miércoles, diciembre 21, 2005

Coûte que coûte



Las imágenes son en ocasiones perfectos retratos del espíritu. Siempre me ha inquietado el poder con el que la cámara atrapa el halo que envuelve a aquellos que filma y cómo puede llegar a ser una magnífica delatora de la ilusión, la desesperación, el esfuerzo, la mentira, la incomodidad, la lucha y la obstinación. El género documental que para mí siempre había sido un gran desconocido me ha demostrado en las últimas fechas que es el mejor espía de la realidad y que sabe destapar como nadie la pretenciosidad y ponerla de rodillas ante la honestidad de películas como Coûte que coûte.

Firmada por la francesa Claire Simon hace una década, el documental nos traslada hasta un entorno concreto al que apenas escaparemos durante la siguiente hora y media: una empresa de platos precocinados y por encargo a las afueras de Niza que abastece a grandes y pequeñas superficies comerciales de la zona. La empresa lleva tiempo funcionando, pero nosotros la encontramos en su peor momento, cuando la plantilla se ve reducida a cinco trabajadores que serán los protagonistas absolutos de una lucha por la supervivencia y un empeño titánico por resurgir de sus cenizas. Coûte que coûte tiene la virtud de cumplir su objetivo como retratista del día a día de una grupo de personas que intentan llevar un negocio casi hundido, donde los lazos forjados y el empeño humano por seguir adelante son sus únicas bazas. Presenta similitudes con el experimento de Jordà con Numax desde el momento en que la proximidad del abismo obliga a los pocos componentes que quedan a tomar la decisión de formar sociedad con extravagantes consecuencias que acaban sumando, por ejemplo, responsabilidades de secretario a un cocinero. Aunque en un contexto diferente, la película de Simon tiene un indudable atractivo en esa demostración de lucha vital sin caer en los teatrismos ni en las falsas casualidades, limitando su función a la observación y dejando que los personajes hablen por sí mismos. Esto a la vez que positivo significa una limitación en cuanto a que, una vez respetada esa premisa, el documental se ve por suerte o desgracia ligado en sus aspiraciones a la elección de su tema. Son los temas pequeños tan dignos como cualquier otro, pero también más fáciles de rodar y llevar a cabo, lo que deja a Coûte que coûte en un buen documento que no va más allá de ser el espejo de una pequeña parte de nuestra realidad social.

El toque de Simon, por otro lado, es mínimo y reducido a poco más que el montaje de una obra en la que recurre a la división por pequeños capítulos introducidos por una frase llamativa o relacionada con el contexto inmediato. El acabado es un compendio de situaciones del ámbito empresarial en las que personas que luchan por ganarse la vida en un rincón abandonado a su suerte por el capitalismo, reclaman el dinero que no le han pagado o bajan al bar a llamar y tomar nota de pedidos porque les han cortado el teléfono. Como este último, tropezamos una y otra vez con momentos que lejos quedan de un panorama laboral y que son entorno de una lucha con nombres propios para los que esa empresa es su vida, sus amigos y su casa a la vez que cárcel.

La esperanza es un valor a la baja al que los trabajadores de Coûte que coûte se aferran como si de lo único que supieran hacer se tratara, como si su propia cocina fuera. Es una sensación que queda tras el visionado de la película y que la directora Claire Simon sabe desarrollar sin salirse del tiesto y perfectamente consciente de las posibilidades de su documental. Y el resultado del negocio es bueno, pese a que no puedan decir lo mismo los protagonistas de su historia...
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Coûte que coûte. Francia. 1995. 90'.
Director: Claire Simon.
Puntuación: 7
De lo poco que he encontrado...

9 comentarios:

Jordi dijo...

Me ha sido imposible encontrar más datos que esos, conste que lo he intentado...

Silver Sack dijo...

Este cine se va mucho de lo que suelo ver, poco puedo comentar...

manel dijo...

Estuvo genial el documental. Me sorprendió la forma en que se toman los trabajadores los golpes de cada día. En lugar de hacer un drama parece que incluso les llega a hacer gracia su desgraciada situación. Me pregunto si esto tendría algo que ver con la presencia de la cámara o no. Quizá sea esa capacidad que comentas que tiene la cámara de recoger ese halo sobre estas personas.

Me pareció un documental muy acertado y en mejor línea que el de Jordà.

Jordi dijo...

Pues sí, cuando ves al cocinero intentando hacer de secretario sin encontrar los teléfonos o al administrador/gerente intentando arreglar la impresora llega a parecer estrambótico e incluso gracioso. Buena película para acabar el ciclo del MuVIM que por cierto me ha gustado. Una pena que me perdiera las dos primeras, aunque ya me he bajado A propósito de Niza, de Vigo, a ver cuándo le echo un vistazo.

Silver Sack dijo...

¿Te parece estrambótico q un administrador se ponga a arreglar la impresora? ¿Tú los sábados por la tarde dónde estás? Jajajaja

Jordi dijo...

Touché, jaja. Tal vez con un documental podríamos lanzar "Todo es ponerse" a la fama, quién sabe...

aguilo dijo...

Bueno, para que sepas que aunque no escribo últimamente si que te sigo leyendo. Hace mucho que no veo documentales, de todas formas, es un género sobre el que tengo mis dudas. No estoy seguro de su eficacia, no sé, no los veo sinceros. Últimamente muchos de ellos pretenden sintetizar la realidad en 3 horas máximo de metraje...
Prefiero quedarme con la idea de que como mucho aportan un poco de luz sobre temas olvidados o confusos. Una incitación a informarte más sobre un tema, pero no más.

aguilo dijo...

Y huelga decir que cuando hay una cámara delante, la realidad desaparece al instante...

Jordi dijo...

No creo que desaparezca del todo. Huelga decir también que el hecho de que un documental sea totalmente verídico y sincero, que sea tan real como la vida misma es tan improbable como el hecho de que exista la objetividad en el periodismo. Partiendo de la selección de las imágenes hasta el comportamiento de los actores cuando hay una cámara delante, todo influye. Siempre hay una barrera entre ficción y realidad. A partir de ahí, la calidad de un documental parte de todo lo honesto que sea capaz de ser o de todo lo nuevo que pueda aportar sobre un tema (creo yo). En este caso se acerca más a lo primero. En casos como los documentales de M.Moore, por ejemplo, no son todo lo lícitos que debieran en sus medios, pero en sus fines logran descubrir cosas y crear conciencia social, y ahí reside su valor.

Es un debate complicado, porque, realmente, ninguna película es 100% fiel a ningún género, y ningún documental lo es a la realidad.