entonces la época en la que nacía mi devoción hacia la serie de Trey Parker y Matt Stone), el cual alquilé para mi N64 un fin de semana, convencido de poder con él sin demasiados problemas. Se trataba de un shooter en primera persona de Acclaim, los mismos que habían firmado ese grandioso ejemplo del género que era el Turok 2. Creo recordar que fue en el segundo nivel cuando me topé con los pavos mutantes, directamente extraídos de uno de mis episodios favoritos de la serie, Paco el flaco (Starvin' Marvin). El pavo no era realmente un problema, más allá del cansino sonido que emitía hasta la agonía: te deshacías de él a base de bolazos de nieve, impoluta o amarilla que habías obtenido mezclándola con orina. El problema era acabar con la legión inacabable de pavos que venía después, capaz de llevar la experiencia a niveles ciertamente desagradables. El problema era que, después de pasar por tamaño suplicio, te encontrabas con un jefe de nivel que consistía (¿lo adivinan?) en un pavo descomunal que no había forma humana de superar.

Después de horas de pavos voceando e impotencia creciente, la rendición se hizo inevitable. El recuerdo de tan desagradable experiencia me vino hace unos días dando tumbos por el youtube. Fue allí donde encontré la reencarnación de aquel pesadillesco pavo. Y resulta que es el único también capaz de frustrar las aspiraciones de King Kong, Godzilla, Gamera y hasta el señor Poppy Fresh de proclamarse monstruo más grande del cine. Casi nada:




martes, septiembre 15, 2009

District 9


Pronto deja claro que el componente social es eso, un mero componente que no se impone en el cómputo global. Podremos gritar injusticia social, podremos hablar de descarnados retratos suburbanos (no es difícil adivinar la referencia al SIDA tras el chiste de la cópula interespecie), pero a Neill Blomkamp le falta tiempo para pasarse a la sci-fi action más hardcore. Y es entonces cuando lamentamos que el sudafricano no disfrute de las dotes narrativas de un James Cameron y caiga en lugares demasiado comunes (el militar fascistoide y encabronado, la cobardía rebatida con un acto heroico y reafirmante), o que acabe entregando su guión a una atronadora pirotecnia nada meditada (los giros narrativos sólo parecen pasar por nuevas intervenciones militares o guerrilleras). Celebraremos, más bien, que quizá el apadrinamiento de Peter Jackson le haya contagiado de cierto amor gore (¿se acordó Blomkamp del Museo de Historia natural de Brundle al diseñar la descomposición de Van der Merwe?) y socarronería; más bien que la mayor convencionalidad del último tramo no desmerece la larga lista de logros, la muy perceptible huella del talento.

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Gordos


El mosaico es, pues, lo bastante complejo y lo bastante inabarcable para celebrar el triunfo de Daniel Sánchez Arévalo en un equilibrio narrativo compensado. Máxime cuando este se ve aderezado por atrevimientos varios del montaje (las narraciones personales ilustradas con estupendos incisos visuales, la modélica escena en la que el montaje en paralelo alterna los rostros de Verónica Sánchez y Roberto Enríquez como si ambos compartieran la misma escena de sexo), una narración episódica que abre cada capítulo con una regla del revolucionario tratamiento predicado por el personaje de Antonio de la Torre, y un humor que mejor resulta cuando perpetra incorrecciones varias (hilarante el momento en que el personaje de De la Torre rememora el descubrimiento de su homosexualidad) sin abandonar cierto costumbrismo. Peor parada sale Gordos, en cambio, cuando apuesta, hacia sus últimos compases, por un dramatismo desaforado que no deriva de un in crescendo creíble. Demasiados discursos autoconscientes, demasiada exposición de las mezquindades de sus protagonistas, demasiadas vueltas existenciales. Y una pérdida fatal de sentido del humor.
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jueves, septiembre 10, 2009

El flashback como parodia como recurso (o cómo fabricar tu propio flashback)

