viernes, junio 27, 2008

Cinema Jove (III)

Ha sido una semana intensa como pocas y la jornada laboral no se lo pone fácil a uno para ir a cuantas proyecciones, encuentros y actos en general le apetecen de entre la multitud que organiza Cinema Jove a lo largo de la semana. Aún así, esto es lo que ha dado de sí mi semana en particular. O desde donde lo dejé en el último post:

Miércoles
Proyección en el Instituto Francés de Tevye y sus siete hijas (Tuvia vesheva benotav, Menahem Golan, 1968) en el marco del ciclo Can(nes)celled. Se trata de una película germano-israelí de un director que descubro por primera vez, Menahem Golan. La película, un sencillo pero conmovedor relato de una familia judía de clase baja en la Rusia de principios de siglo, se centra en Tevye, un jovial judío padre de siete hijas y marido de una esposa a las que no puede alimentar. Esta película dio a conocer al personaje protagonista de una serie de novelas del escritor judío Sholem Aleichem, y Golan escogió este relato en particular para realizar este complejo retrato de la Rusia zarista y su mosaico de costumbres y religiones friccionando en un ámbito rural que registra tanto las penurias económicas del mismo, como el carácter festivo y optimista de sus gentes. Golan nos narra una historia en la que Tevye va viendo como sus hijas "abandonan el nido" a través distintas subtramas en las que se tocan temas como la política, la religión y el derecho de la mujer a vivir su propia vida en una sociedad anclada al pasado. La película contiene un cuidado tono tragicómico y buenas dosis de socarronería. Me quedé con dos escenas (amén de la estupenda actuación de Shmuel Rodensky): una auténticamente felliniana, una opulenta y pomposa boda imaginada por Tevye en la que todo el pueblo aparece teñido de blanco mientras una banda vestida de negro interpreta un festivo tema que las gentes del pueblo acompañan con bailes; la segunda, aquella en la que un policía local ha instado a los vecinos del pueblo a apalear a Tevye y a su familia y a quemar su casa debido a su condición judía. Tevye sale a encontrarse con la pacífica horda que no quiere hacer lo que la autoridad les ha indicado que hagan, ya que siempre han considerado a Tevye "uno de los suyos". En su lugar, Tevye y los vecinos negocian el número de ventanas que deben romper (con regateo incluido). Sin embargo, una vez la horda entra en la casa, esta es completamente saqueada e incendiada. Una escena que empieza siendo amargamente divertida y termina siendo amargamente despiadada.



La proyección, por cierto, coincidió con la rueda de prensa, en el piso de arriba, de Michel Léviant, guionista de Sous les bombes (Philippe Aractingi, 2007), película que se encuentra en la sección oficial de largometrajes del festival.

Jueves
De vuelta al Instituto Francés y de vuelta a Can(nes)celled. La asistencia a la película supera con creces a la del día anterior, algo que era de esperar teniendo en cuenta que se trata de una de las películas que más expectación despierta en este apartado. Se trata de ¡Al fuego, bomberos! (Horí, má panenko, Milos Forman, 1967), la última película que Forman realizó en su Checoslovaquia natal antes de que en 1968 los tanques soviéticos entraran en Praga y el director emigrara a Estados Unidos para acabar realizando en las siguientes décadas obras tan trascendentes como Alguien voló sobre el nido del cuco (One Flew Over the Cuckoo's Nest, 1975), Hair (1979) o Amadeus (1984). La película es una comedia brillante de tan solo 71 minutos, suficientes para hacer que su divertidísima mirada a la sociedad checa a partir del baile que los bomberos de una pequeña localidad organizan, llene la sala de unas carcajadas casi incesantes. El baile, por supuesto, resulta un completo desastre: la mitad de los objetos de la rifa desaparecen y los bomberos no encuentran chicas suficientes para organizar el concurso Miss Bombero. Desternillante y ácida como pocas, la película de Forman desemboca en un final agridulce, no sin cierto toque de negrísimo humor que acaba dando con un plano final tan divertido como cautivador. Una película imprescindible ya solo con la inolvidable y silenciosa actuación á la Buster Keaton de Jan Stöckl como el retirado jefe de los bomberos. Sencillamente sublime.