A estas alturas no me cabe ninguna duda de que South Park es la mejor serie animada de la televisión. Sí, por encima de esa que todos estamos pensando. Para iniciarse en esta discusión, nada mejor que echar un vistazo a las disquisiciones que en su día hizo John Tones sobre los primeros 9 episodios (lástima que el proyecto Elitevisión no haya proseguido), más los sucesivos análisis episódicos que llegaban hasta aquel antológico Paco el flaco, título por el que conocíamos en España a Starvin' Marvin. A lo que íbamos: en lo que South Park saca enorme ventaja a sus competidoras es en su irreverencia, auténtica y genuinamente inteligente. Entre ese paso más allá que Los Simpsons no pueden dar (porque en el fondo saben que no pueden obviar su bien encubierto conservadurismo) y la evidencia exagerada de Padre de familia, South Park es la serie que no se casa con nadie y, mejor aún, no explica a nadie. Es la perfecta francotiradora, la que mejor disimula su exquisito aparato referencial, la que condiciona cualquier aparición estrella a su humillación...


En el primer capítulo de la séptima temporada, la serie lleva la parodia a un territorio al que dudo pocos se hayan atrevido. Hablo del episodio Yo es que soy un poco country, y no hablo de la sonora carcajada que Matt Stone y Trey Parker lanzan a costa de las reacciones sociales ante la Guerra de Irak, no. Hablo del chiste que surge de la reflexión de lo que se narra y cómo se narra, hablo del chiste a costa del flashback. Todo empieza cuando el Señor Garrison exige a sus alumnos un trabajo sobre 1776 y los Padres Fundadores. Cartman, Kyle, Stan y Kenny forman grupo y comienzan a leer al respecto, pero Cartman pronto se cansa, alegando que es demasiada información para un niño de 9 años. Tras un intento infructuoso de escaquearse, tiene una idea: ¡invocará un flashback para viajar a 1776! Así, enuncia en voz alta: "En 1776 los Padres Fundadores crearon América, ¡me pregunto cómo serían aquellos tiempos!... aquellos tiempos... aquellos tiempos", mientras se oye el recurrido sonido de transición a un episodio pasado. Nada sucede. Es la primera intentona de Cartman, que explica a sus amigos su estrategia ante la incredulidad de estos (y pese a que al final, como tantas veces, se demuestre que tenía razón). En las siguientes veces, Cartman intentará sofisticar la invocación: zoom in lento, repetición del sonido evocador, movimientos de manos, cierre de ojos... todo en balde. Hasta que llegamos a la solución final... (pinchar en la imagen para ver vídeo).


Cartman graba 50 horas del canal Historia y se auto electrocuta en una piscina con el grabador para conseguir su flashback... ¡y funciona! Cartman viaja a 1776 y mediante un número musical, aprende todo lo que necesita acerca de los Padres Fundadores. La parodia sobre esa forma de ruptura de linealidad narrativa (o mejor dicho, sobre la forma en la que arquetípicamente se ha utilizado) no discute ni excluye, sin embargo, su plena utilidad y funcionalidad. Y son detalles como estos los que acaban componiendo, en última instancia, una obra maestra.

martes, septiembre 08, 2009

Gamer



Gamer imagina una sociedad futura más que nunca cercana a la zombificación por hiperestimulación, llevando hasta las últimas consecuencias el confinamiento de la ciudadanía a redes de simulación social (Society bien podría ser un exponente perverso de Los Sims) creadas por un megalómano, tiránico multimillonario (Michael C. Hall) que aspira al control total. En su primera mitad, Gamer se disfruta como una materialización del definitivo shooter cinematográfico, siguiendo las últimas batallas previas a la libertad de Kable (Gerard Butler), héroe de masas taciturno y carismático. En la segunda, se impone el objetivo del derrocamiento, la destrucción de la distopía para evitar la subyugación de la voluntad popular ante los nuevos dictadores de una era digital y globalizada. Neveldine y Taylor se divierten a costa de todas estas premisas para un futuro deprimente, manteniendo intacta su actitud grosera (la irreverencia que esconde el racismo de un diálogo sobre comida, la cantinela del plan maestro del villano interrumpida por Kable en el enfrentamiento final) y explotando terreno fértil para guiños y homenajes varios que se suman sin vergüenza al festín (no es difícil acordarse de Operación Dragón o de Blade Runner en los últimos minutos, mientras que las nanezas nos remiten a la excelente El mensajero del miedo).

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jueves, septiembre 03, 2009

El ego valentino

Es una revista pequeña, pero también es una de las pocas cosas que hasta ahora he tenido la oportunidad de hacer en prensa escrita. Se llama El ojo valentino y la pueden encontrar en lugares diversos de la geografía de la Ribera Alta y algún sitio más, creo. La sección que me han reservado se llama La butaca del neófito y me han dejado inaugurarla con una recomendación que creía necesaria. Pocas cosas lo merecen tanto como el pagafantismo. Reproduzco el artículo:

La heroica de la derrota
Pagafantas conecta con toda una tradición y toda una generación. Y a esta última le sirve de terapia de choque.

La ópera prima de Borja Cobeaga (Vaya Semanita) bautiza para el lenguaje social un sentimiento nunca tan universal. Pagafantas para denominar al eterno perdedor, el enamorado al que la chica sólo querrá como amigo, y que Cobeaga entiende en toda su heroicidad (y en todo su patetismo). Que no les digan lo contrario: la sempiterna derrota del pagafantas tiene mucho de heroico. El antihéroe es, aquí más héroe que el héroe más indiscutible. Y todo el que se haya visto en las mismas tesituras que el protagonista y tenga la dignidad de reconocerlo, lo sabe muy bien.

Pero el triunfo de Pagafantas no se encuentra sólo en su complicidad ni en su humor como instrumento de exorcismos personales. Su verdadero triunfo reside en ser un compendio magnífico de comedias, un punto de encuentro en el que confluyen los greatest hits del renovado sketch televisivo (¿alguien dijo Muchachada Nui?), inspiradas escenas de sitcom, simpatía por el perdedor a lo Apatow (pero sin indulgencias) y crueldad para con él (una escalada de humillación propia de los hermanos Farrelly de Algo pasa con Mary). Pero Pagafantas también es Billy Wilder y es Richard Quine, y es pleitesía a la screwball comedy. Así lo delata el solapamiento del diálogo que busca la torpeza y el inoportunismo en una cita. Y así lo delata también el ciclónico personaje de Sabrina Garciarena, deudor del de Katherine Hepburn en La fiera de mi niña (Howard Hawks, 1938) o el de Barbara Stanwyck en Las tres noches de Eva (Preston Sturges, 1941), por poner sólo algunos ejemplos ilustres. En fin, señas ellas de un homenaje a la comedia clásica que casa, feliz y milagrosamente, con un personal homenaje a nuestros propios fracasos.


Si le gustó...
...no deje de ver El Apartamento, perfecto clásico del patetismo protagonizado por uno de sus máximos exponentes en la pantalla: Jack Lemmon (véase también La extraña pareja o En bandeja de plata). Tampoco se pierda otro clásico, éste de la gross comedy: Algo pasa con Mary es, al fin y al cabo, otra película de pagafantas con el aliciente de la extrema vejación física de su protagonista. Y para terminar, Virgen a los 40, película fundacional de la Generación Apatow e imprescindible para entender el momento actual de la comedia norteamericana.