Viernes
Encuentro en el FNAC con Bárbara Goenaga, premio Un Futuro de Cine de este año. Le acompañan Rafael Maluenda, director del festival y Helena Taberna, directora de su última película rodada (se estrenará en Noviembre), La Buena Nueva, de la cual vemos el tráiler antes de empezar y el making off después de terminar. A Bárbara Goenaga la vamos a ver mucho en los próximos meses. De hecho, ya podemos verla en Los Cronocrímenes (2007) de Nacho Vigalondo, que se estrenó ayer mismito (por fin) y en 3:19 (Danny Saadia, 2008), en la que comparte reparto con Miguel Ángel Silvestre, quien se llevó el mismo premio la edición pasada. Precisamente uno de las preguntas para la actriz fue si temía encontrarse ante un fenómeno tan desbordante como el del actor español tras recibir el premio, ante lo cual Goenaga respondió que esperaba que no. La amena charla dio para que tanto Helena Taberna como Jesús Mora, también presente en la sala y quien la dirigió en Mi dulce (2001), se deshicieran en elogios hacia la actriz (Helena Taberna incluso dijo que Bárbara Goenaga le recordaba en cierta manera a la mismísima Isabelle Huppert), para que ella mencionara dos directores con los que les gustaría trabajar (Jarmusch y Gondry) y su admiración incondicional por Meryl Streep. También habló del rodaje de Los Cronocrímenes y de Oviedo Express (Gonzalo Suárez, 2007), diciendo de Vigalondo que es un director que parte de su inteligencia, su humor y su cultivación como cinéfilo, y diciendo de Suárez que es un cineasta de vuelta de todo esto del cine. Al final, nos llevamos un agradable encuentro y conocemos a una actriz que es todo humildad, simpatía y belleza.



Y por la noche a Viveros. Sesión doble que en algún sitio (no recuerdo cual) encontré curiosamente anunciada como "Grindhouse en Viveros". Las películas son El increíble hombre menguante (The Incredible Shrinking Man, Jack Arnold, 1957) y Aquella casa al lado del cementerio (Quella villa accanto al cimitero, Lucio Fulci, 1981). La primera, una de esas cuentas que llevaba tiempo queriendo saldar. Y no decepcionó. La película puede ser señalada sin ningún tipo de duda como una obra maestra del cine fantástico, una joya que merece ser preservada para recordarnos, como bien hace un final tan magistral como el resto de la hora y veinte minutos de película, que la existencia del hombre es un lugar común donde se encuentran lo diminuto y lo gigantesco del universo. Tan grande, tan insignificante. El público rompió en un sonoro y emotivo aplauso nunca tan merecido en una película que, además de resultar un poderosísimo entretenimiento, destila por momentos auténtica poesía visual y verbal. Es dificil imaginar una obra que adapte mejor que Jack Arnold las particulares obsesiones de Richard Matheson (el también autor de Soy Leyenda): el individuo despojado de su mundo cotidiano, de la normalidad que le rodea convertida en una amenaza a la que ha de enfrentarse en completa soledad, y la vuelta al instinto primitivo del mismo para ganarse su supervivencia en el terrorífico contexto.



Aquella casa al lado del cementerio es un giallo o una heredera del giallo repleta de excesos, sangre y vísceras de serie B. Un divertimento que sorprende por momentos con sus recursos de cámara e iluminación, pero que parte de un guión irrisorio que contiene todos los defectos que un producto de terror de serie B puede tener. Lucio Fulci, pese a no controlar cualquier apartado referente a la narración, demuestra saber reírse de sí mismo y sus excesos. Deja la extraña sensación de ser un vaivén entre momentos que sobrepasan con creces el ridículo (los padres intentando abrir la puerta tras la que su hijo está encerrado con el asesino) y otros que, pocos segundos después, son capaces de ponerte el corazón en un puño y quedar grabados en tu memoria (en esa misma escena, el asesino empuja la cabeza del niño contra el otro lado de la puerta mientras su padre está intentando abrirla a hachazos). Sentimientos contradictorios pues, para una película interesante en su estilizado uso de recursos (brillante la cámara subjetiva que desciende a golpes cuando adopta el punto de vista de la madre del niño siendo arrastrada escalera abajo por el asesino) y hasta alguna escena remarcable (el niño en el sótano, asistiendo a un auténtico circo de los horrores). Pero totalmente despreocupada de una narración que avanza a golpe de cuchilladas y gritos, lo cual quizá fuera, sin ir más lejos, la verdadera intención de Fulci. Una parte del público que se quedó a la segunda proyección fue poco a poco dejando sus asientos no tanto por su escaso aprecio a la película sino por los constantes problemas con los subtítulos, los cuales desaparecían durante ciertas escenas o no coincidían con lo que los personajes estaban diciendo. Sólo hacia el último tercio de película se puedo arreglar el problema, pero para entonces muchos habían marchado ya. Otros nos quedamos hasta el final, disfrutando como niños y recordándonos que, al final, lo de la sesión Grindhouse no iba tan en broma.

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