miércoles, septiembre 02, 2009

American playboy


Lejos de lo esperado, David Mackenzie va más allá de una lectura superficial y propone una calculada, dramática vuelta a la Tierra de un ligón profesional que ve desmontado su particular sueño americano cuando queda prendado de una camarera que practica su mismo juego. Hay algo de admirable en American playboy, y es tanto la distancia que mantiene con su protagonista como con los tópicos habituales en los que fácilmente podría caer explotando el magnético atractivo del mismo. Sorprendentemente, el objetivo último de la cinta es el de desgranar la insustancial vida de este, desenmascarar sin aleccionamiento moral el desamparo que se esconde tras las rutinas del conquistador en busca de nuevas y maduras valedoras (...) Su final sabotea las expectativas, confirmando el carácter no convencional del producto en su rechazo al happy end o a previsibles redenciones y dejando paso a una conclusión varios enteros más sincera y razonablemente más perdurable.
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martes, septiembre 01, 2009

Año uno


Del humor de la Generación Apatow, Año uno toma de entre lo más accesorio, el chiste de índole sexual y explícita que sólo de tanto en tanto logra alguna línea perdurable; Harold Ramis, decidido a la comedia abiertamente intempestiva y al juego de la imprecisión histórica, queda bien lejos de sus jugadas más certeras, aquellas que implicaban a individuos psicológicamente torturados y desbordados por rutinas contemporáneas (Atrapado en el tiempo, Una terapia peligrosa). Bien al contrario, la sensación aquí es de suma poco armonizada, de sucesión desigual de gags más o menos afortunados, durante la primera mitad, y de evidente agotamiento de la inventiva (y de su trama), cuando afrontamos la segunda ya en la ciudad de Sodoma (...) La película de Harold Ramis es, sencillamente, incapaz de asumir la irreverencia desde el mismo corazón su narrativa, de rebelarse contra algo más allá de las buenas formas (ni siquiera la ingestión del excremento, tan deudora de John Waters, consigue que lo olvidemos.

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lunes, agosto 31, 2009

Mad detective


Película casi esquizoide, Mad detective encuentra su principal atractivo en la subversión del hard-boiled, figura central en el género que aquí se redefine a través del estupendo Lau Ching-wan. El actor sostiene la cinta cuando el ritmo no lo hace, y logra insuflar carisma a un personaje profundamente inestable, abiertamente psicópata. Es esa psicopatía, por otra parte, la que inteligentemente propicia resortes para los escasos pasajes dramáticos (la aparente pérdida de la mujer) y la que también acaba favoreciendo cierta comedia inenarrable, tan dada en la brutal escena del lavabo como en la mera y delirante visión de un automóvil repleto de las “personalidades” que sólo Bun (Ching-wan) puede ver.

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miércoles, agosto 19, 2009

Enemigos públicos


La última película de Michael Mann es una excelente noticia, una que le confirma como uno de los verdaderos renovadores del audiovisual que nunca ha dejado de gozar, por otra parte, de una personalísima impronta. Pocos autores deben tanto el prestigio de su cine a una quimérica comunión de la estética y el fondo, a un perfecto entendimiento de en qué modo la gestión de la imagen, en general, y los espacios, en particular, tiene que ver con la evolución de sus protagonistas, con sus laberintos morales que el director ni quiere ni tiene por qué resolver. En Enemigos públicos, todas estas premisas se ajustan como un guante en el acercamiento a los tiempos y lugares de la Gran Depresión, momento que presenta analogías evidentes con la actual coyuntura económica, y en el que la guerra sucia al crimen organizado convivía con cierta animadversión hacia las entidades bancarias, terreno pues fértil para la iconización de mitos de gabardina y metralleta. Momento, también, determinante en la forja de la sociedad norteamericana y la fascinación por sus villanos.

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lunes, agosto 17, 2009

Crank: Veneno en la sangre y las urgencias de la imagen



1.
La presentación, los créditos diseñados cuales títulos de un arcade en el que un corazón palpita bajo la palabra CRANK plantea desde el principio mismo sus intenciones: Crank: Veneno en la sangre goza del espíritu de un videojuego que bien podríamos encontrar en cualquier máquina recreativa. Es la supervivencia de su protagonista a toda costa, y a través de las diferentes fases, el objetivo perseguido. Esa conciencia recreativa es plena en Crank desde su carácter efímero y caducidad: sabemos que la partida se agotará, bien cuando no dispongamos de más créditos, bien cuando hayamos superado todos los niveles con éxito. Pero en cualquier caso, sabemos que al final de la función aparecerá en pantalla el inevitable Game Over (y de hecho, aparece en los créditos finales tras una deliciosa conversión de una factible escena de Crank en arcade). Intuimos, además, que ese final no anda muy lejano, pues Mark Neveldine y Brian Taylor son lo suficiente consecuentes con el producto para no prolongarlo más allá de la hora y media de duración (títulos incluidos). Ni falta que hace.

2.
Y pese a esa proclama de espíritu arcade, no tiene una pizca de nostalgia hacia tan espléndida experiencia lúdica. Crank es una película que no se entiende fuera de su tiempo y contexto, que es consecuencia directa de las transformaciones que el cine de acción, en la última década más que en ninguna otra, ha experimentado. Pero también hay que interpretarla en el marco de las derivaciones del entretenimiento en la cultura popular. Crank podría ser, por qué no, un traslado a la pantalla del Grand Theft Auto 4, una transmutación de la experiencia Liberty City en la que Chev Chelios (Jason Statham), va de un lado a otro sembrando el caos en toda forma posible. Se impone una misión, un objetivo, sí. Pero se permiten todo tipo de circunloquios, de descabelladas incursiones en un hospital, robos de vehículos palizas injustificadas. Por tanto hay, también, una cierta sensación de libertad en los meandros dramáticos, hay una exploración en las sensaciones extremas, en un largo catálogo de actos delictivos que es, recordémoslo, uno de los atractivos irresistibles de GTA.

3.
Volviendo a lo efímero del producto, cabe añadir que los 90 minutos de su metraje son correspondidos, asimismo, con una entrega total y sin condiciones al espectador. Esto quiere decir que Crank no es diseñada en previsión de secuelas o saga, sino que lanza el órdago a la grande con toda la temeridad del jugador suicida. Tal es así que no pasa mucho tiempo antes de que sepamos que no existe antídoto alguno para el veneno que corre por la sangre de Chelios y por ende, dejamos de preocuparnos por el destino de este para preocuparnos más por si este consigue su misión (encontrar y dar cuenta del que se lo inyectó). En este sentido, Crank eleva su narrativa un escalón más, hasta aquel del que Vicente Luis Mora habla en su imprescindible post sobre J.J. Abrams, cuando se refiere a historias cuya naturaleza impide el sabotaje del spoiler. Revelar el final de Crank sería, pues, un fútil, inútil acto de malicia. Porque no sufre de dependencias ni coherencias para con una conclusión epatante, porque no se encuentra constreñida por sus estructuras. Salvo en su punto de partida, la historia es casi siempre la consecuencia de la acción (indisoluble de la estética, por cierto).

4.
Crank se define desde la urgencia de la imagen, de la hipervisibilidad, concepto este que lleva hasta el terreno de la parodia. Pantallas partidas, alguna metaimagen y ribetes visuales por doquier quieren corresponderse con la carrera frenética de su protagonista (quizá aquí sea inevitable acordarse de Lola Rennt, de Tom Tykwer). Es la estresante herencia del género que aquí Neveldine y Taylor elevan a la enésima potencia y hasta el regodeo videoclipero. Pero en su película esta es un síntoma, no una pose. Es la estrecha cercanía entre forma y fondo, ambos comprometidos a la urgencia, a la inmediatez en detrimento de cualquier trascendencia y/o contemplación. Sin embargo, cabe advertir que esas urgencias que definen Crank también son una fuente inestimable para la comedia: la vital dependencia de adrenalina que sufre Chelios le da carta blanca para perpetrar toda barbaridad imaginable al margen de la ley, desde el hurto de bebidas energéticas en una tienda a practicar sexo en público en Chinatown. Su comedia, claro, no se entendería si no viviéramos en tiempos de la inmediatez, de la satisfacción instantánea que exigimos como norma.

5.
La desinhibición como (des)orden que rige todo su relato es, qué duda cabe, otro rasgo esencial. Crank profesa un rechazo frontal a cualquier regla preestablecida, a cualquier prescripción de género y pasos a seguir para alcanzar la excelencia (hay, pues, una valiosísima reflexión sobre el género mismo). Basta con fijarse en el uso deliberado (y con evidentes propósitos de comicidad) de los estereotipos racistas, entre los que encontramos a los villanos latinos o a un taxista del que Chelios se deshace acusándole públicamente de pertenecer a Al-Qaeda (como decíamos, es un título plenamente consecuente con su tiempo y contexto). Pero hay más: hay un delirante, casi demente guiño gore también resorte para el chiste (la mutilación de una mano); y encontramos otra secuencia imposible en la que Chelios se ve obligado a deshacerse de sus perseguidores al tiempo que preserva la inocencia de su novia, momento que guarda, por cierto, un enternecedor (y verdadero) romanticismo que ya lo quisieran para sí una larga lista de pretenciosos romances del cine.

miércoles, agosto 12, 2009

Mi vida en ruinas


Mi vida en ruinas reivindica, muy lamentablemente, la postal griega bajo su caparazón (presuntamente) crítico. El variopinto grupo de turistas (de estereotipos) que es objeto de mofa acaba resultando, paradójicamente, un puñado de buena gente que al final tenía razón: la cultura aburre siempre, toda cita histórica sobra en un viaje a la cuna de la civilización, y la experiencia griega consiste en ver el Partenón, pasar por la tienda de recuerdos e ir a la playa. Así pues, la cinta de Petrie es algo cercano a una película-tópico que reafirma peligrosamente el viaje-tópico, sin dejar de denigrar la comedia a unos terrenos ya casi olvidados. Tiene de todo: chistes rancios de gays y nombres cacofónicos, acompañamiento musical de comedia ligera (ligerísima), perpetuación de estigmas varios (españolas divorciadas en busca de sexo, australianos tirados), un villano increíble (con su correspondiente castigo final) y el enésimo mensaje reaccionario encubierto.
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lunes, agosto 10, 2009

G.I. Joe



G.I. Joe es, probablemente, el blockbuster más temerario visto en años. Abiertamente descerebrado, explícitamente entregado a una sucesión inagotable de escenas de acción y descarado en el lucimiento de los esculturales cuerpos de sus protagonistas. Stephen Sommers ofrece destrucción masiva y chistes de croissants, y el resultado es una bonita pirotecnia que viene a tener los mismos efectos que un capítulo de la deliciosa serie de televisión también inspirada en el muñeco: un efugio bello por humilde, un juguete (redimensionado en sus proporciones pero juguete, en esencia) sin afán de trascendencia.
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jueves, agosto 06, 2009

Imagen de marca

Mi gran boda griega (Joel Zwick, 2002)


Mamma mia!: La película
(Phyllida Lloyd, 2008)


Mi vida en ruinas
(Donald Petrie, 2009)

El blanco diáfano (blanco nupcial) como tono predominante, a ser posible adornado con hermosos motivos florales que se asoman para decorar un marco de piedra indicador del idílico contexto (Grecia). Y por supuesto, la presencia de un ramillete de personajes para señalar la coralidad de la película. Fíjense en los eslóganes: en Mi gran boda griega ya es casi alegórico (desde el chiste, pero alegórico) de la familia y el matrimonio; el de Mamma Mia! ni siquiera puede presumir del chiste e invita directamente al altar (sólo hay insinuación en el vestido de Amanda Seyfried); y en Mi vida en ruinas se repite la jugada del doble sentido y es, de nuevo, una apenas disimulada proclama a favor de los votos nupciales. Imagen de marca para una especialización de la romcom: la comedia romántica pro-nupcial (el matrimonio como salvación de cualquier vida sentimental "en ruinas"), de contextos preferiblemente helénicos y aires preferiblemente verbeneros.